Guardiola «Demanem a la comunitat internacional"


Lunes, Octubre 14, 2019

Retro Jazz: Anacaona


Miércoles, Octubre 9, 2019

Maravillosa canción. Cada día me sorprende y me enamora más este país que de a "chin" por fin voy conociendo.



Entrevista en el blog NARRARE DI STORIA


Miércoles, Septiembre 25, 2019

[INTERVISTA] Jordi Diez Rojas, il bardo degli Indios

Ho avuto modo di fare una interessantissima chiacchierata intercontinentale con Jordi Díez Rojas, autore del romanzo Anacaona in cui la scoperta delle Americhe è rievocata dal punto di vista degli Indios che la subirono. Il tutto è nato dalla lettura del romanzo, che ho recensito qualche tempo fa. Come ben sapete sono anch’io uno scrittore ed ero perciò estremamente interessato a capire come Jordi si fosse approcciato al problema di rendere “narrativamente interessante” la Storia con la S maiuscola. L’intervista è il sunto della chiacchierata.
Jordi Díez Rojas è nato in Catalogna, Spagna, nella città di Terrassa. Viaggiatore, fotografo e scrittore: si è a tal punto innamorato dell’America Latina da trasferirsi nella zona caraibica della Repubblica Dominicana, a cui rende omaggio con il suo ultimo romanzo, Anacaona. La sua opera prima, La virgen del Sol, ha avuto un ottimo successo di critica e pubblico e ha catturato migliaia di lettori in Europa e in America. Il suo secondo romanzo, Il Pendolo di Dio, è stato accolto con entusiasmo dai lettori, che lo hanno consacrato come uno dei romanzi in lingua spagnola più venduti nel mondo, in versione digitale.

Scrivo perchè leggo. Penso di aver imparato a leggere prima di camminare, e questo ha reso la mia testa piena di storie che alla fine devono essere raccontate.
Lo spunto iniziale è stato dato dalla lettura del resoconto scritto da uno dei personaggi del romanzo, Ramon Paner, storicamente esistito e la cui vita è accertata almeno nel periodo della seconda spedizione di Colombo. Da lì ho poi riscoperto la storia di Anacaona.
Per poter raccontare tutta la storia che avevo in mente e su cui mi ero documentato ho avuto la necessità di inserire più punti di vista. Il punto di vista degli “antagonisti”, che preferisco definire semplicemente persone con una mentalità “differente”, è assente perché esso è già molto conosciuto in Spagna, dove sull’epoca della conquista e sui conquistadores si è scritto tantissimo, oltre ad essere ben presente a scuola. Era quindi meno interessante presentare un punto di vista già conosciuto. In altri paesi europei come l’Italia, invece, il punto di vista dei conquistadores è sicuramente meno conosciuto a favore di altri.
Quasi tutto quello che è accaduto prima del 1492 su Hispaniola può essere conosciuto solo con difficoltà perché non è stato registrato né tramandato oralmente. Per il resto mi sono basato sui diari e i resoconti dell’epoca, soprattutto l’opera di Ramon Paner e anche alcune recenti mostre che hanno raccolto i reperti superstiti del popolo Taino. Ecco alcune opere che mi sono state utili.
Arte taíno, Editor: Santo Domingo, DO : Banco Central de la República Dominicana, Diciembre 1983
Mitología Taína o Eyeri Ramón Paner y la Relación sobre las Antigüedades de los Indios: El primer tratado etnográfico hecho en América. Editorial Nuevo Mundo.
Historia del almirante (Cronicas De America / America Chronicles), Hernando Colon
LOS COMPAÑEROS DE DON CRISTÓBAL COLÓN EN SU SEGUNDO VIAJE A LAS INDIAS, M.ª Montserrat León Guerrero, Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica y Portugal (UVa)
Estudios sobre América Siglos XVI-XV, Virginia Martín Jiménez, Universidad Valladolid. AEA 2005
Historia de las Indias, Fray Bartolomé de las Casas, Selección José Miguel Martínez Torrejón
Voces de Bohío, Vocabulario de la cultura taína. Archivo General de la Nación, Colección Cuadernos Populares. Rafael García Bidó
La cruz del Santo Cerro y la batalla de la Vega Real, Rectificaciones Históricas. Dr. Apolinar Tejera.Estudios Colombinos.
La historia de las Indias: las aportaciones del padre Las Casas sobre los indios Taínos. Emelina Martín Acosta, Universidad de Burgos.
COVER ANACAONA
Il romanzo in cui scopriamo che la Storia può superare la fantasia, purtroppo…
Certo. Da una leggenda del popolo Taino si può intuire che, in un passato più o meno lontano, fossero giunti sull’isola degli indios dalle altre isole o dal continente, dove invece l’ottone e la sua la loro lavorazione erano noti. L’isola di Hispaniola però non possiede tali minerali e la sua tecnica di lavorazione andò perduta e fu sostituito dall’oro, che veniva lavorato in lamine.
Non c’è grande attenzione perché la gente ha altri problemi e altre priorità come la sanità, la criminalità e l’economia. I paesi europei sono più ricchi e possono quindi permettersi di fare “riflessioni filosofiche”.
Raccontare una storia degli indios Taino e della loro cultura pressoché sconosciuta al grande pubblico, sia qui nella Repubblica Dominicana che in altri paesi.
Mi sono dedicato a vari progetti esplorando generi anche diversi da quello storico. In particolare sto scrivendo un noir.

Y si Coelho tuviera razón...


Sábado, Agosto 17, 2019

Terrassa, 4 de septiembre de 1978
La primera vez que vi a Julia, tenía la cara sucia. De las comisuras de sus labios resbalaban dos gotas de helado que intentaba recoger con la ayuda de una servilleta de papel. No pude apartar la vista, absorto en la boca que acariciaba la servilleta mientras una lengua rosada y húmeda lamía los restos de cacao que se resistían al trozo de papel. 
Así, con estas palabras y pendiente de las sucesivas correcciones que vendrán a partir de ahora, comienza la que es ya mi cuarta novela finalizada.

A diferencia de las anteriores, ésta no ha requerido mayor documentación que mi propia experiencia, mi memoria y mi imaginación. Esta vez no me he adentrado en una cultura extinta, ni en una trama de acción más allá de la que pueda haber en la vida de una persona como cualquier otra e intentar responder cosas como qué sería nuestra vida si hubiéramos tomado tal o cual decisión en su momento, cómo se sobreviven los errores, las fantasías no cumplidas, la emoción de lo conseguido y la angustia de lo que pudo haber sido...

Desde hoy además, comienza una nueva etapa en mi vida pues por primera vez desde que cumplí dieciséis años no tengo un trabajo estable (de hecho ni estable ni inestable si consideramos trabajo como algo remunerado) y voy a dedicarme a corregir esta novela en la que algunos días tengo muchas esperanzas depositadas y en otros le metería fuego.

Como adelanté hace unas semanas en un post, apenas hace unos meses que cumplí mis primeros cincuenta años y sin ánimo de ser agorero, mal fario, ni nada por el estilo, lo cierto es que cada vez queda menos tiempo para llevar a cabo los sueños, para arrancar nuevos proyectos, para disfrutar la vida desde otra velocidad, o mejor dicho, por carreteras diferentes en nuevos escenarios. No quiero decir con esto que haya una edad máxima para emprender, por supuesto que no, pero es evidente que a más tiempo se ha vivido menos queda por hacerlo y que la llamada del corazón sólo puede resolverse de dos formas, respondiéndola o ahogándola. 

Nadie sabe cuál hubiera sido el resultado de las decisiones no tomadas. Nadie sabe qué sería de su vida si en aquel momento preciso hubiéramos dado otra respuesta, ¿cómo saberlo?, pero sí hay algo que la mayoría de adultos experimentamos en uno u otro momento de nuestras vidas y es la rotundidad de las corazonadas, la sapiencia inexplicable de que debemos tomar una u otra decisión sin motivo aparente, ..., impulsos del corazón que muchas veces la razón, la prudencia o el miedo se encargan de aniquilar y que en estos momentos de mi vida quiero tener el valor de seguirlos.

Son muchas las ilusiones depositadas en esta nueva etapa, y la novela es una de ellas. Espero estar a la altura.

Gracias por estar ahí.

Manager HDI


Miércoles, Agosto 7, 2019

Hoy he tenido una agradable sorpresa, esta mañana, mientras miraba los avisos de la red que Blanca Miosi dice ser la más aburrida de todas, Linkedin, he visto que un señor de claro origen hispano (aunque no acentuara ninguno de sus apellidos acabados en “ez”) había entrado a ver mi perfil. Siempre me causa curiosidad saber a quién se la despierto y la sorpresa ha sido que el señor doble apellido acabado en “ez” sin tildes ostentaba el cargo de “Manager HDI”.

¡Ostia! ¿Eso qué es?, me he preguntado, ¿un manager en HDI, Alta Definición Inteligente, que nos ve a todos con definición perfecta, en 4k con colores vivos y brillantes? No, me he dicho, ¿cómo va a ser eso?. 

¿Experto en pantallas de Alta Definición?, he pensado después. No, el señor “ez” no puede ostentar el cargo de manager para ir sintonizando pantallas. ¡Para eso no haría falta un manager!

Me tenía jodido el cargo, así que tras varias cavilaciones a cual más disparatada he optado por hacer lo que debería haber realizado en primer lugar, ir a Google y preguntar. Atención porque HDI significa “Human Development Index”, ¡la ostia santísima!, y venía una gráfica para explicarlo qué me ha dejado a cuadros.

¿Pero cómo no se había inventado esto antes?, si es un departamento que todas las empresas del mundo deberían tener. Gente que mide el desarrollo humano, ¿y cómo lo hace, va sumando puntos según las habilidades de cada uno? 
- A ver, Rodríguez, ¿sabe cantar?
- Sí señor.
- Bien, dos puntos. ¿Sabe bailar?
- También señor, mire –y el Rodríguez se marca unos pasos.
- Dos puntos más. ¿Cómo anda de conocimientos filosóficos?
Y así debe ir entrevistando a cada miembro de la empresa para tener un índice del desarrollo humano, ojo, no motriz o intelectual, ¡humano! ¡de todo!. Por favor, qué idea tan extraordinaria.

Sin embargo, y después de maravillarme por varios minutos de que alguien tuviera una capacidad casi de X-Men, he pensado que esa brillante idea estaba coja y que no entendía por qué se habían ceñido sólo al desarrollo humano, así que para enmendar esta terrible falta he pensado en proponer otros diez índices que creo que toda empresa debería conocer sobre sus trabajadores:

1 – HFI, Human Fan Index. Encuentro de vital importancia un departamento que controle de qué equipos son sus empleados. No puede ser que la dirección general, el dueño o el comité de dirección no sepan cuántos empleados en nómina son del Madrid, del Barça, de la Real Sociedad, de los Boston Celtics o enfermos de Rafa Nadal. Urge la creación de un departamento capaz de controlar este dato.
2 – HCI, Human Cretin Index. ¿Quién no querría saber la cantidad de cretinos por cada diez empleados normales? ¿Cómo no hay nadie contándolos uno por uno y haciendo gráficas en Excel, presentaciones en Power Point y conferencias por el mundo explicando cómo medir este índice y cómo aumentarlo o disminuirlo según los intereses de cada empresa? Es más, este índice debería ser público, como las cuentas anuales, y que la gente pudiera ver el índice de gilipollas de Coca-Cola, de Seat, de Amazon o de cualquier otra empresa. 
3 – HKI, Human Kindliness Index. Fundamental también y que como el anterior debería publicarse a nivel mundial, como el IBEX o el DOWJONES pero con el índice de buenas personas que trabajan en cada empresa. Creo que sería de utilidad en muchos ramos pero sobre todo en el de servicios, por ejemplo, que vas a contratar un servicio de telefonía, pues buscas el HKI de Jazztel, de Orange, de Claro, de Movistar, etc., y por lo menos sabrás que aunque el servicio será una mierda, cuando les llames no te mandarán allí.
4 – HSI, Human Shoulder Index. Este índice creo que es de los más fáciles de medir, sólo hace falta simular que nos quedamos sin gasolina a pocos metros del trabajo y ver quiénes bajan a echar una mano. Es un índice que seguramente alcanzaría cuotas altísimas en todas las compañías, pues cuando se inicia un proyecto o un trabajo que requiere el apoyo de todos, el entusiasmo y la voluntad de poner el hombro para apoyar son tan impresionantes que podríamos estar hablando de índices al nivel de los de participación en las elecciones de Korea del Norte.
5 – HPI, Human Pointing Index. Es justamente contrario y complementario del índice anterior. El departamento encargado de medir este índice tendría como tarea principal medir a todos aquellos que después de no haber ayudado en nada para desarrollar un proyecto o llevar un trabajo a cabo sacan su dedito para señalar a los que sí se arriesgaron haciendo algo que no salió bien. Nunca se mojan pero a la hora de señalar y decir aquello de “yo ya lo dije” aparecen como alúas en día de tormenta veraniega.
6 – HEI, Human Evil Index. De este índice podría encargarse el mismo departamento que del HKI, Human Kindliness Index, y señalar cuantos hijos de la gran puta se encuentran en cada empresa. Cuántos miserables que sólo desean el mal ajeno incluso por encima del bienestar propio (yo puedo apuntar dos como mínimo). Sería un índice que contaría los villanos, confabuladores, mentirosos, trepas, cabrones en general que pasan más tiempo vigilando qué hacen los demás para poder joderlos que haciendo su propio trabajo. Seguramente sería un índice bajísimo que apenas no tendría incidencia en la mayoría de empresas…
7 – HTI, Human Tinder Index. No aporta demasiado al negocio, la verdad, pero da vidilla. Sin duda, el departamento encargado de tarificar este índice sería uno de los más divertidos de la empresa y debería cuantificar los rollos entre compañeros. Se podría sacar un índice por departamentos y comprobar si en administración son más promiscuos que en almacén, por ejemplo, o si entre los comerciales hay más movida que entre los repartidores. Sin embargo, y a diferencia de los otros índices, creo que los resultados de éste no deberían hacerse públicos en la memoria anual.
8 – HII, Human Instagram Index. En estos tiempos en los que casi es más importante lo que se aparenta de lo que se es en realidad, un índice capaz de medir el nivel de postureo de los trabajadores de una empresa es fundamental. Un HII alto es más importante incluso que una buena web o un departamento eficiente de producción. Si una empresa es capaz de posturear, de aparentar todo aquello que no es, y el resto, competencia, clientes, etc., se lo cree, ya tiene la mitad del trabajo hecho. Es muy importante para subir este índice que todo lo que se puede decir en el idioma nativo de la empresa se traduzca al inglés en tiempo verbal de gerundio. Gilipolling, por ejemplo.
9 – HCHI, Human Coaching Index. Es difícil de calcular este índice porque casi en la misma esencia del realizar los índices se encontraría el hecho de tener coachs por todos los rincones de la empresa, pero al mismo tiempo sería un buen indicador para saber si una compañía está bien coachiaonada en función de cómo lo esté la competencia. Me explico, si Coca-Cola tiene un coach por cada trabajador y medio (creo que este es el índice actual de la mayoría de multinacionales), y Pepsi sólo tiene un coach por cada dos trabajadores, Pepsi corre el riesgo de no ser suficientemente moderna a pesar de que pueda tener un índice de efectividad del doble que su competencia. Por eso, ponga un coach en su vida y suba el HCHI, que van a pensar que usted es un campesino, coño.
10 – HEI, Human Efficiency Index. El peor índice de todos, aquel que mediría sólo la eficacia de sus trabajadores, la eficiencia en sus quehaceres, en sus funciones laborales. Un valor totalmente a la baja que no importa a nadie. Barato además, porque a diferencia del resto de departamentos encargados de los otros índices, en éste sólo trabajarían una o dos personas, muy eficientes por supuesto, para poder hacer el trabajo que no hacen los cretinos, instagramers, vagos, villanos, señaladores o paseadores de papelitos de un lugar a otro (estos también merecen un índice), pues los registrados en este índice sólo son aquellos que hacen su trabajo lo mejor que pueden y saben. Personas cuya eficacia está por encima de la imaginación, de la cháchara, del entusiasmo fingido, trabajadores que mantienen un nivel de esfuerzo y eficacia durante toda su jornada laboral llevando a las empresas a que puedan cumplir con los objetivos marcados. Un índice que no sé ni para qué lo he nombrado aquí de lo poco que aportaría su conocimiento a cualquier empresa.


Ahora que ya podemos celebrar los cumpleaños


Sábado, Julio 13, 2019

Allá por los finales de los noventa, o quizá en los muy tempranos dos mil, leí un libro que me hizo tomar una serie de decisiones en contra de lo convencional. El libro en cuestión era Las voces del desierto y la historia trataba de una estadounidense que cruzaba el desierto de Australia en compañía de unos tipos muy especiales, la verdad es que no recuerdo si eran una secta, un grupo étnico, seres interdimensionales, gurús, autores de libros de motivación o qué narices eran, pero sí recuerdo que tenían normas poco convencionales como la no celebración de festivos absurdos ni repetitivos por el simple hecho de alcanzarlos en el tiempo. No celebraban aniversarios, ni cumpleaños, ni nada que una piedra o una planta pudieran conseguir exactamente igual que un humano. Ellos celebraban los logros, y cuando alguien de la secta, grupo étnico, seres interdimensionales, o lo que fueran, alcanzaba un objetivo con esfuerzo y dedicación, todo el grupo hacía una gran fiesta. 

Del libro apenas recuerdo quien me lo regaló (moltes gràcies, mestre) y esa particular norma de celebración que decidí adoptar en mi vida. Desde entonces no son pocas las decepciones de mi familia porque ni celebro mis cumpleaños, ni los de ellos, ni los de los amigos, ni siquiera los de mis hijos y por supuesto ni navidades ni nada que se le parezca, en fin, lo que vendría a ser un gilipollas de toda la vida.

Sin embargo, hace unos meses he vivido una excepción por un brote inesperado de felicidad, reconozco que impropia, inmadura e irracional, por el hecho de cumplir cincuenta años. Es justo reconocer que hasta ahora nunca los había tenido, pero incluso más allá de este logro, el haber cumplido cincuenta años ha significado una profunda necesidad de reinvención, la constatación de que cada vez queda menos tiempo para hacer aquello que me ilusionaba, así como de comprobar si en verdad me ilusiona todavía. En estos primeros cincuenta podríamos decir que no he sido lo que se definiría como un tipo afortunado, sino como un animal extraordinariamente afortunado que durante medio siglo ha incubado un rosal entero en el culo del que ha brotado una felicidad de tal calibre que me ha permitido perseguir la mayoría de mis deseos, que las personas que me han dejado acompañarlas en la vida hayan sido como la selección de candidatos para entrar en los Men in Black de Will Smith, lo mejor de lo mejor de lo mejor, ¡señor!, y que estos años hayan estado tan cuajados de vivencias que no puedo esperar para ver qué me tienen preparado los próximos cincuenta.

Pero no es menos cierto que al pedir un préstamo he tenido que hacerme análisis hasta del aliento, que mi seguro médico cuesta el triple que el de mi esposa, que por cada cana que me veía hace unos años, ahora tengo cincuenta, que veo a todo el mundo mucho más viejo que yo cuando en realidad, vaya donde vaya, la abuela del grupo es servidora, que cuando hago una broma con gente joven no es que no entiendan la broma, es que no saben ni de qué les estoy hablando, que los grupos de música que le gustan a mi hijo no sería capaz de recordarlos ni tras repetir sus palabras, que cuando veo una máquina de escribir me entran ganas de abrazarla, que veo una cabina de teléfonos y no puedo evitar meter los dedos en la ranura por si hay una moneda, que cuando alguien me llama señor miro hacia atrás para ver dónde está ese señor, que llevo tantos años pegado a un trabajo que hay gente que no sabe que por las noches duermo en mi casa, que adoro la música clásica y la ópera, que ya no aguanto dos acordes seguidos de Black Sabath, aunque sigo respetando a los Deep Purple y me relajo con los Dire Straits como he hecho desde el año 84, que veo las películas del canal clásico y la mayoría las he visto de estreno, que aún llamo La guerra de las Galaxias a Star Wars, que he jugado a casi todas las versiones 1.0 de los videojuegos de deportes, que cada vez que me duele algo pienso que tengo un cáncer y que me voy a morir, que cuando veo C:\> me entran unas ganas irresistibles de escribir FORMAT C:, que cuando algo no me gusta canto que del barco de Chanquete no nos moverán, que ya me hacen llorar hasta los comerciales de detergentes, que de golpe todo me da miedo e incluso bañándome en un cubo de agua pienso que puedo ahogarme, que soy indulgente con todo el mundo menos conmigo y con mi hijo, que me encuentro mejor que cuando tenía cuarenta, que no me acuerdo de cómo me sentía cuando tenía cuarenta, que ando por una senda donde los antes evidentes negros y blancos nucleares se han fundido en grises difíciles de identificar y que por más que me esfuerzo en hablar inglés, sigo cantando guachuguá-guachugüei.

Los cincuenta para mí son además una línea trazada en rotulador gordo en la vida, una brecha en el camino de dimensiones goliáticas, una herida supurante de lava, la frontera que supone el haber vivido más tiempo ya sin mi madre que con ella y la constatación de que he llegado a los los años que ella vivió. Un punto de la vida en el que imagino a mi padre quedándose solo y a mi madre perderse todo lo que ha venido en estos últimos veinticinco y me estremezco.

Los cincuenta creo que también son un buen punto para trazar el inicio del camino de los próximos cincuenta, el momento de aprovechar los frutos del rosal escatológico y empezar a dirigir la vida por una senda más propia, menos marcada por las necesidades y los demás, y más acorde a lo que deseaba de niño. Nadie, que yo sepa, nace queriendo trabajar, queriendo tener una hipoteca, o dos o tres, y salvo aquellos que han tenido la fortuna de tener una vocación y dedicarse a ella, el resto hemos hecho lo que hemos podido a base de dar hachazos al árbol del que pendían todas nuestras ilusiones infantiles. Los cincuenta pueden ser un momento ideal para cuidar de ese árbol, por supuesto dejando las cicatrices como están, y dedicándome a honrarlo con otras nuevas. 

Por eso me he pasado por el forro las ideas de los tipos de la secta, grupo étnico, seres interdimensionales, o lo que fueran, y he decidido celebrar mis cincuenta todos los días del año y de los próximos cincuenta años.

Aunque ahora que lo pienso, creo que se me olvidó hacer una fiesta, o mejor dicho, como llevo tantos años sin celebrar ningún cumpleaños no supe muy bien qué hacer ni qué regalarme, y si bien siendo honestos al principio había pensado en un viaje a Japón o un safari fotográfico, ambas opciones quedaban fuera de mi capacidad y al final me regalé una bicicleta para no autotacharme de tacaño mientras pensaba en cuál podía ser el regalo perfecto, y que creo que ya lo he encontrado. No ha sido fácil, la verdad, de hecho ha sido tan complejo que hasta el próximo mes de agosto no me lo entrego. 

Por el momento sólo puedo deciros que lo estoy cuidando, envolviéndolo con cariño, observándolo por debajo del papel de regalo, abriendo la cajita cuando nadie me ve y asustándome por el día en que lo abra y lo disfrute, pero sobre todo me siento feliz porque es muy probable no haya un regalo como éste hasta dentro de otros cincuenta años más. 

Libri Thriller: IL PENDOLO DI DIO, DI JORDI DIEZ (NO SPOILER)


Miércoles, Julio 10, 2019


Trama:  Per secoli e secoli, i discendenti di una comunità essena hanno cercato di tenere nascosto l’ultimo regalo di Gesù... fino ad ora. Cècil, un revisore contabile che si occupa di progetti umanitari nel Terzo Mondo, viene coinvolto in un losco traffico di pezzi d’antiquariato che lo porterà sulle tracce di Azul Benjelali, un antico amore, studiosa di lingue del passato, in procinto di svelare un segreto che giace nascosto da migliaia di anni. Con l’aiuto di Mars, una misteriosa colombiana, Cècil si lancia in una corsa contro il tempo che lo porterà, un indizio dopo l’altro, sulle tracce degli esseni, degli antichi romani, dei templari, degli almogàveri, delle truppe borboniche e dei nazisti. Un rompicapo che i protagonisti dovranno ricomporre, prima che il segreto cada nelle mani di chi per secoli ha cercato di rubarlo.

Recensione: Questo è un libro composto da quasi 500 pagine, appena l'ho visto ho pensato subito ad un azzardo. Un thriller storico di queste dimensione, ammetto di aver avuto paura a iniziare questa avventura, eppure ora che sto scrivendo la recensione ammetto che, tutte le mie paure, erano immaginarie.

Per tutte le persone che non sono abituate a leggere i thriller storici o che sbuffano pensando a chissà quale lezione noiosa vuole dare il libro vi dico subito: no, non è come pensate!

La storia è un intreccio tra passato e presente. Nel presente sembra di partecipare a un gioco, ogni indizio porta ad un luogo, ad una scoperta. E sarà Cècil ad affrontare questo viaggio. Nel passato scopriremo invece cosa stanno cercando nel presente.

Una storia che è riuscita a tenermi incollata alle pagine. Diciamo che dopo Dan Brown i lettori pensano sempre di trovarsi una scopiazzatura, invece qui ho trovato una storia fantastica, piena di colpi di scena.

Cècil, il protagonista, inizialmente non lo trovavo simpatico forse per come è stato descritto sembrava un menefreghista, un solitario che odia la gente ma cambia totalmente quando incontra Mars.

I personaggi sono completi, con impercettibili sfumature caratteriali che li rendono vividi e di spessore.

Tutta la storia che riguarda il passato ammetto di non averla studiata ultimamente (parte dal 5 d.C.) ma la capacità di Jordi di farmi vivere il passato, cose se anche lui avesse davvero vissuto lì, insieme ai personaggi è impressionante. Notavo il salto temporale come se davanti a me il libro venisse stracciato per mostrarmi quello che stava accadendo. Quindi, della parte storica ammetto di non poter dirvi se tutto è esatto, se sono stati rispettati davvero gli elementi.

Questo è uno di quei libri dove la scrittura aiuta molto. Ho iniziato a leggere questo libro la sera alle 23, sdraiata comoda nel letto e già dalle prime righe sono stata catturata, trascinata nel mondo creato da Jordie, e la primissima volta che ho alzato gli occhi dal libro erano le 3 di notte. Questo capita raramente, fidatevi!

