Entrevista Revista Contarte


Martes, Junio 19, 2018

Jordi Díez: “La ventaja de ser escritor es que mientras escribes una historia consigues formar parte de ella




Por Andrea Viveca Sanz
En un apasionante recorrido a través del tiempo, Jordi Díez se introduce en la vida de los pueblos que formaron parte del pasado y los escucha.

Su oído atento convierte en letras lo que aquella gente le susurra a través de documentos o evidencias. Un latido silencioso de quienes han transitado otros tiempos, lo convoca para narrar sus historias. Es justamente por eso que se detiene en lo cotidiano, en las vivencias invisibles de esa humanidad olvidada y les da vida.

Sus palabras definen imágenes que se convierten en fotos de esas voces perdidas en otras épocas, rescatan la historia y la recrean.

En diálogo con ContArte Cultura, el autor catalán comparte con nosotros su aventura al pasado.


—A modo de presentación ¿Qué relato elegirías para un viaje al pasado en el que fueras el protagonista?
—Hace unos años tuve la fortuna de visitar el museo egipcio del Cairo, y una de las áreas que más me sorprendió fue la zona dedicada a las esculturas de escribas, estatuas de señores vestidos apenas con un delantal, una pluma en la mano y una tabla de escriba sobre sus piernas cruzadas. Ese es el viaje que me hubiera gustado hacer, el de un señor pequeñito, imperceptible, con gafas, sentado en una esquina de la historia tomando nota de todo lo que cree ver y mezclándolo con lo que se inventa. Allí, acurrucado junto a Marco Polo en su viaje al este, Alejandro Magno en sus conquistas, sentado en una silla de cualquier calle de una urbe egipcia bajo el mandato de Akhenaton, mirando por la ventana del taller de Leonardo, detrás de Charles Duke en el lanzamiento del Apolo XI, escribir sobre el amor en el siglo XIX, describir las caras de la gente mientras escuchaban por primera vez La flauta mágica, o ver el desfile de autoridades en el entierro de Newton,… lo cierto es que acostumbro a soñar con estas cosas, a pensar en ellas cuando viajo y quizá una de las grandes ventajas de ser escritor es que mientras escribes una historia de éstas, consigues formar parte de ella.

—¿En qué momento comenzó tu aventura en el mundo de las letras?
—No recuerdo mi vida sin un libro. Desde que apenas tengo memoria de mi niñez siempre he estado con algo que leer en las manos. Cuentos, comics (que entonces se llamaban tebeos), libros ilustrados, de todo. Es algo que no puedo dejar de agradecer a mis padres y abuelos, porque no había fiesta de cumpleaños, reyes o celebración en la que no me cayeran un buen número de lecturas. Con la escritura me atreví más tarde, ya bien entrado en los treinta. A raíz de un momento muy convulso de mi vida y un viaje a Perú, me atreví con la que fue mi primera novela “seria”: La virgen del Sol. Con anterioridad había escrito cuentos, historias para engatusar a alguna novia, esas cosas, pero en el trabajo que supone escribir una novela, el tedio de su corrección, las horas de documentación, en la escritura y soledad que este trabajo necesita no me había metido de lleno hasta bien entrado en la edad adulta.

—¿Cuáles son las grandes temáticas que despiertan tu imaginación para escribir?
—Sin duda lo cotidiano de la gente. No puedo dejar de preguntarme cómo vivían nuestros antepasados, cómo resolvían sus conflictos emocionales, qué los animaba a levantarse cada día. Para mí la vida es de una complejidad infinita, no comprendo nada de ella, y como también me fascina la historia o, mejor dicho, las historias dentro de la historia, no dejo de preguntarme si esta misma situación de desconcierto la vivieron nuestros ancestros. ¿Era más feliz un cantinero en la Roma imperial que el camarero de un McDonalds? Es cierto que todo se ha escrito ya, de hecho, cuando se pusieron a ello los griegos clásicos ya nos dejaron sin temática al resto de la población humana, pero aun reconociendo esto, cada persona es una historia y me gusta imaginarlas. Cuando alguna me llama la atención más de la cuenta, intento escribirla.

—Contanos cómo es el espacio físico en el que tus palabras toman vida para convertirse en historias.
—Por las vicisitudes de nuestra propia vida nos hemos mudado de casa doce veces en estos últimos diez años, así que mi espacio ha ido cambiando continuamente. Por fortuna, o no, en estos momentos parece que esta parte se ha estabilizado y mi querida compañera me ha regalado un lugar maravilloso, un despacho de unos diez metros cuadrados en el que vivo rodeado de libros y recuerdos, y desde cuyas paredes me observan los ojos de Audrey Hepburn, la figura imponente de Caonabó y Anacaona y me muestran burlones sus cuartos traseros Rocinante y el Rucio con sus majestades Don Quijote y Sancho Panza a lomo, en busca siempre de una nueva aventura. Una ventana al jardín delantero de la casa me distrae cuando la pantalla se me hace muy pequeña, o demasiado grande, y sobre la mesa, junto al ratón y el teclado, una botella de dos litros de agua compite en altura con la computadora, de la que cuelgan dibujos hechos por nuestro hijo, y con la cantidad de material que uso para documentarme. Hojas impresas, libros, notas, papeles y papeles que se apilan a la izquierda del teclado bajo una lámpara de flexo anudada al extremo del escritorio, y en el techo un ventilador que remueve el aire caliente del Caribe.

—¿De qué manera surgen tus personajes?
—Antes de meterme en este mundo de la escritura, recuerdo que a veces escuchaba a los autores decir aquello de “mis personajes cobran vida”, o “mis personajes me hablan y me buscan”, y yo, mientras oía semejantes afirmaciones, pensaba que los autores eran tipos con un ego y una tontería que no cabía ni en una edición millonaria de sus novelas.

