El Perú ya no está jodido


Miércoles, Abril 10, 2019


foto de Gladys Montolio.La primera vez que viajé a ese maravilloso país fue en el año 2003 y lo hice con un grupo de personas muy especiales de las que aprendí tanto que ni siquiera en una novela larga como La virgen del Sol caben sus enseñanzas. Aprendí a ser paciente (los que me conocen deben estar poniendo una cara de esas de ¿y cómo narices era antes si ahora dice que es paciente?), me comí un mango por primera vez en la vida, comprendí que todo está conectado, sentí el efecto mariposa en modo bofetada potencia tsunami y nací de nuevo, allí, entre sus rocas milenarias, sus cumbres imposibles y sus paisajes abrumadores.

En toda vida hay momentos y lugares que te cambian, y para mí el Perú fue el país en el que desperté. Como diría Piqué: “Perú, contigo empezó todo”.

Gracias a ese viaje me conocí a mí, y es curioso porque llevaba entonces treinta y tantos años viviendo juntos y casi no nos habíamos hablado, conocí de verdad a mi maestra, viví mi primera epifanía, me hice vegetariano y gracias a eso conocí a mi compañera, lo mejor que me ha pasado en la vida. 

También viví la miseria y la frustración.

Conocí gente que en tres palabras decían más que en una tertulia de radio, y sentí la infinita gratitud de haber gozado de todas las comodidades que me han sido dadas en la vida. Supe que ser hombre, blanco y occidental es por sí mismo una ventaja inconmensurable por la gran desigualdad en la que vivimos, y que justamente una parte de responsabilidad importante recae sobre esos hombres blancos y occidentales…, y compartí platos de patatas de mil colores y formas con personas que se las quitaban de su mísero plato para compartirlas conmigo.

Repartí todo lo que tenía y recibí cien veces más.

Muchas de estas enseñanzas intenté reflejarlas en La virgen del Sol, pero la gran mayoría intento que sigan escritas en mí, en mi forma de ser, de comportarme, de tratar a los demás.

Digo todo esto porque Perú, por más que le pese a Vargas Llosa, ya no está jodido, o por lo menos no más que cualquier otra parte del mundo, con la diferencia añadida de que estos días brilla con una luz más intensa, con la luz de sus letras, de sus autores y autoras, con la merecida luminiscencia que otorga el ser el país escogido en la Feria Internacional del Libro LACUHE 2019.

Por desgracia, y a pesar de que me hubiera encantado asistir, no podré molestar a nadie con mi presencia. No podré abrazar y reírme con Jorge, ni saludar a Gladys, Yorman, Jisell o Rosalía, no podré dar el beso que se merece a mi ángel de la guarda, Dilcia, ni conoceré a Rina ni a los otros autores que a la par nerviosos y entusiasmados, como lo estuve yo, tendrán la oportunidad de presentar sus escritos al mundo desde su ventana del Bronx.

Pido disculpas a todos por mi espantada, aunque seguiré todos los actos desde la cercanía que ofrecen las RRSS y prometo hacer lo posible por estar allí el próximo abril, ya con más de medio siglo a las espaldas y con una nueva novela bajo el brazo.

¡Mucho éxito, LACUHE!

Cuatro de abril


Jueves, Abril 4, 2019

Hoy es cuatro de abril otra vez, por vigesimoquinta vez, es cuatro de abril. Hoy hace veinticinco años que aquel puto cáncer te venció, que nos derrotó, que nos dejó sin tu presencia.

A partir de mañana mi vida sin ti será mayor de lo que había vivido a tu lado. Nadie debería vivir sin su madre.

En pocos días además voy a tener la edad que tú tenías cuando se te llevaron, y soy tan joven, mama, tan joven que no puedo imaginar lo que supuso para ti dejar la vida en el mejor momento, cuando nosotros ya éramos mayores, cuando podías vivir con tu pareja, cuando teníais, después de un montón de años de andar contando hasta la última peseta, cuatro duros en el bolsillo para disfrutar. La muerte es una mierda, es la peor condena posible, el castigo definitivo, el desastre absoluto, pero la tuya era sobre todo inmerecida, nunca te escuché desear el mal a nadie, siempre defendiendo los motivos de los demás, siempre poniéndote en sus zapatos, siempre enseñándome a ser mejor persona.

Me es difícil recordarte bien, la imagen de tu cuerpo vencido por la enfermedad, tus ojos negros y grandes llenos de tanta tristeza, los meses, días, horas que te arrancaban la vida sin tu permiso están clavados en el fondo de mi corazón y de la memoria. Sólo el no pensamiento permite ir pasando la vida. El recuerdo desgarra porque ni siquiera estoy seguro de haber sido un buen hijo y haber estado a la altura.

Pienso muchas veces en la muerte porque desde que se te llevó forma parte de mi vida como una sombra que anda siempre dos pasos detrás de mí, sueño con ella, me aterroriza, la veo y sé que está ahí, pendiente, y cuando pienso que viene a por mí me da pavor y me acuerdo de ti, de todo lo que te has perdido. 

No has podido conocer a mi compañera, te hubiera encantado, es dulce y también vino de fuera, como tú. Ni a nuestro ahijados ni a nuestro hijo, tu nieto, que es muy especial. Te hubieras muerto de risa al verlo, es muy buen niño, es un trozo de pan y yo no sé cómo hacerlo muchas veces porque no puedo preguntarte.

Mañana hará veinticinco años y un día que no estás con nosotros, aunque en verdad te fueras mucho antes porque nadie debería vivir los últimos meses de su vida como tú lo hiciste. Te fallamos, y la culpa anda pegada al dolor, pero no sabía más, no sabía qué hacer, sólo quería tenerte con nosotros, un día más, un minuto más, y tú lo hiciste, como durante toda tu vida, te jodiste por los demás, nos diste hasta el último aliento. No hay forma humana de pagar eso.

Sabes, lo que más recuerdo incluso por encima de la imagen de tu muerte son aquellas sobremesas antes de que empezara a trabajar, cuando me levantaba tarde y me iba contigo a la cocina, a molestarte mientras hacías la comida y después veíamos Falcon Crest. Me acuerdo que podía hablar de todo contigo, como aquella vez que te dije que ya podía dejar embarazada a una chica y me miraste con cara de saberlo antes que yo. Luego me explicaste… Te pienso siempre al lado del papa, en el sofá, echada en sus brazos después de cenar, con los platos por recoger y los dos quintos sobre la mesa. Mi hermana a un lado y yo al otro, y la Tina, o el Black, en el suelo… 

La vida ha seguido para todos menos para ti, y no nos ha ido mal, porque sólo le va mal al que ya no está, y hoy hace veinticinco años que no te dejaron seguir. Nadie sabe cuánto daría uno por verte un segundo más, por sentirte, escucharte, darte un beso o sencillamente tener una imagen nítida en la memoria. Ayer le explicaba a mi compañera que con cincuenta años lucías un cuerpazo de película, bikini blanco, pamela ancha, gafas de sol, y venías a la cancha de fútbol del camping a verme jugar, o a vigilar que no me metiera en líos, siempre desde un lado, junto a la Merche, pero sin armar ruido, como viviste, como viniste al mundo y como te fuiste, discreta y radiante.

Me cuesta seguir escribiendo porque el nudo y las lágrimas cada vez son mayores. No sabía si escribir esto para mí, para nosotros, o hacerlo público, y sí lo voy a compartir con mis amigos y lectores, porque también escribo novelas, mama, aunque estoy convencido de que lo sabías, y quiero que todo el mundo sepa que desde hace veinticinco años nuestro mundo se oscureció y se hizo más denso, que desde entonces los silencios han sido mucho más profundos, que la muerte me asusta hasta el punto de ni siquiera poder hablar de ella aún habiendo transcurrido tanto tiempo, pero sobre todo quiero que todo el mundo sepa que fuiste la mejor madre que un niño pudiera tener.

Nos quedaron tantas cosas por decirnos, tantas cosas por hacer… que ahora flotan como un halo de mierda siempre a nuestro alrededor. Sé que nunca las escucharás porque los que no somos creyentes ni siquiera tenemos la puta esperanza de vernos en un paraíso de nubes de algodón, pero te prometo que yo sí voy a intentar decirlas.

Ahora que soy Ángel María


Miércoles, Abril 3, 2019

Les veía casi siempre a la vuelta. Llegaban con sus vestidos coloridos, las gorras de visera corta a veces vueltas para atrás, los guantes con los dedos descubiertos y, cuando se bajaban, tapeaban con sus zapatos como si fueran bailarines de claqué. Sólo les veía cuando regresaban porque salían muy temprano, demasiado para un niño de mi edad, pero cuando desayunaba con mi hermana y mi madre en la mesa de madera de la parcela, bajo el toldo que colgaba del avancé, subían por la calle del camping montados en sus armaduras flacas, de tubos pintados, agarrados a aquellos cuernos curvados como jinetes de avestruces. Las ruedas grandes, mucho más grandes que las nuestras, delgadas, apenas de un par de centímetros de grosor, y un juego de platos y piñones que hacían restañar con elegancia tirando de pequeñas palancas pegadas al tubo principal del cuadro, justo encima de donde llevaban pegados, como un perezoso a un árbol, botellines de agua con publicidad de bancos y cajas. 

Después, al cabo de las horas, les volvía a ver en pantalones cortos o bañador, siempre sin camisa como todos los hombres del camping, rodeados de sus familias y armados con una paleta frente al fuego de una barbacoa en la que asar carne, sardinas o cocinar una paella, atendiendo con una sonrisa a los otros hombres que pasaban frente a sus parcelas y les preguntaban a dónde habían ido aquella mañana. Ellos, ufanos, respondían con nombres de pueblos que en mi mapa imaginario eran imposible de colocar, aunque sabía que eran lugares lo suficientemente lejanos como para que ninguno de nosotros pudiera ir allí sin permiso.

Guardaban sus bicicletas dentro de los avancés, protegidas de las miradas ajenas y de los niños que nos volvíamos locos por tirar de las palanquitas que movían los piñones como si fueran las marchas de un coche, de pegarnos a aquellos manillares que se recogían en sí mismos como conchas de un caracol o de meter nuestros piececillos bajo las tiras de cuero que ataban los zapatos a los pedales y quedarnos pegados a aquellas bicicletas que el resto del mundo sólo veía por televisión durante las calurosas siestas estivales.

Me acuerdo especialmente de Ángel María, y de su hijo, al que nunca vi interesarse por la bici de su padre como hacíamos todos los demás. Era un señor andrógino, de cuerpo poco definido, pero que se metía entre pecho y espalda cientos de kilómetros para desconcierto, o asombro (y algo de envidia) del resto de hombres de la cuadrilla. Ángel María se levantaba casi de madrugada, junto a otros dos o tres compañeros, y recorrían las carreteras comarcales de Tarragona y alrededores a bordo de aquellas bicicletas imposibles. No era de los que iba a la playa cargado con su hamaca y sus sillas apenas salía el sol para plantar la sombrilla, ni tampoco de los que se levantaban a las once o las doce del mediodía haciendo valer el único pecado al que un trabajador tiene derecho en vacaciones, la pereza. Ángel María tenía otra afición, otra vida. Entre semana vestía su uniforme de hombre formal, de empleado de banca o de una compañía de seguros, no lo recuerdo muy bien. Era alto, con barriguita, y esa pinta de sedentario al que le sienta la ropa como si se la hubieran lanzado desde un par de plantas más arriba. Caminaba tranquilo, siempre con una sonrisa medio bobalicona en el rostro, y apenas llegaban sus días libres, cambiaba aquellos ropajes grises por vestidos pintorrejados de mil marcas publicitarias como si fuera un ciclista profesional de Kelme o Kas. Siempre que pasaba a mi lado me sonreía con aquella beatitud y metía la mano en mi cabeza para revolverme la melena. Quería que jugáramos con su hijo, que fuéramos sus amigos, algo que nunca pasó.