Una scrittura semplice ma genuina che ti permette di leggere tante pagine senza mai stancarti o senza prende il vocabolario in mano (cavolo, io sono della vecchia generazione, diciamo allora il cellulare) per colpa di paroloni altisonanti che non servono a molto.

Sono felice di aver potuto leggere questo libro, e lo consiglio? Sì! Anche a chi non ama i thriller storici e chi ha amato Brown e guai a pensare ad uno scrittore che si cimenta in uno storico.

Voto: 4,5/5
Consigliato:Sì!

Cuando éramos jefes


Martes, Julio 2, 2019

LOS DIEZ PUNTOS QUE TODO EX-JEFE DEBE CONOCER

1. Adiós a la gracia. Todos los chistes que has hecho por años en las reuniones, juntas, comités, eventos, etc., y que reían tus compañeros (directivos o no) con grandes muestras de jocosidad, dejan de tener gracia y el único que se ríe eres tú. Un golpe en la autoestima terrible. Yo me paso horas ensayando frente al espejo la dicción y la teatralidad de mis chistes, “y el tipo se acerca y le dice…”, juajuajua, sólo de pensarlo ya me río, pero solo.

2. Adiós a la clandestinidad. Ya puedes entrar en una cafetería o caminar por los centros comerciales a cara descubierta, sin gorra calada y gafas de sol tipo folclórica, se evaporó el peligro de que se te acerque nadie, cliente, proveedor o empleado (perdón, colaborador), a pedirte algo. Siempre queda el típico despistado que apenas te ve en la cola de la caja se abalanza como un loco con la petición ardiéndole en las entrañas, pero apenas llegue a la distancia mínima imprescindible para que pueda oírte, pronuncia en voz alta la frase “ya no trabajo en la empresa” y lo verás derrapar con una profesionalidad que dejaría en ridículo al mismísimo Marc Márquez.

3. Adiós a los correos. Qué descanso, por favor, ahora sólo me escribe el banco, las aseguradoras, las líneas aéreas, las cadenas hoteleras, los buscadores de chollos, las tiendas on-line, las princesas africanas, las farmacéuticas, los rent-a-car, las revistas literarias, los blogs de Google, los periódicos, las promociones de los periódicos, las páginas de citas, el colegio de mi hijo, las cadenas de TV, los buscadores de hoteles, los vendedores de Viagra, las cuentas de Instagram, Twitter, Facebook, Pinterest, YouTube, mujeres solteras que buscan hombre maduro par relación seria, las actualizaciones de las App, los avisadores de eventos a los que no puedo faltar, los recordatorios de cumpleaños de todos y cada uno de los contactos de mi agenda, las páginas de música on-line, los distribuidores de paquetería, los clubs y partidos políticos y alguno más, pero de trabajo, ni uno, ¡qué descanso!

4. Adiós a la mesa reservada. Ese camarero o maitre que se había esforzado en aprenderse tu nombre para impresionar a tus invitados y hacerse acreedor de una buena propina, pierde la memoria en un segundo apenas te ve en una mesa solo o con tu familia, dudando por los precios y pagando con una tarjeta tan vulgar como la que él mismo tiene. Ahí, amigo mío, ya puedes constatar que ni eres jefe ni eres ná.

5. Adiós a tu legado. De una forma compulsiva, aunque por fortuna breve en el tiempo, todo el mundo con quien te cruzas se emperra en explicarte paso a paso y con todo lujo de detalles la destrucción de aquello que por años te esforzaste en construir. Es como ver los capítulos de Friends, te sabes los diálogos de memoria, y aún así te sorprende el hijoputismo que se escondía a tus espaldas.

6. Adiós a las llamadas, guasaps, skypes y de más. El móvil pasa de la erección juvenil a la flaccidez del desuso. Puedes disimular haciendo ver que te llama alguien, o mirando la prensa como si leyeras menajes, pero al final siempre te pillan y es muy triste.

7. ¿Ya he dicho que la gente deja de reír tus chistes? Eso sí que es triste…

8. Hola agoreros y videntes. Gente que no te importa un huevo y que nunca te habían hablado empiezan a darte consejos. Se dividen en tres grupos, uno: los que siempre han estado bajo tu jerarquía y ahora quieren demostrar que te pueden tratar de igual a igual (lameculos que antes no se atrevían por miedo a que pensaras cualquier cosa de ellos), dos: los que están deseosos de ver a dónde vas a ir para ver si tienen una opción mejor de trabajo, y tres: los que te auguran un futuro tenebroso tras soltarte de la teta de la empresa o un camino de éxito por haberte atrevido a soltar esa misma teta… Los catalanes tenemos una frase maravillosa para todos ellos, aneu a cagar a la via.

9. De la erótica del poder no comento nada porque yo ni antes ni después, qué cosa de verdad…

10. Y décimo, tu(s) hijo(s) vuelve(n) a llamarte papá, tu pareja te mira como si acabaras de volver de un viaje por el espacio exterior, los amigos regresan confiados en que habrá espacio para ellos y la cerviz, curvada durante mucho tiempo por la responsabilidad, va recuperando esa nueva forma de persona hasta que vuelves a ser tú.


La historia de Villa Arriba y Villa Abajo


Domingo, Junio 2, 2019

Villa Arriba y Villa Abajo son dos bonitas poblaciones del interior del país. Las separa un río sobre el que han construido un par de puentes que las comunican, pero lo que las une por encima de todas las cosas es el día de su Fiesta Mayor, el mismo para ambas, de modo que cuando llegan los primeros días de junio todo el mundo se esmera en cocinar una gran paella a la que acuden gentes de todas partes para participar en la vieja tradición por ver cuál de las dos poblaciones ha conseguido un mejor arroz. 

Los visitantes se reparten, un año van a Villa Arriba, otro a Villa Abajo, los más glotones incluso visitan las dos, los hay que tienen sus preferencias y van cada año al mismo pueblo, y los hay de paso que acuden a uno u otro por pura casualidad, pero como sea, la venta de platos de arroz entre los visitantes les supone la mitad del presupuesto de Villa Arriba y Villa Abajo, y que todo salga bien les da tranquilidad para enfrentar los meses de otoño.

Un año, el alcalde de Villa Abajo vio un vídeo en YouTube en el cual un señor sentado en una hermosa silla de oficina daba una charla sobre control, branding, marketing, optimización de costos y otras palabrejas que el alcalde pensó que si pudieran aplicar a su jornada de paella, los beneficios serían mayores y los vecinos estarían felices garantizando su perpetua reelección. Buscó los datos del señor del vídeo, que se autodenominaba a sí mismo Coach, y lo llamó.

Apenas pisó el ayuntamiento de Villa Abajo, el señor Coach le hizo ver al alcalde lo mal que lo estaban haciendo, de hecho no se explicaba el erudito cómo podían haber hecho una paella para más de trescientas personas de aquella manera. Sin esperar un segundo, llamó a su equipo y en la plaza del pueblo se presentaron un remolino de grandes profesionales del control y el coaching. El alcalde estaba feliz. Él tampoco comprendía cómo podían haberlo hecho tan mal durante todos aquellos años, de hecho cuando lo pensaba le invadía un profundo sentimiento de culpa por su ignorancia.

El equipo de técnicos habilitó un pequeño despacho en el ayuntamiento y descansaron todas sus herramientas. El primero que se instaló fue un especialista en Marketing, Branding y posicionamiento On-Line. El alcalde le enseñó con orgullo los perfiles en las redes sociales y la página web que manejaban un grupo de vecinos aficionados a la informática y gracias a los cuales cada año se registraban cientos de reservas para el arroz. El técnico casi se ofendió al ver aquel despropósito y miró al alcalde con ternura. Agarró su teléfono y comenzó a teclear furiosamente hasta que contactó con un equipo de personal ubicado en Holanda que arreglaría aquel “mess”.

Después comenzaron por llamar a los vecinos que participaban en la elaboración de la paella, y el primero en acudir fue el cocinero mayor, que llevaba haciendo el arroz de la misma forma durante más de quince años, exactamente igual que le había enseñado el anterior cocinero mayor y de la misma forma (sin participar de sus secretos, por supuesto) que se hacía en Villa Arriba, y cuya fama había atraído por décadas a miles de personas de todos los lugares del país.

El Coach chasqueó la lengua y mandó a uno de sus técnicos a que fuera junto al cocinero a repasar cada cantidad de cada ingrediente que se colocaba en la paella. Hay tal desastre que no podré con todo, reconoció el Coach, y mandó contratar un mananer general que dirigiera todo aquello. Es imposible coordinar a toda esta gente, decía el Coach y mientras pronunciaba sus palabras abarcaba con los brazos las líneas imaginarias de los lindes del pueblo. Nadie revisa los costos, ni las cantidades, ni se da seguimiento a las reservas, no hay control de proveedores, ni siquiera una auditoría para controlar a los vecinos. El alcalde intentó explicarle que los costos se llevaban a rajatabla por la secretaria del ayuntamiento, que hacía de cajera en sus horas libres, y por el tesorero. Las cantidades eran las de siempre, hacer una paella tampoco era un misterio bíblico, y los proveedores eran los mismos por años que sabían perfectamente qué traer en cada fiesta mayor. De hecho la mayoría eran amigos o incluso los propios vecinos quienes contactaban a los proveedores para garantizar los suministros.

El Coach suspiró, dijo una frase positiva y al cabo de unos días llegó el manager. Un tipo repeinado hacia atrás, con una dicción fingida y un cigarrillo colgando del labio que apagaba tras pocas chupadas para encender otro de inmediato con el que reemplazarlo. El despacho que había ocupado el equipo del Coach hasta entonces se hizo pequeño y habilitaron una sala de la biblioteca del pueblo para trasladar a todo el equipo, al que también se habían unido un director financiero y un auditor. El alcalde estaba feliz. Por fin había conseguido profesionalizar su paella. Les iba a dar sopa con hondas a los de Villa Arriba, pensaba mientras veía a todo aquel equipo de profesionales llamando por teléfono, firmando contratos con proveedores con los que se ahorraban una buena cantidad en los precios, mandaban uniformes para los cocineros, señales por todo el pueblo y las carreteras adyacentes llenas de ellas indicando la dirección a la plaza en la que celebrarían la paella. 

Una mañana se presentó un equipo de fotógrafos y camarógrafos para filmar bien el pueblo, pues las imágenes y los vídeos de otros años no tenían la calidad necesaria para el tipo del Branding (el alcalde esperaba haberlo dicho bien). Filmaron cada rincón de Villa Abajo, la fuente, el río, la plaza, y al cabo de unos días volvieron con un autobús lleno de chicos y chicas jóvenes y guapos para hacerlos pasar por los vecinos. El alcalde no cabía en sí mismo. 

El director del departamento de marketing, que ahora contaba con dos asistentes además de todos esos holandeses con los que hablaba día sí y día también, le comunicó al alcalde que no tendrían la web ni todo el material promocional listo porque las condiciones en que se habían encontrado todo eran tan malas que habían tenido que empezar de cero, pero que algo podrían mostrar. El alcalde quitó hierro ante el esfuerzo titánico que veía hacer a toda aquella gente a diario y pensó que mientras solucionaban el desastre podrían mantener su vieja página y los perfiles de toda la vida. Imposible, le dijeron, ya los hemos borrado todos.

La fecha se acercaba y el alcalde tenía en su mesa tanta la información que jamás habría pensado que se podría conseguir. Gracias a un súper programa podía saber no sólo cuántos kilos de arroz se utilizarían para el acontecimiento, sino cuántos granos de arroz iban de media por kilo, cuántas costillas, cuántas alcachofas, el caldo, incluso las almejas por centímetro cuadrado de paella que tocaban por plato. Estaba impresionado. Aquel programa era la bomba, podía ver incluso la simulación del caldo que iban echando y el que quedaba en los botes. 

Como cada año, la imprenta del pueblo se presentó con su idea para imprimir las papeletas de venta de platos unas semanas antes del acontecimiento, pero el manager general se rio a grandes carcajadas, tiquets, repetía entre estertores mezclados con esputos y carcajadas. Hemos instalado en la puerta del pueblo un sistema mediante el cual los visitantes se darán de alta en unas pantallas. Estas pantallas recogerán todos los datos de los visitantes de modo que los tendremos controlados y cada año los podremos invitar para que vuelvan además de saber sus impresiones. Esas pantallas cobrarán los platos mediante tarjeta de crédito y cuando el banco certifique el pago, el programa enviará un código al teléfono móvil del visitante que después necesitará para recoger su plato de paella. Todo perfecto sin que nadie haya movido un dedo, bueno, sólo uno para encender el ordenador, decía entre carcajadas de superioridad por sus extraordinarios conocimientos.

El alcalde alucinaba, aquel manager fumador había evitado las colas de cada año para comprar los tiquets y como guinda, ni siquiera tendrían que recogerlos al final del día para saber cuántos platos habían vendido. Él mismo, sentado en su despacho, podría ver minuto a minuto los platos que se vendían. ¿Cómo no había hecho eso antes?, se preguntaba con cierta culpa. 

Era cierto que todo ese despliegue había molestado en el pueblo, pero ya lo entenderían cuando los rendimientos de la Fiesta Mayor les dieran para arreglar las calles en mal estado o para acercar la parada del autobús al centro del pueblo. El mundo entero conocería Villa Abajo gracias al trabajo que aquella gente estaba haciendo. “Ventajas competitivas”, le habían dicho.

