La mirada curiosa


Martes, Febrero 19, 2019


Fotografía: Fernando Baños
Siempre he sentido una curiosidad innata, intensa e incontenible por los demás. No puedo evitar preguntarme cosas de la gente, intentar adivinar sus vidas, qué esconden tras los vestidos de la supervivencia diaria.

No puedo evitar pensar en qué hará tal o cual persona cuando está sola, cuando se acuesta, cuando interactúa con su familia, con su pareja, cuando se masturba, cuando está en el baño, ¿canta en la ducha?, ¿ve vídeos graciosos por Internet o está enganchado al porno?

Cuando entro en una reunión importante, rodeado de políticos o grandes directivos, siempre me los imagino en sus zonas de seguridad, cruzando la puerta de la última habitación que los protege, allí donde ya no son nada más que un cuerpo atado a una mente con los mismos miedos, o no, con los mismos anhelos, o no, y con las mismas necesidades, o no, que todos los demás. Hace muchos años leí en un baño, cuando la gente era libre de la dictadura de lo políticamente correcto y todavía escribía en las puertas de los baños, un poemilla que decía algo como “caga el rey, caga el papa y de cagar, nadie se escapa”, y esta coplilla escatológica es más cierta que la ley de la gravedad newtoniana. 

Reconozco mi voyeurismo, me encanta descubrir los secretos de los demás, y no me refiero a lo que tienen, a cómo viven, a sus gustos, religiones o preferencias sexuales, porque todo eso pertenece a la carcasa de la persona. Lo que me atrae es lo que se esconde detrás de todo disfraz, cómo es el fraile cuando se quita el hábito, cómo queda  la mona cuando ya no viste de seda, cómo son los secretos, ¿tristes o sórdidos? Desconfío de la gente que no habla de su pasado, que no lo incorpora como algo natural a sus conversaciones, desconfío de aquellas personas que en presencia de sus parejas no hablan de según qué, y que van variando el discurso de manera sustancial dependiendo del entorno en el que se encuentran.

Desconfío de los que aseguran haber sido o de los que afirman continuamente serlo, porque esa es la mayor prueba de que ni han sido ni son una puta mierda. Fachada, carcasa y la seda de la mona.

Me gusta compartir con la gente que te mira a los ojos y te dice “aquí está todo, búscalo”, me fascina observar a las personas en sus espacios íntimos, cuando interactúan en un aeropuerto, cómo comen, cómo tratan a sus hijos, la forma en que se abrazan a sus parejas cuando nadie los ve o cuando no les importa un pimiento que los vean. Huyo del escaparatismo, de los que se esconden  tras un cargo, un uniforme, una religión o una bandera. Me acojona el que se envuelve en dinero para que los demás se cieguen con su brillo. Me aterroriza el que siempre sonríe, el que habla en diminutivos, el que es amigo de todo el mundo, el que te pregunta por la familia con una sonrisa mientras su vista ya ha pasado de largo y busca otro objetivo. Quisiera verlos por un agujerito, ver cómo son las vedettes cuando se quitan las plumas, la cara del payaso sin maquillaje, saber cómo se comporta el jefe cuando cuelga el teléfono, ¿te insulta, sonríe, te ignora…?, observar desde un rincón de la cocina al indigente sentado en el apartamento social que le ha donado el ayuntamiento, ¿echa de menos la calle?, estas son cosas que llenan por horas mis pensamientos.

Lo curioso es que de tanto en tanto la vida me premia con sorpresas magníficas como una cena a la que me invitaron hace unos días y donde tuve la fortuna de conocer a alguien y verlo casi por el ojo de la mirilla. Una persona ejemplo de vida, uno de esos motores cargados en la niñez con plutonio, incombustible, un don nadie que creció a base de esfuerzo, que ha aceptado sus miserias, que se encumbra en ellas una vez comprendidas, que se ha arruinado y bañado en dinero, que ha tenido verdadero poder en sus manos y ha estado sometido a él, una vida de luces y sombras que muestra con no disimulado orgullo. Un maestro de esos que a pesar de saber casi todo, todavía pregunta a los alumnos para seguir aprendido, esa gente me gusta, con ellos me siento cómodo aunque no tenga nada que aportarles. 

Y por eso a veces, cuando veo alguna de esas películas ridículas de Hollywood en las que un personaje se convierte en espíritu y ve todo lo que ocurre a su alrededor sin interactuar con el entorno, pienso que me encantaría que me pasara a mí, ser yo ese ectoplasma incorpóreo chafardero que todo lo sabe y que a nadie molesta…, aunque si lo pienso bien creo que hay un problema insalvable, ¡los espíritus no pueden teclear (que se sepa)!

Recuerdos compartidos


Lunes, Febrero 18, 2019

¿Qué hacemos con los recuerdos compartidos con alguien a quien no queremos recordar? Llevo días haciéndome esta pregunta a raíz de una separación un tanto traumática que está viviendo una amiga. 

La de ella es una de esas separaciones feas, con reclamaciones absurdas y todos los reproches del mundo. De esas con actitudes desafiantes, chulescas, violentas en las formas, revanchistas, y que acaban con una vida compartida de golpe, pero que no contentas con eso, además la trituran, la incineran y la entierran bajo una tonelada de mierda que han decidido echar encima.

Y por eso hace unos días que me asalta la pregunta de qué hacer con todos los recuerdos compartidos cuando una relación acaba mal.

En mi vida he pasado alguna vez por esto, como todo el mundo, y si bien no fui un ejemplo y cometí errores que hoy me atrevo a pensar que no volvería a repetir, no recuerdo haber sido violento o querer aprovecharme de las circunstancias de la otra parte, porque una cosa es el final y otra dinamitar todo lo vivido. Y aún así no salió bien, porque estas cosas nunca (o casi nunca) salen bien. Recuerdo sí malos momentos, mentiras, falsas expectativas basadas en lo pasado y no en lo que había de venir, recuerdo un vacío infinito, una tristeza brutal elevada a la enésima potencia el día que toca firmar ante notario el final de todo, la prueba definitiva de que la vida como la conocíamos hasta ese día acababa para siempre. Recuerdo el apoyo de la gente, la paciencia generosa de los propios aguantando una y otra y otra vez la misma historia, los mismos comentarios, el bucle sin fin que supone hablar de una separación. Recuerdo llamadas de madrugada, reproches, llantos, acercamientos al entorno de la pareja en busca de cualquier información sobre su estado, vigilias en el coche ante la puerta de la casa cocido en el caldo de la tristeza, la rabia, la curiosidad y la necesidad, pero no recuerdo haber sido violento más allá de algunas palabras que me podría haber metido en ese agujerito de mi cuerpo que nunca (o casi nunca) ve el sol.

Pero recuerdo sobre todo los muchos años que se han necesitado para rehacer esos momentos, esos dolores clavados en el alma que no se curan con una firma ante notario, ni con otro clavo, no…, porque deshacer una vida requiere de mucho más, requiere de tiempo, requiere de la comprensión interna de que ese paso no se da por gusto sino por necesidad, y requiere de entender que sólo tras la desestructuración puede haber creación. Requiere también de mucho perdón, empezando por uno mismo. Una extraordinaria amiga, viendo cómo me castigaba por la situación en su momento, me preguntó qué haría si un amigo mío se separara y hubiera metido la pata, o pensara que la había metido. Me preguntó si cada cinco minutos yo iría a su casa a gritarle desde la puerta lo burro que había sido, lo mala persona en que se había convertido, el monstruo espantoso que había dinamitado una vida perfecta. Me preguntó si tendría la desvergüenza de hacerle eso a un amigo y evidentemente le contesté que no, pero entonces me preguntó “por qué te lo haces tú”, y me pilló. De ahí comencé a perdonar, a  perdonarme, pues no se puede caminar con una mochila cargada de culpa.

Y al tiempo que fui sanando partes rotas en mí mismo, con tiempo y paciencia de los míos, fui recuperando algunos recuerdos de esos que yo también había vivido independientemente de haberlo hecho acompañado. Recuerdos que no sólo pertenecían a una vida en pareja, sino a mi propia vida. Viajes, risas, amigos, escenarios, comidas, conciertos, partidos del Barça y de la Penya, emociones que me pertenecían, que me pertenecen, porque yo decidí vivirlas de aquella forma y que no merecen caer en el vacío de la separación, en el hoyo inmenso que deja la partida de la persona amada, ya convertida en una extraña, o incluso en un enemigo. Es difícil comprender, casi imposible de aceptar, cuando uno está metido hasta el cuello en el lodo infecto de la separación, que la persona que ahora tienes en frente tirando toda la basura sobre ti, al tiempo que tú haces lo mismo con mayor o menor acierto e intensidad, fue la compañía de tus mejores recuerdos…, pero es así, y muy probablemente ésa sea una de las partes más complejas de aceptar en una ruptura, saber cuándo trasmutaron esos momentos en un infierno. A veces hay respuesta, pero la mayoría de ocasiones no la tiene, sencillamente se acaba y ya.

No me refiero, por supuesto, a rupturas trágicas con malos tratos, violencia, y esas barbaridades neardentales, pues ahí quien debe ocuparse son las autoridades y la justicia. Hablo de cuando no se ha cruzado esa línea que nos separa del averno legal y quizá, y sólo quizá, el hecho de poder guardar los recuerdos vividos en una vitrina preferencial de nuestra mente debería ser suficiente para no hacer daño al otro, para no apestar ese campo con el estiércol de la ruptura y actuar como personas civilizadas. 

Como decía Plinio el Viejo, no hay un solo libro, por malo que fuera, del que no rescatar una buena frase, y pienso que en la vida ocurre un poco igual, no debería existir una relación, por malo que fuera el final, que no merezca una sutura cauterizada tras la que contener la hemorragia de los recuerdos para que no sean perdidos. 