Hace apenas un par de meses que he comenzado a ser Ángel María, ahora soy yo quien se viste con colores chillones (menos que él porque aún tengo en mi recuerdo la imagen que me despertaba), que se levanta los domingos como si fuera un lunes, que se calza un casco de rejilla en lugar de una gorra blanda de visera corta, que me pongo los guantes sin dedos, el botellín de agua pegado al cuadro de mi bici, y que salgo a hacer kilómetros como si alguien me pagara por ello. Ahora soy yo quien sale a sufrir bajo el calor del verano eterno del trópico, quien suda y vuelve con su bicicleta de mil gadgets, de un montón de platos y piñones que hago restañar con los pulgares como trucos de un agente secreto británico, y que paso despacito por las calles del residencial como hacía Ángel María por las calles del camping.

La única diferencia, más allá de las formas que el ojo ve y de que en vez de rutas yo pedaleo por caminos rurales, es que mientras preparo la paella del domingo, mi hijo limpia mi bicicleta admirado, toca todas las palancas vigilándome de reojo para que no le regañe, hace ver que se sube (porque aún no llega), que corre en ella, y se levanta a la misma hora que yo para pedirme, domingo tras domingo, que lo deje venir, que lo deje acompañarnos como si fuera el Timbaler del Bruc por los caminos de La Altagracia. 

Paciencia hijo mío, que a mí me ha costado cuarenta años ser Ángel María.

Cinco noches con Julia


Lunes, Marzo 25, 2019

Mi padre, mi madre y yo.
Por fin, tras meses de haber finalizado Anacaona, la última princesa del Caribe, quería comentar que mi próxima novela se encuentra en el último tercio de su escritura. 

No es una novela como las que he escrito, de hecho es casi opuesta a mis anteriores obras, pero me encuentro en el momento justo para escribir una historia de calado más urbano e intimista. Una obra en la que se mezclan realidad y ficción para construir una vida que no fue, pero que perfectamente podría haber sido y con la que estoy convencido de que muchos os sentiréis identificados. 

Es una obra que no podría haber escrito antes, y que difícilmente podré escribir dentro unos años, pues el punto actual de la mitad de mi vida, o por lo menos de lo que debería ser la mitad cronológica de una vida, es el momento justo para explicar lo que ocurre en Cinco noches con Julia. Ese espacio en el que la experiencia de lo vivido pesa en la mochila lo mismo que la inocencia de la esperanza por lo que ha de venir. He escuchado muchas veces que llega un momento en que la vida deja de darte para empezar a llevarse lo que te había regalado, lo que te habías ganado, o lo que te tocó en la tómbola, y si bien estoy convencido de que ese momento llegará, no es menos cierto que no lo ha hecho todavía y que para escribir una novela como Cinco noches con Julia era absolutamente necesario el equilibrio en una vida adulta.

Estoy seguro de que a muchos les sorprenderá, en especial a los más allegados, pero creo que está quedando una obra compacta, serena, razonablemente bien escrita y que obligará a los lectores a asomarse al espejo de sus decisiones.

Tenía ganas de explicar esto, de hacer saber que más letras vienen en camino y que la ilusión por ser un cuentista profesional sigue intacta aún a pesar de las dificultades, de la constatación de la falta real de talento y del pavor que me supone vivir de lo efímero, pero no hay más camino, escribir es un negocio que se aprende como la mayoría, haciéndolo, y que como esa mayoría requiere de mucho trabajo, esfuerzo, de una pizca de suerte y de estar rodeado de gente que te ayude. De algunas voy justito, para qué nos vamos a engañar, talento así, así, soy más vago que el sastre de Tarzán y a la mínima me quedo mirando a las musarañas o pegado a un vídeo de Messi en YouTube, pero de lo otro voy sobrado, pues suerte tengo a raudales y estoy rodeado de la mejor gente del mundo, además, cuando lo prosaico está asentado lo sutil es una exigencia.

En el tintero flota una novela de aventuras, la segunda parte de El péndulo de Dios, pero que necesita de la cercanía del gran (y admiradísimo) Cerrada y sus conocimientos de esgrima..., aunque esto es otra historia.

Los cinco minutos de Andy Warhol


Jueves, Marzo 21, 2019

Define la RAE el verbo gerenciar de la siguiente forma: gestionar o administrar algo. Para estar seguro, he buscado inmediatamente la definición de gestionar y el resultado es éste:  
  1. tr. Llevar adelante una iniciativa o un proyecto.
  2. tr. Ocuparse de la administración, organización y funcionamiento de una empresa, actividad económica u organismo.
  3. tr. Manejar o conducir una situación problemática.
Y es curioso, porque tras leer los tres puntos varias veces no he sido capaz de encontrar las palabras humillación, abuso o narcisismo en la definición. 

Cuando trabajaba en Barcelona (hace algún tiempo, como dice la canción) lo hice en una empresa de distribución que contaba con una flota importante de vehículos y chóferes. Recuerdo a uno de ellos, una gran persona pero de espíritu pobre, apocado, incapaz de levantar la voz o la mano a nadie. Un currito, un pobre hombre que lo único que tenía era corazón. Un tipo al que todos usaban en sus bromas sin que jamás hubiera un mal gesto por su parte. Algunas tardes al finalizar su jornada regresaba en la furgoneta acompañado por su hijo, supongo que lo recogería del colegio a última hora o algo así, y algunos compañeros, incluso jefes directos, se reían y continuaban sus bromas incluyendo en ellas al chaval, “tu padre no sé qué y tu padre no sé cuántos”. Por aquel entonces yo era uno de los directivos importantes de la casa y una tarde que lo vi llegar salí a recibirlo a la puerta. Le di la mano y tratándolo en todo momento de usted le pregunté cómo le había ido, le hice saber lo importantísimo de su labor en la empresa, de lo mucho que le debíamos y le hice un par de preguntas sobre cómo debía hacerse algo del trabajo. El tipo me miraba y abría los ojos como platos mientras su hijo se le agarraba de la mano como si se tratara de un cable colgando en un precipicio. El chófer me siguió un poco el juego con más miedo que entendimiento, recogió sus cosas y se fue a su casa con su chaval. Al día siguiente, apenas llegó, subió a mi oficina y me abrazó.

No cuento esta anécdota como muestra de lo buena persona que era, pues ni lo era ni lo soy. Unos años antes de lo que acabo de explicar iba, junto a Álex, un amigo que si lee estas letras seguro que lo recuerda, a un gimnasio en Sabadell. Era un gimnasio del centro de la ciudad, uno de esos de alto copete con pistas de squash, saunas, piscinas, baños turcos, etc., y casi cada día al finalizar nuestras rutinas coincidíamos en el vestuario con un señor mayor que nosotros de origen no recuerdo si andaluz o castellano, pero en todo caso aficionado y militante activo del Real Madrid, en una época además que lo ganaban todo. Una tarde que me sentía inspirado, y apenas le vi volver de su partida diaria de squash, comencé a comentar con Álex, en un volumen suficientemente alto como para que me escuchara, lo absurdo de vivir en Cataluña y ser del Madrid, la vergüenza que deberían sentir, y una cantidad de barbaridades repugnantes, impropias, xenófobas, indecentes e imperdonables que lancé por mi boquita con el único fin de hacer gracia a los cuatro amiguetes que andábamos por allí. El hombre, que se limitó a mirarme de refilón como si oyera una música lejana intentando reconocerla sin demasiado interés, se duchó, se secó, se cambió (a poco menos de un metro de nosotros) y se fue. Cuando salió todos reímos, yo con el pecho henchido de orgullo pues el viejo no se había atrevido ni a respirar ante mi  labia y arrojo. Digno ante la humillación de la que aún hoy siento tanta vergüenza, tanta tristeza, tanto asco de mi actitud que ni treinta años de arrepentimiento han servicio como penitencia, el hombre se fue a su casa quizá con ganas de partirme la cara, o quizá con la certeza de que las palabras de un imbécil no eran motivo suficiente para sentirse afectado.

Explico esto porque llevo días haciendo memoria retrospectiva y no recuerdo en mi trayectoria laboral, treinta y cuatro años para ser exactos dirigiendo equipos de trabajo, haber humillado a nadie aprovechándome de mi cargo o de su necesidad. El caso del señor del Real Madrid, que me avergüenza doblemente por mi actitud asquerosa y por la falta de valor para pedirle disculpas en su momento, fue por impresentable, por imbécil y maleducado, pero no recuerdo haber hecho algo parecido aprovechándome de mi cargo.

Por supuesto en todo este tiempo he cometido errores, mi memoria dulcifica y esconde mis malas decisiones, y estoy convencido de que habré sido injusto en más de una ocasión, que hay quien no me querrá ver ni en pintura porque alguna de mis decisiones le habrá causado daño, espero que también haya de lo contrario..., pero llevo dos días haciendo memoria y no recuerdo que como director haya humillado a propósito a ningún compañero. Es más, siempre he despreciado profundamente a los jefes que lo hacían. Y lo he visto hacer, muchísimas veces, no me lo han hecho (o no he dejado que me lo hicieran), y me entristece profundamente cuando en pleno siglo veintiuno todavía veo directores y directoras, por usar el lenguaje inclusivo, cuya forma de solucionar las situaciones laborales está basada en la venganza o la humillación al necesitado. Pienso en estas ocasiones que probablemente, como ocurre con el maltrato infantil, sus actitudes estén forjadas por las propias experiencias, que en algún momento de sus carreras profesionales alguien les humilló y ahora tengan la necesidad de resarcirse o piensen que esa es la forma correcta de gestionar. 

No comprendo qué bien o qué satisfacción se obtiene golpeando a alguien con la fuerza del cargo y personalmente lo asimilo más a la maldad que a otra cosa. O eso, o es que la adrenalina del poder es más placentera que la melatonina del sueño plácido.

Hace unos días publiqué un decálogo de lo que para mí era ser un buen gerente, y con toda honestidad siempre he intentado mantenerme atento a estas normas, de hecho, ojalá este post sirviera para que si alguien cree que no lo he hecho me pusiera en mi sitio, pero si yo tuviera una empresa y viera a un mandatario gritarle a su familia, humillar a un trabajador, tomar venganza contra personas que incluso ya ni están en la compañía o hablar mal de terceros en su ausencia, inmediatamente lo apartaría de mi equipo porque en una organización de seres humanos (aunque se dediquen a ganar dinero) no deberían tener cabida las malas personas ni las malas actitudes. 

Por desgracia, muchas veces estas cosas se aplauden porque se ven como fortalezas de dirección, como capacidades de mando, de mano dura, de establecer jerarquías, de aviso a navegantes, como decía aquel jefe, pero para conseguir el respeto jerárquico hay muchas herramientas que no incluyen la humillación o el abuso de poder. Quizá la inmediatez, la presión por conseguir resultados, la violencia del mercado, de la competencia, ese modo tan despreciable de marcar paquete para subir puestos en el organigrama, validen actitudes de esta calaña, pero a la larga las empresas que las toleran o las aplauden acaban llenando sus staffs a partes iguales de pusilánimes y abusadores, por un lado gente que se cree que lo sabe todo y que puede hacer lo que le dé la gana, y por otro gente que les da igual lo que les digan porque no les importa un pimiento nada que no sea mantener su salario todos los meses.