Por fin llegó el día y tal como le había prometido el manager general, en la entrada del pueblo habían instalado una multitud de pantallas que generarían los códigos de acceso para comer paella. Aquel primer año, y con la finalidad de ayudar a los visitantes inexpertos, habían contratado a un equipo de azafatas vestidas con los colores del pueblo que se encargarían de asesorar a la gente y que ya daban una primera impresión de profesionalidad apenas a las puertas del pueblo.

El alcalde se sentó en su despacho y conectó el programa. Ya no tendría que bajar a la plaza del ayuntamiento para ver cómo iba todo. Abrió la pantalla que le daba acceso a los números y comenzó a hacer mil combinaciones de columnas, barras y datos tal y como le habían enseñado los financieros que había contratado el manager. ¡Qué fortuna haber encontrado a aquel Coach! Cierto era que le había costado al presupuesto del ayuntamiento un dineral, pero también sabía que con toda esa profesionalización lo iban a recuperar con creces.

Cada minuto pulsaba sobre el icono de actualizar y veía al instante los tiquets que se vendían, la procedencia de los visitantes, si venían con niños o solos, y si escogían la zona con almejas o sólo con pollo y costillas. Se entretuvo en saber de dónde venía la gente y comprobó que la mayoría lo hacía desde donde toda la vida, de los pueblos vecinos, la comarca y aledaños. Ahora los podremos invitar para el año que viene, se dijo, y se repanchingó en el sillón con los brazos cruzados tras su cabeza. 

La jornada pasó sin incidentes, la pantalla le arrojaba números y números y más números, y datos y datos y más datos que el alcalde estudiaba haciendo gráficas y planificando lo que sería el año siguiente estimando toda aquella información. Había visto al instante qué iban echando en la paella, qué quedaba en el almacén, sólo le había faltado ver el estado de la cocción del arroz, se dijo, pero le pediría al gerente que para el año siguiente lo añadiera al programa y de esa forma podría dirigir la jornada desde su casa.

Por la noche sacó los datos finales y vio que el número de visitantes había bajado con respecto al año anterior en cerca de doscientas personas, un veintitantos por ciento menos. No era extraño, pues una grave crisis económica había golpeado al país y la gente no estaba para paellas. Menos mal, pensó, que hemos hecho todo esto porque de habernos quedado como antes hubiera sido mucho peor, se dijo, y se marchó para casa.

El tesorero del ayuntamiento lo visitó esa misma noche, como cada año, con la diferencia que tuvo que ir hasta su casa al no haberlo visto durante todo el día. Llevaba una lista de quejas que ocupaba dos páginas manuscritas por delante y por detrás. Le explicó que la mitad de los vecinos habían dejado de servir a los visitantes agobiados por la presión del equipo del manager, estaban hasta los cojones, le dijo con una frase pueblerina que escandalizó al alcalde, acostumbrado ya a la jerga profesional. Paco, el cocinero, se había ido tras la última palada de arroz y nadie supo cómo acabar de cocinar lo que faltaba. Los visitantes, al ver las pantallas, la mitad se fueron, y de los que quedaron muchos no quisieron poner sus datos para que no los marearan con publicidad, otros se dedicaron a ligar con las azafatas, y de los que consiguieron sacar un código, la mayoría se comió tres o cuatro platos enseñando la misma pantalla del móvil cada vez en un puesto de recogida diferente. 

¿Nada más?, preguntó el alcalde. Mucho más, respondió el tesorero mientras sacaba de su bolsillo otro papel escrito a mano. No más quejas, lo reprendió el alcalde, que ya había sido advertido por el Coach y el manager de las reticencias que todos esos cambios generaban entre la población. No es una queja, le dijo el tesorero, es el resumen de lo que hemos vendido y lo que nos ha costado.

El alcalde se rio. Su pobre tesorero, como hacía antes, había apuntado en una hoja lo que él había podido seguir on-line al instante. Ya sé qué se ha vendido, le dijo con una risa burlona que imitaba la del Coach. El tesorero lo miró y le preguntó si sabía, además de lo vendido, cuánto había costado. Claro, le dijo el alcalde, segundo a segundo, se ufanó. El tesorero, lejos de amilanarse, desplegó la hoja frente al alcalde por la parte de la cifra final. Un número rojo superior incluso a la cifra de venta que había supuesto los platos de paella. ¡Imposible!, rio el alcalde.

Él había visto los números y con todo lo que habían ahorrado con esos proveedores y lo que quedaba en almacén, los números no eran los de años anteriores pero distaban de los que le mostraba el tesorero. Se lo dijo.

¿Alcalde, has sumado todo lo que ha costado esa gente, sus pantallas, sus azafatas, publicidades, sus inventos, y lo que te va a costar encontrar camareros y cocineros para el año que viene?

El alcalde se indignó. Su propio tesorero le estaba boicoteando. ¿Cómo iba a achacar los costos de la gestión a un solo año? Esto debe prorratearse, le dijo repitiendo las palabras del director financiero, y si Paco no quiere hacer la paella, pues contrataremos a un cocinero profesional.

Al año siguiente la nueva web recibió cientos de miles de visitas, se posicionó entre los influencers de la cocina e incluso recibió un par de premios internacionales por su moderno diseño, pero no vendió más que la vieja página web coordinada por los vecinos.

La caída volvió a ser de un veinticinco por ciento sobre el año anterior. La crisis los estaba matando. El alcalde reunió a los vecinos y les explicó que gracias a todos aquellos cambios habían podido contrarrestar la caída de ventas. Sin embargo algunos vecinos de toda la vida empezaron a mudarse a Villa Arriba. El manager le explicó que eso era normal, que las crisis eran oportunidades para destapar a los cobardes y los traidores eran los primeros en bajarse del barco. El problema, le dijo, es que con un solo día de venta de arroz no es suficiente, deberíamos ampliar la paella a todos los domingos de cada mes, así los costos se amortizarían y las rentabilidades serían mayores. 

El alcalde estaba entusiasmado. 

Empezaron a vender paella todos los domingos. Al principio fue un éxito, pero poco a poco los visitantes fueron espaciándose porque no había suficiente gente para llenar el pueblo cada fin de semana, ni los vecinos estaban para trabajar los domingos después de haberlo hecho durante toda la semana. El manager contrató entonces a un equipo de cocineros, un grupo de especialistas en call-center y a una empresa de transporte.  Vaciaron la biblioteca de libros y se instaló allí a todo el equipo. Cerca de un centenar de personas que gestionaban pedidos, envíos, llamadas y arroces que salían en motocicletas a toda velocidad en todas direcciones.

El pueblo hervía de actividad, pero no para los vecinos a excepción de los que se habían montado algún negocio para servir a aquella maraña de profesionales.

Una mañana bajó a verlo el alcalde de Villa Arriba. Venía a invitarlo a la fiesta mayor de su pueblo. El alcalde de Villa Abajo rió, pero pensó que sería bueno recordar el desastre en el que vivían ellos apenas unos años atrás, y aceptó la invitación.

Efectivamente y como suponía, el pueblo vecino era un desastre. La gente comía en platos de plástico en grandes mesas, como las que ellos usaban anteriormente, riendo y bailando sin que nadie se cerciorara de que las cantidades servidas eran las correctas. Lo más divertido era que la paella la coordinaba un vecino del pueblo ordenando a gritos lo que había que echar en cada momento sin que un auditor contara las cantidades. Qué estúpidos, rio para sí mismo el alcalde. Se sorprendió, mientras caminaba entre los visitantes, al ver a muchos conocidos de su pueblo. Se habían mezclado con los vecinos de Villa Arriba y les ayudaban a servir, incluso comían y bebían mientras pasaban platos a los visitantes. También los vio bailar con ellos y hacerse fotos con sus móviles sin que ningún auditor o financiero controlara que cada visitante se comiera sólo un plato por cabeza. Al ver echarse fotos con los teléfonos, se acordó del suyo y aprovechó para consultar el estado de la venta de platos de la paella de su pueblo.

Pasó todo el día en Villa Arriba y cuando ya no quedó ningún visitante y los vecinos hubieron limpiado el pueblo, se fue a ver al alcalde para agradecerle la invitación. Le hizo gracia encontrarlo con el tesorero, que repasaba los datos del día leyéndolos de un cuaderno ajado lleno de anotaciones. 

Cuando el tesorero dio la cifra final, el alcalde salió de su ensoñamiento de superioridad. ¡No podía ser! Aquellos aficionados habían conseguido en día lo mismo que ellos ganaban en ocho meses de vender paellas por internet y colapsar el pueblo cada domingo. El alcalde no daba crédito. ¿Cómo lo habéis hecho?, preguntó el alcalde con un hilo de voz.

Nada que no hubiéramos hecho toda la vida, le dijo el alcalde vecino, como vosotros antes. Hemos de reconocer que viendo las cosas que hacíais vosotros,  alguna la hemos copiado, como eso de hacer una Fiesta Mayor de invierno y poner señales, pero poco más.

El alcalde se echó las manos a la cabeza. Él había cambiado a los vecinos por profesionales que le producción casi cien veces más de lo que producía la vieja Fiesta Mayor, pero todo ese crecimiento se iba en pagar a todos aquellos tipos que habían venido de fuera. Además sus vecinos colaboraban con el pueblo del lado y habían mejorado su paella así como los engranajes de la Fiesta. Los mismos vecinos que él mismo había menospreciado hasta el punto de hacerlos emigrar trabajaban felices en el pueblo de al lado haciendo lo que más les gustaba

El comemierda


Lunes, Mayo 20, 2019

Resultado de imagen para caca de la vacaAyer, como casi todos los domingos, salí un rato en bicicleta. La mía es de montaña, de esas con las ruedas gordas y suspensiones por doquier para proteger lo que queda digno de protegerse (más bien poco) a través caminos de tierra, piedras, raíces y todo tipo de accidentes terrestres.  La ruta que escogí ayer consiste en seguir una trocha desde mi casa hasta lo que se conoce como Los Quesos, y que no es otra cosa que una granja con fama de hacer buenos quesos, y regresar, pero esa granja no es la única que se atraviesa en los poco más de cuarenta kilómetros de pedaleo.

Una de ellas, la más grande, está a unos quince o dieciséis kilómetros del inicio y a poco menos de cuatro o cinco del punto de retorno. La delimita una cerca en la que a mi paso se agolpaban cerca de medio centenar de vacas, o un centenar, o un millón, muchas. Instintivamente y a pesar de estaban al otro lado de una valla de alambre, me eché con la bici todo lo que pude al lado contrario ante la mirada atónita y nerviosa de las bestias que se agolpaban en tropel contra la puerta. Un par de cientos de metros más adelante me crucé con dos toros, sueltos, del tamaño de un autocar de jubilados franceses, dos bicharracos ante los que pasé por la parte más alejada del camino a todo lo que me dieron mis centenarias patitas.

Seguí con el pedaleo hasta el punto de retorno, tomé un sorbo de agua, comprobé el reloj, ruedas, etcétera, y volví.

Cuando andaba a unos kilómetros de la granja por la ruta de regreso comencé a escuchar lo inevitable, mugidos ensordecedores de un mogollón de vacas que ocupaban la totalidad del camino y sus márgenes. Imposibilitado de cruzar entre ellas, me paré y vi que tras el rebaño había un vaquero a caballo que me gritaba algo que el murmullo vaquil se tragaba. Me pareció entender que me quitará del medio del camino sino quería quedar aplastado por el bestial enjambre, así que giré y pedaleé hasta que vi un árbol que abría con su tronco y raíces algo más el camino, y me metí debajo. A los pocos segundos me alcanzó el rebaño con vaquero, que se había abierto paso a través de las vacas, incluido y se puso a mi lado. No puede quedarse aquí, me dijo, vienen peleando dos toros. Supongo que ante la mirada que le dediqué, a pesar de hacer un pequeño chiste, el hombre comprendió mi angustia y me guió (él a caballo y yo pedaleando) hasta el cercado de otra granja más adelante, abrió el portón y me empujó, literalmente, dentro como a un torero en el burladero. Cerró la puerta y comenzaron a pasar vacas, y vacas, y más vacas, y dos toros, los dos autocares que había visto un rato atrás, dándose golpes al más puro estilo pugilístico-toril de pesos pesados. Cuando pasaron todas las bestias, el vaquero me pegó un grito y salí. Encajé de nuevo la puerta del cercado y comencé a pedalear hacia casa.

No sé si alguno de vosotros ha vivido algo parecido en su vida, pero por si no lo sabíais tras un rebaño de vacas lo único que queda es una tonelada de mierda repartida en pedazos de a palmo cuadrado el más pequeño ocupando todo el camino.