Opinión y algo más, con Janet Cabrera


Sábado, Febrero 16, 2019





Estimados amigos y lectores, os comparto la charla con la periodista Faustina Cabrera en su espacio "Opinión y algo más" en la que hemos conversado de novelas y publicación digital, y que se ha retransmitido vía TeleCable 28 TV para República Dominicana. 

Os pido disculpas por la calidad del vídeo, pero un apagón en Santo Domingo ha dificultado que todos los equipos del estudio funcionaran como es debido (cosas del directo), sin embargo creo que hemos pasado un buen rato y os quería hacer partícipes. ¡Espero que os agrade la charla!

Muchas gracias a Janet Cabrera y Dilciame Rosso por su cariño.

La Habana, calles, esquinas y gente


Lunes, Febrero 11, 2019

Hace unos años me prometí a mí mismo que no regresaría a La Habana, y no porque no me gustara sino más bien por lo contrario, porque sentí una pena y una rabia enormes al ver una de las ciudades más hermosas del mundo totalmente derruida. 

He roto aquella promesa por motivos familiares y me he encontrado con más de lo mismo... viviendas apuntaladas, edificios en ruina, acoso y derribo del turista bajo el grito de guerra de "amigo, amigo", el timojito de los locales famosos y una tristeza en los rostros, una vez te adentras más allá del mundo reservado al turista, que encoje el corazón. Esta vez además, y víctimas del hotel en el que nos alojamos, vi de cerca el turismo sexual y el asco fue infinito. Por supuesto en casa, en Dominicana, esto es igual o peor, por lo que el asco es el mismo, es sólo que aquí en RD lo veo como local y allí, en Cuba, lo viví como visitante. 

Sesenta años de revolución que han traído, por lo menos a la gran ciudad, el desastre más absoluto lo mires por donde mires, y sin embargo no todo está perdido. El último domingo antes de regresar a casa pasamos por el malecón y la alegría fue inmensa. Cientos de jóvenes se congregaban en la esquina del Malecón con el Paseo Martí haciendo gala de una apertura que no veo como se pueda contener. Cientos de jóvenes de todas las tribus urbanas, desenfadados, atrevidos, savia nueva para un país con tanta proyección que asusta y que poco a poco se irá liberando del yugo de la puta bota dictatorial.

Aquí os dejo unas fotos por si os apetece echarles un vistazo -> Link álbum de FB

 

La caja de cartón


Miércoles, Febrero 6, 2019


Resultado de imagen para gente despedida de una oficinaPor segunda vez en mi vida, y de igual manera por segunda vez de mutuo acuerdo, he desalojado una oficina en la que he pasado muchas horas de mi vida creando proyectos. La primera vez fue hace doce años cuando me fui de la empresa que, sin ser mía, la sentí así siempre y ayudé en todo lo que pude para levantarla. En ese entonces entré a trabajar con dieciséis años recién cumplidos y salí con treinta y siete. Una vida completa. Recuerdo que el último día llegué con el coche de empresa que tenía asignado y me fui a pie, caminando los dos kilómetros largos que separaban las oficinas de la estación del tren. Las cosas, pocas, en una bolsa de plástico y las lágrimas, muchas, cegándome la vista hasta alcanzar al andén de destino.


Hoy, hace apenas unos minutos, he tenido un dejavú de aquella tarde lejana. La bolsa de plástico la he sustituido por una caja de cartón al más puro estilo de las películas americanas, y las lágrimas han brotado consecuentes y breves ya en la tranquilidad de casa. Y si bien este desahucio de oficina no va a suponer un cambio drástico como lo fue hace una década, sí que en mi corazón siento una sensación de vacío y tristeza víctimas del duelo de la pérdida.

Atrás quedan las ilusiones, los momentos vividos, las ideas triunfadoras y los fracasos, pero sobre todo queda la gente con la que se han compartido miles de horas. Gracias por estar ahí. Como todo en la vida, también esta situación provocará tristezas y alegrías a mí alrededor, pues nadie trina a gusto de todos, pero en mi conciencia queda la fortaleza de no haber tomado decisiones inmorales ni una sola vez que recuerde. 

Estos años han sido fabulosos, mi trabajo extraordinario, y justo es agradecer a quienes confiaron en mí para haberlo llevado a cabo, así como me quito el sombrero por la elegancia y reconocimiento que han tenido en el momento de asumir este cambio y las oportunidades que me brindan para seguir en otros ámbitos profesionales. Y digo que ha sido extraordinario porque pocos trabajos pueden haber mejores en la vida ya que mi función era hacer inolvidables las vacaciones de la gente, algo que en un porcentaje casi del cien por cien ha sido el leitmotiv de mi trabajo.

Sin embargo no escribo este post para hablar de mis fracasos, sino justamente para hacer notar este casi que he reconocido en el párrafo anterior. Todos estos años, como decía, mi objetivo profesional ha sido que todos los visitantes de República Dominicana que habían contratado sus vacaciones con nosotros las disfrutaran al máximo, por supuesto también que gastaran el máximo de dinero posible, pues de eso viven las empresas, pero que lo hicieran en experiencias inolvidables y sobre todo que por nuestra causa nadie se llevara un mal sabor de boca en sus vacaciones. Nadie se acuerda de qué le costó el menú del día que pidió matrimonio a su pareja, sólo si el momento fue hermoso porque todo estuvo bien o una pesadilla porque la comida fue una mierda. Contando a groso modo, han sido más de un millón de personas a las que los equipos que he dirigido en estos años (agradecido a todos) hemos dado servicio durante sus vacaciones, y esa es una cifra que da vértigo. Imposible acertar con todos, por supuesto. De hecho quiero aprovechar para pedir perdón a todos aquellos que se hayan visto afectados por nuestros errores, es injustificable ahorrar un año entero para hacer vacaciones y que por culpa de un tercero algo salga mal, pero a veces las cosas pasan y lo único que puedo hacer, como he hecho siempre en cada momento, es asumir la responsabilidad y pedir sinceras disculpas. 

Decía que mi objetivo ha sido casi siempre hacer que la gente disfrutara de sus vacaciones porque a veces se nos olvida qué hemos de hacer. La presión del cargo, los egos, los números, las situaciones internas, los resultados, etcétera hacen que a veces gastemos un tiempo precioso para mantener los puestos de trabajo en lugar de para hacerlos rendir. Y si bien no conozco a nadie que haya contratado a un tercero para que se aferre al puesto, a veces la única manera de mantenerse en ese puesto es aferrándose a él porque los resultados destilados de las funciones para las que fuiste contratado no siempre son suficientes. 

Y esta reflexión creo que no aplica a un trabajo, ni a una empresa en concreto. Esta reflexión aplica a todos los ámbitos de la vida, a la pérdida de la visión del objetivo por las distracciones del camino. Como dicen los españoles, a que a veces los árboles no nos dejen ver el bosque. Las relaciones humanas acarrean un esfuerzo intenso, en ocasiones placentero y productivo y en otras desagradable y parasitario, y es la función de cada uno de nosotros, directivos o no, estriar en cada decisión si nos aparta del objetivo o bien nos lleva por el camino que habíamos escogido. Si haces zapatos, tu única preocupación ha de ser que tus zapatos salgan perfectos, no si el del lado gana más, si el otro los hace mejores, si el de más allá ha dicho que tus zapatos son peores, o si fuera de la fábrica está lloviendo y uno ha salido a mojarse. Si tu trabajo es hacer zapatos, haz zapatos, y si tu obligación es dirigir a los equipos que hacen zapatos, olvídate de todo lo demás y ayuda a crear las condiciones perfectas para que los zapatos salgan perfectos. Cuando esto se olvida, los deseos, los objetivos y las empresas, mueren.

Cierto es que puede haber alguien que no valore la calidad de tu trabajo, hagas zapatos o zanjas, pero también es cierto que nadie puede saber mejor que uno mismo si realmente se esforzó en hacerlo bien o se distrajo por el camino, y si la respuesta es que diste lo mejor, qué narices ha de importar la opinión de los demás, incluso si esos demás son los responsables de que sigas o no en tu trabajo. Como escribía hace unos días en un post sobre el éxito personal, creo que la clave está en ser constante y buena persona, y si realmente te has esforzado en ambas, el éxito está garantizado aunque lleves tus cosas dentro de una caja de cartón.

La fórmula del éxito


Miércoles, Enero 30, 2019


Resultado de imagen para sheldon cooperEsta mañana leía una nota del escritor Fernando Gamboa con relación a su éxito personal. Comenta Fernando que su “balance suerte-desgracia”, tanto en su vida personal como profesional, se inclina más para el lado de “las sombras” que para las luces. Explica también que en su vida se han sucedido una serie de infortunios que casi lo han quebrado y de los cuales siempre ha salido adelante gracias a la palabra clave que, para mí, marca todas las historias de éxito que conozco, y que no es otra que constancia. Es decir, una persona que reconoce públicamente un balance negativo entre la suerte y la desgracia en su vida, acaba siendo plenamente exitosa, y si bien el éxito se puede medir por diferentes varas y para cada uno de nosotros esta palabra tiene un significado especial, en el caso de Fernando Gamboa hablamos de que es un súper ventas, que tiene cientos de miles de lectores y que en todo el ramo, editores, agentes y otros escritores, siempre se habla bien de él. Creo que en este caso particular, el éxito está bien medido.