Es curioso también como a la gente se la va conociendo cuando tienen dinero o cuando sienten la empuñadora de la vara en sus manos, y dicen que el dinero o el poder cambian a las personas pero no es cierto, el dinero y la sensación de poder (pues el poder per se es una ilusión) lo que hacen es mostrar la realidad de las personas, mostrar el verdadero vestido del emperador, por eso todo el mundo debería tener no cinco minutos de fama como decía Andy Warhol, sino a cinco minutos de ser rico o sentirse poderoso. ¡Anda que no nos íbamos a reír!

Manuel y Hermes -Entrevista-Jordi Díez


Viernes, Marzo 15, 2019





Por si es de interés, comparto la entrevista que tuve el honor de disfrutar ayer en el programa Manuel y Mermes, de Canal 4 RD, uno de los canales oficiales de la Corporación Estatal de la Radio y la Televisión Dominicana. Desde aquí agradezco profundamente a Hermes y Manuel Meccariello​, así como a todo el equipo de producción, y a Alejandro que lo hizo posible, el maravilloso trato recibido. ¡Muchas gracias a todos!

Para vosotros, amigos y lectores, espero que os agrade la entrevista y si estáis interesados en saber más sobre mis novelas podéis seguir este link -> http://author.to/JordiDiez 

Una historia del camping


Viernes, Marzo 1, 2019

A raíz de un post que colgué hace unos días en mi muro de Facebook, un amigo de la infancia, mi mejor amigo de la niñez me atrevería a decir y protagonista de la foto adjunta, me hizo el comentario de que debería escribir algo sobre nuestras aventuras de cuando nuestros padres nos soltaban durante los meses de verano en un camping para que nos asilvestráramos como los animales salvajes que éramos. Para los que no estén muy avezados con la cultura vacacional de la edad de hierro, los niños entonces se dividían entre los que no tenían vacaciones, los que iban al pueblo, los que no tenían pueblo, los que iban a donde los invitaban, los que íbamos de vacaciones a un camping, los que podían ir unos días a un apartamento, los que se alojaban en hoteles, los que tenían una residencia de verano y los que viajaban al extranjero, que eran una minoría tan mengua que jamás conocí a ninguno. 

Pensando en las palabras de amigo, en verdad no acostumbro a escribir de mi niñez porque fue maravillosa, no podría detallar más allá de eso, tengo la fortuna de haber tenido unos padres magníficos, aunque la desgracia se cebara arrebatándonos a mi madre, una hermana tolerable (¡es broma!, amo a mi hermana y es un ejemplo para toda la familia), amigos por doquier, fui un niño aceptado, sin problemas de acoso, de personalidad o autoestima. Sacaba buenas notas, jugaba a fútbol (mal, pero nunca tenía problemas para ser escogido en las primeras tandas del piedra, papel o tijera), cada cumpleaños, navidades o la fiesta que fuera mi familia sabía que el mejor regalo que me podían hacer eran libros y tenía la habitación repleta (libros que aún guardo en su mayoría), unos abuelos maravillosos, éxito en la línea media con el sexo opuesto, era valiente, lenguaraz, ágil y un poco (muy) cabrón. Vamos, lo que cualquiera llamaría una infancia perfecta.

Sin embargo, y como consecuencia del comentario de mi amigo, comencé a rememorar algunas de las aventuras que vivimos en aquellos veranos de bañador, bocadillos de chorizo, bicicletas, fútbol, playa, piscina, amigos y libertad, mucha libertad, toda la libertad. 

Me ha venido a la memoria, por ejemplo, de un día en que decidimos arrancar los cuatro o cinco amigos con nuestras bicicletas para ver si éramos capaces de llegar a Tarragona. Nuestro punto de veraneo era el camping Santa Eulalia, situado en Altafulla, un pueblo precioso en la costa dorada catalana, y que dista de la capital tarraconense unos diez o doce kilómetros, veinte contando entre la ida y la vuelta. Un desafío portentoso para niños de diez años. Recuerdo que lo planificamos a la perfección, botellas de agua, algo de comer, y pa’lante. Sólo había un pequeño problema, el único camino que conocíamos era el arcén de la carretera nacional N-340, una vía rápida por la que los coches, camiones, y cualquier bicho motorizado pasaba a toda velocidad pegadito a los cuatro locos que pedaleábamos por el arcén más felices que si nos hubiera tocado la lotería. Al final no llegamos a Tarragona porque uno del grupo se asustó y al cabo de unos kilómetros de aventura echamos para atrás, pero la experiencia quedó en nuestras memorias para siempre.

Me acuerdo también de una barca vieja que encontramos y que llevamos cargada a lomo hasta el camping para arreglarla y salir a navegar. La bautizamos como la Perca, la Parca, la Troncha, la Ruca, la Merca, la Tranca, la Pinca, … no me acuerdo, pero era una barca reventada por todas partes a la que le pegamos tablones, maderas, clavos por doquier, bolsas de plástico y no sé cuántos inventos más para que flotara y nos permitiera viajar (más en la imaginación que en cualquier otro medio) surcando las olas de costa a costa. Cuando entendimos que ya estaba totalmente reparada en nuestros astilleros campiles, la llevamos hasta el mar, de nuevo a lomo, y la botamos. En pocos minutos se nos llenó de agua y se hundió a pesar de nuestros esfuerzos por achicar agua con cubos en forma de castillo almenado…

Y cómo olvidar los primeros años de adolescencia, cuando recuperamos una vieja caravana abandonada y la tomamos como cuartel general. No puedo explicar más de este tema…

Los partidos de fútbol contra los niños del pueblo y de los campings vecinos, las carreras de natación, los campeonatos de Risk o las excursiones en bicicleta hasta el faro o el pueblo de Tamarit conforman el paisaje de los veranos de mi infancia. Una etapa de mi vida, como decía al principio, maravillosa.

Sin embargo, y dando cuerda al reloj de la memoria, me ha venido un episodio que creo que me ha ayudado mucho en la vida.

Por aquella época no era extraño que los cumpleaños de alguno de los niños del grupo cayeran en época de vacaciones. O incluso si no caía en los meses de verano, como la mayoría de los fines de semana también los pasábamos allí, nuestros padres aprovechaban para celebrarlos con el grupo. Organizaban una pequeña fiesta en la tienda o en la caravana del agasajado y el resto de niños acudíamos con algo de picar y un regalo. Por aquel entonces yo me tenía en una alta autoestima, de hecho ése ha sido uno de mis mayores hándicaps, y es que siempre me creí capaz de hacer cualquier cosa porque el mundo giraba alrededor de mi ombligo… Por fortuna, y nos guste o no, la vida acaba poniendo el ombligo de cada cual donde le corresponde, pero en aquel momento el mío estaba en su lugar como epicentro indiscutible del universo.

Explico todo esto porque entonces tenía la certeza de que los regalos que escogía para los otros niños eran magníficos, los mejores (y honestamente aún lo recuerdo así) pues los seleccionaba con el mayor de los cariños. Íbamos todos los niños en procesión, en bañador y zapatillas o sandalias, unas espantosas de tiras de plástico con una hebilla que además de hacerte una herida en el empeine, se oxidaba a las primeras de cambio (la chancleta en aquella época prehistórica aún no se había implantado, lo que no afectó de manera negativa en nuestros cerebros como ha sucedido con las generaciones siguientes), todos cargados con nuestros regalos y el paladar saboreando el sucedáneo de Coca-Cola y el pastel.

Un día me tocó a mí, yo iba a ser el agasajado. Mi cumpleaños no caía (ni cae) en verano, pero supongo que junto a mis padres decidiríamos celebrarlo en un fin de semana de camping. Toda aquella semana estuve haciendo cábalas de los súper mega regalazos que me iban a traer mis amigos. ¡Qué menos si yo era el que mejores regalos les había hecho a ellos por años! Llegó por fin el día, y mi madre armó una mesa de plástico en la parcela de la roulotte con patatas, ganchitos, almendras, rebanadas de pan Bimbo cortadas en cuatro trozos ungidos de Nocilla y La Piara, chorizo enrollado con palitos de queso y bebidas azucaradas. Normalmente estas fiestas se hacían después de comer, así recuerdo la prisa por armar toda la intendencia y los nervios de la espera. Por fin, a eso de las cinco de la tarde, comenzaron a venir algunos niños. Los primeros sin regalos. Esperé a que llegara el grueso, incluidos los que eran mis amigos, aquellos con los que compartíamos fines de semana y meses de verano. Uno de ellos me trajo un comic, un tebeo como los llamábamos entonces, de Astèrix. El resto no trajo nada.

La decepción fue enorme, bíblica, un armagedon en la línea de flotación. No lo podía entender. Aún hoy, mientras escribo estas líneas me cuesta… No era tanto el que no me hubieran hecho regalos, la decepción estaba en el hecho de que no me consideraran, que no me vieran como yo me veía a mí mismo. Ellos no creían que yo fuera un tipo genial, no veían en mí el campeón que yo creía ser, el niño al que todos adoraban. Sencillamente, era uno más, y muy probablemente uno al que soportaban por los motivos que fueran, porque estaba siempre, porque tenía un balón, porque mi hermana era una chica, porque jugaba de portero, porque no era ni del Barça ni del Madrid, yo qué sé por qué, pero lo que sí comprendí de golpe, y de ahí lo de la lección, fue que uno no le puede gustar a todo el mundo. Uno no puede hacer las cosas esperando la recompensa. Uno no puede esperar nada de los demás. Uno es uno, y como tal está solo en la vida.

Comprendí, porque además de ser el ombligo de mi universo no soy tonto del todo, que cualquier cosa que uno espere de los demás siempre se convertirá en una decepción. Yo tuve mi fiesta, vinieron todos los niños, mi madre se esmeró, mi padre y mi hermana estaban allí, pero yo esperaba más, lo que pasó no fue suficiente, y no porque no lo fuera persé, sino porque yo tenía la expectativa de mucho más. Por supuesto seguimos siendo amigos y como niños la decepción duraría como mucho aquella noche, aunque la lección me haya valido hasta hoy.

Desde entonces no recuerdo que me haya vuelto a ocurrir algo parecido. Todo el que me conozca lo más mínimo sabe que soy un espíritu más bien alegre, una persona feliz, pero aprendí a no esperar nada de nadie. Lo que llega, como el amor de mi mujer o nuestro propio hijo, bienvenido, me produce una felicidad infinita, pero nadie tienen una obligación conmigo, nadie me debe nada. El día que ellos, o cualquiera que comparta mi vida, no se sienta bien a mi lado es libre de irse para otro sitio. Cuando gana la Penya o la Real, como nadie lo espera, son victorias que saben a gloria. Y en esa aceptación alegre de la vida me he mantenido casi siempre…

Y esta es la historia de niños, no sé si es la que esperaba leer mi amigo, ni siquiera sé si la recuerde o la recuerde como yo la he explicado, pero así es como la viví, y no ha pasado un solo cumpleaños que no dé gracias por aquel maravilloso regalo.

Si 1Q84 se hubiera escrito en ROMA


Lunes, Febrero 25, 2019


Resultado de imagen para 1q84Anoche acabé, después de maratonianas jornadas de lectura, “1Q84” de uno de mis escritores preferidos, Haruki Murakami, y lo cierto es que creo que a mi edad ya no debería perder el tiempo de esta forma.