La primera esquirla la sentí en la espalda, escupida a toda velocidad por la rueda trasera. Después, y a pesar de mis muchos intentos por esquivar las minas, vinieron las demás. La rueda de atrás disparaba ráfagas de trozos de caca de vaca a cien por hora, como una ametralladora que alguien hubiera apuntado contra mi espalda, manchándome el sillín, la espalda, las piernas y el caso, pero lo peor vino cuando la rueda delantera, que hasta entonces había mantenido a salvo, piso la primera de las minas. Impulsada por el efecto de la fuerza centrífuga, centrípeta o mierdífera de la rueda, un primer trozo de estiércol fresco y caliente es incrustó en la visera de mi casco pasando a pocos milímetros de la nariz. Con el segundo no tuve tanta suerte y entró de lleno en la boca que piafaba por tomar aire. No recordaba haber comido mierda nunca en mi vida y la sorpresa fue que tiene gusto terroso (por lo menos la de aquella vaca). Inmediatamente escupí el bocado pero mi rueda delantera tenía un plan para aquella mañana y no era conformarse con un pequeño tast. Tras ese primer lanzamiento siguieron tres o cuatro más que no pude esquivar y me entraron en la garganta como la leche de un biberón en la boca de un bebé...

Nunca había comido mierda antes, fue lo primero que pensé, pero para todo hay una primera vez y ayer fue la mía. Escupí sin detenerme y sin perder ese gusto de naturaleza a lo bruto que me había inundado el paladar. Comprendí que la solución sería cerrar la boca, algo que me ha costado mucho toda mi vida, y haciendo el esfuerzo llegué hasta la parte del camino que no habían minado las vacas.

Me limpié las gafas, también atacadas por la munición de aquel ejército invencible, escupí de nuevo, di un par de tragos de agua a la botella tras limpiar la boquilla herida de muerte como el resto, y volví a casa orgulloso de poder decir con la boca bien llena: ya soy un come mierda.

El gran estadista


Miércoles, Mayo 15, 2019


Leía, a raíz de la muerte de un político español del que todo el mundo destacaba que había sido un gran estadista, un tuit que decía algo como que el estado per sé no existe más allá de sus personas, de modo que un buen estadista sólo podía ser alguien que estuviera preocupado por ellas y no por los intereses creados, por el estatus quo, por las instituciones, ni por tapar la porquería que toda macro organización genera. Un buen estadista sólo respondería a una buena persona.
La explicación, mucho más brillante que la mía, más corta y contundente (he buscado el tuit y he sido incapaz de encontrarlo), me pareció extraordinaria por su capacidad de extrapolación. Es decir, si cambiamos la palabra estado por cualquier otra organización nos daremos cuenta que funciona igual. Un gran empresario, un gran directivo, un gran alcalde, un gran ingeniero, un gran capitán, ninguno de sus escenarios existen por sí mismos, no hay empresa, ciudad, proyecto, equipo o comunidad de vecinos que se aguante más allá de la gente que la forma. 


Inmediatamente me vino a la cabeza la parte empresarial del asunto, y una frase que siempre me ha causado mucha gracia cuando te sueltan una perorata y lo justifican como “lo ha decidido la empresa…”, como si la empresa fuera un ser atemporal e incorpóreo con un talento especial para decidir sin asumir responsabilidades. La “empresa” no existe, son las personas que la forman quienes sí existen y toman decisiones y hacen normas, como en un ayuntamiento, un gobierno o un equipo de fútbol. Y no me refiero con esto a los estatutos o leyes para el correcto funcionamiento del grupo, sino a la toma de acciones que después se esconden bajo la premisa de “el grupo ha decidido”, “la empresa ha decidido”, “el país ha decidido”, no señores, quien ha decidido es la persona que ha decidido y si su medida es buena la defenderá como propia y si es algo que atenta contra los demás la ocultará tras la barrera del anonimato grupal.

Por eso pienso que es tan importante escoger para los puestos de dirección de cualquier organización a buenas personas. 

No tengo idea de si el señor en cuestión era o no un gran estadista, ni siquiera si era un estadista mediocrillo, no lo sé porque nunca tuve la oportunidad de conocerle, pero a lo largo de mi vida profesional sí he conocido a otros grandes estadistas, empresarios, directivos y personalidades entre los cuales he visto a algunos perseguir sus encomiendas sin joder al prójimo y a otros hacerlo a través del “jodimiento” continuo y tenaz del mismo. No sabría decir con cuántos de cada categoría me he cruzado, pero sí puedo afirmar que he intentado pertenecer siempre a los primeros y me han producido un asco tremendo los segundos.

En mis equipos de trabajo he primado siempre las buenas personas antes que las sólo eficientes, pues estoy convencido de que a la larga una organización avanza más impulsada por la empatía, por buscar caminos de colaboración y bienestar del prójimo que por las habilidades individuales mal entendidas. ¿De qué sirve ser el mejor analista si nadie te quiere, de qué sirve ser un crack si al final juegas solo, qué aporta un gran estadista cuya habilidad es confabular en las sombras y esconder sus malas acciones en el anonimato del grupo, qué beneficio se obtiene de ser un canalla que especula en los pasillos y mete cizaña en cada rincón aduciendo a vaguedades aunque sea una máquina calculando presupuestos? 

Por desgracia, en todos los espacios de la vida hay tipos o tipas de estos que tiran la piedra, esconden la mano y por respuesta dan que la piedra la han tirado porque “la empresa/estado/equipo lo ha decidido”. No cabrón/a, la piedra la has tirado tú y esconderte no te hace un buen director, te hace un miserable, por eso es importante rodearse de buenas personas que tiendan sus manos para ayudar y señalar el camino, no para lanzar piedras y esconderse cual lombrices en la anónima tierra común.

Un gran estadista no es aquel que llama a un comisario para que espíe o destroce a un rival político, ni un gran jefe es el que aprovecha su cargo para abusar sexualmente de quien necesita un trabajo como no es un gran director aquel que descuelga el teléfono y presiona a un tercero para que despida a alguien que no le cae simpático. Esas acciones no se corresponden a grandes estadistas, son propias de grandes miserables.

Y no hablo de andar con el lirio en la mano, se puede ser contundente, firme y decidido sin llevar flores en el pelo cuando vas a San Francisco. Lo que quería decir, que ya me he vuelto a enrollar como una persiana vieja, es que defender malas actitudes tras el biombo del anonimato grupal no es ser un buen estadista, pues la única forma de ser bueno en algo es sencillamente siendo bueno.

El cumpleaños de Quim


Lunes, Abril 29, 2019

El día que cumplió cincuenta años, se levantó con unas terribles ganas de cagar. El intestino se le había removido en la madrugada como una anguila perseguida por un tiburón y lo hizo saltar de la cama. Dormía desnudo y el baño, a un par de metros de la cama, siempre mantenía la puerta y tapa del váter abiertas, por lo que en dos zancadas ya había metido el culo en el hueco de la taza. El primer retortijón le arrancó una mierda dura, larga y pesada que sintió correr por el último palmo del intestino antes de cruzar el recto y caer a plomo sobre el agua estancada del retrete. Sintió un placer rayano en lo ancestral al notar como los músculos anales cerraban su agujero y la mierda dejaba de pesar en su cuerpo. Una sonrisa de satisfacción le cruzó el rostro mientras estiraba la mano derecha para sacar un par de palmos del rollo de papel higiénico que colgaba junto a él. Hizo un par de pliegues y con la misma mano derecha buscó a tientas el hoyo que debía limpiar. Actuó como siempre, con esmero cuidado de no dejar ningún pliegue de aquella carne, la más sufrida de todo el cuerpo, sucia. Tiró el papel y volvió a sacar una tira nueva. La dobló de igual forma y siguió limpiando allí donde recordaba que había finalizado la vez anterior. Cuando estuvo seguro, tiró el papel sucio y sacó otra tira para limpiar el interior del ano, pero apenas lo había rozado con los dedos (protegidos por la capa de celulosa) cuando una nueva contracción le advirtió de lo que venía.

Tiró el papel con rapidez y apartó la mano antes de que su ano se abriera y echara otra ristra más de excrementos procesados de la digestión, aunque esta vez, y a diferencia de la primera expulsión, sintió que la dureza había disminuido y chasqueó la lengua molesto porque sabía que ese tipo de mierda le dejaba el culo mucho más sucio. Ahora tendría que perder un par de minutos largos sacando papel y restregando la carne arrugada hasta dejarla impoluta.

Hizo los primeros pliegues de papel cuando la anguila volvió a moverse. Abrió los ojos con sorpresa pues no recordaba haber cenado tanto como para evacuar tres veces en una sentada, pero su culo se abrió como la puerta de una bóveda de seguridad y escuchó caer cuatro bolas densas de unos cinco centímetros de longitud por tres de grosor, a contar por la sensibilidad de su aparato excretor.

Cuando se aseguró de que la última bola había abandonado el intestino se complació inconscientemente, pues con el estómago bien vacío podría comerse un par de trozos de pastel de cumpleaños sin problemas. Eso lo alegró y retomó la labor de plisar el papel en porciones iguales a la palma de su mano para poder restregar el culo con ellas sin riesgo a mancharse. Era meticuloso en eso. Tras la primera (y peor) pasada, tomaba el papel sucio, lo doblaba de manera que la mierda quedara en la parte interior y se restregaba con la cara limpia con cuidado de no mancharse. Esa operación la repetía tres veces antes de tomar una nueva ristra de papel del rollo. Aún estaba mirando el papel tachado de marrón oscuro denso cuando sintió una nueva oleada que le salía de las entrañas. Tiró el papel al váter y se concentró en la llegada. Colocó ambas manos sobre los muslos y tensó la musculatura abdominal hasta abrir el esfínter. Recordaba haber leído años atrás que la defecación se contenía de la misma forma que se aguantaba el agua en una manguera doblada, al parecer había algún músculo que mantenía el depósito de la mierda cerrado y que cuando se abría era incontenible. Sintió como esa manguera cerrada se abría y casi pudo escuchar el recorrido en espiral de las heces. Esta vez fue mucho más rápido, como si las tres primeras cagadas hubieran limpiado las cañerías y las deposiciones bajaran limpias como los niños por el tobogán de un parque acuático.

A medida que sentía las tiras blandengues recorrer el músculo anal y caer a la letrina, se le ocurrió  que podría dedicar aquel trabajo, que si tenía un poco de paciencia iría encontrando motivos a los que dedicar aquel exceso de evacuación y pensó que quizá ese era el regalo que su cuerpo le estaba haciendo por el día de su cumpleaños, ir cagándose en todo lo que le había tocado las pelotas durante su vida.

Comenzó por lo más trivial y directo y dedicó aquel último chorro de heces a un imbécil del trabajo. Se le torció el gesto al pensar en él, un tipo prepotente y ambicioso que habían contratado un tiempo atrás como director de departamento y que todo lo arreglaba poniendo “negritos” que cobraran la mitad, valiente desgraciado, para ti va esta cagada, se dijo dando un último apretón. 

La experiencia le pareció magnífica, sintió un doble alivio inmediato, el que se había producido en sus intestinos y otro de igual magnitud en su cabeza. Pensó enseguida en otro motivo para aprovechar la mañana y le vinieron a la mente sus errores de juventud, cuando creía que todo lo sabía y que la única verdad existente era la que manaba de su entendimiento. Recordó las veces que había violentado a su entorno por culpa de su propia intransigencia y cuando apenas había acabado de arrepentirse, un flujo intestinal en forma de un cagarro de más de un palmo le atravesó el recto, el esfínter interior, el esfínter exterior, se asomó al ano y cayó como una bomba sobre el agua del retrete que ya acumulaba varios kilos de porquería.

La satisfacción fue de nuevo inmediata, tanto que incluso se molestó por no haberlo pensado antes. Cincuenta años cagando sin propósito, que desperdicio de mierda, pensó.

Se concentró otra vez y a la mente le vino un antiguo constructor que les había estafado cerca de cien mil euros, pero ni siquiera había conseguido recordar su nombre cuando dos explosiones cercanas a un estornudo anal pintaron de marrón todo el interior de la taza del váter.

Quim, que así se llamaba el hombre, cambió su sonrisa por una carcajada y siguió. Se acordó de los abusadores de la escuela, de los conductores imprudentes, de los matones, de los amigos que lo habían jodido en la vida (apenas una bolita cabrense), de la deslealtad y falsedad de algunos conocidos, de los charlatanes que prometían mil quimeras antes de acabar jodiéndolo todo, y la mierda caía a ráfagas de su culo al ritmo que iba visualizando cada uno de esos momentos. 

Su nombre completo era Joaquim Mer d’Ot, descendiente por parte de padre del desertor de una familia de marinos franceses que se había establecido en Cataluña durante la segunda guerra mundial, y de una buena familia por parte de madre de la que sólo se había mantenido el apellido después de que su padre y su abuelo, el abuelo y bisabuelo de Joaquim, se pulieran todo el patrimonio familiar. También a ellos les dedicó un par de deposiciones. 

Después comenzó a abrir la mente para equipararla a su esfínter. Amplió la lista de agraciados con los traficantes de armas, los de droga, los hijos de puta que vendían personas como si fueran kilos de garbanzos, se acordó de los jueces corruptos y de las mentiras infinitas de los políticos, y para todos ellos expulsó un par de cientos de gramos de mierda concentrada, dura y pura como la coca antes de cortar.

Todavía mantenía en su mano derecha el papel doblado al tamaño de su palma. Lo miró con atención y se concentró en recordar más casos que valieran la pena. Le vino la imagen de él mismo actuando con extrema dureza con su propio hijo y se dedicó una larga ristra de mierda. Pensó en su mujer, y en las veces que no había sido un buen esposo, y volvió a cagarse en sí mismo por tercera vez.