Como decía, si bien el éxito es diferente para cada persona, creo que una definición con la que nos podríamos sentir todos cómodos sería algo como que el éxito es conseguir lo que uno desea, y en esta línea conozco muchos otros casos de éxito, aunque algunos no los querría para mí de ninguna forma. Conozco hombres cuyo éxito es haber tenido muchas relaciones sexuales con muchas mujeres, conozco personas que se han hecho ricas, y a otras que se han hecho vergonzosamente ricas, conozco escritores de éxito, conozco a una madre de familia que ha tenido un éxito brutal con sus hijos llevándolos a niveles de excelencia académica que asustan, conozco directivos que han tenido éxito alcanzando cargos de dirección importantes, conozco mecánicos que han tenido éxito arreglando vehículos imposibles, y así la lista sería infinita, pero si analizo todos estos casos de éxito, como en el caso de Fernando Gamboa, hay una palabra común a todos ellos, la constancia.

Y es verdad, la constancia es una de las claves de la vida. Los que hemos sido corredores lo sabemos muy bien, salir a correr un día y hacer un kilómetro a toda velocidad lo único que produce es una aceleración absurda del corazón, mientras que salir todos los días y correr media hora te convierte en un corredor de fondo. Tú no amas a nadie, ni te aman, porque un día fuiste encantador. Te aman porque cada día haces algo para que ese amor exista. Tú no te pones en forma yendo un día al gimnasio y reventándote la espalda cargando una absurdidad de peso, te pones en forma siendo constante y haciendo cada día un poquito de ejercicio, porque la vida, a pesar de que es corta, no lo es tanto y sólo aquellos cuya voluntad se sobrepone a la pesadez diaria son capaces de tener éxito.

El éxito es relativo, verdad, pero implica esfuerzo en todos los casos. Si posees un talento natural (¡algo que ha de ser maravilloso, por cierto!) quizá el grado de constancia que necesites sea menor, pero si a un talento natural se le añade la constancia, el resultado es un ejemplo para los demás. Tenemos los casos de deportistas famosos dotados de un talento innato y cuya constancia les ha hecho dar el salto de grandes deportistas a leyendas. Se me ocurre el caso de Messi, un tipo que en cualquier equipo sería una figura indiscutible gracias a su talento, pero que a base de constancia ha conseguido una carrera profesional de más de diez años rindiendo a un nivel que lo sitúa como uno de los mejores (el mejor para mí) del mundo. Este ejemplo prosaico de un futbolista es la clara definición de talento y constancia.

Leía hace unos días la entrevista a un gurú de la dirección empresarial y venía a decir más o menos lo mismo. Él destacaba que aquellos directivos capaces de mantener una actitud tranquila en el tiempo, aquellos que son amables con los demás y que además son constantes en la defensa de sus idearios son tan escasos que consideraba que su búsqueda era precisamente el éxito de los departamentos de recursos humanos y su pérdida el fracaso de las empresas que los dejaban marchar.  

Sin duda el éxito, y ahora hablo del éxito profesional a nivel de empresa, no se puede medir sólo en la constancia, pues muchos otros factores también lo engordan, pero si damos por hecho la preparación profesional, me atrevo a nombrar un par de ingredientes más que para mí son fundamentales en la consecución del éxito por parte de un directivo. Uno de ellos es la amabilidad, el respeto de la buena educación, dar la mano y mirar a los ojos, perder un segundo cuando alguien te para y quiere explicarte cualquier cosa, que ha tenido un problema en la empresa, que han operado a su mujer, que se ha graduado su hijo, o que ha conseguido entradas para ver jugar al Barça el fin de semana, no cuesta nada detenerte un segundo, dejar lo que estés haciendo o tengas en mente, mirarlo a los ojos y escucharlo. No cuesta nada entrar en un lugar y saludar a la gente que hay allí, no puede suponer un esfuerzo sonreír a tu equipo. No te atribuyas méritos que no tienes, eso es de mala educación, y reconoce todas las virtudes de tu gente, especialmente si puedes hacerlo frente a terceros o frente a tus superiores. Nunca regañes en público, también es de mala educación. No faltes el respeto, porque aquel o aquella a quien faltas por un tema profesional seguro que es mejor que tú en otras mil cosas. Por eso la amabilidad es fundamental para ser un directivo exitoso, pero para tener una vida sana y honesta también es un requisito indispensable.

La otra pata que añadiría en este taburete de constancia y amabilidad sería la empatía. ¿Qué puedo hacer yo para que los demás, clientes, proveedores, equipo, otros directivos de otros departamentos, compañeros e incluso aquellos que no lo son, se sientan mejor? ¿Qué puedo hacer para que mi entorno sea más agradable? Creo honestamente que ponerse en la piel de los que están a nuestro alrededor e intentar comprender sus motivaciones nos hace exitosos. Si somos capaces de comprender porque alguien hace bien su trabajo y porque otra persona de similares características no, y somos capaces de ayudar a que esas situaciones negativas cambien, inmediatamente tendremos un equipo cuyo objetivo será común y nos acercará al éxito. Y con trabajo no me refiero a tener a la gente contenta para que produzcan como gallinas sobrealimentadas, esto mismo lo podemos trasladar a la familia, los amigos, al entorno más personal de cada uno de nosotros, porque si ese entorno reconoce nuestra predisposición y capacidad para solucionar situaciones complejas, cuando esa situación compleja nos afecte a nosotros será justamente ese entorno quien nos arrope y nos facilite la superación del obstáculo.

No creo que conseguir el éxito en equipo o en solitario difiera mucho porque para tener éxito en solitario también necesitarás en un momento dado a los demás, así que pensando un poco en el método quizá se podría resumir la clave del éxito a modo de fórmula matemática:

 E=pc2
siendo E el éxito, p ser una buena persona y c la constancia.

Cómo fórmula da pena, lo sé… pero como idea estoy convencido que es un común denominador en la mayoría de los casos de éxito y si no lo furea y esa p de buena persona se cambia por cualquier otro ingrediente, honestamente, para mí ya no sería un éxito ese éxito.


Los libros de mis viajes


Sábado, Enero 26, 2019

Hace unos días que llegué de un viaje corto por la ciudad de La Habana Vieja, en Cuba, y aunque viajar es de las cosas que más me agradan en la vida y seguramente la fuente de felicidad más grande que he conocido, este viaje me ha dejado un poso de tristeza del que es difícil desengancharse. Hace tres años estuve por primera vez, y ya entonces me dije que no volvería jamás a caminar por sus calles en ruinas, sin embargo la providencia a veces dicta destino y he tenido la opción de volver. Cierto es que lo he hecho por la compañía (excelente), pero el escenario es tan deprimente que se come cualquier intento por disfrutar del paseo. “O vienes a hacer fotos de ruinas o a follar”, escuché en el lobby del hoteldemierda en que nos alojamos. Un hotel, por cierto, hermoso, grande, amplio, de instalaciones maravillosas y de un pasado esplendoroso, pero del que uno tiene la sensación de que si estornuda, todo el edificio pasaría a mejor vida…

Sin embargo la intención de este post no es comentar acerca de las deficiencias infinitas de La Habana, sino hablar de algo que me ha acompañado durante toda mi vida y como no, también en mis viajes, y que no es otra cosa que los libros. Mientras me acomodaba con "1Q84" sobre el único muelle que le quedaba al sillón del lobby del hotel, recordé que todos los viajes que he hecho a lo largo de estos cincuenta años han estado siempre vinculados a un libro, y que ese libro en cuestión ha marcado en mi ánimo y en mi memoria los recuerdos de cada uno de esos viajes, de manera que, a modo de cola de cerdo, las vivencias se enrocaban unas en otras: las mías frente a las rocas inmensas de Sacsayhuamán con las de Frank McCourt en las calles miserables de Limerik, o la fabulosa vida de Gabriel García Márquez en Vivir para Contarla mientras mis huesos descubrían la quebrada de Jade y la majestuosidad de Canaima y su Salto del Ángel. La rusca del viejo Bruno apareciéndose tras cada señal de tráfico de las carreteras italianas o más recientemente, las andanzas del doctor Wilbur Larch y su discípulo Homer Wells obligando a que toda Costa Rica haya quedado en la memoria bajo un manto de éter melancólico. 

Durante un viaje a Venezuela acabé "Vivir para Contarla" antes de regresar y compré un libro en un mercado de segunda mano, no recuerdo ni su título, pero sí que el día de regreso, ya en el aeropuerto Simón Bolívar de Caracas, el guardia de control aduanal me lo pidió y se puso a ojearlo. Furioso, se lo cerré en la cara de un manotazo y se lo quité. Como era de esperar, al hombre no le hizo gracia mi gesto y nos sacó a los tres amigos a un aparte de la fila para hacernos un cacheo “personalizado” que me valió la reprobación inmediata de mis compañeros y la casi pérdida de nuestro de vuelo, pero ver a aquel hombre con sus manazas ojeando el libro que yo estaba leyendo me pareció una intromisión tan enorme en mi intimidad que no pude reprimir el gesto. Y es que eso es lo que son para mí los libros, el último escondite de mis miserias, ¿cómo iba a dejar que nadie mirara allí?, y tirando de este hilo, ¿dónde esconde las suyas la gente que no lee?

Ahora estoy en el último tercio del primer libro "1Q84" de Murakami. Honestamente empezó muy bien, avanzó envuelto en un gran interés, ha ido decayendo y en estos últimos días incluso se me hace pesado seguir, pero incluso así, incluso entre el tedio de las páginas pesadas la vida propia queda exenta de responsabilidad, da igual lo que yo haga en esos momentos, lo que piense, lo que viva con sus protagonistas, lo que opine de ellos, si me aburro, si me divierto o me decepciono, a nadie le importa ni a nadie afecta. 

La lectura es el hilo que conecta una parte fundamental de mi vida a lo largo de todos estos años, y a pesar de que no he leído ni siquiera un millar de libros, si no fuera por ellos, por los que he leído, no por los que he escrito, nunca hubiera tenido el valor de hacer nada en la vida. Y si bien ese bagaje es cercano al nulo, peor habría sido de no tener la escapatoria que me dan las letras de los demás. 