Creo que el señor Murakami, que me ha hecho disfrutar de una manera brutal con su Norwegian Wood (Tokyo Blues), cargó la batería de su computadora con plutonio y se puso a escribir una trama sin pies ni cabeza en la que continuamente da trazas de su talento, descripciones espectaculares, personajes magníficos, escenarios “murakámicos” extraordinarios, pero en la que a la hora de ligar todo eso le falló la mano del mortero y le salió un all i oli aguado, insípido, inconexo e inacabado. Mi abuelo, que en paz descanse, y que era el encargado de hacer el all i oli en casa, cuando le salía mal siempre decía que era porque alguna mujer con la regla había entrado en la cocina, jejeje, no sé si ha sido este el caso del señor Murakami, pero la verdad es que dentro del despropósito de la trama añadir un elemento escatológico al estilo del caca, pedo, culo, pis es lo único que le habría faltado.


Y si bien como decía hay algunas descripciones, personajes y pasajes de la novela que son impresionantes, como la noche que pasan juntos Fukaedi y Tengo, de la misma forma uno se pregunta qué narices pasa con la primera, o qué ocurre con el detective, el padre, Vanguardia, la amante de Tengo, el editor, el profesor, y todo el reguero de personajes que aparecen en la novela, que cobran una dimensión importante en un momento y que de repente desaparecen, pero no porque les pase algo, sino porque parece que el autor se olvide de ellos… ¿Cómo puede aparecer un personaje, amenazar a uno de los protagonistas durante varios capítulos, y de repente no salir más ni el, ni la amenaza, ni nada que se le parezca? 

No sé…, me encanta como describe el señor Murakami, pero creo que en 1Q84 o bien nos ha gastado una broma, o ha querido hacer algo que no le ha salido bien, o ha dejado todo en el aire para ir estirando el chicle del proyecto y así seguir vendiendo miles de libros, de verdad que no tengo idea. Ahora bien, de lo que sí estoy seguro es de que si alguno de los autores independientes, por nombrarnos de alguna manera, hubiéramos escrito esta novela no habríamos encontrado editorial en el mundo que la quisiera publicar y las ventas se contarían en base a los familiares y amigos que se la hubieran descargado por compasión.

Además es curioso, porque justo he acabado esta historia la noche en que la película ROMA ganaba un par de Oscars. Está bien, más allá de que la película me parece soporífera, me alegro por su director, por todos los mexicanos de bien que se sienten identificados, así como por los laboratorios de blanco y negro, que deben haber pasado mucha hambre en estos últimos años, pero no dejo de ver un cierto paralelismo entre 1Q84 y ROMA, pues en mi opinión ambas están extremadamente sobre dimensionadas y dudo mucho de que ninguna de ellas aguante el paso del tiempo. Recuerdo que hace algunos años, cuando Steven Spielberg no había ganado aún ningún Oscar decidió hacer una película lacrimógena en blanco y negro y se llevó sus primeros muñequitos dorados, como The artist, un bacalao infumable del que nadie ha vuelto a hablar y que ni siquiera repiten en televisión. Recuerdo también que justamente ésa fue una de las primeras advertencias del señor Moisès Serra en su curso de fotografía, “una mala foto no se arregla ni pasándola a blanco y negro”, pues eso, tomando las palabras del insigne fotógrafo sabadellense, una novela pesada e inconclusa no se salva ni aunque la haya escrito el eterno aspirante a Oscar, perdón, a Nobel.

La mirada curiosa


Martes, Febrero 19, 2019


Fotografía: Fernando Baños
Siempre he sentido una curiosidad innata, intensa e incontenible por los demás. No puedo evitar preguntarme cosas de la gente, intentar adivinar sus vidas, qué esconden tras los vestidos de la supervivencia diaria.

No puedo evitar pensar en qué hará tal o cual persona cuando está sola, cuando se acuesta, cuando interactúa con su familia, con su pareja, cuando se masturba, cuando está en el baño, ¿canta en la ducha?, ¿ve vídeos graciosos por Internet o está enganchado al porno?

Cuando entro en una reunión importante, rodeado de políticos o grandes directivos, siempre me los imagino en sus zonas de seguridad, cruzando la puerta de la última habitación que los protege, allí donde ya no son nada más que un cuerpo atado a una mente con los mismos miedos, o no, con los mismos anhelos, o no, y con las mismas necesidades, o no, que todos los demás. Hace muchos años leí en un baño, cuando la gente era libre de la dictadura de lo políticamente correcto y todavía escribía en las puertas de los baños, un poemilla que decía algo como “caga el rey, caga el papa y de cagar, nadie se escapa”, y esta coplilla escatológica es más cierta que la ley de la gravedad newtoniana. 

Reconozco mi voyeurismo, me encanta descubrir los secretos de los demás, y no me refiero a lo que tienen, a cómo viven, a sus gustos, religiones o preferencias sexuales, porque todo eso pertenece a la carcasa de la persona. Lo que me atrae es lo que se esconde detrás de todo disfraz, cómo es el fraile cuando se quita el hábito, cómo queda  la mona cuando ya no viste de seda, cómo son los secretos, ¿tristes o sórdidos? Desconfío de la gente que no habla de su pasado, que no lo incorpora como algo natural a sus conversaciones, desconfío de aquellas personas que en presencia de sus parejas no hablan de según qué, y que van variando el discurso de manera sustancial dependiendo del entorno en el que se encuentran.

Desconfío de los que aseguran haber sido o de los que afirman continuamente serlo, porque esa es la mayor prueba de que ni han sido ni son una puta mierda. Fachada, carcasa y la seda de la mona.

Me gusta compartir con la gente que te mira a los ojos y te dice “aquí está todo, búscalo”, me fascina observar a las personas en sus espacios íntimos, cuando interactúan en un aeropuerto, cómo comen, cómo tratan a sus hijos, la forma en que se abrazan a sus parejas cuando nadie los ve o cuando no les importa un pimiento que los vean. Huyo del escaparatismo, de los que se esconden  tras un cargo, un uniforme, una religión o una bandera. Me acojona el que se envuelve en dinero para que los demás se cieguen con su brillo. Me aterroriza el que siempre sonríe, el que habla en diminutivos, el que es amigo de todo el mundo, el que te pregunta por la familia con una sonrisa mientras su vista ya ha pasado de largo y busca otro objetivo. Quisiera verlos por un agujerito, ver cómo son las vedettes cuando se quitan las plumas, la cara del payaso sin maquillaje, saber cómo se comporta el jefe cuando cuelga el teléfono, ¿te insulta, sonríe, te ignora…?, observar desde un rincón de la cocina al indigente sentado en el apartamento social que le ha donado el ayuntamiento, ¿echa de menos la calle?, estas son cosas que llenan por horas mis pensamientos.

Lo curioso es que de tanto en tanto la vida me premia con sorpresas magníficas como una cena a la que me invitaron hace unos días y donde tuve la fortuna de conocer a alguien y verlo casi por el ojo de la mirilla. Una persona ejemplo de vida, uno de esos motores cargados en la niñez con plutonio, incombustible, un don nadie que creció a base de esfuerzo, que ha aceptado sus miserias, que se encumbra en ellas una vez comprendidas, que se ha arruinado y bañado en dinero, que ha tenido verdadero poder en sus manos y ha estado sometido a él, una vida de luces y sombras que muestra con no disimulado orgullo. Un maestro de esos que a pesar de saber casi todo, todavía pregunta a los alumnos para seguir aprendido, esa gente me gusta, con ellos me siento cómodo aunque no tenga nada que aportarles. 

Y por eso a veces, cuando veo alguna de esas películas ridículas de Hollywood en las que un personaje se convierte en espíritu y ve todo lo que ocurre a su alrededor sin interactuar con el entorno, pienso que me encantaría que me pasara a mí, ser yo ese ectoplasma incorpóreo chafardero que todo lo sabe y que a nadie molesta…, aunque si lo pienso bien creo que hay un problema insalvable, ¡los espíritus no pueden teclear (que se sepa)!

Recuerdos compartidos


Lunes, Febrero 18, 2019

¿Qué hacemos con los recuerdos compartidos con alguien a quien no queremos recordar? Llevo días haciéndome esta pregunta a raíz de una separación un tanto traumática que está viviendo una amiga. 

La de ella es una de esas separaciones feas, con reclamaciones absurdas y todos los reproches del mundo. De esas con actitudes desafiantes, chulescas, violentas en las formas, revanchistas, y que acaban con una vida compartida de golpe, pero que no contentas con eso, además la trituran, la incineran y la entierran bajo una tonelada de mierda que han decidido echar encima.

Y por eso hace unos días que me asalta la pregunta de qué hacer con todos los recuerdos compartidos cuando una relación acaba mal.

En mi vida he pasado alguna vez por esto, como todo el mundo, y si bien no fui un ejemplo y cometí errores que hoy me atrevo a pensar que no volvería a repetir, no recuerdo haber sido violento o querer aprovecharme de las circunstancias de la otra parte, porque una cosa es el final y otra dinamitar todo lo vivido. Y aún así no salió bien, porque estas cosas nunca (o casi nunca) salen bien. Recuerdo sí malos momentos, mentiras, falsas expectativas basadas en lo pasado y no en lo que había de venir, recuerdo un vacío infinito, una tristeza brutal elevada a la enésima potencia el día que toca firmar ante notario el final de todo, la prueba definitiva de que la vida como la conocíamos hasta ese día acababa para siempre. Recuerdo el apoyo de la gente, la paciencia generosa de los propios aguantando una y otra y otra vez la misma historia, los mismos comentarios, el bucle sin fin que supone hablar de una separación. Recuerdo llamadas de madrugada, reproches, llantos, acercamientos al entorno de la pareja en busca de cualquier información sobre su estado, vigilias en el coche ante la puerta de la casa cocido en el caldo de la tristeza, la rabia, la curiosidad y la necesidad, pero no recuerdo haber sido violento más allá de algunas palabras que me podría haber metido en ese agujerito de mi cuerpo que nunca (o casi nunca) ve el sol.

Pero recuerdo sobre todo los muchos años que se han necesitado para rehacer esos momentos, esos dolores clavados en el alma que no se curan con una firma ante notario, ni con otro clavo, no…, porque deshacer una vida requiere de mucho más, requiere de tiempo, requiere de la comprensión interna de que ese paso no se da por gusto sino por necesidad, y requiere de entender que sólo tras la desestructuración puede haber creación. Requiere también de mucho perdón, empezando por uno mismo. Una extraordinaria amiga, viendo cómo me castigaba por la situación en su momento, me preguntó qué haría si un amigo mío se separara y hubiera metido la pata, o pensara que la había metido. Me preguntó si cada cinco minutos yo iría a su casa a gritarle desde la puerta lo burro que había sido, lo mala persona en que se había convertido, el monstruo espantoso que había dinamitado una vida perfecta. Me preguntó si tendría la desvergüenza de hacerle eso a un amigo y evidentemente le contesté que no, pero entonces me preguntó “por qué te lo haces tú”, y me pilló. De ahí comencé a perdonar, a  perdonarme, pues no se puede caminar con una mochila cargada de culpa.