 Si el personaje lo creas tú, ¿cómo va a cobrar vida? Lo del ego debo reconocer que se ajusta a algunos que conozco, pero eso de la vida propia de los personajes es una realidad absoluta. Los personajes no surgen, te llaman. Es como en esas películas en las que sólo el protagonista es capaz de ver algo mientras los demás lo tratan de loco, algo así ocurre con los personajes y los autores, o con algunos de nosotros por lo menos. Después, a medida que estos personajes se perfilan en las letras, ellos mismos te explican cómo son y qué quieren hacer. La inteligencia del autor creo que se basa justamente en entender esos diálogos y trasmitirlos al papel. También creo que estos síntomas deben estar perfectamente tipificados en los manuales de medicina moderna bajo algún nombre derivado del griego o el latín.

Gracias, Rodrigo, por todo. DEP


Lunes, Mayo 14, 2018

Hay frases, situaciones, personas que se quedan grabadas y permanecen en la memoria por tiempo indefinido, por una vida. Eso me pasó contigo hace ahora casi doce años cuando aquel veintitantos de noviembre de dos mil seis nos vimos en el aeropuerto de Punta Cana por primera vez. Me recibió Catia, ¿te acuerdas?, habías venido a buscarme con una furgoneta porque por aquel entonces sólo había un coche de empresa podrido que no hubiera aguantado el trayecto de ida y vuelta al aeropuerto. Viniste como acostumbrabas, camisa de cuadros de manga larga con gemelos, pantalón de traje y zapatos lustrados, aunque tuviste la deferencia de quitarte la corbata. Recuerdo que hablaste poco, yo llegaba con una mochila con más miedos que ropa y tú te dedicaste a estudiarme todo el camino. Era tarde y me quejé por no haber llegado de día para ver el paisaje que recorría la furgoneta por una carretera serpenteante llena de huecos, autobuses, coches, motos con tres y cuatro personas, camiones sin luces, chatarras varias (muchas) y calor. “Mejor”, me respondiste con tu acento chileno españolizado (creo que a propósito). No sabes cuántas veces he repetido tu “mejor” a los que he recogido en el aeropuerto y que se han quejado de la oscuridad como hice yo entonces. Incluso esa forma de quedar como un conocedor del terreno con una sola palabra te debo.

Llegamos al hotel y fuimos directos al comedor. Sabías que si me llevabas a ver la habitación que ocuparía se me quitaría el hambre. Yo comí mucho, de todo, midiéndome para no hacer el ridículo, pero quién iba a desperdiciar un bufet como aquel. Tú apenas comiste un trozo de carne y pediste una cerveza, no sin antes advertirme que el personal de uniforme no podía beber cerveza, y que de nuestro cargo hacia abajo, tampoco. Me acompañaste después al lobby a tomar un café, capuccino tomabas siempre “con mucha canela”, y después a la zona de habitaciones de personal. Me hiciste saber que la tuya, mucho más grande y de dos pisos, sería mía cuando tú te fueras, pero que hasta entonces tendría una más pequeña. 

En la mañana me esperaste y me llevaste a la oficina en un Toyota de los Picapiedra porque desde el asiento del acompañante se veía el suelo… Llegamos y me presentaste a todo el mundo, mujeres casi todas y con las que he compartido más de una década con la mayoría de ellas. ¡Cómo te querían!

A las diez bajamos a tomar un café y un capuccino y seguimos con el entrenamiento que duró un mes, aunque recuerdo que cuando apenas llevaba una semana llamaste a la central para decir que no había nada que enseñarme porque ya lo sabía hacer todo, qué zorro eras, ¡tú lo que querías era largarte lo más pronto posible! Pero cuando llegó el día lloramos porque habíamos compartido un mes entero de enseñanzas y confesiones. Dos hombres solos hablan mucho cuando saben que no se volverán a ver. 

Me hablaste de tu padre y de sus dos familias, de lo duro que fue para ti descubrir eso, y me confesaste tu dolor por estar viviendo algo parecido. ¿Te acuerdas? Ella se llamaba Daniela, aunque no estoy muy seguro, y era una chica preciosa. Entonces pensé que era tu mujer, pero en ese mes comprendí que allende había otra familia esperándote, la tuya, la que sabías que debías amar y que ya no amabas. Tu corazón se había enamorado de otra persona y la sombra de tu padre flotaba como el cuervo de Poe. Hablamos mucho, estoy seguro de que lo recuerdas, y creo que te hizo bien. Yo también venía de una época muy difícil cargada de remordimientos en cada costura de mi piel, pero la charla nos hizo libres. 

Te fuiste a Europa a poner en orden tu vida y yo ocupé tu vacante, lo mejor que me ha pasado en toda mi experiencia laboral. ¡No sabes cuántas veces he dado gracias a la providencia por esa situación!, pero no se quedó ahí la relación. Te llamaba por Skype cuando aún no se había inventado el Whatsapp y me decías que habías pasado de ser el señor Rodrigo a ser “eh tú, chileno”, y nos reíamos. Siempre me llamabas señor Jordi.

Un día enfrentaste la vida de nuevo y volviste al Caribe, pero para mi desgracia no a Dominicana sino a México. Me alegré tanto…, y allí encontraste un buen trabajo en otra multinacional. No sé si te acordarás de una vez que te pregunté si habría alguna vacante para mí, y me dijiste que me ayudarías. Estoy seguro de que así fue, porque nunca me avisaste y me quedé en el mejor sitio del mundo, el que aún tengo desde que te sustituí. De hecho todavía estamos casi todos aquí, las chicas y yo. Sabes que una de ellas, una muy especial, se casó con mi amigo y se fue a vivir a Cataluña, pero las demás casi todas están conmigo, aunque ahora nos hemos hecho tan grandes que nada es como antes…

Y después supe que la compañía esa que te había dado trabajo en México quebró y pasaste un mal rato, que al final acabó medio bien porque volviste con nosotros, el mismo Rodrigo en el mismo puesto, en otro país, sí, pero con nosotros. Ya podíamos hablar de más cosas, de trabajo, reírnos de anécdotas comunes, y un día me lo dijiste, te habías enamorado de nuevo, pero esta vez de verdad ante mi escepticismo, con todo el corazón, con “la definitiva” me dijiste, y para que me convenciera de ello viniste a vernos, tu mujer, su hija, que era tuya, y tú, una familia feliz que exhalaba amor y cofradía en cada gesto, en cada palabra. Nos alegramos tanto, mi querido Rodrigo, nos pusimos tan felices de saber que por fin las sombras de tu vida pasada se habían fundido ante la luz de aquella mexicana que te había robado el corazón. Brindamos varias veces en tu honor, y mucho más aún cuando un día me enviaste la foto de una ecografía para decirme que ¡serías padre! “No me jodas” te dije, “ya estás viejo para eso”, y reímos. Luego nació tu bebé, vuestro hijo, y volvimos a bromear cuando le pusiste ese nombre. Nos enviaste una foto que guardo en el alma, tú al lado de un bebé recién nacido al que besabas con ternura, su piel por estrenar junto a la tuya ajada por cincuenta años, llevabas un gorrito verde de esos de quirófano y ojeras, pero una sonrisa y una felicidad extremas en aquella foto. ¡Qué viejo te veías, jajaja, pero qué feliz!