¿Cómo se puede vivir sólo aquí? 
¿Cómo se puede vivir sólo lo que se es?
¿Cómo se puede aguantar el peso de la vida sin refugiarse en los libros?
¿Cómo se puede ser uno mismo todo el tiempo y no aburrirse?
¿Cómo se puede vivir sin escapar de la vida?
¿Cómo se puede vivir sin leer?

La respuesta para mí está clara, no se puede, y por eso quería escribir acerca de los libros de mis viajes pero he acabado, como siempre, disertando de todo menos de la lista que quería compartir.  Qué torpe soy. Otro día será…


10 directivos con los que mejor no toparse


Martes, Enero 8, 2019

Breve decálogo de los diez directivos con los que es mejor no toparse en una empresa.

1 - El pinta paredes. Acostumbran a ser siempre recién llegados y su primera acción consiste en, sin preguntar por qué la oficina, el laboratorio, el taller o lo que sea está pintado de un color, pintarlo inmediatamente de otro y redecorarlo de arriba a abajo para destacar que un nuevo Sheriff ha llegado a la ciudad. Normalmente estos directivos no llegan a ver ni siquiera cómo esa decoración se pudre por mala adaptación al entorno, pintan y hablan sin mirar, destrozan el entorno y salen antes de pagar ninguna consecuencia.

2 - El Terminator. Son directivos que cuando entran en un lugar, nada de lo que hay allí les complace y se ven obligados a fumigar y exterminar el hábitat para instaurar uno nuevo de su agrado. Acostumbran a venir de otra compañía donde hicieron lo mismo y donde justamente a aquellos a los que exterminaron en su momento son los que van a adaptar al nuevo hábitat porque esos sí que valían, y no los que tiene ahora.

3 - El Yo. No importa de qué sea la empresa, no importa lo que en ella se fabrique, se distribuya, se invente o se almacene, el directivo Yo es lo único que interesa en esa empresa. Su bienestar, su horario, su vehículo, sus bonos, su vestimenta, su asistente, su despacho, su teléfono, su ordenador, sus contactos, sus decisiones, sus aciertos, todo ronda alrededor de su Yo magnificente.

4 – El Señor de los Anillos. Este directivo viene precedido por un currículum del tamaño del libro del señor Tolkien, y al igual que el señor ‎Frodo Baggins deja la Comarca para adentrarse en un mundo habitado por gnomos, enanos, elfos, etc., este directivo ha viajado por más empresas que el hobbit entre etnias y especies. Llegan precedidos de una expectativa brutal y se van envueltos en un alivio tremendo.

5 – El Steve Jobs. El directivo cuya frase predilecta es “allí -señalando a cualquier punto donde haya gente-, con uno que apriete un botón nos sobran todos esos”. Creen ciegamente en la tecnología sin tener ni idea y montan procesos absurdos hasta para hacer girar el rollo del papel higiénico. En su intento porque todo se solucione apretando un botón, multiplican las plantillas inoperativas al triple y se cargan a todas aquellas personas que por años han estado haciendo el trabajo productivo que había llevado a la empresa al lugar en el que se encontraba.

6 - El Dúrex. Da exactamente igual de qué vaya el tema, cuál sea la reunión, quién o quiénes sean los interlocutores o qué se le esté pidiendo, este directivo nunca se moja. Está imbuido por una pátina de grasa mágica y látex que lo hace inmune a cualquier decisión. Tiene una habilidad extraordinaria para mantenerse a flote sin decidir jamás, sin tomar ninguna determinación que no vaya avalada por lo menos por dos o tres directivos más a quienes señalar si no acaba en acierto. Destaca por su habilidad doble de atribuirse buenas decisiones de otros y de resaltar cada una de las decisiones erróneas de los demás acompañándolas de frases lapidarias como “a quién se le ocurre hacer eso”, “yo ya lo dije”, o “si me hubieran preguntado, jamás lo habría hecho así”.

7 – El Rafa Nadal. Sin importar cuál sea el proyecto en el que se requiera su intervención o la propuesta que se le haga, este directivo tiene la extraordinaria habilidad de devolverla en forma de una propuesta mejorada. Nunca ejecuta nada porque todo le parece insuficiente o mal planteado. Como el gran Nadal, devuelve una y otra vez cualquier pelota que le mandes a su campo, y en la mayoría de ocasiones además la devuelve envenenada.

8 – Stone Edge. Como los famosos monolitos, este directivo puede ver llover, tronar, salir el sol, pasar las cuatro estaciones, incorporaciones, despidos, proyectos, ideas, fracasos, éxitos, docenas de compañeros e incluso cambios de razón social o de actividad empresarial sin inmutarse. Su inmovilidad es tal que no da un solo paso porque el lugar que ocupa es el ideal. Es inmune a los cambios tecnológicos y a cualquier otro tipo de cambio. Pasa su vida laboral en la misma baldosa que ocupó desde el primer día y ahí es donde se encontrará el día de su retirada.

9 – El Team Building. Es vital, activo, optimista, emprendedor, compañero, pesado hasta la extenuación. Obliga a su equipo a disimular una cordialidad impuesta por los manuales del buen directivo y pasa la mayor parte de su tiempo organizando desayunos, almuerzos, actividades grupales, fines de semana de compañerismo, juegos de confianza, olimpiadas, etc… De todo, menos trabajar para lo que fue contratado. Conoce a la perfección todos los clubs de Paintball, Escape rooms y casas rurales y de colonias de la zona, es experto en One Word, Express Meeting, Lipdub, y mil cosas más, pero no tiene ni idea de los procesos productivos, operacionales, financieros o comerciales de su empresa.

10 – La tarántula. Su vida transcurre fuera de la oficina. Siempre está fumando un cigarro, tomando un café o paseando para despejar su ocupada mente. Al modo de una buena araña amazónica, su red atrapa a cualquier incauto con el que se cruce y lo somete a largas sesiones de charla improductiva en las que se despacha a gusto descuartizando a sus compañeros y destacando lo mucho que él trabaja y lo poco que se le reconoce.

Véase que no he utilizado lenguaje inclusivo, pero estas habilidades no dependen del género de los directivos, pues son igual de comunes entre la masculinidad como la feminidad.


Lo que llaman zona de confort


Miércoles, Diciembre 19, 2018


Resultado de imagen para sofa in the comfort zoneLa primera vez que llegué a República Dominicana lo hice de noche. Aterricé con una mochila (que aún conservo) y agotado tras más ocho horas escuchando a un tipo que no paraba de hablar de golf. En el aeropuerto me esperaba un compañero, mi amado y malogrado Rodrigo, que me llevó hasta el hotel. Por el camino me dijo que la mejor hora para llegar al país era de noche, y no lo entendí. Con el tiempo he visto que el desorden caribeño puede golpear con la fuerza necesaria para hacer cambiar de opinión a cualquiera y hacerlo salir corriendo apenas aterrice, pero ese no era mi caso. Yo me había comprometido a estar un mínimo de cuatro años cuando acepté el trabajo y nada podía hacerme cambiar de opinión.


La cosa había empezado unos años atrás, cuando todavía vivíamos en Barcelona. En ese entonces tenía un trabajo magnífico, bien pagado y con el que me sentía muy a gusto. Sin embargo, y más allá del malestar por haberme bajado mi salario un par de veces y otras cosillas, comenzó a asaltarme una pregunta recurrente, un cuestionamiento cada vez más intenso que ponía en duda si sería capaz de hacer algo más en mi vida, si sería capaz de vivir en otro lugar, de tener otras experiencias, de comenzar desde cero y probar fuerzas, o bien mi destino era quedarme como estaba y aceptar que esa sería la realidad de mi vida. Una duda que me asaltaba en la noche, en el baño, en el coche, entre las líneas de un libro, en los anuncios de televisión y hasta en las formas de las nubes. ¿Qué hacer? Al final la voz ganó y tomamos la decisión de marcharnos. La primera idea, y la ganadora por mayoría en la votación acaecida entre mi compañera y yo, fue montar un restaurante en Colombia, uno de de esos de pizzas y pastas con pocas mesas y muy caro…, sin embargo los movimientos invisibles de la providencia, una vez tuvimos claro que queríamos marchar, se pusieron en marcha e hicieron aparecer una oportunidad de trabajo en el Caribe. Ahí no nos lo pensamos dos veces y acepté sin mirar, además la oferta era maravillosa, la cuarta parte de lo que ganaba en Barcelona.

Yo me fui delante y la primera noche la pasé sentado en una cama vieja envuelto en lágrimas, asustado, con la cabeza enajenada por la locura que había cometido y con una sensación de soledad rayana en el espejismo. Por fortuna aquí amanece temprano y la luz del trópico se coló por cada rincón de aquella horrible habitación para recordarme el motivo por el que estaba allí: ¡porque lo habíamos escogido!, y una determinación intensa se ancló en mi corazón. Cuando no hay vuelta atrás, el camino de enfrente no tiene obstáculos. Me preparé, me vestí y me fui a trabajar. Ante mis ojos se descubrieron entonces el conglomerado de palmeras recortadas contra el cielo, la intensidad de los colores, la calidez desvergonzada de mis compañeros de trabajo y una calor que me hacía sudar sólo de pensar, ahí supe que había llegado al sitio correcto.

Al cabo de unos días llegó Luz, mi compañera, y comenzamos a visitar el país de la mano. Lugares, playas, caminos, bosques, restaurantes, gentes,…, todo nuevo. Vi por primera vez un flamboyán, un árbol de mango, de aguacate, una palmera real, los techos de cana y las casas de palos. Andamos una tierra tan fértil que hasta las cercas florecían y nos bañamos en colores de una intensidad tal que parecía que lleváramos gafas polarizadas todo el tiempo. De esto hace más de diez años.

