La historia de Villa Arriba y Villa Abajo


Domingo, Junio 2, 2019

Villa Arriba y Villa Abajo son dos bonitas poblaciones del interior del país. Las separa un río sobre el que han construido un par de puentes que las comunican, pero lo que las une por encima de todas las cosas es el día de su Fiesta Mayor, el mismo para ambas, de modo que cuando llegan los primeros días de junio todo el mundo se esmera en cocinar una gran paella a la que acuden gentes de todas partes para participar en la vieja tradición por ver cuál de las dos poblaciones ha conseguido un mejor arroz. 

Los visitantes se reparten, un año van a Villa Arriba, otro a Villa Abajo, los más glotones incluso visitan las dos, los hay que tienen sus preferencias y van cada año al mismo pueblo, y los hay de paso que acuden a uno u otro por pura casualidad, pero como sea, la venta de platos de arroz entre los visitantes les supone la mitad del presupuesto de Villa Arriba y Villa Abajo, y que todo salga bien les da tranquilidad para enfrentar los meses de otoño.

Un año, el alcalde de Villa Abajo vio un vídeo en YouTube en el cual un señor sentado en una hermosa silla de oficina daba una charla sobre control, branding, marketing, optimización de costos y otras palabrejas que el alcalde pensó que si pudieran aplicar a su jornada de paella, los beneficios serían mayores y los vecinos estarían felices garantizando su perpetua reelección. Buscó los datos del señor del vídeo, que se autodenominaba a sí mismo Coach, y lo llamó.

Apenas pisó el ayuntamiento de Villa Abajo, el señor Coach le hizo ver al alcalde lo mal que lo estaban haciendo, de hecho no se explicaba el erudito cómo podían haber hecho una paella para más de trescientas personas de aquella manera. Sin esperar un segundo, llamó a su equipo y en la plaza del pueblo se presentaron un remolino de grandes profesionales del control y el coaching. El alcalde estaba feliz. Él tampoco comprendía cómo podían haberlo hecho tan mal durante todos aquellos años, de hecho cuando lo pensaba le invadía un profundo sentimiento de culpa por su ignorancia.

El equipo de técnicos habilitó un pequeño despacho en el ayuntamiento y descansaron todas sus herramientas. El primero que se instaló fue un especialista en Marketing, Branding y posicionamiento On-Line. El alcalde le enseñó con orgullo los perfiles en las redes sociales y la página web que manejaban un grupo de vecinos aficionados a la informática y gracias a los cuales cada año se registraban cientos de reservas para el arroz. El técnico casi se ofendió al ver aquel despropósito y miró al alcalde con ternura. Agarró su teléfono y comenzó a teclear furiosamente hasta que contactó con un equipo de personal ubicado en Holanda que arreglaría aquel “mess”.

Después comenzaron por llamar a los vecinos que participaban en la elaboración de la paella, y el primero en acudir fue el cocinero mayor, que llevaba haciendo el arroz de la misma forma durante más de quince años, exactamente igual que le había enseñado el anterior cocinero mayor y de la misma forma (sin participar de sus secretos, por supuesto) que se hacía en Villa Arriba, y cuya fama había atraído por décadas a miles de personas de todos los lugares del país.

El Coach chasqueó la lengua y mandó a uno de sus técnicos a que fuera junto al cocinero a repasar cada cantidad de cada ingrediente que se colocaba en la paella. Hay tal desastre que no podré con todo, reconoció el Coach, y mandó contratar un mananer general que dirigiera todo aquello. Es imposible coordinar a toda esta gente, decía el Coach y mientras pronunciaba sus palabras abarcaba con los brazos las líneas imaginarias de los lindes del pueblo. Nadie revisa los costos, ni las cantidades, ni se da seguimiento a las reservas, no hay control de proveedores, ni siquiera una auditoría para controlar a los vecinos. El alcalde intentó explicarle que los costos se llevaban a rajatabla por la secretaria del ayuntamiento, que hacía de cajera en sus horas libres, y por el tesorero. Las cantidades eran las de siempre, hacer una paella tampoco era un misterio bíblico, y los proveedores eran los mismos por años que sabían perfectamente qué traer en cada fiesta mayor. De hecho la mayoría eran amigos o incluso los propios vecinos quienes contactaban a los proveedores para garantizar los suministros.

El Coach suspiró, dijo una frase positiva y al cabo de unos días llegó el manager. Un tipo repeinado hacia atrás, con una dicción fingida y un cigarrillo colgando del labio que apagaba tras pocas chupadas para encender otro de inmediato con el que reemplazarlo. El despacho que había ocupado el equipo del Coach hasta entonces se hizo pequeño y habilitaron una sala de la biblioteca del pueblo para trasladar a todo el equipo, al que también se habían unido un director financiero y un auditor. El alcalde estaba feliz. Por fin había conseguido profesionalizar su paella. Les iba a dar sopa con hondas a los de Villa Arriba, pensaba mientras veía a todo aquel equipo de profesionales llamando por teléfono, firmando contratos con proveedores con los que se ahorraban una buena cantidad en los precios, mandaban uniformes para los cocineros, señales por todo el pueblo y las carreteras adyacentes llenas de ellas indicando la dirección a la plaza en la que celebrarían la paella. 

Una mañana se presentó un equipo de fotógrafos y camarógrafos para filmar bien el pueblo, pues las imágenes y los vídeos de otros años no tenían la calidad necesaria para el tipo del Branding (el alcalde esperaba haberlo dicho bien). Filmaron cada rincón de Villa Abajo, la fuente, el río, la plaza, y al cabo de unos días volvieron con un autobús lleno de chicos y chicas jóvenes y guapos para hacerlos pasar por los vecinos. El alcalde no cabía en sí mismo. 

El director del departamento de marketing, que ahora contaba con dos asistentes además de todos esos holandeses con los que hablaba día sí y día también, le comunicó al alcalde que no tendrían la web ni todo el material promocional listo porque las condiciones en que se habían encontrado todo eran tan malas que habían tenido que empezar de cero, pero que algo podrían mostrar. El alcalde quitó hierro ante el esfuerzo titánico que veía hacer a toda aquella gente a diario y pensó que mientras solucionaban el desastre podrían mantener su vieja página y los perfiles de toda la vida. Imposible, le dijeron, ya los hemos borrado todos.

La fecha se acercaba y el alcalde tenía en su mesa tanta la información que jamás habría pensado que se podría conseguir. Gracias a un súper programa podía saber no sólo cuántos kilos de arroz se utilizarían para el acontecimiento, sino cuántos granos de arroz iban de media por kilo, cuántas costillas, cuántas alcachofas, el caldo, incluso las almejas por centímetro cuadrado de paella que tocaban por plato. Estaba impresionado. Aquel programa era la bomba, podía ver incluso la simulación del caldo que iban echando y el que quedaba en los botes. 

Como cada año, la imprenta del pueblo se presentó con su idea para imprimir las papeletas de venta de platos unas semanas antes del acontecimiento, pero el manager general se rio a grandes carcajadas, tiquets, repetía entre estertores mezclados con esputos y carcajadas. Hemos instalado en la puerta del pueblo un sistema mediante el cual los visitantes se darán de alta en unas pantallas. Estas pantallas recogerán todos los datos de los visitantes de modo que los tendremos controlados y cada año los podremos invitar para que vuelvan además de saber sus impresiones. Esas pantallas cobrarán los platos mediante tarjeta de crédito y cuando el banco certifique el pago, el programa enviará un código al teléfono móvil del visitante que después necesitará para recoger su plato de paella. Todo perfecto sin que nadie haya movido un dedo, bueno, sólo uno para encender el ordenador, decía entre carcajadas de superioridad por sus extraordinarios conocimientos.

El alcalde alucinaba, aquel manager fumador había evitado las colas de cada año para comprar los tiquets y como guinda, ni siquiera tendrían que recogerlos al final del día para saber cuántos platos habían vendido. Él mismo, sentado en su despacho, podría ver minuto a minuto los platos que se vendían. ¿Cómo no había hecho eso antes?, se preguntaba con cierta culpa. 

Era cierto que todo ese despliegue había molestado en el pueblo, pero ya lo entenderían cuando los rendimientos de la Fiesta Mayor les dieran para arreglar las calles en mal estado o para acercar la parada del autobús al centro del pueblo. El mundo entero conocería Villa Abajo gracias al trabajo que aquella gente estaba haciendo. “Ventajas competitivas”, le habían dicho.

Por fin llegó el día y tal como le había prometido el manager general, en la entrada del pueblo habían instalado una multitud de pantallas que generarían los códigos de acceso para comer paella. Aquel primer año, y con la finalidad de ayudar a los visitantes inexpertos, habían contratado a un equipo de azafatas vestidas con los colores del pueblo que se encargarían de asesorar a la gente y que ya daban una primera impresión de profesionalidad apenas a las puertas del pueblo.

El alcalde se sentó en su despacho y conectó el programa. Ya no tendría que bajar a la plaza del ayuntamiento para ver cómo iba todo. Abrió la pantalla que le daba acceso a los números y comenzó a hacer mil combinaciones de columnas, barras y datos tal y como le habían enseñado los financieros que había contratado el manager. ¡Qué fortuna haber encontrado a aquel Coach! Cierto era que le había costado al presupuesto del ayuntamiento un dineral, pero también sabía que con toda esa profesionalización lo iban a recuperar con creces.

Cada minuto pulsaba sobre el icono de actualizar y veía al instante los tiquets que se vendían, la procedencia de los visitantes, si venían con niños o solos, y si escogían la zona con almejas o sólo con pollo y costillas. Se entretuvo en saber de dónde venía la gente y comprobó que la mayoría lo hacía desde donde toda la vida, de los pueblos vecinos, la comarca y aledaños. Ahora los podremos invitar para el año que viene, se dijo, y se repanchingó en el sillón con los brazos cruzados tras su cabeza. 

La jornada pasó sin incidentes, la pantalla le arrojaba números y números y más números, y datos y datos y más datos que el alcalde estudiaba haciendo gráficas y planificando lo que sería el año siguiente estimando toda aquella información. Había visto al instante qué iban echando en la paella, qué quedaba en el almacén, sólo le había faltado ver el estado de la cocción del arroz, se dijo, pero le pediría al gerente que para el año siguiente lo añadiera al programa y de esa forma podría dirigir la jornada desde su casa.

Por la noche sacó los datos finales y vio que el número de visitantes había bajado con respecto al año anterior en cerca de doscientas personas, un veintitantos por ciento menos. No era extraño, pues una grave crisis económica había golpeado al país y la gente no estaba para paellas. Menos mal, pensó, que hemos hecho todo esto porque de habernos quedado como antes hubiera sido mucho peor, se dijo, y se marchó para casa.

El tesorero del ayuntamiento lo visitó esa misma noche, como cada año, con la diferencia que tuvo que ir hasta su casa al no haberlo visto durante todo el día. Llevaba una lista de quejas que ocupaba dos páginas manuscritas por delante y por detrás. Le explicó que la mitad de los vecinos habían dejado de servir a los visitantes agobiados por la presión del equipo del manager, estaban hasta los cojones, le dijo con una frase pueblerina que escandalizó al alcalde, acostumbrado ya a la jerga profesional. Paco, el cocinero, se había ido tras la última palada de arroz y nadie supo cómo acabar de cocinar lo que faltaba. Los visitantes, al ver las pantallas, la mitad se fueron, y de los que quedaron muchos no quisieron poner sus datos para que no los marearan con publicidad, otros se dedicaron a ligar con las azafatas, y de los que consiguieron sacar un código, la mayoría se comió tres o cuatro platos enseñando la misma pantalla del móvil cada vez en un puesto de recogida diferente. 

¿Nada más?, preguntó el alcalde. Mucho más, respondió el tesorero mientras sacaba de su bolsillo otro papel escrito a mano. No más quejas, lo reprendió el alcalde, que ya había sido advertido por el Coach y el manager de las reticencias que todos esos cambios generaban entre la población. No es una queja, le dijo el tesorero, es el resumen de lo que hemos vendido y lo que nos ha costado.

El alcalde se rio. Su pobre tesorero, como hacía antes, había apuntado en una hoja lo que él había podido seguir on-line al instante. Ya sé qué se ha vendido, le dijo con una risa burlona que imitaba la del Coach. El tesorero lo miró y le preguntó si sabía, además de lo vendido, cuánto había costado. Claro, le dijo el alcalde, segundo a segundo, se ufanó. El tesorero, lejos de amilanarse, desplegó la hoja frente al alcalde por la parte de la cifra final. Un número rojo superior incluso a la cifra de venta que había supuesto los platos de paella. ¡Imposible!, rio el alcalde.

Él había visto los números y con todo lo que habían ahorrado con esos proveedores y lo que quedaba en almacén, los números no eran los de años anteriores pero distaban de los que le mostraba el tesorero. Se lo dijo.

¿Alcalde, has sumado todo lo que ha costado esa gente, sus pantallas, sus azafatas, publicidades, sus inventos, y lo que te va a costar encontrar camareros y cocineros para el año que viene?

El alcalde se indignó. Su propio tesorero le estaba boicoteando. ¿Cómo iba a achacar los costos de la gestión a un solo año? Esto debe prorratearse, le dijo repitiendo las palabras del director financiero, y si Paco no quiere hacer la paella, pues contrataremos a un cocinero profesional.

Al año siguiente la nueva web recibió cientos de miles de visitas, se posicionó entre los influencers de la cocina e incluso recibió un par de premios internacionales por su moderno diseño, pero no vendió más que la vieja página web coordinada por los vecinos.