Y anoche, mi querido, todo eso se truncó porque un hijo de puta entró a robar, o a buscar razones, o ves a saber qué, y te mató. Un hijo de perra te apuñaló arrancándote la vida y dejando una familia rota y a un montón de amigos con el alma empequeñecida. ¿Cómo ha podido hacer eso alguien? ¿Dónde están todos los putos dioses que dicen protegernos? ¿Por qué tu alma dejó de rebosar felicidad y tu cuerpo de desbordó en borbotones de sangre violada? ¿Dónde está la justicia?

No sé si alguna vez llegué a dedicarte alguna de mis novelas, me decías que era un orgullo para ti poder presumir de un amigo escritor, y yo me reía y te recordaba las miserias de tu amigo escritor, pero tú presumías y le decías a la gente que tenías un amigo escritor con aquella sensación de estar siempre por encima del bien y del mal, pero mi compadre, yo sí que he presumido siempre de ti, de tus palabras, de tener un amigo que sacó una partida de nacimiento desde el ordenador dejándome con la boca abierta, que tenía unas ganas de vivir que se comían a cualquiera, que todo lo sabía, que vestía como un puto dandy, que a la mayoría gustaba y a los que no, le importaba un pimiento. No tengo otra forma, mi querido Rodrigo, de honrar tu memoria que escribir estas líneas para decirte que estoy devastado, que aún guardo la foto de los dos con los tiquetes aéreos de Air Europa, el mío de llegada y el tuyo de salida, que sigo haciendo los asientos como me enseñaste, poniendo los números y los sellos como tú me dijiste, archivando los correos como tú hacías, y fijando cada paso con la prudencia que tú me inculcaste. Te echo de menos y ni siquiera soy capaz de hacerme a la idea que no te volveré a ver.

No soy persona de venganzas, pero ojalá la vida destroce al que te la quitó aunque eso no arregle nada. Cuenta conmigo, mi querido, avísame de lo que sea, no rompas el contacto como no lo hemos hecho nunca. Donde antes había un mar que nos separaba, ahora hay algo que no conocemos pero que seguro estás estudiando para encontrar la forma de ser elegante también ahí.

Con todo el dolor de mi alma, te doy las gracias, Rodrigo, por tanto como me diste.

DEP.

Negro en un país de morenos


Jueves, Abril 19, 2018

“Estábamos en una habitación de unos seis o siete metros cuadrados. En una esquina iban todos a orinar, pero cada vez que alguien iba, los orines corrían por el suelo de toda la habitación y no había cómo apartarse. Allí habíamos veintiséis.”
Esta es la transcripción de una nota de voz vía Whatsapp que me acaba de enviar mi hijo tras pasar una noche encerrado en una comisaría de la policía. Para aquellos que no lo sepan, tengo la fortuna de tener tres hijos, uno blanco, uno negro y otro más negro. Esto le ha ocurrido, por supuesto, al tercero de ellos.

Anoche, mientras el chaval echaba una partida al billar con unos amigos, paró un camión de la policía frente al colmado (como llaman aquí a ese tipo de locales) y comenzaron a meter en él a todo el que no tuviera su documentación legal a mano. Por desgracia, nuestro hijo tenía sus documentos en el coche aparcado a un par de calles de allí, y al no poderlos enseñar, se fue en el paquete de desgraciados que les tocó anoche. El criterio de selección es bien sencillo, ser más negro que el de al lado…

Esta mañana, al ver que no llegaba a trabajar ni respondía el teléfono, nos hemos imaginado lo peor (uno siempre se pone en esa tesitura aunque el “niño” se haya emancipado fruto de sus veintitantos años), pero tras realizar algunas llamadas nos hemos enterado de lo que realmente ocurrió.

No sé muy bien cómo definir esta situación, pues es algo que vemos a diario. Por desgracia República Dominicana, un país con muchas dificultades, tiene que lidiar con un vecino (con el que comparte isla) que es el peor colindante que a uno le pueda tocar. Un país que ocupa invariablemente una plaza de honor en el top five de desgracias mundiales. A la cabeza en mortandad infantil, enfermedades, violencia, analfabetismo, desastres naturales, deforestación, malnutrición, etc. etc., un desastre absoluto que a nadie parece importar y que a todos parece convenir, visto que no hay dios que le meta mano a Haití. Comprendo la situación complicada de Dominicana, un país pobre que además se ve lastrado por otro mucho más pobre aún (aunque sería interesante ver quién trabajaría de no estar ellos...), pero la forma en que se está haciendo es indignante, racista, vergonzosa y delictiva. Y peor aun cuando estas acciones las realizan aquellos que en principio están para garantizar el orden, y que en lugar de eso aprovechan la ventaja de sus uniformes para extorsionar y amedrentar al personal.

Para los que no estén muy versados en la actualidad dominicana, que no se piense nadie que la policía entró en un local porque había problemas, por la queja de un vecino, porque se infringieran algunas normas…, nada de eso. La policía entró porque había negros color teléfono y porque saben que en cada redada de esas se llevan “lo suyo”, como dicen aquí. Si mi hijo hubiera cargado cuatro pesos encima, pagando la correspondiente mordida lo habrían dejado tranquilo. Por desgracia no los llevaba, o si los llevaba no le dio la gana de pagar, algo que le honraría aunque me inclino más por la primera opción.