No conseguía recordar más agravios a pesar de lo mucho que se esforzaba. Le venían de nuevo los grandes males de la humanidad, pero si bien ya se había cagado en ellos, tampoco era un gran responsable directo de los mismos. Poco a poco fue desgranando su vida en fases, primero por grandes etapas, la niñez, la adolescencia, la juventud, su edad adulta y ahora los primeros minutos de la madurez. Después comenzó a seccionar esas etapas en partes más pequeñas mientras las piernas se le dormían presionadas por el plástico curvado del asiento del váter. Pensó en los años en que jugaba a fútbol, en algún niño que lo molestaba en los partidos, pero ni siquiera se arrancó un pedo con ese recuerdo. La adolescencia en sí misma había sido una gran mierda, casi como la de la totalidad de la población mundial, pero no supo visualizar ningún hecho destacable que mereciera una dedicatoria. En los años de juventud todo le había salido bien, había tenido éxito en el trabajo, con sus amigos, con las chichas, nada podía reprocharse de manera palpable más allá de su prepotencia. Las mayores cagadas se habían producido en sus años de adulto, pero las que recordaba ya las había mencionado y en el presente, salvo alguna situación del trabajo, todo lo demás era perfecto. 

Quim Mer d’Ot sintió que por primera vez su nombre tenía sentido y sonrió satisfecho. Comprendió a golpe de zurullo que en la vida apenas había tenido motivos para cagarse en nada y sí muchos para estar agradecido. En la habitación, sin ir más lejos, dormitaba su esposa ajena a la sinfonía orgiástica de mierda que se había dado, y en la habitación contigua descansaba su hijo, un chaval extraordinario. Tenía una familia magnífica, una vida milagrosa, una situación que lo convertía en un privilegiado. Estiró su mano derecha y se pasó el papel de celulosa por el culo. Lo sacó y vio que estaba limpio. Volvió a pasarlo un par de veces más y vio que en efecto, no quedaban restos de excrementos en el fondo blanco del papel. Sorprendido, tiró el papel al váter, se levantó y tiró de la cadena. Kilos de heces se removieron inquietos al sentir el flujo circular de la descarga de la cisterna y giraron enloquecidos hasta que el sifón del retrete se los tragó como la vida a la juventud. 

Quim se acercó a la ducha y se limpió a fondo todo el aparato excretor. Después volvió a la cama con su esposa y tras el almuerzo, se comió dos trozos de pastel de cumpleaños.


El Perú ya no está jodido


Miércoles, Abril 10, 2019


foto de Gladys Montolio.La primera vez que viajé a ese maravilloso país fue en el año 2003 y lo hice con un grupo de personas muy especiales de las que aprendí tanto que ni siquiera en una novela larga como La virgen del Sol caben sus enseñanzas. Aprendí a ser paciente (los que me conocen deben estar poniendo una cara de esas de ¿y cómo narices era antes si ahora dice que es paciente?), me comí un mango por primera vez en la vida, comprendí que todo está conectado, sentí el efecto mariposa en modo bofetada potencia tsunami y nací de nuevo, allí, entre sus rocas milenarias, sus cumbres imposibles y sus paisajes abrumadores.

En toda vida hay momentos y lugares que te cambian, y para mí el Perú fue el país en el que desperté. Como diría Piqué: “Perú, contigo empezó todo”.

Gracias a ese viaje me conocí a mí, y es curioso porque llevaba entonces treinta y tantos años viviendo juntos y casi no nos habíamos hablado, conocí de verdad a mi maestra, viví mi primera epifanía, me hice vegetariano y gracias a eso conocí a mi compañera, lo mejor que me ha pasado en la vida. 

También viví la miseria y la frustración.

Conocí gente que en tres palabras decían más que en una tertulia de radio, y sentí la infinita gratitud de haber gozado de todas las comodidades que me han sido dadas en la vida. Supe que ser hombre, blanco y occidental es por sí mismo una ventaja inconmensurable por la gran desigualdad en la que vivimos, y que justamente una parte de responsabilidad importante recae sobre esos hombres blancos y occidentales…, y compartí platos de patatas de mil colores y formas con personas que se las quitaban de su mísero plato para compartirlas conmigo.

Repartí todo lo que tenía y recibí cien veces más.

Muchas de estas enseñanzas intenté reflejarlas en La virgen del Sol, pero la gran mayoría intento que sigan escritas en mí, en mi forma de ser, de comportarme, de tratar a los demás.

Digo todo esto porque Perú, por más que le pese a Vargas Llosa, ya no está jodido, o por lo menos no más que cualquier otra parte del mundo, con la diferencia añadida de que estos días brilla con una luz más intensa, con la luz de sus letras, de sus autores y autoras, con la merecida luminiscencia que otorga el ser el país escogido en la Feria Internacional del Libro LACUHE 2019.

Por desgracia, y a pesar de que me hubiera encantado asistir, no podré molestar a nadie con mi presencia. No podré abrazar y reírme con Jorge, ni saludar a Gladys, Yorman, Jisell o Rosalía, no podré dar el beso que se merece a mi ángel de la guarda, Dilcia, ni conoceré a Rina ni a los otros autores que a la par nerviosos y entusiasmados, como lo estuve yo, tendrán la oportunidad de presentar sus escritos al mundo desde su ventana del Bronx.

Pido disculpas a todos por mi espantada, aunque seguiré todos los actos desde la cercanía que ofrecen las RRSS y prometo hacer lo posible por estar allí el próximo abril, ya con más de medio siglo a las espaldas y con una nueva novela bajo el brazo.

¡Mucho éxito, LACUHE!

Cuatro de abril


Jueves, Abril 4, 2019

Hoy es cuatro de abril otra vez, por vigesimoquinta vez, es cuatro de abril. Hoy hace veinticinco años que aquel puto cáncer te venció, que nos derrotó, que nos dejó sin tu presencia.

A partir de mañana mi vida sin ti será mayor de lo que había vivido a tu lado. Nadie debería vivir sin su madre.

En pocos días además voy a tener la edad que tú tenías cuando se te llevaron, y soy tan joven, mama, tan joven que no puedo imaginar lo que supuso para ti dejar la vida en el mejor momento, cuando nosotros ya éramos mayores, cuando podías vivir con tu pareja, cuando teníais, después de un montón de años de andar contando hasta la última peseta, cuatro duros en el bolsillo para disfrutar. La muerte es una mierda, es la peor condena posible, el castigo definitivo, el desastre absoluto, pero la tuya era sobre todo inmerecida, nunca te escuché desear el mal a nadie, siempre defendiendo los motivos de los demás, siempre poniéndote en sus zapatos, siempre enseñándome a ser mejor persona.

Me es difícil recordarte bien, la imagen de tu cuerpo vencido por la enfermedad, tus ojos negros y grandes llenos de tanta tristeza, los meses, días, horas que te arrancaban la vida sin tu permiso están clavados en el fondo de mi corazón y de la memoria. Sólo el no pensamiento permite ir pasando la vida. El recuerdo desgarra porque ni siquiera estoy seguro de haber sido un buen hijo y haber estado a la altura.

Pienso muchas veces en la muerte porque desde que se te llevó forma parte de mi vida como una sombra que anda siempre dos pasos detrás de mí, sueño con ella, me aterroriza, la veo y sé que está ahí, pendiente, y cuando pienso que viene a por mí me da pavor y me acuerdo de ti, de todo lo que te has perdido. 

No has podido conocer a mi compañera, te hubiera encantado, es dulce y también vino de fuera, como tú. Ni a nuestro ahijados ni a nuestro hijo, tu nieto, que es muy especial. Te hubieras muerto de risa al verlo, es muy buen niño, es un trozo de pan y yo no sé cómo hacerlo muchas veces porque no puedo preguntarte.

Mañana hará veinticinco años y un día que no estás con nosotros, aunque en verdad te fueras mucho antes porque nadie debería vivir los últimos meses de su vida como tú lo hiciste. Te fallamos, y la culpa anda pegada al dolor, pero no sabía más, no sabía qué hacer, sólo quería tenerte con nosotros, un día más, un minuto más, y tú lo hiciste, como durante toda tu vida, te jodiste por los demás, nos diste hasta el último aliento. No hay forma humana de pagar eso.

Sabes, lo que más recuerdo incluso por encima de la imagen de tu muerte son aquellas sobremesas antes de que empezara a trabajar, cuando me levantaba tarde y me iba contigo a la cocina, a molestarte mientras hacías la comida y después veíamos Falcon Crest. Me acuerdo que podía hablar de todo contigo, como aquella vez que te dije que ya podía dejar embarazada a una chica y me miraste con cara de saberlo antes que yo. Luego me explicaste… Te pienso siempre al lado del papa, en el sofá, echada en sus brazos después de cenar, con los platos por recoger y los dos quintos sobre la mesa. Mi hermana a un lado y yo al otro, y la Tina, o el Black, en el suelo… 

La vida ha seguido para todos menos para ti, y no nos ha ido mal, porque sólo le va mal al que ya no está, y hoy hace veinticinco años que no te dejaron seguir. Nadie sabe cuánto daría uno por verte un segundo más, por sentirte, escucharte, darte un beso o sencillamente tener una imagen nítida en la memoria. Ayer le explicaba a mi compañera que con cincuenta años lucías un cuerpazo de película, bikini blanco, pamela ancha, gafas de sol, y venías a la cancha de fútbol del camping a verme jugar, o a vigilar que no me metiera en líos, siempre desde un lado, junto a la Merche, pero sin armar ruido, como viviste, como viniste al mundo y como te fuiste, discreta y radiante.

Me cuesta seguir escribiendo porque el nudo y las lágrimas cada vez son mayores. No sabía si escribir esto para mí, para nosotros, o hacerlo público, y sí lo voy a compartir con mis amigos y lectores, porque también escribo novelas, mama, aunque estoy convencido de que lo sabías, y quiero que todo el mundo sepa que desde hace veinticinco años nuestro mundo se oscureció y se hizo más denso, que desde entonces los silencios han sido mucho más profundos, que la muerte me asusta hasta el punto de ni siquiera poder hablar de ella aún habiendo transcurrido tanto tiempo, pero sobre todo quiero que todo el mundo sepa que fuiste la mejor madre que un niño pudiera tener.

Nos quedaron tantas cosas por decirnos, tantas cosas por hacer… que ahora flotan como un halo de mierda siempre a nuestro alrededor. Sé que nunca las escucharás porque los que no somos creyentes ni siquiera tenemos la puta esperanza de vernos en un paraíso de nubes de algodón, pero te prometo que yo sí voy a intentar decirlas.

Ahora que soy Ángel María


Miércoles, Abril 3, 2019

Les veía casi siempre a la vuelta. Llegaban con sus vestidos coloridos, las gorras de visera corta a veces vueltas para atrás, los guantes con los dedos descubiertos y, cuando se bajaban, tapeaban con sus zapatos como si fueran bailarines de claqué. Sólo les veía cuando regresaban porque salían muy temprano, demasiado para un niño de mi edad, pero cuando desayunaba con mi hermana y mi madre en la mesa de madera de la parcela, bajo el toldo que colgaba del avancé, subían por la calle del camping montados en sus armaduras flacas, de tubos pintados, agarrados a aquellos cuernos curvados como jinetes de avestruces. Las ruedas grandes, mucho más grandes que las nuestras, delgadas, apenas de un par de centímetros de grosor, y un juego de platos y piñones que hacían restañar con elegancia tirando de pequeñas palancas pegadas al tubo principal del cuadro, justo encima de donde llevaban pegados, como un perezoso a un árbol, botellines de agua con publicidad de bancos y cajas. 

Después, al cabo de las horas, les volvía a ver en pantalones cortos o bañador, siempre sin camisa como todos los hombres del camping, rodeados de sus familias y armados con una paleta frente al fuego de una barbacoa en la que asar carne, sardinas o cocinar una paella, atendiendo con una sonrisa a los otros hombres que pasaban frente a sus parcelas y les preguntaban a dónde habían ido aquella mañana. Ellos, ufanos, respondían con nombres de pueblos que en mi mapa imaginario eran imposible de colocar, aunque sabía que eran lugares lo suficientemente lejanos como para que ninguno de nosotros pudiera ir allí sin permiso.

Guardaban sus bicicletas dentro de los avancés, protegidas de las miradas ajenas y de los niños que nos volvíamos locos por tirar de las palanquitas que movían los piñones como si fueran las marchas de un coche, de pegarnos a aquellos manillares que se recogían en sí mismos como conchas de un caracol o de meter nuestros piececillos bajo las tiras de cuero que ataban los zapatos a los pedales y quedarnos pegados a aquellas bicicletas que el resto del mundo sólo veía por televisión durante las calurosas siestas estivales.