La caída volvió a ser de un veinticinco por ciento sobre el año anterior. La crisis los estaba matando. El alcalde reunió a los vecinos y les explicó que gracias a todos aquellos cambios habían podido contrarrestar la caída de ventas. Sin embargo algunos vecinos de toda la vida empezaron a mudarse a Villa Arriba. El manager le explicó que eso era normal, que las crisis eran oportunidades para destapar a los cobardes y los traidores eran los primeros en bajarse del barco. El problema, le dijo, es que con un solo día de venta de arroz no es suficiente, deberíamos ampliar la paella a todos los domingos de cada mes, así los costos se amortizarían y las rentabilidades serían mayores. 

El alcalde estaba entusiasmado. 

Empezaron a vender paella todos los domingos. Al principio fue un éxito, pero poco a poco los visitantes fueron espaciándose porque no había suficiente gente para llenar el pueblo cada fin de semana, ni los vecinos estaban para trabajar los domingos después de haberlo hecho durante toda la semana. El manager contrató entonces a un equipo de cocineros, un grupo de especialistas en call-center y a una empresa de transporte.  Vaciaron la biblioteca de libros y se instaló allí a todo el equipo. Cerca de un centenar de personas que gestionaban pedidos, envíos, llamadas y arroces que salían en motocicletas a toda velocidad en todas direcciones.

El pueblo hervía de actividad, pero no para los vecinos a excepción de los que se habían montado algún negocio para servir a aquella maraña de profesionales.

Una mañana bajó a verlo el alcalde de Villa Arriba. Venía a invitarlo a la fiesta mayor de su pueblo. El alcalde de Villa Abajo rió, pero pensó que sería bueno recordar el desastre en el que vivían ellos apenas unos años atrás, y aceptó la invitación.

Efectivamente y como suponía, el pueblo vecino era un desastre. La gente comía en platos de plástico en grandes mesas, como las que ellos usaban anteriormente, riendo y bailando sin que nadie se cerciorara de que las cantidades servidas eran las correctas. Lo más divertido era que la paella la coordinaba un vecino del pueblo ordenando a gritos lo que había que echar en cada momento sin que un auditor contara las cantidades. Qué estúpidos, rio para sí mismo el alcalde. Se sorprendió, mientras caminaba entre los visitantes, al ver a muchos conocidos de su pueblo. Se habían mezclado con los vecinos de Villa Arriba y les ayudaban a servir, incluso comían y bebían mientras pasaban platos a los visitantes. También los vio bailar con ellos y hacerse fotos con sus móviles sin que ningún auditor o financiero controlara que cada visitante se comiera sólo un plato por cabeza. Al ver echarse fotos con los teléfonos, se acordó del suyo y aprovechó para consultar el estado de la venta de platos de la paella de su pueblo.

Pasó todo el día en Villa Arriba y cuando ya no quedó ningún visitante y los vecinos hubieron limpiado el pueblo, se fue a ver al alcalde para agradecerle la invitación. Le hizo gracia encontrarlo con el tesorero, que repasaba los datos del día leyéndolos de un cuaderno ajado lleno de anotaciones. 

Cuando el tesorero dio la cifra final, el alcalde salió de su ensoñamiento de superioridad. ¡No podía ser! Aquellos aficionados habían conseguido en día lo mismo que ellos ganaban en ocho meses de vender paellas por internet y colapsar el pueblo cada domingo. El alcalde no daba crédito. ¿Cómo lo habéis hecho?, preguntó el alcalde con un hilo de voz.

Nada que no hubiéramos hecho toda la vida, le dijo el alcalde vecino, como vosotros antes. Hemos de reconocer que viendo las cosas que hacíais vosotros,  alguna la hemos copiado, como eso de hacer una Fiesta Mayor de invierno y poner señales, pero poco más.

El alcalde se echó las manos a la cabeza. Él había cambiado a los vecinos por profesionales que le producción casi cien veces más de lo que producía la vieja Fiesta Mayor, pero todo ese crecimiento se iba en pagar a todos aquellos tipos que habían venido de fuera. Además sus vecinos colaboraban con el pueblo del lado y habían mejorado su paella así como los engranajes de la Fiesta. Los mismos vecinos que él mismo había menospreciado hasta el punto de hacerlos emigrar trabajaban felices en el pueblo de al lado haciendo lo que más les gustaba

El comemierda


Lunes, Mayo 20, 2019

Resultado de imagen para caca de la vacaAyer, como casi todos los domingos, salí un rato en bicicleta. La mía es de montaña, de esas con las ruedas gordas y suspensiones por doquier para proteger lo que queda digno de protegerse (más bien poco) a través caminos de tierra, piedras, raíces y todo tipo de accidentes terrestres.  La ruta que escogí ayer consiste en seguir una trocha desde mi casa hasta lo que se conoce como Los Quesos, y que no es otra cosa que una granja con fama de hacer buenos quesos, y regresar, pero esa granja no es la única que se atraviesa en los poco más de cuarenta kilómetros de pedaleo.

Una de ellas, la más grande, está a unos quince o dieciséis kilómetros del inicio y a poco menos de cuatro o cinco del punto de retorno. La delimita una cerca en la que a mi paso se agolpaban cerca de medio centenar de vacas, o un centenar, o un millón, muchas. Instintivamente y a pesar de estaban al otro lado de una valla de alambre, me eché con la bici todo lo que pude al lado contrario ante la mirada atónita y nerviosa de las bestias que se agolpaban en tropel contra la puerta. Un par de cientos de metros más adelante me crucé con dos toros, sueltos, del tamaño de un autocar de jubilados franceses, dos bicharracos ante los que pasé por la parte más alejada del camino a todo lo que me dieron mis centenarias patitas.

Seguí con el pedaleo hasta el punto de retorno, tomé un sorbo de agua, comprobé el reloj, ruedas, etcétera, y volví.

Cuando andaba a unos kilómetros de la granja por la ruta de regreso comencé a escuchar lo inevitable, mugidos ensordecedores de un mogollón de vacas que ocupaban la totalidad del camino y sus márgenes. Imposibilitado de cruzar entre ellas, me paré y vi que tras el rebaño había un vaquero a caballo que me gritaba algo que el murmullo vaquil se tragaba. Me pareció entender que me quitará del medio del camino sino quería quedar aplastado por el bestial enjambre, así que giré y pedaleé hasta que vi un árbol que abría con su tronco y raíces algo más el camino, y me metí debajo. A los pocos segundos me alcanzó el rebaño con vaquero, que se había abierto paso a través de las vacas, incluido y se puso a mi lado. No puede quedarse aquí, me dijo, vienen peleando dos toros. Supongo que ante la mirada que le dediqué, a pesar de hacer un pequeño chiste, el hombre comprendió mi angustia y me guió (él a caballo y yo pedaleando) hasta el cercado de otra granja más adelante, abrió el portón y me empujó, literalmente, dentro como a un torero en el burladero. Cerró la puerta y comenzaron a pasar vacas, y vacas, y más vacas, y dos toros, los dos autocares que había visto un rato atrás, dándose golpes al más puro estilo pugilístico-toril de pesos pesados. Cuando pasaron todas las bestias, el vaquero me pegó un grito y salí. Encajé de nuevo la puerta del cercado y comencé a pedalear hacia casa.

No sé si alguno de vosotros ha vivido algo parecido en su vida, pero por si no lo sabíais tras un rebaño de vacas lo único que queda es una tonelada de mierda repartida en pedazos de a palmo cuadrado el más pequeño ocupando todo el camino.

La primera esquirla la sentí en la espalda, escupida a toda velocidad por la rueda trasera. Después, y a pesar de mis muchos intentos por esquivar las minas, vinieron las demás. La rueda de atrás disparaba ráfagas de trozos de caca de vaca a cien por hora, como una ametralladora que alguien hubiera apuntado contra mi espalda, manchándome el sillín, la espalda, las piernas y el caso, pero lo peor vino cuando la rueda delantera, que hasta entonces había mantenido a salvo, piso la primera de las minas. Impulsada por el efecto de la fuerza centrífuga, centrípeta o mierdífera de la rueda, un primer trozo de estiércol fresco y caliente es incrustó en la visera de mi casco pasando a pocos milímetros de la nariz. Con el segundo no tuve tanta suerte y entró de lleno en la boca que piafaba por tomar aire. No recordaba haber comido mierda nunca en mi vida y la sorpresa fue que tiene gusto terroso (por lo menos la de aquella vaca). Inmediatamente escupí el bocado pero mi rueda delantera tenía un plan para aquella mañana y no era conformarse con un pequeño tast. Tras ese primer lanzamiento siguieron tres o cuatro más que no pude esquivar y me entraron en la garganta como la leche de un biberón en la boca de un bebé...

Nunca había comido mierda antes, fue lo primero que pensé, pero para todo hay una primera vez y ayer fue la mía. Escupí sin detenerme y sin perder ese gusto de naturaleza a lo bruto que me había inundado el paladar. Comprendí que la solución sería cerrar la boca, algo que me ha costado mucho toda mi vida, y haciendo el esfuerzo llegué hasta la parte del camino que no habían minado las vacas.

Me limpié las gafas, también atacadas por la munición de aquel ejército invencible, escupí de nuevo, di un par de tragos de agua a la botella tras limpiar la boquilla herida de muerte como el resto, y volví a casa orgulloso de poder decir con la boca bien llena: ya soy un come mierda.

El gran estadista


Miércoles, Mayo 15, 2019


Leía, a raíz de la muerte de un político español del que todo el mundo destacaba que había sido un gran estadista, un tuit que decía algo como que el estado per sé no existe más allá de sus personas, de modo que un buen estadista sólo podía ser alguien que estuviera preocupado por ellas y no por los intereses creados, por el estatus quo, por las instituciones, ni por tapar la porquería que toda macro organización genera. Un buen estadista sólo respondería a una buena persona.
La explicación, mucho más brillante que la mía, más corta y contundente (he buscado el tuit y he sido incapaz de encontrarlo), me pareció extraordinaria por su capacidad de extrapolación. Es decir, si cambiamos la palabra estado por cualquier otra organización nos daremos cuenta que funciona igual. Un gran empresario, un gran directivo, un gran alcalde, un gran ingeniero, un gran capitán, ninguno de sus escenarios existen por sí mismos, no hay empresa, ciudad, proyecto, equipo o comunidad de vecinos que se aguante más allá de la gente que la forma. 


Inmediatamente me vino a la cabeza la parte empresarial del asunto, y una frase que siempre me ha causado mucha gracia cuando te sueltan una perorata y lo justifican como “lo ha decidido la empresa…”, como si la empresa fuera un ser atemporal e incorpóreo con un talento especial para decidir sin asumir responsabilidades. La “empresa” no existe, son las personas que la forman quienes sí existen y toman decisiones y hacen normas, como en un ayuntamiento, un gobierno o un equipo de fútbol. Y no me refiero con esto a los estatutos o leyes para el correcto funcionamiento del grupo, sino a la toma de acciones que después se esconden bajo la premisa de “el grupo ha decidido”, “la empresa ha decidido”, “el país ha decidido”, no señores, quien ha decidido es la persona que ha decidido y si su medida es buena la defenderá como propia y si es algo que atenta contra los demás la ocultará tras la barrera del anonimato grupal.

Por eso pienso que es tan importante escoger para los puestos de dirección de cualquier organización a buenas personas. 

No tengo idea de si el señor en cuestión era o no un gran estadista, ni siquiera si era un estadista mediocrillo, no lo sé porque nunca tuve la oportunidad de conocerle, pero a lo largo de mi vida profesional sí he conocido a otros grandes estadistas, empresarios, directivos y personalidades entre los cuales he visto a algunos perseguir sus encomiendas sin joder al prójimo y a otros hacerlo a través del “jodimiento” continuo y tenaz del mismo. No sabría decir con cuántos de cada categoría me he cruzado, pero sí puedo afirmar que he intentado pertenecer siempre a los primeros y me han producido un asco tremendo los segundos.

En mis equipos de trabajo he primado siempre las buenas personas antes que las sólo eficientes, pues estoy convencido de que a la larga una organización avanza más impulsada por la empatía, por buscar caminos de colaboración y bienestar del prójimo que por las habilidades individuales mal entendidas. ¿De qué sirve ser el mejor analista si nadie te quiere, de qué sirve ser un crack si al final juegas solo, qué aporta un gran estadista cuya habilidad es confabular en las sombras y esconder sus malas acciones en el anonimato del grupo, qué beneficio se obtiene de ser un canalla que especula en los pasillos y mete cizaña en cada rincón aduciendo a vaguedades aunque sea una máquina calculando presupuestos? 

Por desgracia, en todos los espacios de la vida hay tipos o tipas de estos que tiran la piedra, esconden la mano y por respuesta dan que la piedra la han tirado porque “la empresa/estado/equipo lo ha decidido”. No cabrón/a, la piedra la has tirado tú y esconderte no te hace un buen director, te hace un miserable, por eso es importante rodearse de buenas personas que tiendan sus manos para ayudar y señalar el camino, no para lanzar piedras y esconderse cual lombrices en la anónima tierra común.

Un gran estadista no es aquel que llama a un comisario para que espíe o destroce a un rival político, ni un gran jefe es el que aprovecha su cargo para abusar sexualmente de quien necesita un trabajo como no es un gran director aquel que descuelga el teléfono y presiona a un tercero para que despida a alguien que no le cae simpático. Esas acciones no se corresponden a grandes estadistas, son propias de grandes miserables.

Y no hablo de andar con el lirio en la mano, se puede ser contundente, firme y decidido sin llevar flores en el pelo cuando vas a San Francisco. Lo que quería decir, que ya me he vuelto a enrollar como una persiana vieja, es que defender malas actitudes tras el biombo del anonimato grupal no es ser un buen estadista, pues la única forma de ser bueno en algo es sencillamente siendo bueno.