Y al tiempo que fui sanando partes rotas en mí mismo, con tiempo y paciencia de los míos, fui recuperando algunos recuerdos de esos que yo también había vivido independientemente de haberlo hecho acompañado. Recuerdos que no sólo pertenecían a una vida en pareja, sino a mi propia vida. Viajes, risas, amigos, escenarios, comidas, conciertos, partidos del Barça y de la Penya, emociones que me pertenecían, que me pertenecen, porque yo decidí vivirlas de aquella forma y que no merecen caer en el vacío de la separación, en el hoyo inmenso que deja la partida de la persona amada, ya convertida en una extraña, o incluso en un enemigo. Es difícil comprender, casi imposible de aceptar, cuando uno está metido hasta el cuello en el lodo infecto de la separación, que la persona que ahora tienes en frente tirando toda la basura sobre ti, al tiempo que tú haces lo mismo con mayor o menor acierto e intensidad, fue la compañía de tus mejores recuerdos…, pero es así, y muy probablemente ésa sea una de las partes más complejas de aceptar en una ruptura, saber cuándo trasmutaron esos momentos en un infierno. A veces hay respuesta, pero la mayoría de ocasiones no la tiene, sencillamente se acaba y ya.

No me refiero, por supuesto, a rupturas trágicas con malos tratos, violencia, y esas barbaridades neardentales, pues ahí quien debe ocuparse son las autoridades y la justicia. Hablo de cuando no se ha cruzado esa línea que nos separa del averno legal y quizá, y sólo quizá, el hecho de poder guardar los recuerdos vividos en una vitrina preferencial de nuestra mente debería ser suficiente para no hacer daño al otro, para no apestar ese campo con el estiércol de la ruptura y actuar como personas civilizadas. 

Como decía Plinio el Viejo, no hay un solo libro, por malo que fuera, del que no rescatar una buena frase, y pienso que en la vida ocurre un poco igual, no debería existir una relación, por malo que fuera el final, que no merezca una sutura cauterizada tras la que contener la hemorragia de los recuerdos para que no sean perdidos. 



Opinión y algo más, con Janet Cabrera


Sábado, Febrero 16, 2019





Estimados amigos y lectores, os comparto la charla con la periodista Faustina Cabrera en su espacio "Opinión y algo más" en la que hemos conversado de novelas y publicación digital, y que se ha retransmitido vía TeleCable 28 TV para República Dominicana. 

Os pido disculpas por la calidad del vídeo, pero un apagón en Santo Domingo ha dificultado que todos los equipos del estudio funcionaran como es debido (cosas del directo), sin embargo creo que hemos pasado un buen rato y os quería hacer partícipes. ¡Espero que os agrade la charla!

Muchas gracias a Janet Cabrera y Dilciame Rosso por su cariño.

La Habana, calles, esquinas y gente


Lunes, Febrero 11, 2019

Hace unos años me prometí a mí mismo que no regresaría a La Habana, y no porque no me gustara sino más bien por lo contrario, porque sentí una pena y una rabia enormes al ver una de las ciudades más hermosas del mundo totalmente derruida. 

He roto aquella promesa por motivos familiares y me he encontrado con más de lo mismo... viviendas apuntaladas, edificios en ruina, acoso y derribo del turista bajo el grito de guerra de "amigo, amigo", el timojito de los locales famosos y una tristeza en los rostros, una vez te adentras más allá del mundo reservado al turista, que encoje el corazón. Esta vez además, y víctimas del hotel en el que nos alojamos, vi de cerca el turismo sexual y el asco fue infinito. Por supuesto en casa, en Dominicana, esto es igual o peor, por lo que el asco es el mismo, es sólo que aquí en RD lo veo como local y allí, en Cuba, lo viví como visitante. 

Sesenta años de revolución que han traído, por lo menos a la gran ciudad, el desastre más absoluto lo mires por donde mires, y sin embargo no todo está perdido. El último domingo antes de regresar a casa pasamos por el malecón y la alegría fue inmensa. Cientos de jóvenes se congregaban en la esquina del Malecón con el Paseo Martí haciendo gala de una apertura que no veo como se pueda contener. Cientos de jóvenes de todas las tribus urbanas, desenfadados, atrevidos, savia nueva para un país con tanta proyección que asusta y que poco a poco se irá liberando del yugo de la puta bota dictatorial.

Aquí os dejo unas fotos por si os apetece echarles un vistazo -> Link álbum de FB

 

La caja de cartón


Miércoles, Febrero 6, 2019


Resultado de imagen para gente despedida de una oficinaPor segunda vez en mi vida, y de igual manera por segunda vez de mutuo acuerdo, he desalojado una oficina en la que he pasado muchas horas de mi vida creando proyectos. La primera vez fue hace doce años cuando me fui de la empresa que, sin ser mía, la sentí así siempre y ayudé en todo lo que pude para levantarla. En ese entonces entré a trabajar con dieciséis años recién cumplidos y salí con treinta y siete. Una vida completa. Recuerdo que el último día llegué con el coche de empresa que tenía asignado y me fui a pie, caminando los dos kilómetros largos que separaban las oficinas de la estación del tren. Las cosas, pocas, en una bolsa de plástico y las lágrimas, muchas, cegándome la vista hasta alcanzar al andén de destino.


Hoy, hace apenas unos minutos, he tenido un dejavú de aquella tarde lejana. La bolsa de plástico la he sustituido por una caja de cartón al más puro estilo de las películas americanas, y las lágrimas han brotado consecuentes y breves ya en la tranquilidad de casa. Y si bien este desahucio de oficina no va a suponer un cambio drástico como lo fue hace una década, sí que en mi corazón siento una sensación de vacío y tristeza víctimas del duelo de la pérdida.

Atrás quedan las ilusiones, los momentos vividos, las ideas triunfadoras y los fracasos, pero sobre todo queda la gente con la que se han compartido miles de horas. Gracias por estar ahí. Como todo en la vida, también esta situación provocará tristezas y alegrías a mí alrededor, pues nadie trina a gusto de todos, pero en mi conciencia queda la fortaleza de no haber tomado decisiones inmorales ni una sola vez que recuerde. 

Estos años han sido fabulosos, mi trabajo extraordinario, y justo es agradecer a quienes confiaron en mí para haberlo llevado a cabo, así como me quito el sombrero por la elegancia y reconocimiento que han tenido en el momento de asumir este cambio y las oportunidades que me brindan para seguir en otros ámbitos profesionales. Y digo que ha sido extraordinario porque pocos trabajos pueden haber mejores en la vida ya que mi función era hacer inolvidables las vacaciones de la gente, algo que en un porcentaje casi del cien por cien ha sido el leitmotiv de mi trabajo.

Sin embargo no escribo este post para hablar de mis fracasos, sino justamente para hacer notar este casi que he reconocido en el párrafo anterior. Todos estos años, como decía, mi objetivo profesional ha sido que todos los visitantes de República Dominicana que habían contratado sus vacaciones con nosotros las disfrutaran al máximo, por supuesto también que gastaran el máximo de dinero posible, pues de eso viven las empresas, pero que lo hicieran en experiencias inolvidables y sobre todo que por nuestra causa nadie se llevara un mal sabor de boca en sus vacaciones. Nadie se acuerda de qué le costó el menú del día que pidió matrimonio a su pareja, sólo si el momento fue hermoso porque todo estuvo bien o una pesadilla porque la comida fue una mierda. Contando a groso modo, han sido más de un millón de personas a las que los equipos que he dirigido en estos años (agradecido a todos) hemos dado servicio durante sus vacaciones, y esa es una cifra que da vértigo. Imposible acertar con todos, por supuesto. De hecho quiero aprovechar para pedir perdón a todos aquellos que se hayan visto afectados por nuestros errores, es injustificable ahorrar un año entero para hacer vacaciones y que por culpa de un tercero algo salga mal, pero a veces las cosas pasan y lo único que puedo hacer, como he hecho siempre en cada momento, es asumir la responsabilidad y pedir sinceras disculpas. 

Decía que mi objetivo ha sido casi siempre hacer que la gente disfrutara de sus vacaciones porque a veces se nos olvida qué hemos de hacer. La presión del cargo, los egos, los números, las situaciones internas, los resultados, etcétera hacen que a veces gastemos un tiempo precioso para mantener los puestos de trabajo en lugar de para hacerlos rendir. Y si bien no conozco a nadie que haya contratado a un tercero para que se aferre al puesto, a veces la única manera de mantenerse en ese puesto es aferrándose a él porque los resultados destilados de las funciones para las que fuiste contratado no siempre son suficientes. 

Y esta reflexión creo que no aplica a un trabajo, ni a una empresa en concreto. Esta reflexión aplica a todos los ámbitos de la vida, a la pérdida de la visión del objetivo por las distracciones del camino. Como dicen los españoles, a que a veces los árboles no nos dejen ver el bosque. Las relaciones humanas acarrean un esfuerzo intenso, en ocasiones placentero y productivo y en otras desagradable y parasitario, y es la función de cada uno de nosotros, directivos o no, estriar en cada decisión si nos aparta del objetivo o bien nos lleva por el camino que habíamos escogido. Si haces zapatos, tu única preocupación ha de ser que tus zapatos salgan perfectos, no si el del lado gana más, si el otro los hace mejores, si el de más allá ha dicho que tus zapatos son peores, o si fuera de la fábrica está lloviendo y uno ha salido a mojarse. Si tu trabajo es hacer zapatos, haz zapatos, y si tu obligación es dirigir a los equipos que hacen zapatos, olvídate de todo lo demás y ayuda a crear las condiciones perfectas para que los zapatos salgan perfectos. Cuando esto se olvida, los deseos, los objetivos y las empresas, mueren.

Cierto es que puede haber alguien que no valore la calidad de tu trabajo, hagas zapatos o zanjas, pero también es cierto que nadie puede saber mejor que uno mismo si realmente se esforzó en hacerlo bien o se distrajo por el camino, y si la respuesta es que diste lo mejor, qué narices ha de importar la opinión de los demás, incluso si esos demás son los responsables de que sigas o no en tu trabajo. Como escribía hace unos días en un post sobre el éxito personal, creo que la clave está en ser constante y buena persona, y si realmente te has esforzado en ambas, el éxito está garantizado aunque lleves tus cosas dentro de una caja de cartón.

La fórmula del éxito


Miércoles, Enero 30, 2019


Resultado de imagen para sheldon cooperEsta mañana leía una nota del escritor Fernando Gamboa con relación a su éxito personal. Comenta Fernando que su “balance suerte-desgracia”, tanto en su vida personal como profesional, se inclina más para el lado de “las sombras” que para las luces. Explica también que en su vida se han sucedido una serie de infortunios que casi lo han quebrado y de los cuales siempre ha salido adelante gracias a la palabra clave que, para mí, marca todas las historias de éxito que conozco, y que no es otra que constancia. Es decir, una persona que reconoce públicamente un balance negativo entre la suerte y la desgracia en su vida, acaba siendo plenamente exitosa, y si bien el éxito se puede medir por diferentes varas y para cada uno de nosotros esta palabra tiene un significado especial, en el caso de Fernando Gamboa hablamos de que es un súper ventas, que tiene cientos de miles de lectores y que en todo el ramo, editores, agentes y otros escritores, siempre se habla bien de él. Creo que en este caso particular, el éxito está bien medido.


Como decía, si bien el éxito es diferente para cada persona, creo que una definición con la que nos podríamos sentir todos cómodos sería algo como que el éxito es conseguir lo que uno desea, y en esta línea conozco muchos otros casos de éxito, aunque algunos no los querría para mí de ninguna forma. Conozco hombres cuyo éxito es haber tenido muchas relaciones sexuales con muchas mujeres, conozco personas que se han hecho ricas, y a otras que se han hecho vergonzosamente ricas, conozco escritores de éxito, conozco a una madre de familia que ha tenido un éxito brutal con sus hijos llevándolos a niveles de excelencia académica que asustan, conozco directivos que han tenido éxito alcanzando cargos de dirección importantes, conozco mecánicos que han tenido éxito arreglando vehículos imposibles, y así la lista sería infinita, pero si analizo todos estos casos de éxito, como en el caso de Fernando Gamboa, hay una palabra común a todos ellos, la constancia.