Me acuerdo especialmente de Ángel María, y de su hijo, al que nunca vi interesarse por la bici de su padre como hacíamos todos los demás. Era un señor andrógino, de cuerpo poco definido, pero que se metía entre pecho y espalda cientos de kilómetros para desconcierto, o asombro (y algo de envidia) del resto de hombres de la cuadrilla. Ángel María se levantaba casi de madrugada, junto a otros dos o tres compañeros, y recorrían las carreteras comarcales de Tarragona y alrededores a bordo de aquellas bicicletas imposibles. No era de los que iba a la playa cargado con su hamaca y sus sillas apenas salía el sol para plantar la sombrilla, ni tampoco de los que se levantaban a las once o las doce del mediodía haciendo valer el único pecado al que un trabajador tiene derecho en vacaciones, la pereza. Ángel María tenía otra afición, otra vida. Entre semana vestía su uniforme de hombre formal, de empleado de banca o de una compañía de seguros, no lo recuerdo muy bien. Era alto, con barriguita, y esa pinta de sedentario al que le sienta la ropa como si se la hubieran lanzado desde un par de plantas más arriba. Caminaba tranquilo, siempre con una sonrisa medio bobalicona en el rostro, y apenas llegaban sus días libres, cambiaba aquellos ropajes grises por vestidos pintorrejados de mil marcas publicitarias como si fuera un ciclista profesional de Kelme o Kas. Siempre que pasaba a mi lado me sonreía con aquella beatitud y metía la mano en mi cabeza para revolverme la melena. Quería que jugáramos con su hijo, que fuéramos sus amigos, algo que nunca pasó.

Hace apenas un par de meses que he comenzado a ser Ángel María, ahora soy yo quien se viste con colores chillones (menos que él porque aún tengo en mi recuerdo la imagen que me despertaba), que se levanta los domingos como si fuera un lunes, que se calza un casco de rejilla en lugar de una gorra blanda de visera corta, que me pongo los guantes sin dedos, el botellín de agua pegado al cuadro de mi bici, y que salgo a hacer kilómetros como si alguien me pagara por ello. Ahora soy yo quien sale a sufrir bajo el calor del verano eterno del trópico, quien suda y vuelve con su bicicleta de mil gadgets, de un montón de platos y piñones que hago restañar con los pulgares como trucos de un agente secreto británico, y que paso despacito por las calles del residencial como hacía Ángel María por las calles del camping.

La única diferencia, más allá de las formas que el ojo ve y de que en vez de rutas yo pedaleo por caminos rurales, es que mientras preparo la paella del domingo, mi hijo limpia mi bicicleta admirado, toca todas las palancas vigilándome de reojo para que no le regañe, hace ver que se sube (porque aún no llega), que corre en ella, y se levanta a la misma hora que yo para pedirme, domingo tras domingo, que lo deje venir, que lo deje acompañarnos como si fuera el Timbaler del Bruc por los caminos de La Altagracia. 

Paciencia hijo mío, que a mí me ha costado cuarenta años ser Ángel María.

Cinco noches con Julia


Lunes, Marzo 25, 2019

Mi padre, mi madre y yo.
Por fin, tras meses de haber finalizado Anacaona, la última princesa del Caribe, quería comentar que mi próxima novela se encuentra en el último tercio de su escritura. 

No es una novela como las que he escrito, de hecho es casi opuesta a mis anteriores obras, pero me encuentro en el momento justo para escribir una historia de calado más urbano e intimista. Una obra en la que se mezclan realidad y ficción para construir una vida que no fue, pero que perfectamente podría haber sido y con la que estoy convencido de que muchos os sentiréis identificados. 

Es una obra que no podría haber escrito antes, y que difícilmente podré escribir dentro unos años, pues el punto actual de la mitad de mi vida, o por lo menos de lo que debería ser la mitad cronológica de una vida, es el momento justo para explicar lo que ocurre en Cinco noches con Julia. Ese espacio en el que la experiencia de lo vivido pesa en la mochila lo mismo que la inocencia de la esperanza por lo que ha de venir. He escuchado muchas veces que llega un momento en que la vida deja de darte para empezar a llevarse lo que te había regalado, lo que te habías ganado, o lo que te tocó en la tómbola, y si bien estoy convencido de que ese momento llegará, no es menos cierto que no lo ha hecho todavía y que para escribir una novela como Cinco noches con Julia era absolutamente necesario el equilibrio en una vida adulta.

Estoy seguro de que a muchos les sorprenderá, en especial a los más allegados, pero creo que está quedando una obra compacta, serena, razonablemente bien escrita y que obligará a los lectores a asomarse al espejo de sus decisiones.

Tenía ganas de explicar esto, de hacer saber que más letras vienen en camino y que la ilusión por ser un cuentista profesional sigue intacta aún a pesar de las dificultades, de la constatación de la falta real de talento y del pavor que me supone vivir de lo efímero, pero no hay más camino, escribir es un negocio que se aprende como la mayoría, haciéndolo, y que como esa mayoría requiere de mucho trabajo, esfuerzo, de una pizca de suerte y de estar rodeado de gente que te ayude. De algunas voy justito, para qué nos vamos a engañar, talento así, así, soy más vago que el sastre de Tarzán y a la mínima me quedo mirando a las musarañas o pegado a un vídeo de Messi en YouTube, pero de lo otro voy sobrado, pues suerte tengo a raudales y estoy rodeado de la mejor gente del mundo, además, cuando lo prosaico está asentado lo sutil es una exigencia.

En el tintero flota una novela de aventuras, la segunda parte de El péndulo de Dios, pero que necesita de la cercanía del gran (y admiradísimo) Cerrada y sus conocimientos de esgrima..., aunque esto es otra historia.

Los cinco minutos de Andy Warhol


Jueves, Marzo 21, 2019

Define la RAE el verbo gerenciar de la siguiente forma: gestionar o administrar algo. Para estar seguro, he buscado inmediatamente la definición de gestionar y el resultado es éste:  
  1. tr. Llevar adelante una iniciativa o un proyecto.
  2. tr. Ocuparse de la administración, organización y funcionamiento de una empresa, actividad económica u organismo.
  3. tr. Manejar o conducir una situación problemática.
Y es curioso, porque tras leer los tres puntos varias veces no he sido capaz de encontrar las palabras humillación, abuso o narcisismo en la definición. 

Cuando trabajaba en Barcelona (hace algún tiempo, como dice la canción) lo hice en una empresa de distribución que contaba con una flota importante de vehículos y chóferes. Recuerdo a uno de ellos, una gran persona pero de espíritu pobre, apocado, incapaz de levantar la voz o la mano a nadie. Un currito, un pobre hombre que lo único que tenía era corazón. Un tipo al que todos usaban en sus bromas sin que jamás hubiera un mal gesto por su parte. Algunas tardes al finalizar su jornada regresaba en la furgoneta acompañado por su hijo, supongo que lo recogería del colegio a última hora o algo así, y algunos compañeros, incluso jefes directos, se reían y continuaban sus bromas incluyendo en ellas al chaval, “tu padre no sé qué y tu padre no sé cuántos”. Por aquel entonces yo era uno de los directivos importantes de la casa y una tarde que lo vi llegar salí a recibirlo a la puerta. Le di la mano y tratándolo en todo momento de usted le pregunté cómo le había ido, le hice saber lo importantísimo de su labor en la empresa, de lo mucho que le debíamos y le hice un par de preguntas sobre cómo debía hacerse algo del trabajo. El tipo me miraba y abría los ojos como platos mientras su hijo se le agarraba de la mano como si se tratara de un cable colgando en un precipicio. El chófer me siguió un poco el juego con más miedo que entendimiento, recogió sus cosas y se fue a su casa con su chaval. Al día siguiente, apenas llegó, subió a mi oficina y me abrazó.

No cuento esta anécdota como muestra de lo buena persona que era, pues ni lo era ni lo soy. Unos años antes de lo que acabo de explicar iba, junto a Álex, un amigo que si lee estas letras seguro que lo recuerda, a un gimnasio en Sabadell. Era un gimnasio del centro de la ciudad, uno de esos de alto copete con pistas de squash, saunas, piscinas, baños turcos, etc., y casi cada día al finalizar nuestras rutinas coincidíamos en el vestuario con un señor mayor que nosotros de origen no recuerdo si andaluz o castellano, pero en todo caso aficionado y militante activo del Real Madrid, en una época además que lo ganaban todo. Una tarde que me sentía inspirado, y apenas le vi volver de su partida diaria de squash, comencé a comentar con Álex, en un volumen suficientemente alto como para que me escuchara, lo absurdo de vivir en Cataluña y ser del Madrid, la vergüenza que deberían sentir, y una cantidad de barbaridades repugnantes, impropias, xenófobas, indecentes e imperdonables que lancé por mi boquita con el único fin de hacer gracia a los cuatro amiguetes que andábamos por allí. El hombre, que se limitó a mirarme de refilón como si oyera una música lejana intentando reconocerla sin demasiado interés, se duchó, se secó, se cambió (a poco menos de un metro de nosotros) y se fue. Cuando salió todos reímos, yo con el pecho henchido de orgullo pues el viejo no se había atrevido ni a respirar ante mi  labia y arrojo. Digno ante la humillación de la que aún hoy siento tanta vergüenza, tanta tristeza, tanto asco de mi actitud que ni treinta años de arrepentimiento han servicio como penitencia, el hombre se fue a su casa quizá con ganas de partirme la cara, o quizá con la certeza de que las palabras de un imbécil no eran motivo suficiente para sentirse afectado.

Explico esto porque llevo días haciendo memoria retrospectiva y no recuerdo en mi trayectoria laboral, treinta y cuatro años para ser exactos dirigiendo equipos de trabajo, haber humillado a nadie aprovechándome de mi cargo o de su necesidad. El caso del señor del Real Madrid, que me avergüenza doblemente por mi actitud asquerosa y por la falta de valor para pedirle disculpas en su momento, fue por impresentable, por imbécil y maleducado, pero no recuerdo haber hecho algo parecido aprovechándome de mi cargo.

Por supuesto en todo este tiempo he cometido errores, mi memoria dulcifica y esconde mis malas decisiones, y estoy convencido de que habré sido injusto en más de una ocasión, que hay quien no me querrá ver ni en pintura porque alguna de mis decisiones le habrá causado daño, espero que también haya de lo contrario..., pero llevo dos días haciendo memoria y no recuerdo que como director haya humillado a propósito a ningún compañero. Es más, siempre he despreciado profundamente a los jefes que lo hacían. Y lo he visto hacer, muchísimas veces, no me lo han hecho (o no he dejado que me lo hicieran), y me entristece profundamente cuando en pleno siglo veintiuno todavía veo directores y directoras, por usar el lenguaje inclusivo, cuya forma de solucionar las situaciones laborales está basada en la venganza o la humillación al necesitado. Pienso en estas ocasiones que probablemente, como ocurre con el maltrato infantil, sus actitudes estén forjadas por las propias experiencias, que en algún momento de sus carreras profesionales alguien les humilló y ahora tengan la necesidad de resarcirse o piensen que esa es la forma correcta de gestionar. 

No comprendo qué bien o qué satisfacción se obtiene golpeando a alguien con la fuerza del cargo y personalmente lo asimilo más a la maldad que a otra cosa. O eso, o es que la adrenalina del poder es más placentera que la melatonina del sueño plácido.

Hace unos días publiqué un decálogo de lo que para mí era ser un buen gerente, y con toda honestidad siempre he intentado mantenerme atento a estas normas, de hecho, ojalá este post sirviera para que si alguien cree que no lo he hecho me pusiera en mi sitio, pero si yo tuviera una empresa y viera a un mandatario gritarle a su familia, humillar a un trabajador, tomar venganza contra personas que incluso ya ni están en la compañía o hablar mal de terceros en su ausencia, inmediatamente lo apartaría de mi equipo porque en una organización de seres humanos (aunque se dediquen a ganar dinero) no deberían tener cabida las malas personas ni las malas actitudes. 

Por desgracia, muchas veces estas cosas se aplauden porque se ven como fortalezas de dirección, como capacidades de mando, de mano dura, de establecer jerarquías, de aviso a navegantes, como decía aquel jefe, pero para conseguir el respeto jerárquico hay muchas herramientas que no incluyen la humillación o el abuso de poder. Quizá la inmediatez, la presión por conseguir resultados, la violencia del mercado, de la competencia, ese modo tan despreciable de marcar paquete para subir puestos en el organigrama, validen actitudes de esta calaña, pero a la larga las empresas que las toleran o las aplauden acaban llenando sus staffs a partes iguales de pusilánimes y abusadores, por un lado gente que se cree que lo sabe todo y que puede hacer lo que le dé la gana, y por otro gente que les da igual lo que les digan porque no les importa un pimiento nada que no sea mantener su salario todos los meses.

Es curioso también como a la gente se la va conociendo cuando tienen dinero o cuando sienten la empuñadora de la vara en sus manos, y dicen que el dinero o el poder cambian a las personas pero no es cierto, el dinero y la sensación de poder (pues el poder per se es una ilusión) lo que hacen es mostrar la realidad de las personas, mostrar el verdadero vestido del emperador, por eso todo el mundo debería tener no cinco minutos de fama como decía Andy Warhol, sino a cinco minutos de ser rico o sentirse poderoso. ¡Anda que no nos íbamos a reír!

Manuel y Hermes -Entrevista-Jordi Díez


Viernes, Marzo 15, 2019





Por si es de interés, comparto la entrevista que tuve el honor de disfrutar ayer en el programa Manuel y Mermes, de Canal 4 RD, uno de los canales oficiales de la Corporación Estatal de la Radio y la Televisión Dominicana. Desde aquí agradezco profundamente a Hermes y Manuel Meccariello​, así como a todo el equipo de producción, y a Alejandro que lo hizo posible, el maravilloso trato recibido. ¡Muchas gracias a todos!