El cumpleaños de Quim


Lunes, Abril 29, 2019

El día que cumplió cincuenta años, se levantó con unas terribles ganas de cagar. El intestino se le había removido en la madrugada como una anguila perseguida por un tiburón y lo hizo saltar de la cama. Dormía desnudo y el baño, a un par de metros de la cama, siempre mantenía la puerta y tapa del váter abiertas, por lo que en dos zancadas ya había metido el culo en el hueco de la taza. El primer retortijón le arrancó una mierda dura, larga y pesada que sintió correr por el último palmo del intestino antes de cruzar el recto y caer a plomo sobre el agua estancada del retrete. Sintió un placer rayano en lo ancestral al notar como los músculos anales cerraban su agujero y la mierda dejaba de pesar en su cuerpo. Una sonrisa de satisfacción le cruzó el rostro mientras estiraba la mano derecha para sacar un par de palmos del rollo de papel higiénico que colgaba junto a él. Hizo un par de pliegues y con la misma mano derecha buscó a tientas el hoyo que debía limpiar. Actuó como siempre, con esmero cuidado de no dejar ningún pliegue de aquella carne, la más sufrida de todo el cuerpo, sucia. Tiró el papel y volvió a sacar una tira nueva. La dobló de igual forma y siguió limpiando allí donde recordaba que había finalizado la vez anterior. Cuando estuvo seguro, tiró el papel sucio y sacó otra tira para limpiar el interior del ano, pero apenas lo había rozado con los dedos (protegidos por la capa de celulosa) cuando una nueva contracción le advirtió de lo que venía.

Tiró el papel con rapidez y apartó la mano antes de que su ano se abriera y echara otra ristra más de excrementos procesados de la digestión, aunque esta vez, y a diferencia de la primera expulsión, sintió que la dureza había disminuido y chasqueó la lengua molesto porque sabía que ese tipo de mierda le dejaba el culo mucho más sucio. Ahora tendría que perder un par de minutos largos sacando papel y restregando la carne arrugada hasta dejarla impoluta.

Hizo los primeros pliegues de papel cuando la anguila volvió a moverse. Abrió los ojos con sorpresa pues no recordaba haber cenado tanto como para evacuar tres veces en una sentada, pero su culo se abrió como la puerta de una bóveda de seguridad y escuchó caer cuatro bolas densas de unos cinco centímetros de longitud por tres de grosor, a contar por la sensibilidad de su aparato excretor.

Cuando se aseguró de que la última bola había abandonado el intestino se complació inconscientemente, pues con el estómago bien vacío podría comerse un par de trozos de pastel de cumpleaños sin problemas. Eso lo alegró y retomó la labor de plisar el papel en porciones iguales a la palma de su mano para poder restregar el culo con ellas sin riesgo a mancharse. Era meticuloso en eso. Tras la primera (y peor) pasada, tomaba el papel sucio, lo doblaba de manera que la mierda quedara en la parte interior y se restregaba con la cara limpia con cuidado de no mancharse. Esa operación la repetía tres veces antes de tomar una nueva ristra de papel del rollo. Aún estaba mirando el papel tachado de marrón oscuro denso cuando sintió una nueva oleada que le salía de las entrañas. Tiró el papel al váter y se concentró en la llegada. Colocó ambas manos sobre los muslos y tensó la musculatura abdominal hasta abrir el esfínter. Recordaba haber leído años atrás que la defecación se contenía de la misma forma que se aguantaba el agua en una manguera doblada, al parecer había algún músculo que mantenía el depósito de la mierda cerrado y que cuando se abría era incontenible. Sintió como esa manguera cerrada se abría y casi pudo escuchar el recorrido en espiral de las heces. Esta vez fue mucho más rápido, como si las tres primeras cagadas hubieran limpiado las cañerías y las deposiciones bajaran limpias como los niños por el tobogán de un parque acuático.

A medida que sentía las tiras blandengues recorrer el músculo anal y caer a la letrina, se le ocurrió  que podría dedicar aquel trabajo, que si tenía un poco de paciencia iría encontrando motivos a los que dedicar aquel exceso de evacuación y pensó que quizá ese era el regalo que su cuerpo le estaba haciendo por el día de su cumpleaños, ir cagándose en todo lo que le había tocado las pelotas durante su vida.

Comenzó por lo más trivial y directo y dedicó aquel último chorro de heces a un imbécil del trabajo. Se le torció el gesto al pensar en él, un tipo prepotente y ambicioso que habían contratado un tiempo atrás como director de departamento y que todo lo arreglaba poniendo “negritos” que cobraran la mitad, valiente desgraciado, para ti va esta cagada, se dijo dando un último apretón. 

La experiencia le pareció magnífica, sintió un doble alivio inmediato, el que se había producido en sus intestinos y otro de igual magnitud en su cabeza. Pensó enseguida en otro motivo para aprovechar la mañana y le vinieron a la mente sus errores de juventud, cuando creía que todo lo sabía y que la única verdad existente era la que manaba de su entendimiento. Recordó las veces que había violentado a su entorno por culpa de su propia intransigencia y cuando apenas había acabado de arrepentirse, un flujo intestinal en forma de un cagarro de más de un palmo le atravesó el recto, el esfínter interior, el esfínter exterior, se asomó al ano y cayó como una bomba sobre el agua del retrete que ya acumulaba varios kilos de porquería.

La satisfacción fue de nuevo inmediata, tanto que incluso se molestó por no haberlo pensado antes. Cincuenta años cagando sin propósito, que desperdicio de mierda, pensó.

Se concentró otra vez y a la mente le vino un antiguo constructor que les había estafado cerca de cien mil euros, pero ni siquiera había conseguido recordar su nombre cuando dos explosiones cercanas a un estornudo anal pintaron de marrón todo el interior de la taza del váter.

Quim, que así se llamaba el hombre, cambió su sonrisa por una carcajada y siguió. Se acordó de los abusadores de la escuela, de los conductores imprudentes, de los matones, de los amigos que lo habían jodido en la vida (apenas una bolita cabrense), de la deslealtad y falsedad de algunos conocidos, de los charlatanes que prometían mil quimeras antes de acabar jodiéndolo todo, y la mierda caía a ráfagas de su culo al ritmo que iba visualizando cada uno de esos momentos. 

Su nombre completo era Joaquim Mer d’Ot, descendiente por parte de padre del desertor de una familia de marinos franceses que se había establecido en Cataluña durante la segunda guerra mundial, y de una buena familia por parte de madre de la que sólo se había mantenido el apellido después de que su padre y su abuelo, el abuelo y bisabuelo de Joaquim, se pulieran todo el patrimonio familiar. También a ellos les dedicó un par de deposiciones. 

Después comenzó a abrir la mente para equipararla a su esfínter. Amplió la lista de agraciados con los traficantes de armas, los de droga, los hijos de puta que vendían personas como si fueran kilos de garbanzos, se acordó de los jueces corruptos y de las mentiras infinitas de los políticos, y para todos ellos expulsó un par de cientos de gramos de mierda concentrada, dura y pura como la coca antes de cortar.

Todavía mantenía en su mano derecha el papel doblado al tamaño de su palma. Lo miró con atención y se concentró en recordar más casos que valieran la pena. Le vino la imagen de él mismo actuando con extrema dureza con su propio hijo y se dedicó una larga ristra de mierda. Pensó en su mujer, y en las veces que no había sido un buen esposo, y volvió a cagarse en sí mismo por tercera vez.

No conseguía recordar más agravios a pesar de lo mucho que se esforzaba. Le venían de nuevo los grandes males de la humanidad, pero si bien ya se había cagado en ellos, tampoco era un gran responsable directo de los mismos. Poco a poco fue desgranando su vida en fases, primero por grandes etapas, la niñez, la adolescencia, la juventud, su edad adulta y ahora los primeros minutos de la madurez. Después comenzó a seccionar esas etapas en partes más pequeñas mientras las piernas se le dormían presionadas por el plástico curvado del asiento del váter. Pensó en los años en que jugaba a fútbol, en algún niño que lo molestaba en los partidos, pero ni siquiera se arrancó un pedo con ese recuerdo. La adolescencia en sí misma había sido una gran mierda, casi como la de la totalidad de la población mundial, pero no supo visualizar ningún hecho destacable que mereciera una dedicatoria. En los años de juventud todo le había salido bien, había tenido éxito en el trabajo, con sus amigos, con las chichas, nada podía reprocharse de manera palpable más allá de su prepotencia. Las mayores cagadas se habían producido en sus años de adulto, pero las que recordaba ya las había mencionado y en el presente, salvo alguna situación del trabajo, todo lo demás era perfecto. 

Quim Mer d’Ot sintió que por primera vez su nombre tenía sentido y sonrió satisfecho. Comprendió a golpe de zurullo que en la vida apenas había tenido motivos para cagarse en nada y sí muchos para estar agradecido. En la habitación, sin ir más lejos, dormitaba su esposa ajena a la sinfonía orgiástica de mierda que se había dado, y en la habitación contigua descansaba su hijo, un chaval extraordinario. Tenía una familia magnífica, una vida milagrosa, una situación que lo convertía en un privilegiado. Estiró su mano derecha y se pasó el papel de celulosa por el culo. Lo sacó y vio que estaba limpio. Volvió a pasarlo un par de veces más y vio que en efecto, no quedaban restos de excrementos en el fondo blanco del papel. Sorprendido, tiró el papel al váter, se levantó y tiró de la cadena. Kilos de heces se removieron inquietos al sentir el flujo circular de la descarga de la cisterna y giraron enloquecidos hasta que el sifón del retrete se los tragó como la vida a la juventud. 

Quim se acercó a la ducha y se limpió a fondo todo el aparato excretor. Después volvió a la cama con su esposa y tras el almuerzo, se comió dos trozos de pastel de cumpleaños.


El Perú ya no está jodido


Miércoles, Abril 10, 2019


foto de Gladys Montolio.La primera vez que viajé a ese maravilloso país fue en el año 2003 y lo hice con un grupo de personas muy especiales de las que aprendí tanto que ni siquiera en una novela larga como La virgen del Sol caben sus enseñanzas. Aprendí a ser paciente (los que me conocen deben estar poniendo una cara de esas de ¿y cómo narices era antes si ahora dice que es paciente?), me comí un mango por primera vez en la vida, comprendí que todo está conectado, sentí el efecto mariposa en modo bofetada potencia tsunami y nací de nuevo, allí, entre sus rocas milenarias, sus cumbres imposibles y sus paisajes abrumadores.

En toda vida hay momentos y lugares que te cambian, y para mí el Perú fue el país en el que desperté. Como diría Piqué: “Perú, contigo empezó todo”.

Gracias a ese viaje me conocí a mí, y es curioso porque llevaba entonces treinta y tantos años viviendo juntos y casi no nos habíamos hablado, conocí de verdad a mi maestra, viví mi primera epifanía, me hice vegetariano y gracias a eso conocí a mi compañera, lo mejor que me ha pasado en la vida. 

También viví la miseria y la frustración.

Conocí gente que en tres palabras decían más que en una tertulia de radio, y sentí la infinita gratitud de haber gozado de todas las comodidades que me han sido dadas en la vida. Supe que ser hombre, blanco y occidental es por sí mismo una ventaja inconmensurable por la gran desigualdad en la que vivimos, y que justamente una parte de responsabilidad importante recae sobre esos hombres blancos y occidentales…, y compartí platos de patatas de mil colores y formas con personas que se las quitaban de su mísero plato para compartirlas conmigo.

Repartí todo lo que tenía y recibí cien veces más.

Muchas de estas enseñanzas intenté reflejarlas en La virgen del Sol, pero la gran mayoría intento que sigan escritas en mí, en mi forma de ser, de comportarme, de tratar a los demás.

Digo todo esto porque Perú, por más que le pese a Vargas Llosa, ya no está jodido, o por lo menos no más que cualquier otra parte del mundo, con la diferencia añadida de que estos días brilla con una luz más intensa, con la luz de sus letras, de sus autores y autoras, con la merecida luminiscencia que otorga el ser el país escogido en la Feria Internacional del Libro LACUHE 2019.

Por desgracia, y a pesar de que me hubiera encantado asistir, no podré molestar a nadie con mi presencia. No podré abrazar y reírme con Jorge, ni saludar a Gladys, Yorman, Jisell o Rosalía, no podré dar el beso que se merece a mi ángel de la guarda, Dilcia, ni conoceré a Rina ni a los otros autores que a la par nerviosos y entusiasmados, como lo estuve yo, tendrán la oportunidad de presentar sus escritos al mundo desde su ventana del Bronx.

Pido disculpas a todos por mi espantada, aunque seguiré todos los actos desde la cercanía que ofrecen las RRSS y prometo hacer lo posible por estar allí el próximo abril, ya con más de medio siglo a las espaldas y con una nueva novela bajo el brazo.

¡Mucho éxito, LACUHE!

Cuatro de abril


Jueves, Abril 4, 2019

Hoy es cuatro de abril otra vez, por vigesimoquinta vez, es cuatro de abril. Hoy hace veinticinco años que aquel puto cáncer te venció, que nos derrotó, que nos dejó sin tu presencia.

A partir de mañana mi vida sin ti será mayor de lo que había vivido a tu lado. Nadie debería vivir sin su madre.

En pocos días además voy a tener la edad que tú tenías cuando se te llevaron, y soy tan joven, mama, tan joven que no puedo imaginar lo que supuso para ti dejar la vida en el mejor momento, cuando nosotros ya éramos mayores, cuando podías vivir con tu pareja, cuando teníais, después de un montón de años de andar contando hasta la última peseta, cuatro duros en el bolsillo para disfrutar. La muerte es una mierda, es la peor condena posible, el castigo definitivo, el desastre absoluto, pero la tuya era sobre todo inmerecida, nunca te escuché desear el mal a nadie, siempre defendiendo los motivos de los demás, siempre poniéndote en sus zapatos, siempre enseñándome a ser mejor persona.