En esta larga década nuestra vida ha sido… voraz. Hemos creado negocios, cerrado, ganado dinero, nos han robado, hemos aprendido a defendernos, hemos tenido un coche digno de Los Picapiedra y otro de lujo, y dos barcos. Hemos dormido en los mejores hoteles y viajado en patera, hemos conocido famosos, millonarios de vergüenza ajena y gente que apenas consigue ganar un par de dólares al mes. Hemos creado nuestra familia multicolor, hemos viajado, navegado, conducido buggies, motocicletas, lanchas deportivas y hemos paseado por un barco hundido a más de cuarenta metros de profundidad. Me he perdido en el mar y hemos comido en la taberna más antigua de América. Hemos conocido gente chatarra y gente maravillosa que ha calado en nuestras vidas. He escrito dos novelas, peleado con la policía, los médicos, los militares y sacado gente de la cárcel. He aprendido a chapurrear en inglés (nuestro hijo lo habla), y todo nuestro entorno sabe que soy catalán, hemos abierto nuestras puertas a los amigos y muchas más han sido las que se nos han abierto a nosotros. Hemos vivido la crisis financiera en un país que siempre lo está. Hemos amado. Hemos visitado hospitales de película de terror y contribuido a que miles de personas hayan tenido unas buenas vacaciones. He repatriado cadáveres, he visto a gente hacerse rica y a gente salir con el rabo entre las piernas arruinados por completo. He descubierto qué es ser un tíguere y he comprendido que a veces el valor de un pasaporte vale más que el del amor. Me he vuelto peor persona, cierto, pero igual de cierto es que he intentado que no lo fuera del todo y me he esforzado para que mis decisiones hicieran más bien que mal a mi alrededor. Cada mañana me pellizco para certificar que no ha sido un sueño y no cambiaría un segundo de los vividos por la estabilidad que tenía en Barcelona.

Creo que esto  podría ser lo que algunos entendidos llaman abandonar la zona de confort, pero un lugar en el que el tedio, la repetición y la rutina son los amos no creo que deba llamarse zona de confort, sino de secado: zona de secado (de la vida), y todos nos damos cuenta de que nos vamos secando al calor de lo habitual. El problema viene cuando dejamos que nos pase y además nos autoargumentamos a favor: “qué será de nosotros si nos vamos, más vale pájaro en mano, cómo vamos a sacar a nuestros hijos del colegio, cómo vamos a dejar solo a fulanito, qué dirá la familia”, y un larguísimo etcétera de edulcorantes para que nuestro corazón se pudra envuelto en la melaza dulzona de lo seguro. ¿Cómo puede llamar alguien a esto “zona de confort”?

Me niego a creer que las dudas de la vida sólo asalten a unos pocos. Estoy convencido de que darse cuenta que uno se va secando es inherente a la edad adulta del ser humano, ¿cómo sino se explica que el periodo que estamos se llame vida?

En estos años he comprendido que vivir es vivir, que para escribir hay que escribir y que para amar se ha de estar vivo. He comprendido también que la opulencia es tan dañina como la necesidad, que la  aporofobia existe y es contagiosa, que por salvar un culo (aunque sea lleno de mierda) hay gente dispuesta a disfrazar los cerdos de unicornios y que la línea que nos separa de lo correcto está pintada sobre el mar. He comprendido algunas cosas obvias que a veces no se entienden hasta que no se viven. He sentido el terror infinito del miedo a la muerte, no de la propia sino la de aquellos a quien amas, que es mucho peor, y he visto como la vida se abre paso con más fuerza en un basurero que en los jardines de un residencial. He vivido como rico en un país de pobres, y me he sentido pobre entre todos ellos. Gente anónima me ha apoyado más que gente de la que esperaba algo y todos mis logros, si es que puedo contar alguno, han sido catapultados sobre las espaldas de los demás. He comprendido que un cargo abre más puertas que el dinero, y que el membrete importa más que el apellido en cualquier tarjeta laboral. He envejecido y me emociona el recuerdo de mi madre, y lloro con películas en las que sale gente buena, pero sobre todo creo que he hecho lo posible por no secarme, por no quedarme en el secadero de confort, por sentir el corazón vivo, la mente despierta y las ganas en la cama. 

Ahora la edad va avanzando y la sensación de quedarnos atrapados me asalta de nuevo con una fuerza que hace que se me queme el culo cada vez que llevo más de diez minutos sentado en la misma silla. El secadero se ha hecho confortable y la ilusión de la seguridad vuelve a pesar en la balanza como si fuera un valor real. La vida me llama, nos llama, y las señales que al principio eran timbres suaves en la memoria cada vez se parecen más a la llamada de los tambores africanos. No sé qué pasará cuando acabe de escribir estas líneas, pero sí sé que cuando el silencio me envuelve los oigo con perfecta claridad, ¡tam-tam, tam-tam!

Libros que hay que leer: “Anacaona, la última princesa del Caribe" - Jordi ...


Sábado, Diciembre 1, 2018

Libros que hay que leer: “Anacaona, la última princesa del Caribe" - Jordi ...: En el mes de la novela autopublicada, os hablo hoy de “Anacaona, la última princesa del Caribe". Una novela histórica y de aventuras ...

Libros y Literatura: “Anacaona, la última princesa del Caribe"


Miércoles, Octubre 31, 2018

Libros y Literatura
Reseña publicada en LIBROS Y LITERATURA



Hace un par de años pasé mi cumpleaños en México. Unas horas de avión, una mente trastornada por el jet lag y un hotel de ensueño. Así empezaron unas de mis mejores vacaciones. Desde que era bien pequeña tenía interiorizado eso de que algún día tendría que viajar al Caribe, o eso es lo que me metió aquel famoso Curro en la cabeza. Pero no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar en realidad. Playas de arena blanca, sí. Aguas cristalinas, también. Peces nadando a mi alrededor, por supuesto. Pero encontré algo más, algo que aquellos anuncios no prometían, algo que estaba oculto en el interior de esa postal tan típica: una cultura burbujeante, una historia absorbente y una gente excepcional. 

Me quedé con eso, con esa sorpresa que me llevé al escuchar historias sobre los mayas. Al saber cómo eran realmente antes de que los españoles llegáramos allí. Antes de que el Caribe se convirtiera en una atracción turística. 

Por eso me ha emocionado mucho encontrarme con el libro del que vengo a hablaros hoy: Anacaona, la última princesa del Caribe. Esta novela, escrita por Jordi Díez Rojas es un viaje a esa tierra mágica de la que hablo, aunque más concretamente la acción se sucede en Haití, y también es un viaje en el tiempo, ya que retrocedemos al siglo XV. 

Todo empieza cuando Fray Ramón Paner regresa a Barcelona después de haberse pasado unos cuantos años en tierras lejanas. Partió tiempo atrás junto a Cristobal Colón y trae consigo la historia que se encuentra al cruzar el charco. 

Siempre digo que no me suelen gustar demasiado las novelas históricas. No son mi estilo. Pero me encanta esa sensación de encontrarme con una que me atrapa y que hace que me sumerja en la trama, interesándome por los personajes y por la historia, queriendo saber más y haciendo que me trague mis palabras cuando digo que no me gustan las novelas de este estilo. Este libro escrito por Jordi Díez ha conseguido eso precisamente, que me quedara prendada de las aventuras de sus personajes y que a cada instante necesitara más. Creo que ha sido por una de sus protagonistas: Anacaona, que le da nombre el libro. Es un personaje fuerte, diferente, audaz, que atrapa al lector. Pero no solo ella es importante, sino que encontramos a muchos personajes que adquieren protagonismo según qué momento de la novela. Porque aquí no hallamos buenos o malos, aquí hay conquistadores y conquistados. 

Este es un tema del que podríamos hablar largo y tendido, eso del bueno y del malo. En el colegio siempre me repetían que la historia la contaban los vencedores, pero que no había que olvidar que hay una parte vencida que también tiene mucho que contar. Jordi Díez Rojas lo tiene claro y mediante la voz de los personajes nos va relatando esta historia de buenos y malos. Nos deja ver la perspectiva de cada uno, dejándoles hablar y haciendo al lector partícipe de ello. Así nos queda claro que la historia siempre implica a dos polos opuestos y que ambos tienen mucho que decir. 

En cuanto a la narración, me encuentro con una novela muy bien escrita, cuidada, detallada. Sobre todo llama la atención el lenguaje que el autor utiliza en determinados momentos que hacen que nos traslademos al pasado de inmediato. Estoy pensando en las partes en las que Fray Ramón Paner es el protagonista, ya que el estilo antiguo queda perfectamente reflejado en su discurso y eso hace que el lector viaje a épocas antiguas de inmediato. Otra de las cosas que llama la atención dentro de su narración es la descripción de los lugares. Cuando empezamos el libro nos topamos con la isla La Española, es el momento perfecto para empezar a jugar a un juego en el que las descripciones son las fichas. El autor va moviéndolas poco a poco sobre el tablero, ganando la partida al dejar al lector embobado entre vegetación exótica y mares increíbles. Ese punto de partida es importante, ya que pone en aviso al lector, que se imaginará ya en un primer momento que este libro, además de hacerle viajar al pasado, le va a hacer viajar a lugares idílicos. Una maravilla. 

Por eso, sí, me ha gustado mucho leer Anacaona, la primera princesa del Caribe. Ha sido una experiencia muy bonita esa de volver a nadar entre las aguas cristalinas que tanto me cautivaron hace un par de años. De verdad que no me canso de decir lo enamorada que estoy de aquella tierra y de lo agradecida que me quedo cada vez que un autor me regala un viaje a aquellos lugares. Aunque sea por un ratito.