Y es verdad, la constancia es una de las claves de la vida. Los que hemos sido corredores lo sabemos muy bien, salir a correr un día y hacer un kilómetro a toda velocidad lo único que produce es una aceleración absurda del corazón, mientras que salir todos los días y correr media hora te convierte en un corredor de fondo. Tú no amas a nadie, ni te aman, porque un día fuiste encantador. Te aman porque cada día haces algo para que ese amor exista. Tú no te pones en forma yendo un día al gimnasio y reventándote la espalda cargando una absurdidad de peso, te pones en forma siendo constante y haciendo cada día un poquito de ejercicio, porque la vida, a pesar de que es corta, no lo es tanto y sólo aquellos cuya voluntad se sobrepone a la pesadez diaria son capaces de tener éxito.

El éxito es relativo, verdad, pero implica esfuerzo en todos los casos. Si posees un talento natural (¡algo que ha de ser maravilloso, por cierto!) quizá el grado de constancia que necesites sea menor, pero si a un talento natural se le añade la constancia, el resultado es un ejemplo para los demás. Tenemos los casos de deportistas famosos dotados de un talento innato y cuya constancia les ha hecho dar el salto de grandes deportistas a leyendas. Se me ocurre el caso de Messi, un tipo que en cualquier equipo sería una figura indiscutible gracias a su talento, pero que a base de constancia ha conseguido una carrera profesional de más de diez años rindiendo a un nivel que lo sitúa como uno de los mejores (el mejor para mí) del mundo. Este ejemplo prosaico de un futbolista es la clara definición de talento y constancia.

Leía hace unos días la entrevista a un gurú de la dirección empresarial y venía a decir más o menos lo mismo. Él destacaba que aquellos directivos capaces de mantener una actitud tranquila en el tiempo, aquellos que son amables con los demás y que además son constantes en la defensa de sus idearios son tan escasos que consideraba que su búsqueda era precisamente el éxito de los departamentos de recursos humanos y su pérdida el fracaso de las empresas que los dejaban marchar.  

Sin duda el éxito, y ahora hablo del éxito profesional a nivel de empresa, no se puede medir sólo en la constancia, pues muchos otros factores también lo engordan, pero si damos por hecho la preparación profesional, me atrevo a nombrar un par de ingredientes más que para mí son fundamentales en la consecución del éxito por parte de un directivo. Uno de ellos es la amabilidad, el respeto de la buena educación, dar la mano y mirar a los ojos, perder un segundo cuando alguien te para y quiere explicarte cualquier cosa, que ha tenido un problema en la empresa, que han operado a su mujer, que se ha graduado su hijo, o que ha conseguido entradas para ver jugar al Barça el fin de semana, no cuesta nada detenerte un segundo, dejar lo que estés haciendo o tengas en mente, mirarlo a los ojos y escucharlo. No cuesta nada entrar en un lugar y saludar a la gente que hay allí, no puede suponer un esfuerzo sonreír a tu equipo. No te atribuyas méritos que no tienes, eso es de mala educación, y reconoce todas las virtudes de tu gente, especialmente si puedes hacerlo frente a terceros o frente a tus superiores. Nunca regañes en público, también es de mala educación. No faltes el respeto, porque aquel o aquella a quien faltas por un tema profesional seguro que es mejor que tú en otras mil cosas. Por eso la amabilidad es fundamental para ser un directivo exitoso, pero para tener una vida sana y honesta también es un requisito indispensable.

La otra pata que añadiría en este taburete de constancia y amabilidad sería la empatía. ¿Qué puedo hacer yo para que los demás, clientes, proveedores, equipo, otros directivos de otros departamentos, compañeros e incluso aquellos que no lo son, se sientan mejor? ¿Qué puedo hacer para que mi entorno sea más agradable? Creo honestamente que ponerse en la piel de los que están a nuestro alrededor e intentar comprender sus motivaciones nos hace exitosos. Si somos capaces de comprender porque alguien hace bien su trabajo y porque otra persona de similares características no, y somos capaces de ayudar a que esas situaciones negativas cambien, inmediatamente tendremos un equipo cuyo objetivo será común y nos acercará al éxito. Y con trabajo no me refiero a tener a la gente contenta para que produzcan como gallinas sobrealimentadas, esto mismo lo podemos trasladar a la familia, los amigos, al entorno más personal de cada uno de nosotros, porque si ese entorno reconoce nuestra predisposición y capacidad para solucionar situaciones complejas, cuando esa situación compleja nos afecte a nosotros será justamente ese entorno quien nos arrope y nos facilite la superación del obstáculo.

No creo que conseguir el éxito en equipo o en solitario difiera mucho porque para tener éxito en solitario también necesitarás en un momento dado a los demás, así que pensando un poco en el método quizá se podría resumir la clave del éxito a modo de fórmula matemática:

 E=pc2
siendo E el éxito, p ser una buena persona y c la constancia.

Cómo fórmula da pena, lo sé… pero como idea estoy convencido que es un común denominador en la mayoría de los casos de éxito y si no lo furea y esa p de buena persona se cambia por cualquier otro ingrediente, honestamente, para mí ya no sería un éxito ese éxito.


Los libros de mis viajes


Sábado, Enero 26, 2019

Hace unos días que llegué de un viaje corto por la ciudad de La Habana Vieja, en Cuba, y aunque viajar es de las cosas que más me agradan en la vida y seguramente la fuente de felicidad más grande que he conocido, este viaje me ha dejado un poso de tristeza del que es difícil desengancharse. Hace tres años estuve por primera vez, y ya entonces me dije que no volvería jamás a caminar por sus calles en ruinas, sin embargo la providencia a veces dicta destino y he tenido la opción de volver. Cierto es que lo he hecho por la compañía (excelente), pero el escenario es tan deprimente que se come cualquier intento por disfrutar del paseo. “O vienes a hacer fotos de ruinas o a follar”, escuché en el lobby del hoteldemierda en que nos alojamos. Un hotel, por cierto, hermoso, grande, amplio, de instalaciones maravillosas y de un pasado esplendoroso, pero del que uno tiene la sensación de que si estornuda, todo el edificio pasaría a mejor vida…

Sin embargo la intención de este post no es comentar acerca de las deficiencias infinitas de La Habana, sino hablar de algo que me ha acompañado durante toda mi vida y como no, también en mis viajes, y que no es otra cosa que los libros. Mientras me acomodaba con "1Q84" sobre el único muelle que le quedaba al sillón del lobby del hotel, recordé que todos los viajes que he hecho a lo largo de estos cincuenta años han estado siempre vinculados a un libro, y que ese libro en cuestión ha marcado en mi ánimo y en mi memoria los recuerdos de cada uno de esos viajes, de manera que, a modo de cola de cerdo, las vivencias se enrocaban unas en otras: las mías frente a las rocas inmensas de Sacsayhuamán con las de Frank McCourt en las calles miserables de Limerik, o la fabulosa vida de Gabriel García Márquez en Vivir para Contarla mientras mis huesos descubrían la quebrada de Jade y la majestuosidad de Canaima y su Salto del Ángel. La rusca del viejo Bruno apareciéndose tras cada señal de tráfico de las carreteras italianas o más recientemente, las andanzas del doctor Wilbur Larch y su discípulo Homer Wells obligando a que toda Costa Rica haya quedado en la memoria bajo un manto de éter melancólico. 

Durante un viaje a Venezuela acabé "Vivir para Contarla" antes de regresar y compré un libro en un mercado de segunda mano, no recuerdo ni su título, pero sí que el día de regreso, ya en el aeropuerto Simón Bolívar de Caracas, el guardia de control aduanal me lo pidió y se puso a ojearlo. Furioso, se lo cerré en la cara de un manotazo y se lo quité. Como era de esperar, al hombre no le hizo gracia mi gesto y nos sacó a los tres amigos a un aparte de la fila para hacernos un cacheo “personalizado” que me valió la reprobación inmediata de mis compañeros y la casi pérdida de nuestro de vuelo, pero ver a aquel hombre con sus manazas ojeando el libro que yo estaba leyendo me pareció una intromisión tan enorme en mi intimidad que no pude reprimir el gesto. Y es que eso es lo que son para mí los libros, el último escondite de mis miserias, ¿cómo iba a dejar que nadie mirara allí?, y tirando de este hilo, ¿dónde esconde las suyas la gente que no lee?

Ahora estoy en el último tercio del primer libro "1Q84" de Murakami. Honestamente empezó muy bien, avanzó envuelto en un gran interés, ha ido decayendo y en estos últimos días incluso se me hace pesado seguir, pero incluso así, incluso entre el tedio de las páginas pesadas la vida propia queda exenta de responsabilidad, da igual lo que yo haga en esos momentos, lo que piense, lo que viva con sus protagonistas, lo que opine de ellos, si me aburro, si me divierto o me decepciono, a nadie le importa ni a nadie afecta. 

La lectura es el hilo que conecta una parte fundamental de mi vida a lo largo de todos estos años, y a pesar de que no he leído ni siquiera un millar de libros, si no fuera por ellos, por los que he leído, no por los que he escrito, nunca hubiera tenido el valor de hacer nada en la vida. Y si bien ese bagaje es cercano al nulo, peor habría sido de no tener la escapatoria que me dan las letras de los demás. 

¿Cómo se puede vivir sólo aquí? 
¿Cómo se puede vivir sólo lo que se es?
¿Cómo se puede aguantar el peso de la vida sin refugiarse en los libros?
¿Cómo se puede ser uno mismo todo el tiempo y no aburrirse?
¿Cómo se puede vivir sin escapar de la vida?
¿Cómo se puede vivir sin leer?

La respuesta para mí está clara, no se puede, y por eso quería escribir acerca de los libros de mis viajes pero he acabado, como siempre, disertando de todo menos de la lista que quería compartir.  Qué torpe soy. Otro día será…


10 directivos con los que mejor no toparse


Martes, Enero 8, 2019

Breve decálogo de los diez directivos con los que es mejor no toparse en una empresa.

1 - El pinta paredes. Acostumbran a ser siempre recién llegados y su primera acción consiste en, sin preguntar por qué la oficina, el laboratorio, el taller o lo que sea está pintado de un color, pintarlo inmediatamente de otro y redecorarlo de arriba a abajo para destacar que un nuevo Sheriff ha llegado a la ciudad. Normalmente estos directivos no llegan a ver ni siquiera cómo esa decoración se pudre por mala adaptación al entorno, pintan y hablan sin mirar, destrozan el entorno y salen antes de pagar ninguna consecuencia.

2 - El Terminator. Son directivos que cuando entran en un lugar, nada de lo que hay allí les complace y se ven obligados a fumigar y exterminar el hábitat para instaurar uno nuevo de su agrado. Acostumbran a venir de otra compañía donde hicieron lo mismo y donde justamente a aquellos a los que exterminaron en su momento son los que van a adaptar al nuevo hábitat porque esos sí que valían, y no los que tiene ahora.

3 - El Yo. No importa de qué sea la empresa, no importa lo que en ella se fabrique, se distribuya, se invente o se almacene, el directivo Yo es lo único que interesa en esa empresa. Su bienestar, su horario, su vehículo, sus bonos, su vestimenta, su asistente, su despacho, su teléfono, su ordenador, sus contactos, sus decisiones, sus aciertos, todo ronda alrededor de su Yo magnificente.