Me es difícil recordarte bien, la imagen de tu cuerpo vencido por la enfermedad, tus ojos negros y grandes llenos de tanta tristeza, los meses, días, horas que te arrancaban la vida sin tu permiso están clavados en el fondo de mi corazón y de la memoria. Sólo el no pensamiento permite ir pasando la vida. El recuerdo desgarra porque ni siquiera estoy seguro de haber sido un buen hijo y haber estado a la altura.

Pienso muchas veces en la muerte porque desde que se te llevó forma parte de mi vida como una sombra que anda siempre dos pasos detrás de mí, sueño con ella, me aterroriza, la veo y sé que está ahí, pendiente, y cuando pienso que viene a por mí me da pavor y me acuerdo de ti, de todo lo que te has perdido. 

No has podido conocer a mi compañera, te hubiera encantado, es dulce y también vino de fuera, como tú. Ni a nuestro ahijados ni a nuestro hijo, tu nieto, que es muy especial. Te hubieras muerto de risa al verlo, es muy buen niño, es un trozo de pan y yo no sé cómo hacerlo muchas veces porque no puedo preguntarte.

Mañana hará veinticinco años y un día que no estás con nosotros, aunque en verdad te fueras mucho antes porque nadie debería vivir los últimos meses de su vida como tú lo hiciste. Te fallamos, y la culpa anda pegada al dolor, pero no sabía más, no sabía qué hacer, sólo quería tenerte con nosotros, un día más, un minuto más, y tú lo hiciste, como durante toda tu vida, te jodiste por los demás, nos diste hasta el último aliento. No hay forma humana de pagar eso.

Sabes, lo que más recuerdo incluso por encima de la imagen de tu muerte son aquellas sobremesas antes de que empezara a trabajar, cuando me levantaba tarde y me iba contigo a la cocina, a molestarte mientras hacías la comida y después veíamos Falcon Crest. Me acuerdo que podía hablar de todo contigo, como aquella vez que te dije que ya podía dejar embarazada a una chica y me miraste con cara de saberlo antes que yo. Luego me explicaste… Te pienso siempre al lado del papa, en el sofá, echada en sus brazos después de cenar, con los platos por recoger y los dos quintos sobre la mesa. Mi hermana a un lado y yo al otro, y la Tina, o el Black, en el suelo… 

La vida ha seguido para todos menos para ti, y no nos ha ido mal, porque sólo le va mal al que ya no está, y hoy hace veinticinco años que no te dejaron seguir. Nadie sabe cuánto daría uno por verte un segundo más, por sentirte, escucharte, darte un beso o sencillamente tener una imagen nítida en la memoria. Ayer le explicaba a mi compañera que con cincuenta años lucías un cuerpazo de película, bikini blanco, pamela ancha, gafas de sol, y venías a la cancha de fútbol del camping a verme jugar, o a vigilar que no me metiera en líos, siempre desde un lado, junto a la Merche, pero sin armar ruido, como viviste, como viniste al mundo y como te fuiste, discreta y radiante.

Me cuesta seguir escribiendo porque el nudo y las lágrimas cada vez son mayores. No sabía si escribir esto para mí, para nosotros, o hacerlo público, y sí lo voy a compartir con mis amigos y lectores, porque también escribo novelas, mama, aunque estoy convencido de que lo sabías, y quiero que todo el mundo sepa que desde hace veinticinco años nuestro mundo se oscureció y se hizo más denso, que desde entonces los silencios han sido mucho más profundos, que la muerte me asusta hasta el punto de ni siquiera poder hablar de ella aún habiendo transcurrido tanto tiempo, pero sobre todo quiero que todo el mundo sepa que fuiste la mejor madre que un niño pudiera tener.

Nos quedaron tantas cosas por decirnos, tantas cosas por hacer… que ahora flotan como un halo de mierda siempre a nuestro alrededor. Sé que nunca las escucharás porque los que no somos creyentes ni siquiera tenemos la puta esperanza de vernos en un paraíso de nubes de algodón, pero te prometo que yo sí voy a intentar decirlas.

Ahora que soy Ángel María


Miércoles, Abril 3, 2019

Les veía casi siempre a la vuelta. Llegaban con sus vestidos coloridos, las gorras de visera corta a veces vueltas para atrás, los guantes con los dedos descubiertos y, cuando se bajaban, tapeaban con sus zapatos como si fueran bailarines de claqué. Sólo les veía cuando regresaban porque salían muy temprano, demasiado para un niño de mi edad, pero cuando desayunaba con mi hermana y mi madre en la mesa de madera de la parcela, bajo el toldo que colgaba del avancé, subían por la calle del camping montados en sus armaduras flacas, de tubos pintados, agarrados a aquellos cuernos curvados como jinetes de avestruces. Las ruedas grandes, mucho más grandes que las nuestras, delgadas, apenas de un par de centímetros de grosor, y un juego de platos y piñones que hacían restañar con elegancia tirando de pequeñas palancas pegadas al tubo principal del cuadro, justo encima de donde llevaban pegados, como un perezoso a un árbol, botellines de agua con publicidad de bancos y cajas. 

Después, al cabo de las horas, les volvía a ver en pantalones cortos o bañador, siempre sin camisa como todos los hombres del camping, rodeados de sus familias y armados con una paleta frente al fuego de una barbacoa en la que asar carne, sardinas o cocinar una paella, atendiendo con una sonrisa a los otros hombres que pasaban frente a sus parcelas y les preguntaban a dónde habían ido aquella mañana. Ellos, ufanos, respondían con nombres de pueblos que en mi mapa imaginario eran imposible de colocar, aunque sabía que eran lugares lo suficientemente lejanos como para que ninguno de nosotros pudiera ir allí sin permiso.

Guardaban sus bicicletas dentro de los avancés, protegidas de las miradas ajenas y de los niños que nos volvíamos locos por tirar de las palanquitas que movían los piñones como si fueran las marchas de un coche, de pegarnos a aquellos manillares que se recogían en sí mismos como conchas de un caracol o de meter nuestros piececillos bajo las tiras de cuero que ataban los zapatos a los pedales y quedarnos pegados a aquellas bicicletas que el resto del mundo sólo veía por televisión durante las calurosas siestas estivales.

Me acuerdo especialmente de Ángel María, y de su hijo, al que nunca vi interesarse por la bici de su padre como hacíamos todos los demás. Era un señor andrógino, de cuerpo poco definido, pero que se metía entre pecho y espalda cientos de kilómetros para desconcierto, o asombro (y algo de envidia) del resto de hombres de la cuadrilla. Ángel María se levantaba casi de madrugada, junto a otros dos o tres compañeros, y recorrían las carreteras comarcales de Tarragona y alrededores a bordo de aquellas bicicletas imposibles. No era de los que iba a la playa cargado con su hamaca y sus sillas apenas salía el sol para plantar la sombrilla, ni tampoco de los que se levantaban a las once o las doce del mediodía haciendo valer el único pecado al que un trabajador tiene derecho en vacaciones, la pereza. Ángel María tenía otra afición, otra vida. Entre semana vestía su uniforme de hombre formal, de empleado de banca o de una compañía de seguros, no lo recuerdo muy bien. Era alto, con barriguita, y esa pinta de sedentario al que le sienta la ropa como si se la hubieran lanzado desde un par de plantas más arriba. Caminaba tranquilo, siempre con una sonrisa medio bobalicona en el rostro, y apenas llegaban sus días libres, cambiaba aquellos ropajes grises por vestidos pintorrejados de mil marcas publicitarias como si fuera un ciclista profesional de Kelme o Kas. Siempre que pasaba a mi lado me sonreía con aquella beatitud y metía la mano en mi cabeza para revolverme la melena. Quería que jugáramos con su hijo, que fuéramos sus amigos, algo que nunca pasó.

Hace apenas un par de meses que he comenzado a ser Ángel María, ahora soy yo quien se viste con colores chillones (menos que él porque aún tengo en mi recuerdo la imagen que me despertaba), que se levanta los domingos como si fuera un lunes, que se calza un casco de rejilla en lugar de una gorra blanda de visera corta, que me pongo los guantes sin dedos, el botellín de agua pegado al cuadro de mi bici, y que salgo a hacer kilómetros como si alguien me pagara por ello. Ahora soy yo quien sale a sufrir bajo el calor del verano eterno del trópico, quien suda y vuelve con su bicicleta de mil gadgets, de un montón de platos y piñones que hago restañar con los pulgares como trucos de un agente secreto británico, y que paso despacito por las calles del residencial como hacía Ángel María por las calles del camping.

La única diferencia, más allá de las formas que el ojo ve y de que en vez de rutas yo pedaleo por caminos rurales, es que mientras preparo la paella del domingo, mi hijo limpia mi bicicleta admirado, toca todas las palancas vigilándome de reojo para que no le regañe, hace ver que se sube (porque aún no llega), que corre en ella, y se levanta a la misma hora que yo para pedirme, domingo tras domingo, que lo deje venir, que lo deje acompañarnos como si fuera el Timbaler del Bruc por los caminos de La Altagracia. 

Paciencia hijo mío, que a mí me ha costado cuarenta años ser Ángel María.

Cinco noches con Julia


Lunes, Marzo 25, 2019

Mi padre, mi madre y yo.
Por fin, tras meses de haber finalizado Anacaona, la última princesa del Caribe, quería comentar que mi próxima novela se encuentra en el último tercio de su escritura. 

No es una novela como las que he escrito, de hecho es casi opuesta a mis anteriores obras, pero me encuentro en el momento justo para escribir una historia de calado más urbano e intimista. Una obra en la que se mezclan realidad y ficción para construir una vida que no fue, pero que perfectamente podría haber sido y con la que estoy convencido de que muchos os sentiréis identificados. 

Es una obra que no podría haber escrito antes, y que difícilmente podré escribir dentro unos años, pues el punto actual de la mitad de mi vida, o por lo menos de lo que debería ser la mitad cronológica de una vida, es el momento justo para explicar lo que ocurre en Cinco noches con Julia. Ese espacio en el que la experiencia de lo vivido pesa en la mochila lo mismo que la inocencia de la esperanza por lo que ha de venir. He escuchado muchas veces que llega un momento en que la vida deja de darte para empezar a llevarse lo que te había regalado, lo que te habías ganado, o lo que te tocó en la tómbola, y si bien estoy convencido de que ese momento llegará, no es menos cierto que no lo ha hecho todavía y que para escribir una novela como Cinco noches con Julia era absolutamente necesario el equilibrio en una vida adulta.

Estoy seguro de que a muchos les sorprenderá, en especial a los más allegados, pero creo que está quedando una obra compacta, serena, razonablemente bien escrita y que obligará a los lectores a asomarse al espejo de sus decisiones.

Tenía ganas de explicar esto, de hacer saber que más letras vienen en camino y que la ilusión por ser un cuentista profesional sigue intacta aún a pesar de las dificultades, de la constatación de la falta real de talento y del pavor que me supone vivir de lo efímero, pero no hay más camino, escribir es un negocio que se aprende como la mayoría, haciéndolo, y que como esa mayoría requiere de mucho trabajo, esfuerzo, de una pizca de suerte y de estar rodeado de gente que te ayude. De algunas voy justito, para qué nos vamos a engañar, talento así, así, soy más vago que el sastre de Tarzán y a la mínima me quedo mirando a las musarañas o pegado a un vídeo de Messi en YouTube, pero de lo otro voy sobrado, pues suerte tengo a raudales y estoy rodeado de la mejor gente del mundo, además, cuando lo prosaico está asentado lo sutil es una exigencia.

En el tintero flota una novela de aventuras, la segunda parte de El péndulo de Dios, pero que necesita de la cercanía del gran (y admiradísimo) Cerrada y sus conocimientos de esgrima..., aunque esto es otra historia.

Los cinco minutos de Andy Warhol


Jueves, Marzo 21, 2019

Define la RAE el verbo gerenciar de la siguiente forma: gestionar o administrar algo. Para estar seguro, he buscado inmediatamente la definición de gestionar y el resultado es éste:  
  1. tr. Llevar adelante una iniciativa o un proyecto.
  2. tr. Ocuparse de la administración, organización y funcionamiento de una empresa, actividad económica u organismo.
  3. tr. Manejar o conducir una situación problemática.
Y es curioso, porque tras leer los tres puntos varias veces no he sido capaz de encontrar las palabras humillación, abuso o narcisismo en la definición. 

Cuando trabajaba en Barcelona (hace algún tiempo, como dice la canción) lo hice en una empresa de distribución que contaba con una flota importante de vehículos y chóferes. Recuerdo a uno de ellos, una gran persona pero de espíritu pobre, apocado, incapaz de levantar la voz o la mano a nadie. Un currito, un pobre hombre que lo único que tenía era corazón. Un tipo al que todos usaban en sus bromas sin que jamás hubiera un mal gesto por su parte. Algunas tardes al finalizar su jornada regresaba en la furgoneta acompañado por su hijo, supongo que lo recogería del colegio a última hora o algo así, y algunos compañeros, incluso jefes directos, se reían y continuaban sus bromas incluyendo en ellas al chaval, “tu padre no sé qué y tu padre no sé cuántos”. Por aquel entonces yo era uno de los directivos importantes de la casa y una tarde que lo vi llegar salí a recibirlo a la puerta. Le di la mano y tratándolo en todo momento de usted le pregunté cómo le había ido, le hice saber lo importantísimo de su labor en la empresa, de lo mucho que le debíamos y le hice un par de preguntas sobre cómo debía hacerse algo del trabajo. El tipo me miraba y abría los ojos como platos mientras su hijo se le agarraba de la mano como si se tratara de un cable colgando en un precipicio. El chófer me siguió un poco el juego con más miedo que entendimiento, recogió sus cosas y se fue a su casa con su chaval. Al día siguiente, apenas llegó, subió a mi oficina y me abrazó.