Escrito por: Ana Segarra
Publicado en: Independently published, Jordi Díez Rojas, Libros de Aventuras, Libros de literatura española e hispanoamericana, Literatura histórica, Reseña

L'efecte papallona


Sábado, Octubre 27, 2018

Tot just fa dotze anys que vaig sortir de casa per aventurar-me en una història que havia de canviar la meva vida i la del meu entorn.

Fa poc més d’una dotzena d’anys que em vaig plantejar si no seria prou capaç de fer res més a la meva vida de lo que havia fet fins llavors. Va ser una crida interna ensordidora, una veu que xerrava dia i nit sense callar i que aprofitava cada forat de silenci per escridassar-me el cap i l’ànima. Cert que jo tenia llavors una vida perfecte, amb lo perfecte que pugui ser una existència. Havia tingut relacions meravelloses i estava tot just començant-ne una que ha estat la més gran, em guanyava molt bé la vida, tenia (i tinc) un grup d’amics extraordinari, ganes de viure i mil projectes, però sentia que no havia tingut el valor de provar-me la força de viure.

Recordo anar a treballar preguntant-me si allò seria lo que hauria de fer tota la vida, si és que potser jo no servia per res més, si els carrers pels que transitava eren els únics que trepitjaria en el temps que em donés la providència, i tot això es barrejava amb una amargor immensa per no tenir el valor de fer el pas. La por tremenda de perdre un estatus que havia trigat anys en aconseguir versus la seguretat de que en aquell espai no seria feliç per molt de temps.

Va contribuir, i just és de de reconèixer-ho, el valor de la meva parella, la Luz. Una noia d’origen colombià que havia fet el mateix pas anys enrere per anar a Catalunya deixant un espai de benestar a la seva terra només per provar-se les forces en una nova aventura. Ella ho va fer en condicions molt més difícils de les que jo em trobava, així una reflexió en va dur a una altre, i aquesta altre a una de nova fins que la roda es posar a girar amb una velocitat imparable. 

De fet, tan imparable va ser que com deia a l’inici d’aquesta reflexió ens va dur a deixar la nostra Catalunya estimada, empaquetar quatre coses i creuar la mar en la cerca de nous objectius.

Vam aterrar a República Dominicana amb una feina molt més senzilla de la que feia a Sabadell, a una vivenda molt pitjor de que la que teníem a casa, i amb un entorn, que no pas per no ser meravellós, era absolutament més endarrerit del que estàvem acostumats. Recordo la primera nit en plors, assegut a un llit vell  en el que haurien dormit milers d’hostes, pensant la barbaritat que havia comés, el terrible error de canviar una situació perfecte per una aventura sense cap mena de seguretat. Per fortuna, tot just uns dies després d’aquella primera nit va arribar la Luz i tot és va il·luminar, valgui el suat joc de paraules.

Amb ella, amb constància, treball, sacrifici i ganes de viure, hem aconseguit fer-nos un forat en un entorn tan difícil i sense ànima com és Punta Cana.  No és pas fàcil, no, viure a un lloc en el que la gent no arrela perquè només ve a fer diners o vacances, a un lloc a on tot és muntat pel lleure i no pas pel viure, però tot i això ens hem sabut acostumar i fer-nos a aquest paratge d’esperit de cartró pedra.

Tota aquesta reflexió ve al punt d’un missatge que ens hem creuat amb un bon amic al que fa just dotze anys que no veig (bé, fals perquè va tenir al deferència d’acostar-se a la única presentació d’un dels meus llibres que he fet a Catalunya, però tot i això fa molts anys), i en aquest missatge em deia que em seguia via xarxes socials, aquell lloc a on molts posem les nostres vergonyes com si a algú altre els hi importés una mè..., i que tot i la distància em sentia proper. 

I és cert, mai no he deixat de ser proper a casa, als amics, a les notícies, a la ràdio, a la vida catalana, a la nostra situació política i a les ànsies de llibertat de molts de nosaltres. Me n’adono que mai he viscut del tot aquí i que sempre he tingut, i tinc, mig cor a casa. Miro endarrere i veig molt de camí fet, un bon patrimoni, un sac ple de vivències i aventures com mai les hauria somiat vivint a Europa, pors, gaudi, arrugues, amor, família, guanys i pèrdues que s’ajunten en un gaspatxo emocional del que sóc incapaç de treure el vinagre del compost general. 

Evidentment no me’n penedeixo de res, potser una mica de no haver-ho fet abans perquè si m'hagués atrevit amb vint-i-llargs en lloc de amb trenta llargs, ara en tindria deu menys i hauria viscut tot amb ulls més innocents, però de cap de les maneres puc fer un sol retret a la decisió d’haver marxat i a tot lo que ha comportat per a mi i pels meus aquest canvi.

Mai no s’haurien conegut la Juana i el Josep, ni el Carlos hauria sortit de casa, ni el nostre Carlos n’hauria trobat una. No existiria l’Artur. De cap de les maneres hauríem estat pares com ho som ara, ni hauria plorat en veure un panellet, ni el meu pare hauria visitat Colòmbia, ni ma germana pujat a un avió per fer nou hores de vol. Ni el malparit del constructor ens hauria robat més de cent mil dòlars, ni els lectors haurien llegit Anacaona, ni el Nico hauria aprés a fer submarinisme. Són infinits els canvis que succeeixen quan un decideix canviar, deu ser allò que en parlava en James Gleick de l’efecte papallona, tot i que penso que l'aleteig que agita l’aire de Pequín desencadenant una tempesta a Nova York deu ser més fruit de les ales d'un pterodàctil que no pas d’un insecte minúscul.

I de fet ara, quan el silenci es fa a casa i els ulls encara no se m’han tancat de cansament, em sembla sentir de fons un rum-rum que cada cop s’assembla més al soroll de l'aleteig que es va engegar tot just fa una mica més d’una dècada, això o potser és l’aparell d’aire condicionat que fa figa..., ¿qui ho pot saber? 

Presentación: "Anacaona, la última princesa del Caribe" en LACUHE


Miércoles, Octubre 17, 2018




El pasado 28 de abril tuve la fortuna de poder presentar mi novela Anacaona, la última princesa del Caribe, en la segunda edición de la Feria Internacional del Libro LACUHE, en las magníficas instalaciones del Lehman College, en el distrito del Bronx de Nueva York. Este vídeo es un resumen de esa presentación.

Quiero agradecer la invitación y el excepcional trato a toda la gente que han hecho posible la realización de esta segunda edición, y muy especialmente a Dilcia Rosso por su invitación y cariño, así como a Gladys Montolío, presidenta de LACUHE, Yini Rodríguez, Lehman College, José Higuera López, Instituto de Estudios Mexicanos y Jaime Lucero, CUNY.

Entrevista Revista Contarte


Martes, Junio 19, 2018

Jordi Díez: “La ventaja de ser escritor es que mientras escribes una historia consigues formar parte de ella




Por Andrea Viveca Sanz
En un apasionante recorrido a través del tiempo, Jordi Díez se introduce en la vida de los pueblos que formaron parte del pasado y los escucha.

Su oído atento convierte en letras lo que aquella gente le susurra a través de documentos o evidencias. Un latido silencioso de quienes han transitado otros tiempos, lo convoca para narrar sus historias. Es justamente por eso que se detiene en lo cotidiano, en las vivencias invisibles de esa humanidad olvidada y les da vida.

Sus palabras definen imágenes que se convierten en fotos de esas voces perdidas en otras épocas, rescatan la historia y la recrean.

En diálogo con ContArte Cultura, el autor catalán comparte con nosotros su aventura al pasado.


—A modo de presentación ¿Qué relato elegirías para un viaje al pasado en el que fueras el protagonista?
—Hace unos años tuve la fortuna de visitar el museo egipcio del Cairo, y una de las áreas que más me sorprendió fue la zona dedicada a las esculturas de escribas, estatuas de señores vestidos apenas con un delantal, una pluma en la mano y una tabla de escriba sobre sus piernas cruzadas. Ese es el viaje que me hubiera gustado hacer, el de un señor pequeñito, imperceptible, con gafas, sentado en una esquina de la historia tomando nota de todo lo que cree ver y mezclándolo con lo que se inventa. Allí, acurrucado junto a Marco Polo en su viaje al este, Alejandro Magno en sus conquistas, sentado en una silla de cualquier calle de una urbe egipcia bajo el mandato de Akhenaton, mirando por la ventana del taller de Leonardo, detrás de Charles Duke en el lanzamiento del Apolo XI, escribir sobre el amor en el siglo XIX, describir las caras de la gente mientras escuchaban por primera vez La flauta mágica, o ver el desfile de autoridades en el entierro de Newton,… lo cierto es que acostumbro a soñar con estas cosas, a pensar en ellas cuando viajo y quizá una de las grandes ventajas de ser escritor es que mientras escribes una historia de éstas, consigues formar parte de ella.

—¿En qué momento comenzó tu aventura en el mundo de las letras?
—No recuerdo mi vida sin un libro. Desde que apenas tengo memoria de mi niñez siempre he estado con algo que leer en las manos. Cuentos, comics (que entonces se llamaban tebeos), libros ilustrados, de todo. Es algo que no puedo dejar de agradecer a mis padres y abuelos, porque no había fiesta de cumpleaños, reyes o celebración en la que no me cayeran un buen número de lecturas. Con la escritura me atreví más tarde, ya bien entrado en los treinta. A raíz de un momento muy convulso de mi vida y un viaje a Perú, me atreví con la que fue mi primera novela “seria”: La virgen del Sol. Con anterioridad había escrito cuentos, historias para engatusar a alguna novia, esas cosas, pero en el trabajo que supone escribir una novela, el tedio de su corrección, las horas de documentación, en la escritura y soledad que este trabajo necesita no me había metido de lleno hasta bien entrado en la edad adulta.