No comprendo como una sociedad multirracial como la dominicana acepta esta situación con semejante aplomo, como si no fuera con ellos. Como si cada uno de nosotros no tuviera un familiar que haya sido vejado en las mismas circunstancias en un momento u otro. Cuando he comentado esta mañana el incidente con mis compañeros de trabajo, en un segundo se ha armado un revuelo porque todos lo han vivido, sino en carnes propias en las de un novio, una novia, un primo, un padre… ¿por qué lo permiten entonces, por qué callan? Aunque para ser honestos, esto no es una exclusiva de Dominicana pues la mitad de Latino América vive estas situaciones a diario, y pensándolo bien, si estiro un poco, en mi Catalunya natal meten a la gente presa por sus ideas.

Como vomitaba una vez la asquerosa televisión española Tele Cinco cuando preguntaba en una encuesta a sus espectadores qué les parecería peor, si  tener un hijo negro, un hijo homosexual o un hijo catalán, pobre del mío que de momento ya cumple dos de esas tres… estamos bien jodidos.

Feria Internacional del Libro LACUHE


Martes, Abril 17, 2018

Estimados amigos y lectores, 

Me hace muy feliz comunicaros que el próximo sábado 28 de abril... ¡tenemos una cita!

La organización de la Feria Internacional del Libro LACUHE, en Bronx, Nueva York, me ha invitado a presentar mi novela "Anacaona, la última princesa del Caribe", y yo os invito a todos a que nos acompañéis en esa tarde.
No puedo dejar de dar las gracias a la organización, pero muy especialmente a Dilcia Rosso y Gladys Montolio por su amabilidad. 

Espero estar a la altura, o por lo menos, que mis letras lo estén.

Así pues, ¡nos vemos en Nueva York!


Un día oscuro


Domingo, Abril 1, 2018

Cada nueva esquina es como un aviso de lo que nos espera al final del camino. Poco a poco el asfalto de la calzada se va tornando una pista de tierra que transcurre entre casas desiguales y mal acabadas. Algunas lucen letreros pintados a mano por algún manitas local, herrería, colmado, farmacia, banca, y algunos negocios más que en la impresión del momento no alcanzo a recordar. Pienso que si no fuera por las circunstancias, habría podido hacer un par de fotos buenas para mi archivo de carteles curiosos. La pantalla del GPS hace rato que ha dejado de marcar la zona por la que nos movemos y apenas un punto rojo dentro de una mancha marrón nos indica que estamos prestos a llegar. 

La cantidad inusual de gente frente a una vivienda nos avisa que hemos alcanzado el destino.

La casa, de blocks en bruto, sin pintar, apenas cerrada de aguas por unas láminas de zinc y la vegetación que se la va comiendo, está abierta. Gente con semblantes serios entra y sale sin parar y nos hacen señas apenas nos reconocen. Paso de largo unos metros  y aparco frente al siguiente grupo de casas, lo que en algún futuro paralelo será una nueva manzana. A pocos metros de allí en una casa, seguramente de uno de los potentados del barrio, están construyendo un segundo nivel sobre unos bajos decorados con columnas y un gran portón metálico pintado en negro. Ese también es el color que predomina en las vestiduras de la gente y en su color de piel.

A medida que avanzamos los poco menos de treinta metros que nos separan del gentío, los conocidos se nos acercan y en pocos segundos nos introducen en la casa. Dos columnas estériles frente a la puerta nos dan paso. El interior se mantiene en una densa y aromática oscuridad protegido por trapos a modo de cortinas que tapan todas las aberturas peleando contra la luz que profana el momento. Esquivamos la mayor de ellas y accedemos a una sala que en los sueños del propietario de la casa debía de haber sido el comedor y el salón. Unas cuantas sillas de plástico rodean la caja, también aguantada sobre dos columnas de sillas de plástico puestas unas dentro de las otras para ofrecer la rigidez necesaria. A la derecha, un grupo de mujeres llora en gemidos que tan pronto se agudizan como caen en lamentos inaudibles. El padre, al vernos acude a saludarnos y nos dirige a la cabecera de la caja. Llora, se queja de la suerte que le ha tocado vivir, nos relata cuánto quería a su hijo y las ganas que tenía de que lo fuera a visitar. Un par lo seguimos de más cerca y otros aguantan unos pasos atrás intentando mantener el pie firme entre tanta desolación. Yo lo llevo cogido por el hombro a pesar de que es veinte centímetros más alto que yo y siento la carnes del viejo electricista blandas, hundidas, envejecidas… Lo suelto para que pueda pasar entre la caja y las personas que ocupan las sillas más cercanas al difunto. Reconozco un par de caras y me acerco a dar el pésame. Los ojos hundidos, enrojecidos por horas de llanto, me reconocen también y me saludan. El padre ha abierto la tapa del ataúd, que dividida en dos permite levantar sólo la parte que cubre el tronco superior del muchacho, de su muchacho como no deja de repetir en un mantra de sufrimiento. No miro, dejo que pasen otros y me dirijo hacia la puerta. 

Las manos del padre me atrapan antes de llegar a la luz que se cuela por la puerta y me llevan hasta la madre que está al otro lado del ataúd. A ella es la primera vez, y seguramente la última, que la veo en la vida. Está sentada en una especie de sillón. Me agacho y la tomo de la mano. Sus dedos son fuertes, mucho más que los míos, y en esa sencilla comparación visual se ve quién ha disfrutado de una vida holgada y quién la ha tenido que pelear cada segundo para echarla adelante. Me pregunta que por qué dejamos que su hijo que fuera en motocicleta, y no sé qué decir. Me limito a contener las emociones y a explicarle que su hijo era muy querido, que hicieron un buen trabajo con él, pero ella me pregunta de nuevo que por qué dejamos que su hijo se fuera en moto, y una vez más me deja sin palabras. Aún de cuclillas no dejo de sostenerle la mano, aunque eso a ella le importa un carajo. Llora y masculla palabras de dolor que intento no escuchar mientras pienso si realmente podríamos haber evitado que su hijo se fuera en moto esa noche, creo que no, pero la duda se instala en mi cabeza clavada por los lamentos de la madre y de las otras señoras que la acompañan. En uno de los accesos de llanto calmado, me levanto y salgo. La luz del día me golpea con fuerza y me doy cuenta de que dentro faltaba el aire, el cuerpo sin vida del joven ha agotado la poca esperanza de una familia humilde junto con el oxígeno que quedaba en la casa. Respiro con fuerza y calmo la tensión. 