No cuento esta anécdota como muestra de lo buena persona que era, pues ni lo era ni lo soy. Unos años antes de lo que acabo de explicar iba, junto a Álex, un amigo que si lee estas letras seguro que lo recuerda, a un gimnasio en Sabadell. Era un gimnasio del centro de la ciudad, uno de esos de alto copete con pistas de squash, saunas, piscinas, baños turcos, etc., y casi cada día al finalizar nuestras rutinas coincidíamos en el vestuario con un señor mayor que nosotros de origen no recuerdo si andaluz o castellano, pero en todo caso aficionado y militante activo del Real Madrid, en una época además que lo ganaban todo. Una tarde que me sentía inspirado, y apenas le vi volver de su partida diaria de squash, comencé a comentar con Álex, en un volumen suficientemente alto como para que me escuchara, lo absurdo de vivir en Cataluña y ser del Madrid, la vergüenza que deberían sentir, y una cantidad de barbaridades repugnantes, impropias, xenófobas, indecentes e imperdonables que lancé por mi boquita con el único fin de hacer gracia a los cuatro amiguetes que andábamos por allí. El hombre, que se limitó a mirarme de refilón como si oyera una música lejana intentando reconocerla sin demasiado interés, se duchó, se secó, se cambió (a poco menos de un metro de nosotros) y se fue. Cuando salió todos reímos, yo con el pecho henchido de orgullo pues el viejo no se había atrevido ni a respirar ante mi  labia y arrojo. Digno ante la humillación de la que aún hoy siento tanta vergüenza, tanta tristeza, tanto asco de mi actitud que ni treinta años de arrepentimiento han servicio como penitencia, el hombre se fue a su casa quizá con ganas de partirme la cara, o quizá con la certeza de que las palabras de un imbécil no eran motivo suficiente para sentirse afectado.

Explico esto porque llevo días haciendo memoria retrospectiva y no recuerdo en mi trayectoria laboral, treinta y cuatro años para ser exactos dirigiendo equipos de trabajo, haber humillado a nadie aprovechándome de mi cargo o de su necesidad. El caso del señor del Real Madrid, que me avergüenza doblemente por mi actitud asquerosa y por la falta de valor para pedirle disculpas en su momento, fue por impresentable, por imbécil y maleducado, pero no recuerdo haber hecho algo parecido aprovechándome de mi cargo.

Por supuesto en todo este tiempo he cometido errores, mi memoria dulcifica y esconde mis malas decisiones, y estoy convencido de que habré sido injusto en más de una ocasión, que hay quien no me querrá ver ni en pintura porque alguna de mis decisiones le habrá causado daño, espero que también haya de lo contrario..., pero llevo dos días haciendo memoria y no recuerdo que como director haya humillado a propósito a ningún compañero. Es más, siempre he despreciado profundamente a los jefes que lo hacían. Y lo he visto hacer, muchísimas veces, no me lo han hecho (o no he dejado que me lo hicieran), y me entristece profundamente cuando en pleno siglo veintiuno todavía veo directores y directoras, por usar el lenguaje inclusivo, cuya forma de solucionar las situaciones laborales está basada en la venganza o la humillación al necesitado. Pienso en estas ocasiones que probablemente, como ocurre con el maltrato infantil, sus actitudes estén forjadas por las propias experiencias, que en algún momento de sus carreras profesionales alguien les humilló y ahora tengan la necesidad de resarcirse o piensen que esa es la forma correcta de gestionar. 

No comprendo qué bien o qué satisfacción se obtiene golpeando a alguien con la fuerza del cargo y personalmente lo asimilo más a la maldad que a otra cosa. O eso, o es que la adrenalina del poder es más placentera que la melatonina del sueño plácido.

Hace unos días publiqué un decálogo de lo que para mí era ser un buen gerente, y con toda honestidad siempre he intentado mantenerme atento a estas normas, de hecho, ojalá este post sirviera para que si alguien cree que no lo he hecho me pusiera en mi sitio, pero si yo tuviera una empresa y viera a un mandatario gritarle a su familia, humillar a un trabajador, tomar venganza contra personas que incluso ya ni están en la compañía o hablar mal de terceros en su ausencia, inmediatamente lo apartaría de mi equipo porque en una organización de seres humanos (aunque se dediquen a ganar dinero) no deberían tener cabida las malas personas ni las malas actitudes. 

Por desgracia, muchas veces estas cosas se aplauden porque se ven como fortalezas de dirección, como capacidades de mando, de mano dura, de establecer jerarquías, de aviso a navegantes, como decía aquel jefe, pero para conseguir el respeto jerárquico hay muchas herramientas que no incluyen la humillación o el abuso de poder. Quizá la inmediatez, la presión por conseguir resultados, la violencia del mercado, de la competencia, ese modo tan despreciable de marcar paquete para subir puestos en el organigrama, validen actitudes de esta calaña, pero a la larga las empresas que las toleran o las aplauden acaban llenando sus staffs a partes iguales de pusilánimes y abusadores, por un lado gente que se cree que lo sabe todo y que puede hacer lo que le dé la gana, y por otro gente que les da igual lo que les digan porque no les importa un pimiento nada que no sea mantener su salario todos los meses.

Es curioso también como a la gente se la va conociendo cuando tienen dinero o cuando sienten la empuñadora de la vara en sus manos, y dicen que el dinero o el poder cambian a las personas pero no es cierto, el dinero y la sensación de poder (pues el poder per se es una ilusión) lo que hacen es mostrar la realidad de las personas, mostrar el verdadero vestido del emperador, por eso todo el mundo debería tener no cinco minutos de fama como decía Andy Warhol, sino a cinco minutos de ser rico o sentirse poderoso. ¡Anda que no nos íbamos a reír!

Manuel y Hermes -Entrevista-Jordi Díez


Viernes, Marzo 15, 2019





Por si es de interés, comparto la entrevista que tuve el honor de disfrutar ayer en el programa Manuel y Mermes, de Canal 4 RD, uno de los canales oficiales de la Corporación Estatal de la Radio y la Televisión Dominicana. Desde aquí agradezco profundamente a Hermes y Manuel Meccariello​, así como a todo el equipo de producción, y a Alejandro que lo hizo posible, el maravilloso trato recibido. ¡Muchas gracias a todos!

Para vosotros, amigos y lectores, espero que os agrade la entrevista y si estáis interesados en saber más sobre mis novelas podéis seguir este link -> http://author.to/JordiDiez 

Una historia del camping


Viernes, Marzo 1, 2019

A raíz de un post que colgué hace unos días en mi muro de Facebook, un amigo de la infancia, mi mejor amigo de la niñez me atrevería a decir y protagonista de la foto adjunta, me hizo el comentario de que debería escribir algo sobre nuestras aventuras de cuando nuestros padres nos soltaban durante los meses de verano en un camping para que nos asilvestráramos como los animales salvajes que éramos. Para los que no estén muy avezados con la cultura vacacional de la edad de hierro, los niños entonces se dividían entre los que no tenían vacaciones, los que iban al pueblo, los que no tenían pueblo, los que iban a donde los invitaban, los que íbamos de vacaciones a un camping, los que podían ir unos días a un apartamento, los que se alojaban en hoteles, los que tenían una residencia de verano y los que viajaban al extranjero, que eran una minoría tan mengua que jamás conocí a ninguno. 

Pensando en las palabras de amigo, en verdad no acostumbro a escribir de mi niñez porque fue maravillosa, no podría detallar más allá de eso, tengo la fortuna de haber tenido unos padres magníficos, aunque la desgracia se cebara arrebatándonos a mi madre, una hermana tolerable (¡es broma!, amo a mi hermana y es un ejemplo para toda la familia), amigos por doquier, fui un niño aceptado, sin problemas de acoso, de personalidad o autoestima. Sacaba buenas notas, jugaba a fútbol (mal, pero nunca tenía problemas para ser escogido en las primeras tandas del piedra, papel o tijera), cada cumpleaños, navidades o la fiesta que fuera mi familia sabía que el mejor regalo que me podían hacer eran libros y tenía la habitación repleta (libros que aún guardo en su mayoría), unos abuelos maravillosos, éxito en la línea media con el sexo opuesto, era valiente, lenguaraz, ágil y un poco (muy) cabrón. Vamos, lo que cualquiera llamaría una infancia perfecta.

Sin embargo, y como consecuencia del comentario de mi amigo, comencé a rememorar algunas de las aventuras que vivimos en aquellos veranos de bañador, bocadillos de chorizo, bicicletas, fútbol, playa, piscina, amigos y libertad, mucha libertad, toda la libertad. 

Me ha venido a la memoria, por ejemplo, de un día en que decidimos arrancar los cuatro o cinco amigos con nuestras bicicletas para ver si éramos capaces de llegar a Tarragona. Nuestro punto de veraneo era el camping Santa Eulalia, situado en Altafulla, un pueblo precioso en la costa dorada catalana, y que dista de la capital tarraconense unos diez o doce kilómetros, veinte contando entre la ida y la vuelta. Un desafío portentoso para niños de diez años. Recuerdo que lo planificamos a la perfección, botellas de agua, algo de comer, y pa’lante. Sólo había un pequeño problema, el único camino que conocíamos era el arcén de la carretera nacional N-340, una vía rápida por la que los coches, camiones, y cualquier bicho motorizado pasaba a toda velocidad pegadito a los cuatro locos que pedaleábamos por el arcén más felices que si nos hubiera tocado la lotería. Al final no llegamos a Tarragona porque uno del grupo se asustó y al cabo de unos kilómetros de aventura echamos para atrás, pero la experiencia quedó en nuestras memorias para siempre.

Me acuerdo también de una barca vieja que encontramos y que llevamos cargada a lomo hasta el camping para arreglarla y salir a navegar. La bautizamos como la Perca, la Parca, la Troncha, la Ruca, la Merca, la Tranca, la Pinca, … no me acuerdo, pero era una barca reventada por todas partes a la que le pegamos tablones, maderas, clavos por doquier, bolsas de plástico y no sé cuántos inventos más para que flotara y nos permitiera viajar (más en la imaginación que en cualquier otro medio) surcando las olas de costa a costa. Cuando entendimos que ya estaba totalmente reparada en nuestros astilleros campiles, la llevamos hasta el mar, de nuevo a lomo, y la botamos. En pocos minutos se nos llenó de agua y se hundió a pesar de nuestros esfuerzos por achicar agua con cubos en forma de castillo almenado…

Y cómo olvidar los primeros años de adolescencia, cuando recuperamos una vieja caravana abandonada y la tomamos como cuartel general. No puedo explicar más de este tema…

Los partidos de fútbol contra los niños del pueblo y de los campings vecinos, las carreras de natación, los campeonatos de Risk o las excursiones en bicicleta hasta el faro o el pueblo de Tamarit conforman el paisaje de los veranos de mi infancia. Una etapa de mi vida, como decía al principio, maravillosa.

Sin embargo, y dando cuerda al reloj de la memoria, me ha venido un episodio que creo que me ha ayudado mucho en la vida.

Por aquella época no era extraño que los cumpleaños de alguno de los niños del grupo cayeran en época de vacaciones. O incluso si no caía en los meses de verano, como la mayoría de los fines de semana también los pasábamos allí, nuestros padres aprovechaban para celebrarlos con el grupo. Organizaban una pequeña fiesta en la tienda o en la caravana del agasajado y el resto de niños acudíamos con algo de picar y un regalo. Por aquel entonces yo me tenía en una alta autoestima, de hecho ése ha sido uno de mis mayores hándicaps, y es que siempre me creí capaz de hacer cualquier cosa porque el mundo giraba alrededor de mi ombligo… Por fortuna, y nos guste o no, la vida acaba poniendo el ombligo de cada cual donde le corresponde, pero en aquel momento el mío estaba en su lugar como epicentro indiscutible del universo.

Explico todo esto porque entonces tenía la certeza de que los regalos que escogía para los otros niños eran magníficos, los mejores (y honestamente aún lo recuerdo así) pues los seleccionaba con el mayor de los cariños. Íbamos todos los niños en procesión, en bañador y zapatillas o sandalias, unas espantosas de tiras de plástico con una hebilla que además de hacerte una herida en el empeine, se oxidaba a las primeras de cambio (la chancleta en aquella época prehistórica aún no se había implantado, lo que no afectó de manera negativa en nuestros cerebros como ha sucedido con las generaciones siguientes), todos cargados con nuestros regalos y el paladar saboreando el sucedáneo de Coca-Cola y el pastel.

Un día me tocó a mí, yo iba a ser el agasajado. Mi cumpleaños no caía (ni cae) en verano, pero supongo que junto a mis padres decidiríamos celebrarlo en un fin de semana de camping. Toda aquella semana estuve haciendo cábalas de los súper mega regalazos que me iban a traer mis amigos. ¡Qué menos si yo era el que mejores regalos les había hecho a ellos por años! Llegó por fin el día, y mi madre armó una mesa de plástico en la parcela de la roulotte con patatas, ganchitos, almendras, rebanadas de pan Bimbo cortadas en cuatro trozos ungidos de Nocilla y La Piara, chorizo enrollado con palitos de queso y bebidas azucaradas. Normalmente estas fiestas se hacían después de comer, así recuerdo la prisa por armar toda la intendencia y los nervios de la espera. Por fin, a eso de las cinco de la tarde, comenzaron a venir algunos niños. Los primeros sin regalos. Esperé a que llegara el grueso, incluidos los que eran mis amigos, aquellos con los que compartíamos fines de semana y meses de verano. Uno de ellos me trajo un comic, un tebeo como los llamábamos entonces, de Astèrix. El resto no trajo nada.