—¿Cuáles son las grandes temáticas que despiertan tu imaginación para escribir?
—Sin duda lo cotidiano de la gente. No puedo dejar de preguntarme cómo vivían nuestros antepasados, cómo resolvían sus conflictos emocionales, qué los animaba a levantarse cada día. Para mí la vida es de una complejidad infinita, no comprendo nada de ella, y como también me fascina la historia o, mejor dicho, las historias dentro de la historia, no dejo de preguntarme si esta misma situación de desconcierto la vivieron nuestros ancestros. ¿Era más feliz un cantinero en la Roma imperial que el camarero de un McDonalds? Es cierto que todo se ha escrito ya, de hecho, cuando se pusieron a ello los griegos clásicos ya nos dejaron sin temática al resto de la población humana, pero aun reconociendo esto, cada persona es una historia y me gusta imaginarlas. Cuando alguna me llama la atención más de la cuenta, intento escribirla.

—Contanos cómo es el espacio físico en el que tus palabras toman vida para convertirse en historias.
—Por las vicisitudes de nuestra propia vida nos hemos mudado de casa doce veces en estos últimos diez años, así que mi espacio ha ido cambiando continuamente. Por fortuna, o no, en estos momentos parece que esta parte se ha estabilizado y mi querida compañera me ha regalado un lugar maravilloso, un despacho de unos diez metros cuadrados en el que vivo rodeado de libros y recuerdos, y desde cuyas paredes me observan los ojos de Audrey Hepburn, la figura imponente de Caonabó y Anacaona y me muestran burlones sus cuartos traseros Rocinante y el Rucio con sus majestades Don Quijote y Sancho Panza a lomo, en busca siempre de una nueva aventura. Una ventana al jardín delantero de la casa me distrae cuando la pantalla se me hace muy pequeña, o demasiado grande, y sobre la mesa, junto al ratón y el teclado, una botella de dos litros de agua compite en altura con la computadora, de la que cuelgan dibujos hechos por nuestro hijo, y con la cantidad de material que uso para documentarme. Hojas impresas, libros, notas, papeles y papeles que se apilan a la izquierda del teclado bajo una lámpara de flexo anudada al extremo del escritorio, y en el techo un ventilador que remueve el aire caliente del Caribe.

—¿De qué manera surgen tus personajes?
—Antes de meterme en este mundo de la escritura, recuerdo que a veces escuchaba a los autores decir aquello de “mis personajes cobran vida”, o “mis personajes me hablan y me buscan”, y yo, mientras oía semejantes afirmaciones, pensaba que los autores eran tipos con un ego y una tontería que no cabía ni en una edición millonaria de sus novelas.

 Si el personaje lo creas tú, ¿cómo va a cobrar vida? Lo del ego debo reconocer que se ajusta a algunos que conozco, pero eso de la vida propia de los personajes es una realidad absoluta. Los personajes no surgen, te llaman. Es como en esas películas en las que sólo el protagonista es capaz de ver algo mientras los demás lo tratan de loco, algo así ocurre con los personajes y los autores, o con algunos de nosotros por lo menos. Después, a medida que estos personajes se perfilan en las letras, ellos mismos te explican cómo son y qué quieren hacer. La inteligencia del autor creo que se basa justamente en entender esos diálogos y trasmitirlos al papel. También creo que estos síntomas deben estar perfectamente tipificados en los manuales de medicina moderna bajo algún nombre derivado del griego o el latín.

Gracias, Rodrigo, por todo. DEP


Lunes, Mayo 14, 2018

Hay frases, situaciones, personas que se quedan grabadas y permanecen en la memoria por tiempo indefinido, por una vida. Eso me pasó contigo hace ahora casi doce años cuando aquel veintitantos de noviembre de dos mil seis nos vimos en el aeropuerto de Punta Cana por primera vez. Me recibió Catia, ¿te acuerdas?, habías venido a buscarme con una furgoneta porque por aquel entonces sólo había un coche de empresa podrido que no hubiera aguantado el trayecto de ida y vuelta al aeropuerto. Viniste como acostumbrabas, camisa de cuadros de manga larga con gemelos, pantalón de traje y zapatos lustrados, aunque tuviste la deferencia de quitarte la corbata. Recuerdo que hablaste poco, yo llegaba con una mochila con más miedos que ropa y tú te dedicaste a estudiarme todo el camino. Era tarde y me quejé por no haber llegado de día para ver el paisaje que recorría la furgoneta por una carretera serpenteante llena de huecos, autobuses, coches, motos con tres y cuatro personas, camiones sin luces, chatarras varias (muchas) y calor. “Mejor”, me respondiste con tu acento chileno españolizado (creo que a propósito). No sabes cuántas veces he repetido tu “mejor” a los que he recogido en el aeropuerto y que se han quejado de la oscuridad como hice yo entonces. Incluso esa forma de quedar como un conocedor del terreno con una sola palabra te debo.

Llegamos al hotel y fuimos directos al comedor. Sabías que si me llevabas a ver la habitación que ocuparía se me quitaría el hambre. Yo comí mucho, de todo, midiéndome para no hacer el ridículo, pero quién iba a desperdiciar un bufet como aquel. Tú apenas comiste un trozo de carne y pediste una cerveza, no sin antes advertirme que el personal de uniforme no podía beber cerveza, y que de nuestro cargo hacia abajo, tampoco. Me acompañaste después al lobby a tomar un café, capuccino tomabas siempre “con mucha canela”, y después a la zona de habitaciones de personal. Me hiciste saber que la tuya, mucho más grande y de dos pisos, sería mía cuando tú te fueras, pero que hasta entonces tendría una más pequeña. 

En la mañana me esperaste y me llevaste a la oficina en un Toyota de los Picapiedra porque desde el asiento del acompañante se veía el suelo… Llegamos y me presentaste a todo el mundo, mujeres casi todas y con las que he compartido más de una década con la mayoría de ellas. ¡Cómo te querían!

A las diez bajamos a tomar un café y un capuccino y seguimos con el entrenamiento que duró un mes, aunque recuerdo que cuando apenas llevaba una semana llamaste a la central para decir que no había nada que enseñarme porque ya lo sabía hacer todo, qué zorro eras, ¡tú lo que querías era largarte lo más pronto posible! Pero cuando llegó el día lloramos porque habíamos compartido un mes entero de enseñanzas y confesiones. Dos hombres solos hablan mucho cuando saben que no se volverán a ver. 

Me hablaste de tu padre y de sus dos familias, de lo duro que fue para ti descubrir eso, y me confesaste tu dolor por estar viviendo algo parecido. ¿Te acuerdas? Ella se llamaba Daniela, aunque no estoy muy seguro, y era una chica preciosa. Entonces pensé que era tu mujer, pero en ese mes comprendí que allende había otra familia esperándote, la tuya, la que sabías que debías amar y que ya no amabas. Tu corazón se había enamorado de otra persona y la sombra de tu padre flotaba como el cuervo de Poe. Hablamos mucho, estoy seguro de que lo recuerdas, y creo que te hizo bien. Yo también venía de una época muy difícil cargada de remordimientos en cada costura de mi piel, pero la charla nos hizo libres. 

Te fuiste a Europa a poner en orden tu vida y yo ocupé tu vacante, lo mejor que me ha pasado en toda mi experiencia laboral. ¡No sabes cuántas veces he dado gracias a la providencia por esa situación!, pero no se quedó ahí la relación. Te llamaba por Skype cuando aún no se había inventado el Whatsapp y me decías que habías pasado de ser el señor Rodrigo a ser “eh tú, chileno”, y nos reíamos. Siempre me llamabas señor Jordi.

Un día enfrentaste la vida de nuevo y volviste al Caribe, pero para mi desgracia no a Dominicana sino a México. Me alegré tanto…, y allí encontraste un buen trabajo en otra multinacional. No sé si te acordarás de una vez que te pregunté si habría alguna vacante para mí, y me dijiste que me ayudarías. Estoy seguro de que así fue, porque nunca me avisaste y me quedé en el mejor sitio del mundo, el que aún tengo desde que te sustituí. De hecho todavía estamos casi todos aquí, las chicas y yo. Sabes que una de ellas, una muy especial, se casó con mi amigo y se fue a vivir a Cataluña, pero las demás casi todas están conmigo, aunque ahora nos hemos hecho tan grandes que nada es como antes…

Y después supe que la compañía esa que te había dado trabajo en México quebró y pasaste un mal rato, que al final acabó medio bien porque volviste con nosotros, el mismo Rodrigo en el mismo puesto, en otro país, sí, pero con nosotros. Ya podíamos hablar de más cosas, de trabajo, reírnos de anécdotas comunes, y un día me lo dijiste, te habías enamorado de nuevo, pero esta vez de verdad ante mi escepticismo, con todo el corazón, con “la definitiva” me dijiste, y para que me convenciera de ello viniste a vernos, tu mujer, su hija, que era tuya, y tú, una familia feliz que exhalaba amor y cofradía en cada gesto, en cada palabra. Nos alegramos tanto, mi querido Rodrigo, nos pusimos tan felices de saber que por fin las sombras de tu vida pasada se habían fundido ante la luz de aquella mexicana que te había robado el corazón. Brindamos varias veces en tu honor, y mucho más aún cuando un día me enviaste la foto de una ecografía para decirme que ¡serías padre! “No me jodas” te dije, “ya estás viejo para eso”, y reímos. Luego nació tu bebé, vuestro hijo, y volvimos a bromear cuando le pusiste ese nombre. Nos enviaste una foto que guardo en el alma, tú al lado de un bebé recién nacido al que besabas con ternura, su piel por estrenar junto a la tuya ajada por cincuenta años, llevabas un gorrito verde de esos de quirófano y ojeras, pero una sonrisa y una felicidad extremas en aquella foto. ¡Qué viejo te veías, jajaja, pero qué feliz!