Para vosotros, amigos y lectores, espero que os agrade la entrevista y si estáis interesados en saber más sobre mis novelas podéis seguir este link -> http://author.to/JordiDiez 

Una historia del camping


Viernes, Marzo 1, 2019

A raíz de un post que colgué hace unos días en mi muro de Facebook, un amigo de la infancia, mi mejor amigo de la niñez me atrevería a decir y protagonista de la foto adjunta, me hizo el comentario de que debería escribir algo sobre nuestras aventuras de cuando nuestros padres nos soltaban durante los meses de verano en un camping para que nos asilvestráramos como los animales salvajes que éramos. Para los que no estén muy avezados con la cultura vacacional de la edad de hierro, los niños entonces se dividían entre los que no tenían vacaciones, los que iban al pueblo, los que no tenían pueblo, los que iban a donde los invitaban, los que íbamos de vacaciones a un camping, los que podían ir unos días a un apartamento, los que se alojaban en hoteles, los que tenían una residencia de verano y los que viajaban al extranjero, que eran una minoría tan mengua que jamás conocí a ninguno. 

Pensando en las palabras de amigo, en verdad no acostumbro a escribir de mi niñez porque fue maravillosa, no podría detallar más allá de eso, tengo la fortuna de haber tenido unos padres magníficos, aunque la desgracia se cebara arrebatándonos a mi madre, una hermana tolerable (¡es broma!, amo a mi hermana y es un ejemplo para toda la familia), amigos por doquier, fui un niño aceptado, sin problemas de acoso, de personalidad o autoestima. Sacaba buenas notas, jugaba a fútbol (mal, pero nunca tenía problemas para ser escogido en las primeras tandas del piedra, papel o tijera), cada cumpleaños, navidades o la fiesta que fuera mi familia sabía que el mejor regalo que me podían hacer eran libros y tenía la habitación repleta (libros que aún guardo en su mayoría), unos abuelos maravillosos, éxito en la línea media con el sexo opuesto, era valiente, lenguaraz, ágil y un poco (muy) cabrón. Vamos, lo que cualquiera llamaría una infancia perfecta.

Sin embargo, y como consecuencia del comentario de mi amigo, comencé a rememorar algunas de las aventuras que vivimos en aquellos veranos de bañador, bocadillos de chorizo, bicicletas, fútbol, playa, piscina, amigos y libertad, mucha libertad, toda la libertad. 

Me ha venido a la memoria, por ejemplo, de un día en que decidimos arrancar los cuatro o cinco amigos con nuestras bicicletas para ver si éramos capaces de llegar a Tarragona. Nuestro punto de veraneo era el camping Santa Eulalia, situado en Altafulla, un pueblo precioso en la costa dorada catalana, y que dista de la capital tarraconense unos diez o doce kilómetros, veinte contando entre la ida y la vuelta. Un desafío portentoso para niños de diez años. Recuerdo que lo planificamos a la perfección, botellas de agua, algo de comer, y pa’lante. Sólo había un pequeño problema, el único camino que conocíamos era el arcén de la carretera nacional N-340, una vía rápida por la que los coches, camiones, y cualquier bicho motorizado pasaba a toda velocidad pegadito a los cuatro locos que pedaleábamos por el arcén más felices que si nos hubiera tocado la lotería. Al final no llegamos a Tarragona porque uno del grupo se asustó y al cabo de unos kilómetros de aventura echamos para atrás, pero la experiencia quedó en nuestras memorias para siempre.

Me acuerdo también de una barca vieja que encontramos y que llevamos cargada a lomo hasta el camping para arreglarla y salir a navegar. La bautizamos como la Perca, la Parca, la Troncha, la Ruca, la Merca, la Tranca, la Pinca, … no me acuerdo, pero era una barca reventada por todas partes a la que le pegamos tablones, maderas, clavos por doquier, bolsas de plástico y no sé cuántos inventos más para que flotara y nos permitiera viajar (más en la imaginación que en cualquier otro medio) surcando las olas de costa a costa. Cuando entendimos que ya estaba totalmente reparada en nuestros astilleros campiles, la llevamos hasta el mar, de nuevo a lomo, y la botamos. En pocos minutos se nos llenó de agua y se hundió a pesar de nuestros esfuerzos por achicar agua con cubos en forma de castillo almenado…

Y cómo olvidar los primeros años de adolescencia, cuando recuperamos una vieja caravana abandonada y la tomamos como cuartel general. No puedo explicar más de este tema…

Los partidos de fútbol contra los niños del pueblo y de los campings vecinos, las carreras de natación, los campeonatos de Risk o las excursiones en bicicleta hasta el faro o el pueblo de Tamarit conforman el paisaje de los veranos de mi infancia. Una etapa de mi vida, como decía al principio, maravillosa.

Sin embargo, y dando cuerda al reloj de la memoria, me ha venido un episodio que creo que me ha ayudado mucho en la vida.

Por aquella época no era extraño que los cumpleaños de alguno de los niños del grupo cayeran en época de vacaciones. O incluso si no caía en los meses de verano, como la mayoría de los fines de semana también los pasábamos allí, nuestros padres aprovechaban para celebrarlos con el grupo. Organizaban una pequeña fiesta en la tienda o en la caravana del agasajado y el resto de niños acudíamos con algo de picar y un regalo. Por aquel entonces yo me tenía en una alta autoestima, de hecho ése ha sido uno de mis mayores hándicaps, y es que siempre me creí capaz de hacer cualquier cosa porque el mundo giraba alrededor de mi ombligo… Por fortuna, y nos guste o no, la vida acaba poniendo el ombligo de cada cual donde le corresponde, pero en aquel momento el mío estaba en su lugar como epicentro indiscutible del universo.

Explico todo esto porque entonces tenía la certeza de que los regalos que escogía para los otros niños eran magníficos, los mejores (y honestamente aún lo recuerdo así) pues los seleccionaba con el mayor de los cariños. Íbamos todos los niños en procesión, en bañador y zapatillas o sandalias, unas espantosas de tiras de plástico con una hebilla que además de hacerte una herida en el empeine, se oxidaba a las primeras de cambio (la chancleta en aquella época prehistórica aún no se había implantado, lo que no afectó de manera negativa en nuestros cerebros como ha sucedido con las generaciones siguientes), todos cargados con nuestros regalos y el paladar saboreando el sucedáneo de Coca-Cola y el pastel.

Un día me tocó a mí, yo iba a ser el agasajado. Mi cumpleaños no caía (ni cae) en verano, pero supongo que junto a mis padres decidiríamos celebrarlo en un fin de semana de camping. Toda aquella semana estuve haciendo cábalas de los súper mega regalazos que me iban a traer mis amigos. ¡Qué menos si yo era el que mejores regalos les había hecho a ellos por años! Llegó por fin el día, y mi madre armó una mesa de plástico en la parcela de la roulotte con patatas, ganchitos, almendras, rebanadas de pan Bimbo cortadas en cuatro trozos ungidos de Nocilla y La Piara, chorizo enrollado con palitos de queso y bebidas azucaradas. Normalmente estas fiestas se hacían después de comer, así recuerdo la prisa por armar toda la intendencia y los nervios de la espera. Por fin, a eso de las cinco de la tarde, comenzaron a venir algunos niños. Los primeros sin regalos. Esperé a que llegara el grueso, incluidos los que eran mis amigos, aquellos con los que compartíamos fines de semana y meses de verano. Uno de ellos me trajo un comic, un tebeo como los llamábamos entonces, de Astèrix. El resto no trajo nada.

La decepción fue enorme, bíblica, un armagedon en la línea de flotación. No lo podía entender. Aún hoy, mientras escribo estas líneas me cuesta… No era tanto el que no me hubieran hecho regalos, la decepción estaba en el hecho de que no me consideraran, que no me vieran como yo me veía a mí mismo. Ellos no creían que yo fuera un tipo genial, no veían en mí el campeón que yo creía ser, el niño al que todos adoraban. Sencillamente, era uno más, y muy probablemente uno al que soportaban por los motivos que fueran, porque estaba siempre, porque tenía un balón, porque mi hermana era una chica, porque jugaba de portero, porque no era ni del Barça ni del Madrid, yo qué sé por qué, pero lo que sí comprendí de golpe, y de ahí lo de la lección, fue que uno no le puede gustar a todo el mundo. Uno no puede hacer las cosas esperando la recompensa. Uno no puede esperar nada de los demás. Uno es uno, y como tal está solo en la vida.

Comprendí, porque además de ser el ombligo de mi universo no soy tonto del todo, que cualquier cosa que uno espere de los demás siempre se convertirá en una decepción. Yo tuve mi fiesta, vinieron todos los niños, mi madre se esmeró, mi padre y mi hermana estaban allí, pero yo esperaba más, lo que pasó no fue suficiente, y no porque no lo fuera persé, sino porque yo tenía la expectativa de mucho más. Por supuesto seguimos siendo amigos y como niños la decepción duraría como mucho aquella noche, aunque la lección me haya valido hasta hoy.

Desde entonces no recuerdo que me haya vuelto a ocurrir algo parecido. Todo el que me conozca lo más mínimo sabe que soy un espíritu más bien alegre, una persona feliz, pero aprendí a no esperar nada de nadie. Lo que llega, como el amor de mi mujer o nuestro propio hijo, bienvenido, me produce una felicidad infinita, pero nadie tienen una obligación conmigo, nadie me debe nada. El día que ellos, o cualquiera que comparta mi vida, no se sienta bien a mi lado es libre de irse para otro sitio. Cuando gana la Penya o la Real, como nadie lo espera, son victorias que saben a gloria. Y en esa aceptación alegre de la vida me he mantenido casi siempre…

Y esta es la historia de niños, no sé si es la que esperaba leer mi amigo, ni siquiera sé si la recuerde o la recuerde como yo la he explicado, pero así es como la viví, y no ha pasado un solo cumpleaños que no dé gracias por aquel maravilloso regalo.

Si 1Q84 se hubiera escrito en ROMA


Lunes, Febrero 25, 2019


Resultado de imagen para 1q84Anoche acabé, después de maratonianas jornadas de lectura, “1Q84” de uno de mis escritores preferidos, Haruki Murakami, y lo cierto es que creo que a mi edad ya no debería perder el tiempo de esta forma.

Creo que el señor Murakami, que me ha hecho disfrutar de una manera brutal con su Norwegian Wood (Tokyo Blues), cargó la batería de su computadora con plutonio y se puso a escribir una trama sin pies ni cabeza en la que continuamente da trazas de su talento, descripciones espectaculares, personajes magníficos, escenarios “murakámicos” extraordinarios, pero en la que a la hora de ligar todo eso le falló la mano del mortero y le salió un all i oli aguado, insípido, inconexo e inacabado. Mi abuelo, que en paz descanse, y que era el encargado de hacer el all i oli en casa, cuando le salía mal siempre decía que era porque alguna mujer con la regla había entrado en la cocina, jejeje, no sé si ha sido este el caso del señor Murakami, pero la verdad es que dentro del despropósito de la trama añadir un elemento escatológico al estilo del caca, pedo, culo, pis es lo único que le habría faltado.


Y si bien como decía hay algunas descripciones, personajes y pasajes de la novela que son impresionantes, como la noche que pasan juntos Fukaedi y Tengo, de la misma forma uno se pregunta qué narices pasa con la primera, o qué ocurre con el detective, el padre, Vanguardia, la amante de Tengo, el editor, el profesor, y todo el reguero de personajes que aparecen en la novela, que cobran una dimensión importante en un momento y que de repente desaparecen, pero no porque les pase algo, sino porque parece que el autor se olvide de ellos… ¿Cómo puede aparecer un personaje, amenazar a uno de los protagonistas durante varios capítulos, y de repente no salir más ni el, ni la amenaza, ni nada que se le parezca? 

No sé…, me encanta como describe el señor Murakami, pero creo que en 1Q84 o bien nos ha gastado una broma, o ha querido hacer algo que no le ha salido bien, o ha dejado todo en el aire para ir estirando el chicle del proyecto y así seguir vendiendo miles de libros, de verdad que no tengo idea. Ahora bien, de lo que sí estoy seguro es de que si alguno de los autores independientes, por nombrarnos de alguna manera, hubiéramos escrito esta novela no habríamos encontrado editorial en el mundo que la quisiera publicar y las ventas se contarían en base a los familiares y amigos que se la hubieran descargado por compasión.

Además es curioso, porque justo he acabado esta historia la noche en que la película ROMA ganaba un par de Oscars. Está bien, más allá de que la película me parece soporífera, me alegro por su director, por todos los mexicanos de bien que se sienten identificados, así como por los laboratorios de blanco y negro, que deben haber pasado mucha hambre en estos últimos años, pero no dejo de ver un cierto paralelismo entre 1Q84 y ROMA, pues en mi opinión ambas están extremadamente sobre dimensionadas y dudo mucho de que ninguna de ellas aguante el paso del tiempo. Recuerdo que hace algunos años, cuando Steven Spielberg no había ganado aún ningún Oscar decidió hacer una película lacrimógena en blanco y negro y se llevó sus primeros muñequitos dorados, como The artist, un bacalao infumable del que nadie ha vuelto a hablar y que ni siquiera repiten en televisión. Recuerdo también que justamente ésa fue una de las primeras advertencias del señor Moisès Serra en su curso de fotografía, “una mala foto no se arregla ni pasándola a blanco y negro”, pues eso, tomando las palabras del insigne fotógrafo sabadellense, una novela pesada e inconclusa no se salva ni aunque la haya escrito el eterno aspirante a Oscar, perdón, a Nobel.