La decepción fue enorme, bíblica, un armagedon en la línea de flotación. No lo podía entender. Aún hoy, mientras escribo estas líneas me cuesta… No era tanto el que no me hubieran hecho regalos, la decepción estaba en el hecho de que no me consideraran, que no me vieran como yo me veía a mí mismo. Ellos no creían que yo fuera un tipo genial, no veían en mí el campeón que yo creía ser, el niño al que todos adoraban. Sencillamente, era uno más, y muy probablemente uno al que soportaban por los motivos que fueran, porque estaba siempre, porque tenía un balón, porque mi hermana era una chica, porque jugaba de portero, porque no era ni del Barça ni del Madrid, yo qué sé por qué, pero lo que sí comprendí de golpe, y de ahí lo de la lección, fue que uno no le puede gustar a todo el mundo. Uno no puede hacer las cosas esperando la recompensa. Uno no puede esperar nada de los demás. Uno es uno, y como tal está solo en la vida.

Comprendí, porque además de ser el ombligo de mi universo no soy tonto del todo, que cualquier cosa que uno espere de los demás siempre se convertirá en una decepción. Yo tuve mi fiesta, vinieron todos los niños, mi madre se esmeró, mi padre y mi hermana estaban allí, pero yo esperaba más, lo que pasó no fue suficiente, y no porque no lo fuera persé, sino porque yo tenía la expectativa de mucho más. Por supuesto seguimos siendo amigos y como niños la decepción duraría como mucho aquella noche, aunque la lección me haya valido hasta hoy.

Desde entonces no recuerdo que me haya vuelto a ocurrir algo parecido. Todo el que me conozca lo más mínimo sabe que soy un espíritu más bien alegre, una persona feliz, pero aprendí a no esperar nada de nadie. Lo que llega, como el amor de mi mujer o nuestro propio hijo, bienvenido, me produce una felicidad infinita, pero nadie tienen una obligación conmigo, nadie me debe nada. El día que ellos, o cualquiera que comparta mi vida, no se sienta bien a mi lado es libre de irse para otro sitio. Cuando gana la Penya o la Real, como nadie lo espera, son victorias que saben a gloria. Y en esa aceptación alegre de la vida me he mantenido casi siempre…

Y esta es la historia de niños, no sé si es la que esperaba leer mi amigo, ni siquiera sé si la recuerde o la recuerde como yo la he explicado, pero así es como la viví, y no ha pasado un solo cumpleaños que no dé gracias por aquel maravilloso regalo.

Si 1Q84 se hubiera escrito en ROMA


Lunes, Febrero 25, 2019


Resultado de imagen para 1q84Anoche acabé, después de maratonianas jornadas de lectura, “1Q84” de uno de mis escritores preferidos, Haruki Murakami, y lo cierto es que creo que a mi edad ya no debería perder el tiempo de esta forma.

Creo que el señor Murakami, que me ha hecho disfrutar de una manera brutal con su Norwegian Wood (Tokyo Blues), cargó la batería de su computadora con plutonio y se puso a escribir una trama sin pies ni cabeza en la que continuamente da trazas de su talento, descripciones espectaculares, personajes magníficos, escenarios “murakámicos” extraordinarios, pero en la que a la hora de ligar todo eso le falló la mano del mortero y le salió un all i oli aguado, insípido, inconexo e inacabado. Mi abuelo, que en paz descanse, y que era el encargado de hacer el all i oli en casa, cuando le salía mal siempre decía que era porque alguna mujer con la regla había entrado en la cocina, jejeje, no sé si ha sido este el caso del señor Murakami, pero la verdad es que dentro del despropósito de la trama añadir un elemento escatológico al estilo del caca, pedo, culo, pis es lo único que le habría faltado.


Y si bien como decía hay algunas descripciones, personajes y pasajes de la novela que son impresionantes, como la noche que pasan juntos Fukaedi y Tengo, de la misma forma uno se pregunta qué narices pasa con la primera, o qué ocurre con el detective, el padre, Vanguardia, la amante de Tengo, el editor, el profesor, y todo el reguero de personajes que aparecen en la novela, que cobran una dimensión importante en un momento y que de repente desaparecen, pero no porque les pase algo, sino porque parece que el autor se olvide de ellos… ¿Cómo puede aparecer un personaje, amenazar a uno de los protagonistas durante varios capítulos, y de repente no salir más ni el, ni la amenaza, ni nada que se le parezca? 

No sé…, me encanta como describe el señor Murakami, pero creo que en 1Q84 o bien nos ha gastado una broma, o ha querido hacer algo que no le ha salido bien, o ha dejado todo en el aire para ir estirando el chicle del proyecto y así seguir vendiendo miles de libros, de verdad que no tengo idea. Ahora bien, de lo que sí estoy seguro es de que si alguno de los autores independientes, por nombrarnos de alguna manera, hubiéramos escrito esta novela no habríamos encontrado editorial en el mundo que la quisiera publicar y las ventas se contarían en base a los familiares y amigos que se la hubieran descargado por compasión.

Además es curioso, porque justo he acabado esta historia la noche en que la película ROMA ganaba un par de Oscars. Está bien, más allá de que la película me parece soporífera, me alegro por su director, por todos los mexicanos de bien que se sienten identificados, así como por los laboratorios de blanco y negro, que deben haber pasado mucha hambre en estos últimos años, pero no dejo de ver un cierto paralelismo entre 1Q84 y ROMA, pues en mi opinión ambas están extremadamente sobre dimensionadas y dudo mucho de que ninguna de ellas aguante el paso del tiempo. Recuerdo que hace algunos años, cuando Steven Spielberg no había ganado aún ningún Oscar decidió hacer una película lacrimógena en blanco y negro y se llevó sus primeros muñequitos dorados, como The artist, un bacalao infumable del que nadie ha vuelto a hablar y que ni siquiera repiten en televisión. Recuerdo también que justamente ésa fue una de las primeras advertencias del señor Moisès Serra en su curso de fotografía, “una mala foto no se arregla ni pasándola a blanco y negro”, pues eso, tomando las palabras del insigne fotógrafo sabadellense, una novela pesada e inconclusa no se salva ni aunque la haya escrito el eterno aspirante a Oscar, perdón, a Nobel.

La mirada curiosa


Martes, Febrero 19, 2019


Fotografía: Fernando Baños
Siempre he sentido una curiosidad innata, intensa e incontenible por los demás. No puedo evitar preguntarme cosas de la gente, intentar adivinar sus vidas, qué esconden tras los vestidos de la supervivencia diaria.

No puedo evitar pensar en qué hará tal o cual persona cuando está sola, cuando se acuesta, cuando interactúa con su familia, con su pareja, cuando se masturba, cuando está en el baño, ¿canta en la ducha?, ¿ve vídeos graciosos por Internet o está enganchado al porno?

Cuando entro en una reunión importante, rodeado de políticos o grandes directivos, siempre me los imagino en sus zonas de seguridad, cruzando la puerta de la última habitación que los protege, allí donde ya no son nada más que un cuerpo atado a una mente con los mismos miedos, o no, con los mismos anhelos, o no, y con las mismas necesidades, o no, que todos los demás. Hace muchos años leí en un baño, cuando la gente era libre de la dictadura de lo políticamente correcto y todavía escribía en las puertas de los baños, un poemilla que decía algo como “caga el rey, caga el papa y de cagar, nadie se escapa”, y esta coplilla escatológica es más cierta que la ley de la gravedad newtoniana. 

Reconozco mi voyeurismo, me encanta descubrir los secretos de los demás, y no me refiero a lo que tienen, a cómo viven, a sus gustos, religiones o preferencias sexuales, porque todo eso pertenece a la carcasa de la persona. Lo que me atrae es lo que se esconde detrás de todo disfraz, cómo es el fraile cuando se quita el hábito, cómo queda  la mona cuando ya no viste de seda, cómo son los secretos, ¿tristes o sórdidos? Desconfío de la gente que no habla de su pasado, que no lo incorpora como algo natural a sus conversaciones, desconfío de aquellas personas que en presencia de sus parejas no hablan de según qué, y que van variando el discurso de manera sustancial dependiendo del entorno en el que se encuentran.

Desconfío de los que aseguran haber sido o de los que afirman continuamente serlo, porque esa es la mayor prueba de que ni han sido ni son una puta mierda. Fachada, carcasa y la seda de la mona.

Me gusta compartir con la gente que te mira a los ojos y te dice “aquí está todo, búscalo”, me fascina observar a las personas en sus espacios íntimos, cuando interactúan en un aeropuerto, cómo comen, cómo tratan a sus hijos, la forma en que se abrazan a sus parejas cuando nadie los ve o cuando no les importa un pimiento que los vean. Huyo del escaparatismo, de los que se esconden  tras un cargo, un uniforme, una religión o una bandera. Me acojona el que se envuelve en dinero para que los demás se cieguen con su brillo. Me aterroriza el que siempre sonríe, el que habla en diminutivos, el que es amigo de todo el mundo, el que te pregunta por la familia con una sonrisa mientras su vista ya ha pasado de largo y busca otro objetivo. Quisiera verlos por un agujerito, ver cómo son las vedettes cuando se quitan las plumas, la cara del payaso sin maquillaje, saber cómo se comporta el jefe cuando cuelga el teléfono, ¿te insulta, sonríe, te ignora…?, observar desde un rincón de la cocina al indigente sentado en el apartamento social que le ha donado el ayuntamiento, ¿echa de menos la calle?, estas son cosas que llenan por horas mis pensamientos.

Lo curioso es que de tanto en tanto la vida me premia con sorpresas magníficas como una cena a la que me invitaron hace unos días y donde tuve la fortuna de conocer a alguien y verlo casi por el ojo de la mirilla. Una persona ejemplo de vida, uno de esos motores cargados en la niñez con plutonio, incombustible, un don nadie que creció a base de esfuerzo, que ha aceptado sus miserias, que se encumbra en ellas una vez comprendidas, que se ha arruinado y bañado en dinero, que ha tenido verdadero poder en sus manos y ha estado sometido a él, una vida de luces y sombras que muestra con no disimulado orgullo. Un maestro de esos que a pesar de saber casi todo, todavía pregunta a los alumnos para seguir aprendido, esa gente me gusta, con ellos me siento cómodo aunque no tenga nada que aportarles. 

Y por eso a veces, cuando veo alguna de esas películas ridículas de Hollywood en las que un personaje se convierte en espíritu y ve todo lo que ocurre a su alrededor sin interactuar con el entorno, pienso que me encantaría que me pasara a mí, ser yo ese ectoplasma incorpóreo chafardero que todo lo sabe y que a nadie molesta…, aunque si lo pienso bien creo que hay un problema insalvable, ¡los espíritus no pueden teclear (que se sepa)!

Recuerdos compartidos


Lunes, Febrero 18, 2019

¿Qué hacemos con los recuerdos compartidos con alguien a quien no queremos recordar? Llevo días haciéndome esta pregunta a raíz de una separación un tanto traumática que está viviendo una amiga. 

La de ella es una de esas separaciones feas, con reclamaciones absurdas y todos los reproches del mundo. De esas con actitudes desafiantes, chulescas, violentas en las formas, revanchistas, y que acaban con una vida compartida de golpe, pero que no contentas con eso, además la trituran, la incineran y la entierran bajo una tonelada de mierda que han decidido echar encima.

Y por eso hace unos días que me asalta la pregunta de qué hacer con todos los recuerdos compartidos cuando una relación acaba mal.

En mi vida he pasado alguna vez por esto, como todo el mundo, y si bien no fui un ejemplo y cometí errores que hoy me atrevo a pensar que no volvería a repetir, no recuerdo haber sido violento o querer aprovecharme de las circunstancias de la otra parte, porque una cosa es el final y otra dinamitar todo lo vivido. Y aún así no salió bien, porque estas cosas nunca (o casi nunca) salen bien. Recuerdo sí malos momentos, mentiras, falsas expectativas basadas en lo pasado y no en lo que había de venir, recuerdo un vacío infinito, una tristeza brutal elevada a la enésima potencia el día que toca firmar ante notario el final de todo, la prueba definitiva de que la vida como la conocíamos hasta ese día acababa para siempre. Recuerdo el apoyo de la gente, la paciencia generosa de los propios aguantando una y otra y otra vez la misma historia, los mismos comentarios, el bucle sin fin que supone hablar de una separación. Recuerdo llamadas de madrugada, reproches, llantos, acercamientos al entorno de la pareja en busca de cualquier información sobre su estado, vigilias en el coche ante la puerta de la casa cocido en el caldo de la tristeza, la rabia, la curiosidad y la necesidad, pero no recuerdo haber sido violento más allá de algunas palabras que me podría haber metido en ese agujerito de mi cuerpo que nunca (o casi nunca) ve el sol.

Pero recuerdo sobre todo los muchos años que se han necesitado para rehacer esos momentos, esos dolores clavados en el alma que no se curan con una firma ante notario, ni con otro clavo, no…, porque deshacer una vida requiere de mucho más, requiere de tiempo, requiere de la comprensión interna de que ese paso no se da por gusto sino por necesidad, y requiere de entender que sólo tras la desestructuración puede haber creación. Requiere también de mucho perdón, empezando por uno mismo. Una extraordinaria amiga, viendo cómo me castigaba por la situación en su momento, me preguntó qué haría si un amigo mío se separara y hubiera metido la pata, o pensara que la había metido. Me preguntó si cada cinco minutos yo iría a su casa a gritarle desde la puerta lo burro que había sido, lo mala persona en que se había convertido, el monstruo espantoso que había dinamitado una vida perfecta. Me preguntó si tendría la desvergüenza de hacerle eso a un amigo y evidentemente le contesté que no, pero entonces me preguntó “por qué te lo haces tú”, y me pilló. De ahí comencé a perdonar, a  perdonarme, pues no se puede caminar con una mochila cargada de culpa.