4 – El Señor de los Anillos. Este directivo viene precedido por un currículum del tamaño del libro del señor Tolkien, y al igual que el señor ‎Frodo Baggins deja la Comarca para adentrarse en un mundo habitado por gnomos, enanos, elfos, etc., este directivo ha viajado por más empresas que el hobbit entre etnias y especies. Llegan precedidos de una expectativa brutal y se van envueltos en un alivio tremendo.

5 – El Steve Jobs. El directivo cuya frase predilecta es “allí -señalando a cualquier punto donde haya gente-, con uno que apriete un botón nos sobran todos esos”. Creen ciegamente en la tecnología sin tener ni idea y montan procesos absurdos hasta para hacer girar el rollo del papel higiénico. En su intento porque todo se solucione apretando un botón, multiplican las plantillas inoperativas al triple y se cargan a todas aquellas personas que por años han estado haciendo el trabajo productivo que había llevado a la empresa al lugar en el que se encontraba.

6 - El Dúrex. Da exactamente igual de qué vaya el tema, cuál sea la reunión, quién o quiénes sean los interlocutores o qué se le esté pidiendo, este directivo nunca se moja. Está imbuido por una pátina de grasa mágica y látex que lo hace inmune a cualquier decisión. Tiene una habilidad extraordinaria para mantenerse a flote sin decidir jamás, sin tomar ninguna determinación que no vaya avalada por lo menos por dos o tres directivos más a quienes señalar si no acaba en acierto. Destaca por su habilidad doble de atribuirse buenas decisiones de otros y de resaltar cada una de las decisiones erróneas de los demás acompañándolas de frases lapidarias como “a quién se le ocurre hacer eso”, “yo ya lo dije”, o “si me hubieran preguntado, jamás lo habría hecho así”.

7 – El Rafa Nadal. Sin importar cuál sea el proyecto en el que se requiera su intervención o la propuesta que se le haga, este directivo tiene la extraordinaria habilidad de devolverla en forma de una propuesta mejorada. Nunca ejecuta nada porque todo le parece insuficiente o mal planteado. Como el gran Nadal, devuelve una y otra vez cualquier pelota que le mandes a su campo, y en la mayoría de ocasiones además la devuelve envenenada.

8 – Stone Edge. Como los famosos monolitos, este directivo puede ver llover, tronar, salir el sol, pasar las cuatro estaciones, incorporaciones, despidos, proyectos, ideas, fracasos, éxitos, docenas de compañeros e incluso cambios de razón social o de actividad empresarial sin inmutarse. Su inmovilidad es tal que no da un solo paso porque el lugar que ocupa es el ideal. Es inmune a los cambios tecnológicos y a cualquier otro tipo de cambio. Pasa su vida laboral en la misma baldosa que ocupó desde el primer día y ahí es donde se encontrará el día de su retirada.

9 – El Team Building. Es vital, activo, optimista, emprendedor, compañero, pesado hasta la extenuación. Obliga a su equipo a disimular una cordialidad impuesta por los manuales del buen directivo y pasa la mayor parte de su tiempo organizando desayunos, almuerzos, actividades grupales, fines de semana de compañerismo, juegos de confianza, olimpiadas, etc… De todo, menos trabajar para lo que fue contratado. Conoce a la perfección todos los clubs de Paintball, Escape rooms y casas rurales y de colonias de la zona, es experto en One Word, Express Meeting, Lipdub, y mil cosas más, pero no tiene ni idea de los procesos productivos, operacionales, financieros o comerciales de su empresa.

10 – La tarántula. Su vida transcurre fuera de la oficina. Siempre está fumando un cigarro, tomando un café o paseando para despejar su ocupada mente. Al modo de una buena araña amazónica, su red atrapa a cualquier incauto con el que se cruce y lo somete a largas sesiones de charla improductiva en las que se despacha a gusto descuartizando a sus compañeros y destacando lo mucho que él trabaja y lo poco que se le reconoce.

Véase que no he utilizado lenguaje inclusivo, pero estas habilidades no dependen del género de los directivos, pues son igual de comunes entre la masculinidad como la feminidad.


Lo que llaman zona de confort


Miércoles, Diciembre 19, 2018


Resultado de imagen para sofa in the comfort zoneLa primera vez que llegué a República Dominicana lo hice de noche. Aterricé con una mochila (que aún conservo) y agotado tras más ocho horas escuchando a un tipo que no paraba de hablar de golf. En el aeropuerto me esperaba un compañero, mi amado y malogrado Rodrigo, que me llevó hasta el hotel. Por el camino me dijo que la mejor hora para llegar al país era de noche, y no lo entendí. Con el tiempo he visto que el desorden caribeño puede golpear con la fuerza necesaria para hacer cambiar de opinión a cualquiera y hacerlo salir corriendo apenas aterrice, pero ese no era mi caso. Yo me había comprometido a estar un mínimo de cuatro años cuando acepté el trabajo y nada podía hacerme cambiar de opinión.


La cosa había empezado unos años atrás, cuando todavía vivíamos en Barcelona. En ese entonces tenía un trabajo magnífico, bien pagado y con el que me sentía muy a gusto. Sin embargo, y más allá del malestar por haberme bajado mi salario un par de veces y otras cosillas, comenzó a asaltarme una pregunta recurrente, un cuestionamiento cada vez más intenso que ponía en duda si sería capaz de hacer algo más en mi vida, si sería capaz de vivir en otro lugar, de tener otras experiencias, de comenzar desde cero y probar fuerzas, o bien mi destino era quedarme como estaba y aceptar que esa sería la realidad de mi vida. Una duda que me asaltaba en la noche, en el baño, en el coche, entre las líneas de un libro, en los anuncios de televisión y hasta en las formas de las nubes. ¿Qué hacer? Al final la voz ganó y tomamos la decisión de marcharnos. La primera idea, y la ganadora por mayoría en la votación acaecida entre mi compañera y yo, fue montar un restaurante en Colombia, uno de de esos de pizzas y pastas con pocas mesas y muy caro…, sin embargo los movimientos invisibles de la providencia, una vez tuvimos claro que queríamos marchar, se pusieron en marcha e hicieron aparecer una oportunidad de trabajo en el Caribe. Ahí no nos lo pensamos dos veces y acepté sin mirar, además la oferta era maravillosa, la cuarta parte de lo que ganaba en Barcelona.

Yo me fui delante y la primera noche la pasé sentado en una cama vieja envuelto en lágrimas, asustado, con la cabeza enajenada por la locura que había cometido y con una sensación de soledad rayana en el espejismo. Por fortuna aquí amanece temprano y la luz del trópico se coló por cada rincón de aquella horrible habitación para recordarme el motivo por el que estaba allí: ¡porque lo habíamos escogido!, y una determinación intensa se ancló en mi corazón. Cuando no hay vuelta atrás, el camino de enfrente no tiene obstáculos. Me preparé, me vestí y me fui a trabajar. Ante mis ojos se descubrieron entonces el conglomerado de palmeras recortadas contra el cielo, la intensidad de los colores, la calidez desvergonzada de mis compañeros de trabajo y una calor que me hacía sudar sólo de pensar, ahí supe que había llegado al sitio correcto.

Al cabo de unos días llegó Luz, mi compañera, y comenzamos a visitar el país de la mano. Lugares, playas, caminos, bosques, restaurantes, gentes,…, todo nuevo. Vi por primera vez un flamboyán, un árbol de mango, de aguacate, una palmera real, los techos de cana y las casas de palos. Andamos una tierra tan fértil que hasta las cercas florecían y nos bañamos en colores de una intensidad tal que parecía que lleváramos gafas polarizadas todo el tiempo. De esto hace más de diez años.

En esta larga década nuestra vida ha sido… voraz. Hemos creado negocios, cerrado, ganado dinero, nos han robado, hemos aprendido a defendernos, hemos tenido un coche digno de Los Picapiedra y otro de lujo, y dos barcos. Hemos dormido en los mejores hoteles y viajado en patera, hemos conocido famosos, millonarios de vergüenza ajena y gente que apenas consigue ganar un par de dólares al mes. Hemos creado nuestra familia multicolor, hemos viajado, navegado, conducido buggies, motocicletas, lanchas deportivas y hemos paseado por un barco hundido a más de cuarenta metros de profundidad. Me he perdido en el mar y hemos comido en la taberna más antigua de América. Hemos conocido gente chatarra y gente maravillosa que ha calado en nuestras vidas. He escrito dos novelas, peleado con la policía, los médicos, los militares y sacado gente de la cárcel. He aprendido a chapurrear en inglés (nuestro hijo lo habla), y todo nuestro entorno sabe que soy catalán, hemos abierto nuestras puertas a los amigos y muchas más han sido las que se nos han abierto a nosotros. Hemos vivido la crisis financiera en un país que siempre lo está. Hemos amado. Hemos visitado hospitales de película de terror y contribuido a que miles de personas hayan tenido unas buenas vacaciones. He repatriado cadáveres, he visto a gente hacerse rica y a gente salir con el rabo entre las piernas arruinados por completo. He descubierto qué es ser un tíguere y he comprendido que a veces el valor de un pasaporte vale más que el del amor. Me he vuelto peor persona, cierto, pero igual de cierto es que he intentado que no lo fuera del todo y me he esforzado para que mis decisiones hicieran más bien que mal a mi alrededor. Cada mañana me pellizco para certificar que no ha sido un sueño y no cambiaría un segundo de los vividos por la estabilidad que tenía en Barcelona.

Creo que esto  podría ser lo que algunos entendidos llaman abandonar la zona de confort, pero un lugar en el que el tedio, la repetición y la rutina son los amos no creo que deba llamarse zona de confort, sino de secado: zona de secado (de la vida), y todos nos damos cuenta de que nos vamos secando al calor de lo habitual. El problema viene cuando dejamos que nos pase y además nos autoargumentamos a favor: “qué será de nosotros si nos vamos, más vale pájaro en mano, cómo vamos a sacar a nuestros hijos del colegio, cómo vamos a dejar solo a fulanito, qué dirá la familia”, y un larguísimo etcétera de edulcorantes para que nuestro corazón se pudra envuelto en la melaza dulzona de lo seguro. ¿Cómo puede llamar alguien a esto “zona de confort”?

Me niego a creer que las dudas de la vida sólo asalten a unos pocos. Estoy convencido de que darse cuenta que uno se va secando es inherente a la edad adulta del ser humano, ¿cómo sino se explica que el periodo que estamos se llame vida?

En estos años he comprendido que vivir es vivir, que para escribir hay que escribir y que para amar se ha de estar vivo. He comprendido también que la opulencia es tan dañina como la necesidad, que la  aporofobia existe y es contagiosa, que por salvar un culo (aunque sea lleno de mierda) hay gente dispuesta a disfrazar los cerdos de unicornios y que la línea que nos separa de lo correcto está pintada sobre el mar. He comprendido algunas cosas obvias que a veces no se entienden hasta que no se viven. He sentido el terror infinito del miedo a la muerte, no de la propia sino la de aquellos a quien amas, que es mucho peor, y he visto como la vida se abre paso con más fuerza en un basurero que en los jardines de un residencial. He vivido como rico en un país de pobres, y me he sentido pobre entre todos ellos. Gente anónima me ha apoyado más que gente de la que esperaba algo y todos mis logros, si es que puedo contar alguno, han sido catapultados sobre las espaldas de los demás. He comprendido que un cargo abre más puertas que el dinero, y que el membrete importa más que el apellido en cualquier tarjeta laboral. He envejecido y me emociona el recuerdo de mi madre, y lloro con películas en las que sale gente buena, pero sobre todo creo que he hecho lo posible por no secarme, por no quedarme en el secadero de confort, por sentir el corazón vivo, la mente despierta y las ganas en la cama. 