Al otro lado de la calle comienzo a reconocer caras amigas que se cobijan contra el muro del vecino del sol inclemente, y me acerco. Entre todos van haciendo una reconstrucción de la noche del accidente y convenimos en que nada pudimos hacer, a él le gustaban los motores, dicen sus compañeros, pero no sabía manejarlos, me aclaran. Varios relatan que en diferentes ocasiones quiso comprarles uno, o les pedía prestado los suyos, pero sabedores de la torpeza del muchacho se lo negaban con excusas.

Veo salir a su padre tambaleándose y acercándose hacia donde estamos refugiados del sol. Me agarra del brazo y me muestra un coche blanco aparcado a pocos metros de la puerta de su casa. Era para él, me dice, era para que se lo llevara a Bávaro. Me había prometido que vendría a verme y lo había arreglado para él, mira, le tapé las gomas, me dice señalando las ruedas delanteras. Mi muchacho iba a venir a verme y me lo han devuelto desbaratado. Lo oigo entrecortar las palabras y miro el coche, viejo y maltrecho como la mitad del parque del país, pero suficiente para que no se hubiera matado su hijo en ese maldito accidente de moto.

Habíamos sido compañeros de trabajo, como el hijo que se pudre en la caja sobre las sillas de plástico en la sala de una casa sin acabar. No me suelta y me sigue presentando gente que no sé quiénes son, mi jefe, anda diciendo, y el de mi muchacho. Ellos nos querían mucho, dice. Mi lugar lo van ocupando otras personas a las que el padre se agarra para explicarles que le han arrancado la mitad de su vida, que él quería a su hijo y que siempre lo llevaba para donde fuera. Con pasos lentos regreso al grupo de compañeros en el que me siento más seguro y lo miro, lo miro a él, a la puerta de la casa, a la calle polvorienta, a los vecinos que entran a consolar a la familia, a los niños que intentan romper el hechizo maldito en breves carreras que son suspendidas por sus mayores, veo una mesa de dominó y cuatro que juegan a la sombra de un árbol rodeados por un grupito de mirones. No escucho música, sólo las conversaciones apagadas de los diferentes grupos que rodeamos la casa, y el golpeteo de las fichas de dominó cada vez que alguno de los jugadores hace gala de una buena mano. 

Pienso en la estupidez humana, y pienso en mí. Pienso en la vida sesgada a los veinte y pocos años y mando un mensaje a mi mujer. Me devuelve una foto tranquilizadora desayunando con nuestros hijos. Escucho alguna broma, y veo alguna sonrisa, no frente a la puerta de la casa, pero sí entre los que se refugian a unos metros de allí. Un par de autobuses aparcados esperan a que llegue el coche fúnebre para llevar a toda la gente al entierro.

De pronto, de dentro de la casa emerge una canción entonad por las mujeres que habla de una lista. A mi mirada curiosa me explican que es una canción evangélica y pienso en la madre, me pregunto si también estará cantando. No lo creo.

Al cabo de un buen rato llega un coche destartalado a juego con todo, con las casas, con la gente, con los carteles, con la calle, con la vida, con el país, conmigo, y se para frente a la vivienda. Unas letras mal pegadas indican que es el coche fúnebre. En algún momento fue de color azul y tuvo luces. Todos se miran entre ellos. El chófer del vehículo baja tras haber escrito algo en su móvil y un grupo de hombres, capitaneados por el padre, entra en la casa. En pocos segundos meten la caja en el maletero y la mueven hasta ajustarla para que el portón trasero del coche pueda mal cerrarse. Sacan un par de coronas de dentro de la casa y las atan al techo.

La gente comienza a subir a los autobuses y me cuentan que las mujeres, las viudas y las madres, no acuden al cementerio. Cuando el vehículo que se lleva los restos del chaval arranca, lo hacen tras él los dos autobuses y algunos coches particulares. Espero unos segundos y subimos al nuestro. Una nube de polvo marca su recorrido mientras yo escribo la dirección de mi casa en el GPS del teléfono. Con un poco de paciencia, unas calles más allá aparecerá el punto que nos devolverá a Bávaro.

DEP.

Viernes de radionovelas


Domingo, Marzo 11, 2018

Cuando era niño nos tocaba clase de gimnasia los viernes. Sin embargo, como mi colegio era un edificio en el centro de la ciudad sin patio ni zona deportiva, todos los viernes en la tarde íbamos a ejercitar nuestros jóvenes cuerpos a las pistas municipales. Me encantaban esos viernes porque tras finalizar la jornada de clases en la mañana, en lugar de volver a casa me iba a comer a casa de mi abuela. Recuerdo que llegaba cerca de la una del mediodía después de haber corrido por todas las calles del centro de la ciudad empujándonos con los otros niños, robando golosinas de las tiendas, pidiendo adhesivos en cada comercio y haciendo lo que mejor saben hacer los niños, ser niños.

La llegada a casa de mi abuela, ya por aquel entonces viuda de mi amado yayo Santos, consistía en un apretón intenso y extenso chorreado de besos y un plato infinito de mis menús favoritos. Comía solo, con mi abuela sentada a mi lado ejerciendo de cheff, maitre, jefe de sala y camarera en el restaurante más lujoso en el que he comido jamás. Pero si había algo que me enloquecía de aquellos viernes en la tarde era la banda sonora. De fondo, mi abuela tenía siempre una radio encendida en la que escuchábamos un consultorio amoroso, un concurso de saber general y una radionovela. No había viernes que llegara puntual a la maldita clase de gimnasia. Alargaba las sobremesas pegado a aquella radio hasta que quedaban apenas unos minutos para que un profesor viejo vestido con un chándal, más viejo aún, pasara lista a las puertas de las pistas de atletismo. Salía corriendo carretera de Rellinars arriba hasta la avenida Abad Marcet como alma que llevaba el diablo, sabedor de que tendría castigo, pero feliz porque había escuchado el final del capítulo de la novela.