Y al tiempo que fui sanando partes rotas en mí mismo, con tiempo y paciencia de los míos, fui recuperando algunos recuerdos de esos que yo también había vivido independientemente de haberlo hecho acompañado. Recuerdos que no sólo pertenecían a una vida en pareja, sino a mi propia vida. Viajes, risas, amigos, escenarios, comidas, conciertos, partidos del Barça y de la Penya, emociones que me pertenecían, que me pertenecen, porque yo decidí vivirlas de aquella forma y que no merecen caer en el vacío de la separación, en el hoyo inmenso que deja la partida de la persona amada, ya convertida en una extraña, o incluso en un enemigo. Es difícil comprender, casi imposible de aceptar, cuando uno está metido hasta el cuello en el lodo infecto de la separación, que la persona que ahora tienes en frente tirando toda la basura sobre ti, al tiempo que tú haces lo mismo con mayor o menor acierto e intensidad, fue la compañía de tus mejores recuerdos…, pero es así, y muy probablemente ésa sea una de las partes más complejas de aceptar en una ruptura, saber cuándo trasmutaron esos momentos en un infierno. A veces hay respuesta, pero la mayoría de ocasiones no la tiene, sencillamente se acaba y ya.

No me refiero, por supuesto, a rupturas trágicas con malos tratos, violencia, y esas barbaridades neardentales, pues ahí quien debe ocuparse son las autoridades y la justicia. Hablo de cuando no se ha cruzado esa línea que nos separa del averno legal y quizá, y sólo quizá, el hecho de poder guardar los recuerdos vividos en una vitrina preferencial de nuestra mente debería ser suficiente para no hacer daño al otro, para no apestar ese campo con el estiércol de la ruptura y actuar como personas civilizadas. 

Como decía Plinio el Viejo, no hay un solo libro, por malo que fuera, del que no rescatar una buena frase, y pienso que en la vida ocurre un poco igual, no debería existir una relación, por malo que fuera el final, que no merezca una sutura cauterizada tras la que contener la hemorragia de los recuerdos para que no sean perdidos. 



Opinión y algo más, con Janet Cabrera


Sábado, Febrero 16, 2019





Estimados amigos y lectores, os comparto la charla con la periodista Faustina Cabrera en su espacio "Opinión y algo más" en la que hemos conversado de novelas y publicación digital, y que se ha retransmitido vía TeleCable 28 TV para República Dominicana. 

Os pido disculpas por la calidad del vídeo, pero un apagón en Santo Domingo ha dificultado que todos los equipos del estudio funcionaran como es debido (cosas del directo), sin embargo creo que hemos pasado un buen rato y os quería hacer partícipes. ¡Espero que os agrade la charla!

Muchas gracias a Janet Cabrera y Dilciame Rosso por su cariño.

La Habana, calles, esquinas y gente


Lunes, Febrero 11, 2019

Hace unos años me prometí a mí mismo que no regresaría a La Habana, y no porque no me gustara sino más bien por lo contrario, porque sentí una pena y una rabia enormes al ver una de las ciudades más hermosas del mundo totalmente derruida. 

He roto aquella promesa por motivos familiares y me he encontrado con más de lo mismo... viviendas apuntaladas, edificios en ruina, acoso y derribo del turista bajo el grito de guerra de "amigo, amigo", el timojito de los locales famosos y una tristeza en los rostros, una vez te adentras más allá del mundo reservado al turista, que encoje el corazón. Esta vez además, y víctimas del hotel en el que nos alojamos, vi de cerca el turismo sexual y el asco fue infinito. Por supuesto en casa, en Dominicana, esto es igual o peor, por lo que el asco es el mismo, es sólo que aquí en RD lo veo como local y allí, en Cuba, lo viví como visitante. 

Sesenta años de revolución que han traído, por lo menos a la gran ciudad, el desastre más absoluto lo mires por donde mires, y sin embargo no todo está perdido. El último domingo antes de regresar a casa pasamos por el malecón y la alegría fue inmensa. Cientos de jóvenes se congregaban en la esquina del Malecón con el Paseo Martí haciendo gala de una apertura que no veo como se pueda contener. Cientos de jóvenes de todas las tribus urbanas, desenfadados, atrevidos, savia nueva para un país con tanta proyección que asusta y que poco a poco se irá liberando del yugo de la puta bota dictatorial.

Aquí os dejo unas fotos por si os apetece echarles un vistazo -> Link álbum de FB

 

La caja de cartón


Miércoles, Febrero 6, 2019


Resultado de imagen para gente despedida de una oficinaPor segunda vez en mi vida, y de igual manera por segunda vez de mutuo acuerdo, he desalojado una oficina en la que he pasado muchas horas de mi vida creando proyectos. La primera vez fue hace doce años cuando me fui de la empresa que, sin ser mía, la sentí así siempre y ayudé en todo lo que pude para levantarla. En ese entonces entré a trabajar con dieciséis años recién cumplidos y salí con treinta y siete. Una vida completa. Recuerdo que el último día llegué con el coche de empresa que tenía asignado y me fui a pie, caminando los dos kilómetros largos que separaban las oficinas de la estación del tren. Las cosas, pocas, en una bolsa de plástico y las lágrimas, muchas, cegándome la vista hasta alcanzar al andén de destino.


Hoy, hace apenas unos minutos, he tenido un dejavú de aquella tarde lejana. La bolsa de plástico la he sustituido por una caja de cartón al más puro estilo de las películas americanas, y las lágrimas han brotado consecuentes y breves ya en la tranquilidad de casa. Y si bien este desahucio de oficina no va a suponer un cambio drástico como lo fue hace una década, sí que en mi corazón siento una sensación de vacío y tristeza víctimas del duelo de la pérdida.

Atrás quedan las ilusiones, los momentos vividos, las ideas triunfadoras y los fracasos, pero sobre todo queda la gente con la que se han compartido miles de horas. Gracias por estar ahí. Como todo en la vida, también esta situación provocará tristezas y alegrías a mí alrededor, pues nadie trina a gusto de todos, pero en mi conciencia queda la fortaleza de no haber tomado decisiones inmorales ni una sola vez que recuerde. 

Estos años han sido fabulosos, mi trabajo extraordinario, y justo es agradecer a quienes confiaron en mí para haberlo llevado a cabo, así como me quito el sombrero por la elegancia y reconocimiento que han tenido en el momento de asumir este cambio y las oportunidades que me brindan para seguir en otros ámbitos profesionales. Y digo que ha sido extraordinario porque pocos trabajos pueden haber mejores en la vida ya que mi función era hacer inolvidables las vacaciones de la gente, algo que en un porcentaje casi del cien por cien ha sido el leitmotiv de mi trabajo.

Sin embargo no escribo este post para hablar de mis fracasos, sino justamente para hacer notar este casi que he reconocido en el párrafo anterior. Todos estos años, como decía, mi objetivo profesional ha sido que todos los visitantes de República Dominicana que habían contratado sus vacaciones con nosotros las disfrutaran al máximo, por supuesto también que gastaran el máximo de dinero posible, pues de eso viven las empresas, pero que lo hicieran en experiencias inolvidables y sobre todo que por nuestra causa nadie se llevara un mal sabor de boca en sus vacaciones. Nadie se acuerda de qué le costó el menú del día que pidió matrimonio a su pareja, sólo si el momento fue hermoso porque todo estuvo bien o una pesadilla porque la comida fue una mierda. Contando a groso modo, han sido más de un millón de personas a las que los equipos que he dirigido en estos años (agradecido a todos) hemos dado servicio durante sus vacaciones, y esa es una cifra que da vértigo. Imposible acertar con todos, por supuesto. De hecho quiero aprovechar para pedir perdón a todos aquellos que se hayan visto afectados por nuestros errores, es injustificable ahorrar un año entero para hacer vacaciones y que por culpa de un tercero algo salga mal, pero a veces las cosas pasan y lo único que puedo hacer, como he hecho siempre en cada momento, es asumir la responsabilidad y pedir sinceras disculpas. 

Decía que mi objetivo ha sido casi siempre hacer que la gente disfrutara de sus vacaciones porque a veces se nos olvida qué hemos de hacer. La presión del cargo, los egos, los números, las situaciones internas, los resultados, etcétera hacen que a veces gastemos un tiempo precioso para mantener los puestos de trabajo en lugar de para hacerlos rendir. Y si bien no conozco a nadie que haya contratado a un tercero para que se aferre al puesto, a veces la única manera de mantenerse en ese puesto es aferrándose a él porque los resultados destilados de las funciones para las que fuiste contratado no siempre son suficientes. 

Y esta reflexión creo que no aplica a un trabajo, ni a una empresa en concreto. Esta reflexión aplica a todos los ámbitos de la vida, a la pérdida de la visión del objetivo por las distracciones del camino. Como dicen los españoles, a que a veces los árboles no nos dejen ver el bosque. Las relaciones humanas acarrean un esfuerzo intenso, en ocasiones placentero y productivo y en otras desagradable y parasitario, y es la función de cada uno de nosotros, directivos o no, estriar en cada decisión si nos aparta del objetivo o bien nos lleva por el camino que habíamos escogido. Si haces zapatos, tu única preocupación ha de ser que tus zapatos salgan perfectos, no si el del lado gana más, si el otro los hace mejores, si el de más allá ha dicho que tus zapatos son peores, o si fuera de la fábrica está lloviendo y uno ha salido a mojarse. Si tu trabajo es hacer zapatos, haz zapatos, y si tu obligación es dirigir a los equipos que hacen zapatos, olvídate de todo lo demás y ayuda a crear las condiciones perfectas para que los zapatos salgan perfectos. Cuando esto se olvida, los deseos, los objetivos y las empresas, mueren.

Cierto es que puede haber alguien que no valore la calidad de tu trabajo, hagas zapatos o zanjas, pero también es cierto que nadie puede saber mejor que uno mismo si realmente se esforzó en hacerlo bien o se distrajo por el camino, y si la respuesta es que diste lo mejor, qué narices ha de importar la opinión de los demás, incluso si esos demás son los responsables de que sigas o no en tu trabajo. Como escribía hace unos días en un post sobre el éxito personal, creo que la clave está en ser constante y buena persona, y si realmente te has esforzado en ambas, el éxito está garantizado aunque lleves tus cosas dentro de una caja de cartón.

La fórmula del éxito


Miércoles, Enero 30, 2019


Resultado de imagen para sheldon cooperEsta mañana leía una nota del escritor Fernando Gamboa con relación a su éxito personal. Comenta Fernando que su “balance suerte-desgracia”, tanto en su vida personal como profesional, se inclina más para el lado de “las sombras” que para las luces. Explica también que en su vida se han sucedido una serie de infortunios que casi lo han quebrado y de los cuales siempre ha salido adelante gracias a la palabra clave que, para mí, marca todas las historias de éxito que conozco, y que no es otra que constancia. Es decir, una persona que reconoce públicamente un balance negativo entre la suerte y la desgracia en su vida, acaba siendo plenamente exitosa, y si bien el éxito se puede medir por diferentes varas y para cada uno de nosotros esta palabra tiene un significado especial, en el caso de Fernando Gamboa hablamos de que es un súper ventas, que tiene cientos de miles de lectores y que en todo el ramo, editores, agentes y otros escritores, siempre se habla bien de él. Creo que en este caso particular, el éxito está bien medido.


Como decía, si bien el éxito es diferente para cada persona, creo que una definición con la que nos podríamos sentir todos cómodos sería algo como que el éxito es conseguir lo que uno desea, y en esta línea conozco muchos otros casos de éxito, aunque algunos no los querría para mí de ninguna forma. Conozco hombres cuyo éxito es haber tenido muchas relaciones sexuales con muchas mujeres, conozco personas que se han hecho ricas, y a otras que se han hecho vergonzosamente ricas, conozco escritores de éxito, conozco a una madre de familia que ha tenido un éxito brutal con sus hijos llevándolos a niveles de excelencia académica que asustan, conozco directivos que han tenido éxito alcanzando cargos de dirección importantes, conozco mecánicos que han tenido éxito arreglando vehículos imposibles, y así la lista sería infinita, pero si analizo todos estos casos de éxito, como en el caso de Fernando Gamboa, hay una palabra común a todos ellos, la constancia.

Y es verdad, la constancia es una de las claves de la vida. Los que hemos sido corredores lo sabemos muy bien, salir a correr un día y hacer un kilómetro a toda velocidad lo único que produce es una aceleración absurda del corazón, mientras que salir todos los días y correr media hora te convierte en un corredor de fondo. Tú no amas a nadie, ni te aman, porque un día fuiste encantador. Te aman porque cada día haces algo para que ese amor exista. Tú no te pones en forma yendo un día al gimnasio y reventándote la espalda cargando una absurdidad de peso, te pones en forma siendo constante y haciendo cada día un poquito de ejercicio, porque la vida, a pesar de que es corta, no lo es tanto y sólo aquellos cuya voluntad se sobrepone a la pesadez diaria son capaces de tener éxito.

El éxito es relativo, verdad, pero implica esfuerzo en todos los casos. Si posees un talento natural (¡algo que ha de ser maravilloso, por cierto!) quizá el grado de constancia que necesites sea menor, pero si a un talento natural se le añade la constancia, el resultado es un ejemplo para los demás. Tenemos los casos de deportistas famosos dotados de un talento innato y cuya constancia les ha hecho dar el salto de grandes deportistas a leyendas. Se me ocurre el caso de Messi, un tipo que en cualquier equipo sería una figura indiscutible gracias a su talento, pero que a base de constancia ha conseguido una carrera profesional de más de diez años rindiendo a un nivel que lo sitúa como uno de los mejores (el mejor para mí) del mundo. Este ejemplo prosaico de un futbolista es la clara definición de talento y constancia.