Ahora la edad va avanzando y la sensación de quedarnos atrapados me asalta de nuevo con una fuerza que hace que se me queme el culo cada vez que llevo más de diez minutos sentado en la misma silla. El secadero se ha hecho confortable y la ilusión de la seguridad vuelve a pesar en la balanza como si fuera un valor real. La vida me llama, nos llama, y las señales que al principio eran timbres suaves en la memoria cada vez se parecen más a la llamada de los tambores africanos. No sé qué pasará cuando acabe de escribir estas líneas, pero sí sé que cuando el silencio me envuelve los oigo con perfecta claridad, ¡tam-tam, tam-tam!

Libros que hay que leer: “Anacaona, la última princesa del Caribe" - Jordi ...


Sábado, Diciembre 1, 2018

Libros que hay que leer: “Anacaona, la última princesa del Caribe" - Jordi ...: En el mes de la novela autopublicada, os hablo hoy de “Anacaona, la última princesa del Caribe". Una novela histórica y de aventuras ...

Libros y Literatura: “Anacaona, la última princesa del Caribe"


Miércoles, Octubre 31, 2018

Libros y Literatura
Reseña publicada en LIBROS Y LITERATURA



Hace un par de años pasé mi cumpleaños en México. Unas horas de avión, una mente trastornada por el jet lag y un hotel de ensueño. Así empezaron unas de mis mejores vacaciones. Desde que era bien pequeña tenía interiorizado eso de que algún día tendría que viajar al Caribe, o eso es lo que me metió aquel famoso Curro en la cabeza. Pero no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar en realidad. Playas de arena blanca, sí. Aguas cristalinas, también. Peces nadando a mi alrededor, por supuesto. Pero encontré algo más, algo que aquellos anuncios no prometían, algo que estaba oculto en el interior de esa postal tan típica: una cultura burbujeante, una historia absorbente y una gente excepcional. 

Me quedé con eso, con esa sorpresa que me llevé al escuchar historias sobre los mayas. Al saber cómo eran realmente antes de que los españoles llegáramos allí. Antes de que el Caribe se convirtiera en una atracción turística. 

Por eso me ha emocionado mucho encontrarme con el libro del que vengo a hablaros hoy: Anacaona, la última princesa del Caribe. Esta novela, escrita por Jordi Díez Rojas es un viaje a esa tierra mágica de la que hablo, aunque más concretamente la acción se sucede en Haití, y también es un viaje en el tiempo, ya que retrocedemos al siglo XV. 

Todo empieza cuando Fray Ramón Paner regresa a Barcelona después de haberse pasado unos cuantos años en tierras lejanas. Partió tiempo atrás junto a Cristobal Colón y trae consigo la historia que se encuentra al cruzar el charco. 

Siempre digo que no me suelen gustar demasiado las novelas históricas. No son mi estilo. Pero me encanta esa sensación de encontrarme con una que me atrapa y que hace que me sumerja en la trama, interesándome por los personajes y por la historia, queriendo saber más y haciendo que me trague mis palabras cuando digo que no me gustan las novelas de este estilo. Este libro escrito por Jordi Díez ha conseguido eso precisamente, que me quedara prendada de las aventuras de sus personajes y que a cada instante necesitara más. Creo que ha sido por una de sus protagonistas: Anacaona, que le da nombre el libro. Es un personaje fuerte, diferente, audaz, que atrapa al lector. Pero no solo ella es importante, sino que encontramos a muchos personajes que adquieren protagonismo según qué momento de la novela. Porque aquí no hallamos buenos o malos, aquí hay conquistadores y conquistados. 

Este es un tema del que podríamos hablar largo y tendido, eso del bueno y del malo. En el colegio siempre me repetían que la historia la contaban los vencedores, pero que no había que olvidar que hay una parte vencida que también tiene mucho que contar. Jordi Díez Rojas lo tiene claro y mediante la voz de los personajes nos va relatando esta historia de buenos y malos. Nos deja ver la perspectiva de cada uno, dejándoles hablar y haciendo al lector partícipe de ello. Así nos queda claro que la historia siempre implica a dos polos opuestos y que ambos tienen mucho que decir. 

En cuanto a la narración, me encuentro con una novela muy bien escrita, cuidada, detallada. Sobre todo llama la atención el lenguaje que el autor utiliza en determinados momentos que hacen que nos traslademos al pasado de inmediato. Estoy pensando en las partes en las que Fray Ramón Paner es el protagonista, ya que el estilo antiguo queda perfectamente reflejado en su discurso y eso hace que el lector viaje a épocas antiguas de inmediato. Otra de las cosas que llama la atención dentro de su narración es la descripción de los lugares. Cuando empezamos el libro nos topamos con la isla La Española, es el momento perfecto para empezar a jugar a un juego en el que las descripciones son las fichas. El autor va moviéndolas poco a poco sobre el tablero, ganando la partida al dejar al lector embobado entre vegetación exótica y mares increíbles. Ese punto de partida es importante, ya que pone en aviso al lector, que se imaginará ya en un primer momento que este libro, además de hacerle viajar al pasado, le va a hacer viajar a lugares idílicos. Una maravilla. 

Por eso, sí, me ha gustado mucho leer Anacaona, la primera princesa del Caribe. Ha sido una experiencia muy bonita esa de volver a nadar entre las aguas cristalinas que tanto me cautivaron hace un par de años. De verdad que no me canso de decir lo enamorada que estoy de aquella tierra y de lo agradecida que me quedo cada vez que un autor me regala un viaje a aquellos lugares. Aunque sea por un ratito.

Escrito por: Ana Segarra
Publicado en: Independently published, Jordi Díez Rojas, Libros de Aventuras, Libros de literatura española e hispanoamericana, Literatura histórica, Reseña

L'efecte papallona


Sábado, Octubre 27, 2018

Tot just fa dotze anys que vaig sortir de casa per aventurar-me en una història que havia de canviar la meva vida i la del meu entorn.

Fa poc més d’una dotzena d’anys que em vaig plantejar si no seria prou capaç de fer res més a la meva vida de lo que havia fet fins llavors. Va ser una crida interna ensordidora, una veu que xerrava dia i nit sense callar i que aprofitava cada forat de silenci per escridassar-me el cap i l’ànima. Cert que jo tenia llavors una vida perfecte, amb lo perfecte que pugui ser una existència. Havia tingut relacions meravelloses i estava tot just començant-ne una que ha estat la més gran, em guanyava molt bé la vida, tenia (i tinc) un grup d’amics extraordinari, ganes de viure i mil projectes, però sentia que no havia tingut el valor de provar-me la força de viure.

Recordo anar a treballar preguntant-me si allò seria lo que hauria de fer tota la vida, si és que potser jo no servia per res més, si els carrers pels que transitava eren els únics que trepitjaria en el temps que em donés la providència, i tot això es barrejava amb una amargor immensa per no tenir el valor de fer el pas. La por tremenda de perdre un estatus que havia trigat anys en aconseguir versus la seguretat de que en aquell espai no seria feliç per molt de temps.

Va contribuir, i just és de de reconèixer-ho, el valor de la meva parella, la Luz. Una noia d’origen colombià que havia fet el mateix pas anys enrere per anar a Catalunya deixant un espai de benestar a la seva terra només per provar-se les forces en una nova aventura. Ella ho va fer en condicions molt més difícils de les que jo em trobava, així una reflexió en va dur a una altre, i aquesta altre a una de nova fins que la roda es posar a girar amb una velocitat imparable. 

De fet, tan imparable va ser que com deia a l’inici d’aquesta reflexió ens va dur a deixar la nostra Catalunya estimada, empaquetar quatre coses i creuar la mar en la cerca de nous objectius.

Vam aterrar a República Dominicana amb una feina molt més senzilla de la que feia a Sabadell, a una vivenda molt pitjor de que la que teníem a casa, i amb un entorn, que no pas per no ser meravellós, era absolutament més endarrerit del que estàvem acostumats. Recordo la primera nit en plors, assegut a un llit vell  en el que haurien dormit milers d’hostes, pensant la barbaritat que havia comés, el terrible error de canviar una situació perfecte per una aventura sense cap mena de seguretat. Per fortuna, tot just uns dies després d’aquella primera nit va arribar la Luz i tot és va il·luminar, valgui el suat joc de paraules.

Amb ella, amb constància, treball, sacrifici i ganes de viure, hem aconseguit fer-nos un forat en un entorn tan difícil i sense ànima com és Punta Cana.  No és pas fàcil, no, viure a un lloc en el que la gent no arrela perquè només ve a fer diners o vacances, a un lloc a on tot és muntat pel lleure i no pas pel viure, però tot i això ens hem sabut acostumar i fer-nos a aquest paratge d’esperit de cartró pedra.

Tota aquesta reflexió ve al punt d’un missatge que ens hem creuat amb un bon amic al que fa just dotze anys que no veig (bé, fals perquè va tenir al deferència d’acostar-se a la única presentació d’un dels meus llibres que he fet a Catalunya, però tot i això fa molts anys), i en aquest missatge em deia que em seguia via xarxes socials, aquell lloc a on molts posem les nostres vergonyes com si a algú altre els hi importés una mè..., i que tot i la distància em sentia proper. 

I és cert, mai no he deixat de ser proper a casa, als amics, a les notícies, a la ràdio, a la vida catalana, a la nostra situació política i a les ànsies de llibertat de molts de nosaltres. Me n’adono que mai he viscut del tot aquí i que sempre he tingut, i tinc, mig cor a casa. Miro endarrere i veig molt de camí fet, un bon patrimoni, un sac ple de vivències i aventures com mai les hauria somiat vivint a Europa, pors, gaudi, arrugues, amor, família, guanys i pèrdues que s’ajunten en un gaspatxo emocional del que sóc incapaç de treure el vinagre del compost general. 

Evidentment no me’n penedeixo de res, potser una mica de no haver-ho fet abans perquè si m'hagués atrevit amb vint-i-llargs en lloc de amb trenta llargs, ara en tindria deu menys i hauria viscut tot amb ulls més innocents, però de cap de les maneres puc fer un sol retret a la decisió d’haver marxat i a tot lo que ha comportat per a mi i pels meus aquest canvi.

Mai no s’haurien conegut la Juana i el Josep, ni el Carlos hauria sortit de casa, ni el nostre Carlos n’hauria trobat una. No existiria l’Artur. De cap de les maneres hauríem estat pares com ho som ara, ni hauria plorat en veure un panellet, ni el meu pare hauria visitat Colòmbia, ni ma germana pujat a un avió per fer nou hores de vol. Ni el malparit del constructor ens hauria robat més de cent mil dòlars, ni els lectors haurien llegit Anacaona, ni el Nico hauria aprés a fer submarinisme. Són infinits els canvis que succeeixen quan un decideix canviar, deu ser allò que en parlava en James Gleick de l’efecte papallona, tot i que penso que l'aleteig que agita l’aire de Pequín desencadenant una tempesta a Nova York deu ser més fruit de les ales d'un pterodàctil que no pas d’un insecte minúscul.

I de fet ara, quan el silenci es fa a casa i els ulls encara no se m’han tancat de cansament, em sembla sentir de fons un rum-rum que cada cop s’assembla més al soroll de l'aleteig que es va engegar tot just fa una mica més d’una dècada, això o potser és l’aparell d’aire condicionat que fa figa..., ¿qui ho pot saber? 

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