Siempre me han fascinado aquellas novelas radiadas en que los oyentes éramos espectadores y proyectábamos las imágenes en una pantalla de infinito por infinito con sonido dolby infinito y tecnología de imaginación al poder de alta definición. Las voces de aquellos actores que narraban las peripecias de los protagonistas de las historias envueltos en efectos de sonido nos transportaban a sus realidades. Yo las escuchaba entonces con los morros sucios de tomate y los ojos amorosos de mi abuela a un par de palmos de mi rostro. 

Hoy me he acordado de esas tardes y de mi amada yaya Rosa porque tengo la infinita fortuna de que mi novela El péndulo de Dios ha sido “radionovelada” por la gente de Sonolibro y mis letras han entrado a formar parte de ese universo de emociones que entran por los oídos y se replican en cada célula de nuestro cuerpo.

Yaya, ya no las hacen por la radio, pero allá donde estés busca un reproductor mp3 porque van a dar la novela.

Pulsa para ir a la Radio Novela


Carta oberta a l’Honorable Senyor Joan Saura


Martes, Febrero 27, 2018

Honorable Senyor Joan Saura,

En veritat ni l'he conegut ni crec que el conegui personalment mai a l’Honorable exconseller de la Generalitat Sr. Joan Saura, però durant molts anys he fet servir el seu nom en va de manera injusta i em veig en la necessitat de disculpar-me i aclarir-ho.

La història comença fa molts anys quan l’empresa per la que jo treballava, i de la que m’estalviaré el nom per irrellevant, va fer un intent comercial intens per aconseguir vendre els seus productes a la ciutat de Terrassa, malauradament en ser la nostra empresa de Sabadell tots els intents per foradar el mercat veí van ser infructuosos. Un cop vam tenir clar que no hi hauria cap manera d’acostar-se a un públic que ens era esquiu, els amos van decidir comprar una empresa de Terrassa i comercialitzar els seus productes mitjançant aquesta companyia. Jo vaig ser l’encarregat llavors de posar-ho tot en marxa.

I vet aquí que un dia, xerrant amb els antics amos d’aquesta empresa, em van explicar una història de la qual el protagonista principal era en Joan Saura. La història deia que sent ell un jovenet havia entrat a treballar per aquella empresa amb un rendiment tan dolent que no els va quedar més remei que fer-lo fora, o bé que va renunciar per la duresa de la feina, no ho recordo del tot. Malgrat això, al cap de pocs dies d’haver deixat el càrrec va aparèixer per l’empresa amb la pancarta d’un partit d’esquerres a on es podia llegir quelcom com que el treball s’havia de repartir. Sí que recordo molt bé com el meu interlocutor feia èmfasi a que l'únic treball que ells haurien de repartir era el que vostè no havia tingut la força o les ganes de fer.

Durant molt de temps he fet servir aquesta història per il·lustrar lo que per a mi representen molts dels comunistes o sindicalistes que conec, tant així que ahir parlant amb un company de feina va sortir el tema i tots dos vam convenir en que moltes vegades a les empreses els que menys fan són els que més reivindiquen, moment perfecte perquè jo treiés la meva història i quedés com un home que en sap de tot menyspreant el consell de mon pare que sempre em deia que contés fins a deu abans d'obrir la boca. El meu amic, molt murri ell, em va deixar acabar tota la “parrafada” abans de dir-me amb to de convençut que aquesta història era mentida perquè l’Honorable senyor Joan Saura, vostè, era el seu tiet i que això no havia passat mai. Tant així que el va escriure per demanar-li si en coneixia aquesta história.

Per a mi va ser un d’aquells moment de terra empassa’m perquè vaig quedar totalment desconcertat de la falsedat de la història sabent qui me l'havia explicat, i alhora meravellat per la casualitat de trobar algú que la posés al seu lloc, però sobre tot me’n feia creus de totes les vegades que l’havia explicat tot convençut de la certesa de la mateixa.

I per això, honorable sr. Saura que em veig en l’obligació de fer aquesta carta oberta per demanar-li disculpes per totes les vegades en que he fet servir el seu nom com a exemple d’una cosa mal feta que a més a més era mentida..., tornant a les paraules del meu pare, per la boca mor el peix.

La chica de la minifalda


Viernes, Febrero 16, 2018

La veo casi todas las mañanas parada frente a la puerta del residencial en el que vivo, de pie, sola, esperando a alguien que por fuerza ha de pasar poco después de mí. La mayoría de los días luce minifaldas de colores vivos que dejan al descubierto dos piernas largas para su mediana estatura, bonitas, atléticas, de rodillas redondas y huesudas, quizá un poco grandes para el tamaño enjuto de la joven, aunque no por ello le restan atractivo. Pelo largo suelto, negro, lacio y alegre que se mece favorecido con la brisa temprana de esas horas. Su rostro maquillado matiza una ligera fealdad que apenas es perceptible si no te fijas con cuidado. De senos más bien pequeños insinuados tras el vestido que combina con la minifalda y en el que luce una placa dorada con el que imagino que es su nombre.

La veo apenas unos segundos, quizá ni siquiera llegue a eso, cuando salgo a llevar a mi hijo al colegio. Cada día observo un detalle desapercibido en los días anteriores. No la miro mucho, un vistazo furtivo disimulado en la observación de la carretera, como si detrás de la chica pudiera venir un coche al que he de dejar paso. Me horroriza la idea de que mi hijo me cace con la mirada fija en la joven. No quiero dar la impresión a la muchacha de que soy un viejo lujurioso más de los que la miran con desesperación al pasar junto a ella, y me avergüenza profundamente pensar que en mis ojos exista en verdad esa mirada verdosa. Pero sí la veo, todos los días, como todos los que pasamos a esas horas por allí.