Leía hace unos días la entrevista a un gurú de la dirección empresarial y venía a decir más o menos lo mismo. Él destacaba que aquellos directivos capaces de mantener una actitud tranquila en el tiempo, aquellos que son amables con los demás y que además son constantes en la defensa de sus idearios son tan escasos que consideraba que su búsqueda era precisamente el éxito de los departamentos de recursos humanos y su pérdida el fracaso de las empresas que los dejaban marchar.  

Sin duda el éxito, y ahora hablo del éxito profesional a nivel de empresa, no se puede medir sólo en la constancia, pues muchos otros factores también lo engordan, pero si damos por hecho la preparación profesional, me atrevo a nombrar un par de ingredientes más que para mí son fundamentales en la consecución del éxito por parte de un directivo. Uno de ellos es la amabilidad, el respeto de la buena educación, dar la mano y mirar a los ojos, perder un segundo cuando alguien te para y quiere explicarte cualquier cosa, que ha tenido un problema en la empresa, que han operado a su mujer, que se ha graduado su hijo, o que ha conseguido entradas para ver jugar al Barça el fin de semana, no cuesta nada detenerte un segundo, dejar lo que estés haciendo o tengas en mente, mirarlo a los ojos y escucharlo. No cuesta nada entrar en un lugar y saludar a la gente que hay allí, no puede suponer un esfuerzo sonreír a tu equipo. No te atribuyas méritos que no tienes, eso es de mala educación, y reconoce todas las virtudes de tu gente, especialmente si puedes hacerlo frente a terceros o frente a tus superiores. Nunca regañes en público, también es de mala educación. No faltes el respeto, porque aquel o aquella a quien faltas por un tema profesional seguro que es mejor que tú en otras mil cosas. Por eso la amabilidad es fundamental para ser un directivo exitoso, pero para tener una vida sana y honesta también es un requisito indispensable.

La otra pata que añadiría en este taburete de constancia y amabilidad sería la empatía. ¿Qué puedo hacer yo para que los demás, clientes, proveedores, equipo, otros directivos de otros departamentos, compañeros e incluso aquellos que no lo son, se sientan mejor? ¿Qué puedo hacer para que mi entorno sea más agradable? Creo honestamente que ponerse en la piel de los que están a nuestro alrededor e intentar comprender sus motivaciones nos hace exitosos. Si somos capaces de comprender porque alguien hace bien su trabajo y porque otra persona de similares características no, y somos capaces de ayudar a que esas situaciones negativas cambien, inmediatamente tendremos un equipo cuyo objetivo será común y nos acercará al éxito. Y con trabajo no me refiero a tener a la gente contenta para que produzcan como gallinas sobrealimentadas, esto mismo lo podemos trasladar a la familia, los amigos, al entorno más personal de cada uno de nosotros, porque si ese entorno reconoce nuestra predisposición y capacidad para solucionar situaciones complejas, cuando esa situación compleja nos afecte a nosotros será justamente ese entorno quien nos arrope y nos facilite la superación del obstáculo.

No creo que conseguir el éxito en equipo o en solitario difiera mucho porque para tener éxito en solitario también necesitarás en un momento dado a los demás, así que pensando un poco en el método quizá se podría resumir la clave del éxito a modo de fórmula matemática:

 E=pc2
siendo E el éxito, p ser una buena persona y c la constancia.

Cómo fórmula da pena, lo sé… pero como idea estoy convencido que es un común denominador en la mayoría de los casos de éxito y si no lo furea y esa p de buena persona se cambia por cualquier otro ingrediente, honestamente, para mí ya no sería un éxito ese éxito.


Los libros de mis viajes


Sábado, Enero 26, 2019

Hace unos días que llegué de un viaje corto por la ciudad de La Habana Vieja, en Cuba, y aunque viajar es de las cosas que más me agradan en la vida y seguramente la fuente de felicidad más grande que he conocido, este viaje me ha dejado un poso de tristeza del que es difícil desengancharse. Hace tres años estuve por primera vez, y ya entonces me dije que no volvería jamás a caminar por sus calles en ruinas, sin embargo la providencia a veces dicta destino y he tenido la opción de volver. Cierto es que lo he hecho por la compañía (excelente), pero el escenario es tan deprimente que se come cualquier intento por disfrutar del paseo. “O vienes a hacer fotos de ruinas o a follar”, escuché en el lobby del hoteldemierda en que nos alojamos. Un hotel, por cierto, hermoso, grande, amplio, de instalaciones maravillosas y de un pasado esplendoroso, pero del que uno tiene la sensación de que si estornuda, todo el edificio pasaría a mejor vida…

Sin embargo la intención de este post no es comentar acerca de las deficiencias infinitas de La Habana, sino hablar de algo que me ha acompañado durante toda mi vida y como no, también en mis viajes, y que no es otra cosa que los libros. Mientras me acomodaba con "1Q84" sobre el único muelle que le quedaba al sillón del lobby del hotel, recordé que todos los viajes que he hecho a lo largo de estos cincuenta años han estado siempre vinculados a un libro, y que ese libro en cuestión ha marcado en mi ánimo y en mi memoria los recuerdos de cada uno de esos viajes, de manera que, a modo de cola de cerdo, las vivencias se enrocaban unas en otras: las mías frente a las rocas inmensas de Sacsayhuamán con las de Frank McCourt en las calles miserables de Limerik, o la fabulosa vida de Gabriel García Márquez en Vivir para Contarla mientras mis huesos descubrían la quebrada de Jade y la majestuosidad de Canaima y su Salto del Ángel. La rusca del viejo Bruno apareciéndose tras cada señal de tráfico de las carreteras italianas o más recientemente, las andanzas del doctor Wilbur Larch y su discípulo Homer Wells obligando a que toda Costa Rica haya quedado en la memoria bajo un manto de éter melancólico. 

Durante un viaje a Venezuela acabé "Vivir para Contarla" antes de regresar y compré un libro en un mercado de segunda mano, no recuerdo ni su título, pero sí que el día de regreso, ya en el aeropuerto Simón Bolívar de Caracas, el guardia de control aduanal me lo pidió y se puso a ojearlo. Furioso, se lo cerré en la cara de un manotazo y se lo quité. Como era de esperar, al hombre no le hizo gracia mi gesto y nos sacó a los tres amigos a un aparte de la fila para hacernos un cacheo “personalizado” que me valió la reprobación inmediata de mis compañeros y la casi pérdida de nuestro de vuelo, pero ver a aquel hombre con sus manazas ojeando el libro que yo estaba leyendo me pareció una intromisión tan enorme en mi intimidad que no pude reprimir el gesto. Y es que eso es lo que son para mí los libros, el último escondite de mis miserias, ¿cómo iba a dejar que nadie mirara allí?, y tirando de este hilo, ¿dónde esconde las suyas la gente que no lee?

Ahora estoy en el último tercio del primer libro "1Q84" de Murakami. Honestamente empezó muy bien, avanzó envuelto en un gran interés, ha ido decayendo y en estos últimos días incluso se me hace pesado seguir, pero incluso así, incluso entre el tedio de las páginas pesadas la vida propia queda exenta de responsabilidad, da igual lo que yo haga en esos momentos, lo que piense, lo que viva con sus protagonistas, lo que opine de ellos, si me aburro, si me divierto o me decepciono, a nadie le importa ni a nadie afecta. 

La lectura es el hilo que conecta una parte fundamental de mi vida a lo largo de todos estos años, y a pesar de que no he leído ni siquiera un millar de libros, si no fuera por ellos, por los que he leído, no por los que he escrito, nunca hubiera tenido el valor de hacer nada en la vida. Y si bien ese bagaje es cercano al nulo, peor habría sido de no tener la escapatoria que me dan las letras de los demás. 

¿Cómo se puede vivir sólo aquí? 
¿Cómo se puede vivir sólo lo que se es?
¿Cómo se puede aguantar el peso de la vida sin refugiarse en los libros?
¿Cómo se puede ser uno mismo todo el tiempo y no aburrirse?
¿Cómo se puede vivir sin escapar de la vida?
¿Cómo se puede vivir sin leer?

La respuesta para mí está clara, no se puede, y por eso quería escribir acerca de los libros de mis viajes pero he acabado, como siempre, disertando de todo menos de la lista que quería compartir.  Qué torpe soy. Otro día será…


10 directivos con los que mejor no toparse


Martes, Enero 8, 2019

Breve decálogo de los diez directivos con los que es mejor no toparse en una empresa.

1 - El pinta paredes. Acostumbran a ser siempre recién llegados y su primera acción consiste en, sin preguntar por qué la oficina, el laboratorio, el taller o lo que sea está pintado de un color, pintarlo inmediatamente de otro y redecorarlo de arriba a abajo para destacar que un nuevo Sheriff ha llegado a la ciudad. Normalmente estos directivos no llegan a ver ni siquiera cómo esa decoración se pudre por mala adaptación al entorno, pintan y hablan sin mirar, destrozan el entorno y salen antes de pagar ninguna consecuencia.

2 - El Terminator. Son directivos que cuando entran en un lugar, nada de lo que hay allí les complace y se ven obligados a fumigar y exterminar el hábitat para instaurar uno nuevo de su agrado. Acostumbran a venir de otra compañía donde hicieron lo mismo y donde justamente a aquellos a los que exterminaron en su momento son los que van a adaptar al nuevo hábitat porque esos sí que valían, y no los que tiene ahora.

3 - El Yo. No importa de qué sea la empresa, no importa lo que en ella se fabrique, se distribuya, se invente o se almacene, el directivo Yo es lo único que interesa en esa empresa. Su bienestar, su horario, su vehículo, sus bonos, su vestimenta, su asistente, su despacho, su teléfono, su ordenador, sus contactos, sus decisiones, sus aciertos, todo ronda alrededor de su Yo magnificente.

4 – El Señor de los Anillos. Este directivo viene precedido por un currículum del tamaño del libro del señor Tolkien, y al igual que el señor ‎Frodo Baggins deja la Comarca para adentrarse en un mundo habitado por gnomos, enanos, elfos, etc., este directivo ha viajado por más empresas que el hobbit entre etnias y especies. Llegan precedidos de una expectativa brutal y se van envueltos en un alivio tremendo.

5 – El Steve Jobs. El directivo cuya frase predilecta es “allí -señalando a cualquier punto donde haya gente-, con uno que apriete un botón nos sobran todos esos”. Creen ciegamente en la tecnología sin tener ni idea y montan procesos absurdos hasta para hacer girar el rollo del papel higiénico. En su intento porque todo se solucione apretando un botón, multiplican las plantillas inoperativas al triple y se cargan a todas aquellas personas que por años han estado haciendo el trabajo productivo que había llevado a la empresa al lugar en el que se encontraba.

6 - El Dúrex. Da exactamente igual de qué vaya el tema, cuál sea la reunión, quién o quiénes sean los interlocutores o qué se le esté pidiendo, este directivo nunca se moja. Está imbuido por una pátina de grasa mágica y látex que lo hace inmune a cualquier decisión. Tiene una habilidad extraordinaria para mantenerse a flote sin decidir jamás, sin tomar ninguna determinación que no vaya avalada por lo menos por dos o tres directivos más a quienes señalar si no acaba en acierto. Destaca por su habilidad doble de atribuirse buenas decisiones de otros y de resaltar cada una de las decisiones erróneas de los demás acompañándolas de frases lapidarias como “a quién se le ocurre hacer eso”, “yo ya lo dije”, o “si me hubieran preguntado, jamás lo habría hecho así”.

7 – El Rafa Nadal. Sin importar cuál sea el proyecto en el que se requiera su intervención o la propuesta que se le haga, este directivo tiene la extraordinaria habilidad de devolverla en forma de una propuesta mejorada. Nunca ejecuta nada porque todo le parece insuficiente o mal planteado. Como el gran Nadal, devuelve una y otra vez cualquier pelota que le mandes a su campo, y en la mayoría de ocasiones además la devuelve envenenada.

8 – Stone Edge. Como los famosos monolitos, este directivo puede ver llover, tronar, salir el sol, pasar las cuatro estaciones, incorporaciones, despidos, proyectos, ideas, fracasos, éxitos, docenas de compañeros e incluso cambios de razón social o de actividad empresarial sin inmutarse. Su inmovilidad es tal que no da un solo paso porque el lugar que ocupa es el ideal. Es inmune a los cambios tecnológicos y a cualquier otro tipo de cambio. Pasa su vida laboral en la misma baldosa que ocupó desde el primer día y ahí es donde se encontrará el día de su retirada.

9 – El Team Building. Es vital, activo, optimista, emprendedor, compañero, pesado hasta la extenuación. Obliga a su equipo a disimular una cordialidad impuesta por los manuales del buen directivo y pasa la mayor parte de su tiempo organizando desayunos, almuerzos, actividades grupales, fines de semana de compañerismo, juegos de confianza, olimpiadas, etc… De todo, menos trabajar para lo que fue contratado. Conoce a la perfección todos los clubs de Paintball, Escape rooms y casas rurales y de colonias de la zona, es experto en One Word, Express Meeting, Lipdub, y mil cosas más, pero no tiene ni idea de los procesos productivos, operacionales, financieros o comerciales de su empresa.

10 – La tarántula. Su vida transcurre fuera de la oficina. Siempre está fumando un cigarro, tomando un café o paseando para despejar su ocupada mente. Al modo de una buena araña amazónica, su red atrapa a cualquier incauto con el que se cruce y lo somete a largas sesiones de charla improductiva en las que se despacha a gusto descuartizando a sus compañeros y destacando lo mucho que él trabaja y lo poco que se le reconoce.

Véase que no he utilizado lenguaje inclusivo, pero estas habilidades no dependen del género de los directivos, pues son igual de comunes entre la masculinidad como la feminidad.


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