Sé que la placa dorada la convierte en un directivo de hotel, una chica de atención al cliente o una vendedora, pero también sé que a las personas de atención al cliente las enfundan en uniformes corporativos, que los directivos nunca son mujeres de veinte años en minifalda y que para que una vendedora se vista así sólo puede dedicarse a la venta de inmuebles o de tiempo compartido. Me inclino más por esta segunda opción y la imagino de pie, como cuando la veo en la mañana, junto a la puerta de uno de los miles de restaurantes que tienen los hoteles, o frente a un escritorio con grandes letras y un televisor en el que se proyectan imágenes de personas felices entre arena blanca y aguas turquesas, sonriente, armada con una carpeta que utiliza como muleta para dar la impresión de que no es un adorno más. Ella es el anzuelo para las familias incautas que caen en las redes del negocio de la venta de multipropiedad, suficientemente atractiva para captar la atención del marido y no tan bonita para que la mujer no se sienta agredida. Todo está estudiado, o eso creo.

Su piel es trigueña, latina, quizá venezolana o dominicana de las que llaman “de pelo bueno”, aunque los maestros del negocio son los mexicanos por lo que no puedo descartar que esa sea su procedencia. Acostumbra a vestir sandalias de estilo romano, de esas planas de tiras que se enredan unos cuantos centímetros en el tobillo y que dejan los dedos al descubierto. La miro y pienso que no le quedan bien, que con el atuendo que lleva le casarían mejor unos buenos zapatos de tacón, y al instante me avergüenzo de mis pensamientos porque sé que he caído en la trampa del machista lujurioso que mantengo encerrado a fuerza de muchos años de voluntad. Pero también pienso que un hombre ha de poder mirar a una mujer, y más cuando se viste así, y entonces comprendo que he vuelto a caer y la vergüenza me abruma.

A veces quisiera pararme cerca para ver quién la viene a recoger. Estoy seguro de que es un hombre, y casi con certeza mayor que ella, quizá su jefe. Sé que si no fuera una chica joven mostrando las piernas nadie la pasaría a buscar para llevarla al trabajo y tendría que coger un autobús como todo el mundo, o que si fuera un hombre iría con su motocicleta o al volante de un coche. También pienso que si fuera un hombre no tendría que vestirse así, ni tendría que cambiar cada día de modelo de minifalda, ni estaría obligada a llevar pantalones de tela fina ajustados para marcar un culo duro y firme capaz de hacer girar las cabezas. Si fuera un hombre la gente le compraría, o no, por lo que dijera, por cómo lo dijera y a quién, pero jamás por enseñar esas piernas flacas de rodillas huesudas, y entonces veo como el machista que me habita se va para el fondo del pozo del que nunca debería haber sacado la cabeza, ni siquiera para escribir estas líneas.

ANACAONA, la última princesa del Caribe


Miércoles, Enero 17, 2018

Os invito a escuchar el primer capítulo de la novela ANACAONA, la última princesa del Caribe (http://mybook.to/anacaona ) narrado por mí. Espero que os guste.



"Un libro que deberían leer todos los amantes de la historia y los que buscan una buena aventura" 
"Destacable la fuerza de los personajes, en especial los protagonistas principales, la princesa Anacaona y Caonabó, y también de los secundarios, tanto aborígenes como castellanos, de esta maravillosa historia que deja poso."
"Es una novela extraordinaria que todo amante de la buena literatura debería leer"
"Exquisita es la palabra exacta que tengo para esta novela"
"Recrea, desde dos puntos de vista (el de los indígenas y el de los conquistadores), el descubrimiento. Quizás sea la mejor novela que he leído desde hace tiempo."
"Recupera los documentos perdidos de Fray Ramón Paner"
"Ofrece una visión totalmente desconocida de la perdida cultura taína"
"Desmitifica la imagen que hasta el momento tenemos de los conquistadores españoles"

Sinopsis:
Tras veintiséis años en tierras ignotas, Fray Ramón Paner regresa a su Barcelona natal con el legado de toda una vida: la historia del mayor descubrimiento de la humanidad.

En su memoria carga el testimonio de su llegada a la idílica isla de Ahíti junto a un grupo de bravos aventureros que bajo el mando del Almirante Cristóbal Colón fueron los protagonistas de la mayor gesta conocida por el hombre, pero también los encargados de someter las voluntades escondidas en ese exuberante nuevo mundo.

Por su parte, aunados en torno a la figura de su líder, Caonabó, y de su bella esposa, Anacaona, los aborígenes intentarán defenderse contra un choque de mundos en el que el amor, el deseo, la envidia, la ambición y el terror arrastrarán a los hombres hasta los límites más recónditos de su condición humana.

Una novela que te acaricia el alma


Miércoles, Diciembre 27, 2017

Una novela que te acaricia el alma

Esta opinión es de: Anacaona: La última princesa del Caribe

"Jordi, acabo de terminar tu novela y me ha enganchado¡. Muy documentada históricamente me ha transportado al año 1492 cuando Cristóbal Colón desembarca en el nuevo paraíso acompañado de los primeros "conquistadores". Es una mirada clara, cruda, con multitud de matices, muy lejana de lo que nos contaron en los libros (la historia siempre es escrita por los ganadores), trágica pero a su vez muy humana y enriquecedora, tanto por la visión del fraile que cuenta la historia en primera persona y su exposición del horror y sufrimiento vivido, como de la bondad, ingenuidad y coherencia que transmite de los indígenas que poblaron aquellas maravillosas tierras (aspecto totalmente acorde con los libros históricos de la época escritos por los escasos defensores de los indígenas). Novela para reflexionar sobre "si el fin o las ideologías de cualquier clase justifican los medios", y te deja un gran vacío interior al observar los resultados devastadores que puede producir la violencia y el totalitarismo tanto en la época histórica narrada como en la actualidad de la isla, resultado social de todos los sucesos vividos hasta la actualidad.
He leído varios de tus libros anteriores que también me gustaron mucho, y en éste creo que has conseguido (así sea reconocido o no) hacerte un hueco entre los grandes novelistas de la actualidad. Enhorabuena y espero pronto poder leer tu siguiente libro ¡¡¡".


Desde Londres con amor, por John Carlin


Miércoles, Noviembre 1, 2017

JOHN CARLIN - 01/11/2017 01:08 - LA VANGUARDIA

Me levanto aquí en Londres antes del amanecer, leo lo último sobre Catalunya y pienso qué feo que es todo esto. Qué feo y qué doloroso y qué decepcionante.

Esperaba más de España, el país donde nació mi madre, donde he vivido quince de los últimos diecinueve años, donde me he propuesto vivir –en Catalunya, sea independiente o no– la mayor parte del resto de los días que me quedan. La gente es más simpática, noble y generosa que en cualquiera de los otros siete países en los que he vivido. Comparado con los más de 70 países que he visitado es un buen lugar para ser un inmigrante, es un buen país para ser homosexual, para ser mujer, para ser un niño o un anciano. Hay tanto en España que es admirable, envidiable, moderno y ejemplar.


Es por todo esto que me decepciona y me deprime tanto constatar lo primitiva que sigue siendo la joven democracia española, en particular lo desquiciada que se vuelve cuando entra en juego el tema de la soberanía territorial. Tanto yo como mis muchos amigos extranjeros que conocen bien España y la aman hemos descubierto en las últimas semanas del drama catalán algo oscuro en el alma política de este país que hubiéramos preferido no ver.

Esto no es tomar una posición a favor de la independencia. Creo que sin excepción todos mis amigos nacidos fuera comparten mi rechazo al independentismo. No me gusta el antagonismo que define la esencia del sentimiento nacionalista siempre y en todos los lugares; sospecho que el precio económico de abandonar ­España sería catastrófico para Catalunya, en cuyo suelo, por cierto, tengo todos mis ­ahorros.

(EFE)

Catastrófica también la decisión de Carles Puigdemont y los demás políticos independentistas de optar no por convocar elecciones la semana pasada, sino por declarar la independencia unilateral. ¡Y hacerlo sobre la base de la supuesta legitimidad de un referéndum que nunca fue un referéndum! Aquello del 1 de octubre fue una protesta masiva con más teatro que sustancia electoral. No sólo Trump vive en un mundo de realidades alternativas.

Pero no fue esto lo que me abrumó esta mañana al despertarme. Lo que me abrumó fue la claridad con la que vi la mezcla de ira, u odio o revanchismo o quién sabe qué complejos que motivan las acciones políticas de aquellos señores y señoras del establishment político español, pero especialmente los del Partido Popular con las ganas locas que han tenido de imponer su autoridad sobre Catalunya. Lo vi y lo entendí cuando me vino a la mente el momento más revelador y siniestro de los días locos en los que vivimos: la rabiosa ovación que Mariano Rajoy recibió de sus correligionarios en el Senado tras su discurso el viernes en el que se exculpó de toda responsabilidad por el actual desmadre (otra realidad alternativa), insistió en que el que pecó fue Puigdemont “y sólo Puigdemont” y exigió la imposición del artículo 155. Sí, Puigdemont se lo acabó poniendo en bandeja, pero es muy difícil evitar la conclusión de que para Rajoy y compañía invadir y ocupar Catalunya políticamente siempre fue el primer recurso, no el último; que aprobar el artículo 155, la oscuridad hecha ley, fue motivo no de lamentación sino de festejo.

Lo que el PP no parece entender es que aunque su jugada funcione y el independentismo sufra una derrota en las elecciones del 21 de diciembre no va a dejar de ser una fuerza política importante. El intento de aplastarlo y humillarlo creará más resentimiento en sus filas, y el resentimiento es un motor político de inagotable energía.

Veremos qué pasa en las próximas semanas. Existen tantos riesgos de que las cosas vayan a peor como de que se tranquilicen. Pero hoy todo es feo. Desde fuera no hay otra forma de ver la toma de poder del PP en Catalunya. Y no sólo feo sino absurdo: lo chocante para mí y para todos los extranjeros con los que hablo es lo espectacularmente innecesario que ha sido todo este lío. Lo fácil que hubiera sido evitarlo. Primero, y obviamente, con un cambio del texto sagrado de la Constitución y con la aprobación de un referéndum pactado, como hubiera hecho cualquier otro Estado moderno y democrático (Canadá, Reino Unido) en similares circunstancias. Pero seguramente se hubiera evitado con menos: con gestos conciliadores y palabras respetuosas, con alguna cesión de poder a la región autónoma catalana, con un mínimo de espíritu estadista, con el afán de pensar primero en el bien general.

En una democracia la política consiste en persuadir, en ganar corazones y mentes a través de los argumentos, las palabras y los gestos. En un sistema autoritario la política consiste en imponer la ley. ¿A cuál de los dos se parece más el Estado español hoy? Sabemos la respuesta. ¿Pero por qué son tan torpes, tan inflexibles y tan estrechos? La respuesta es obligatoriamente larga y complicada, pero un artículo en la revista The New Yorker este fin de semana de mi amigo y laureado periodista Jon Lee Anderson creo que ofrece una pista. “Una profunda inseguridad –concluyó Anderson– late en el corazón del establishment político y mediático español sobre el calado que tiene la cultura democrática española. Y con buena ­razón”.

Excepcional


Domingo, Octubre 22, 2017

Excepcional

Esta opinión es de: Anacaona: La última princesa del Caribe

"Fantástica novela histórica que narra el encuentro entre dos mundos, y que adopta alternativamente los puntos de vista de uno y otro bando, para ofrecernos una visión conjunta de los hechos que tuvieron lugar.

La prosa es impecable y el trabajo de documentación excepcional. Personalmente, la he disfrutado de principio a fin.

La recomiendo con fervor..".


Si Fernando Gamboa es "el puto amo" de la novela de aventuras, el señor José Vicente Alfaro lo es, sin duda, de la novela histórica, por eso, recibir un comentario de este calibre de un escritor como él me llena de felicidad y de agradecimiento. Muchas gracias querido José Vicente.Ex

Anacaona, la última princesa del Caribe


Domingo, Octubre 22, 2017

Una historia de una vitalidad tan brutal que es imposible que mis letras estén a la altura de la misma, pero que tras cinco años de trabajo me atrevo a presentar bajo el rostro de una de las mayores olvidadas de la historia americana, Anacaona, la última princesa del Caribe.

No oblidem, mai


Lunes, Octubre 2, 2017

No oblidem mai això, mai.



Hem votat!


Lunes, Octubre 2, 2017