Y anoche, mi querido, todo eso se truncó porque un hijo de puta entró a robar, o a buscar razones, o ves a saber qué, y te mató. Un hijo de perra te apuñaló arrancándote la vida y dejando una familia rota y a un montón de amigos con el alma empequeñecida. ¿Cómo ha podido hacer eso alguien? ¿Dónde están todos los putos dioses que dicen protegernos? ¿Por qué tu alma dejó de rebosar felicidad y tu cuerpo de desbordó en borbotones de sangre violada? ¿Dónde está la justicia?

No sé si alguna vez llegué a dedicarte alguna de mis novelas, me decías que era un orgullo para ti poder presumir de un amigo escritor, y yo me reía y te recordaba las miserias de tu amigo escritor, pero tú presumías y le decías a la gente que tenías un amigo escritor con aquella sensación de estar siempre por encima del bien y del mal, pero mi compadre, yo sí que he presumido siempre de ti, de tus palabras, de tener un amigo que sacó una partida de nacimiento desde el ordenador dejándome con la boca abierta, que tenía unas ganas de vivir que se comían a cualquiera, que todo lo sabía, que vestía como un puto dandy, que a la mayoría gustaba y a los que no, le importaba un pimiento. No tengo otra forma, mi querido Rodrigo, de honrar tu memoria que escribir estas líneas para decirte que estoy devastado, que aún guardo la foto de los dos con los tiquetes aéreos de Air Europa, el mío de llegada y el tuyo de salida, que sigo haciendo los asientos como me enseñaste, poniendo los números y los sellos como tú me dijiste, archivando los correos como tú hacías, y fijando cada paso con la prudencia que tú me inculcaste. Te echo de menos y ni siquiera soy capaz de hacerme a la idea que no te volveré a ver.

No soy persona de venganzas, pero ojalá la vida destroce al que te la quitó aunque eso no arregle nada. Cuenta conmigo, mi querido, avísame de lo que sea, no rompas el contacto como no lo hemos hecho nunca. Donde antes había un mar que nos separaba, ahora hay algo que no conocemos pero que seguro estás estudiando para encontrar la forma de ser elegante también ahí.

Con todo el dolor de mi alma, te doy las gracias, Rodrigo, por tanto como me diste.

DEP.

Negro en un país de morenos


Jueves, Abril 19, 2018

“Estábamos en una habitación de unos seis o siete metros cuadrados. En una esquina iban todos a orinar, pero cada vez que alguien iba, los orines corrían por el suelo de toda la habitación y no había cómo apartarse. Allí habíamos veintiséis.”
Esta es la transcripción de una nota de voz vía Whatsapp que me acaba de enviar mi hijo tras pasar una noche encerrado en una comisaría de la policía. Para aquellos que no lo sepan, tengo la fortuna de tener tres hijos, uno blanco, uno negro y otro más negro. Esto le ha ocurrido, por supuesto, al tercero de ellos.

Anoche, mientras el chaval echaba una partida al billar con unos amigos, paró un camión de la policía frente al colmado (como llaman aquí a ese tipo de locales) y comenzaron a meter en él a todo el que no tuviera su documentación legal a mano. Por desgracia, nuestro hijo tenía sus documentos en el coche aparcado a un par de calles de allí, y al no poderlos enseñar, se fue en el paquete de desgraciados que les tocó anoche. El criterio de selección es bien sencillo, ser más negro que el de al lado…

Esta mañana, al ver que no llegaba a trabajar ni respondía el teléfono, nos hemos imaginado lo peor (uno siempre se pone en esa tesitura aunque el “niño” se haya emancipado fruto de sus veintitantos años), pero tras realizar algunas llamadas nos hemos enterado de lo que realmente ocurrió.

No sé muy bien cómo definir esta situación, pues es algo que vemos a diario. Por desgracia República Dominicana, un país con muchas dificultades, tiene que lidiar con un vecino (con el que comparte isla) que es el peor colindante que a uno le pueda tocar. Un país que ocupa invariablemente una plaza de honor en el top five de desgracias mundiales. A la cabeza en mortandad infantil, enfermedades, violencia, analfabetismo, desastres naturales, deforestación, malnutrición, etc. etc., un desastre absoluto que a nadie parece importar y que a todos parece convenir, visto que no hay dios que le meta mano a Haití. Comprendo la situación complicada de Dominicana, un país pobre que además se ve lastrado por otro mucho más pobre aún (aunque sería interesante ver quién trabajaría de no estar ellos...), pero la forma en que se está haciendo es indignante, racista, vergonzosa y delictiva. Y peor aun cuando estas acciones las realizan aquellos que en principio están para garantizar el orden, y que en lugar de eso aprovechan la ventaja de sus uniformes para extorsionar y amedrentar al personal.

Para los que no estén muy versados en la actualidad dominicana, que no se piense nadie que la policía entró en un local porque había problemas, por la queja de un vecino, porque se infringieran algunas normas…, nada de eso. La policía entró porque había negros color teléfono y porque saben que en cada redada de esas se llevan “lo suyo”, como dicen aquí. Si mi hijo hubiera cargado cuatro pesos encima, pagando la correspondiente mordida lo habrían dejado tranquilo. Por desgracia no los llevaba, o si los llevaba no le dio la gana de pagar, algo que le honraría aunque me inclino más por la primera opción.

No comprendo como una sociedad multirracial como la dominicana acepta esta situación con semejante aplomo, como si no fuera con ellos. Como si cada uno de nosotros no tuviera un familiar que haya sido vejado en las mismas circunstancias en un momento u otro. Cuando he comentado esta mañana el incidente con mis compañeros de trabajo, en un segundo se ha armado un revuelo porque todos lo han vivido, sino en carnes propias en las de un novio, una novia, un primo, un padre… ¿por qué lo permiten entonces, por qué callan? Aunque para ser honestos, esto no es una exclusiva de Dominicana pues la mitad de Latino América vive estas situaciones a diario, y pensándolo bien, si estiro un poco, en mi Catalunya natal meten a la gente presa por sus ideas.

Como vomitaba una vez la asquerosa televisión española Tele Cinco cuando preguntaba en una encuesta a sus espectadores qué les parecería peor, si  tener un hijo negro, un hijo homosexual o un hijo catalán, pobre del mío que de momento ya cumple dos de esas tres… estamos bien jodidos.

Feria Internacional del Libro LACUHE


Martes, Abril 17, 2018

Estimados amigos y lectores, 

Me hace muy feliz comunicaros que el próximo sábado 28 de abril... ¡tenemos una cita!

La organización de la Feria Internacional del Libro LACUHE, en Bronx, Nueva York, me ha invitado a presentar mi novela "Anacaona, la última princesa del Caribe", y yo os invito a todos a que nos acompañéis en esa tarde.
No puedo dejar de dar las gracias a la organización, pero muy especialmente a Dilcia Rosso y Gladys Montolio por su amabilidad. 

Espero estar a la altura, o por lo menos, que mis letras lo estén.

Así pues, ¡nos vemos en Nueva York!


Un día oscuro


Domingo, Abril 1, 2018

Cada nueva esquina es como un aviso de lo que nos espera al final del camino. Poco a poco el asfalto de la calzada se va tornando una pista de tierra que transcurre entre casas desiguales y mal acabadas. Algunas lucen letreros pintados a mano por algún manitas local, herrería, colmado, farmacia, banca, y algunos negocios más que en la impresión del momento no alcanzo a recordar. Pienso que si no fuera por las circunstancias, habría podido hacer un par de fotos buenas para mi archivo de carteles curiosos. La pantalla del GPS hace rato que ha dejado de marcar la zona por la que nos movemos y apenas un punto rojo dentro de una mancha marrón nos indica que estamos prestos a llegar. 

La cantidad inusual de gente frente a una vivienda nos avisa que hemos alcanzado el destino.

La casa, de blocks en bruto, sin pintar, apenas cerrada de aguas por unas láminas de zinc y la vegetación que se la va comiendo, está abierta. Gente con semblantes serios entra y sale sin parar y nos hacen señas apenas nos reconocen. Paso de largo unos metros  y aparco frente al siguiente grupo de casas, lo que en algún futuro paralelo será una nueva manzana. A pocos metros de allí en una casa, seguramente de uno de los potentados del barrio, están construyendo un segundo nivel sobre unos bajos decorados con columnas y un gran portón metálico pintado en negro. Ese también es el color que predomina en las vestiduras de la gente y en su color de piel.

A medida que avanzamos los poco menos de treinta metros que nos separan del gentío, los conocidos se nos acercan y en pocos segundos nos introducen en la casa. Dos columnas estériles frente a la puerta nos dan paso. El interior se mantiene en una densa y aromática oscuridad protegido por trapos a modo de cortinas que tapan todas las aberturas peleando contra la luz que profana el momento. Esquivamos la mayor de ellas y accedemos a una sala que en los sueños del propietario de la casa debía de haber sido el comedor y el salón. Unas cuantas sillas de plástico rodean la caja, también aguantada sobre dos columnas de sillas de plástico puestas unas dentro de las otras para ofrecer la rigidez necesaria. A la derecha, un grupo de mujeres llora en gemidos que tan pronto se agudizan como caen en lamentos inaudibles. El padre, al vernos acude a saludarnos y nos dirige a la cabecera de la caja. Llora, se queja de la suerte que le ha tocado vivir, nos relata cuánto quería a su hijo y las ganas que tenía de que lo fuera a visitar. Un par lo seguimos de más cerca y otros aguantan unos pasos atrás intentando mantener el pie firme entre tanta desolación. Yo lo llevo cogido por el hombro a pesar de que es veinte centímetros más alto que yo y siento la carnes del viejo electricista blandas, hundidas, envejecidas… Lo suelto para que pueda pasar entre la caja y las personas que ocupan las sillas más cercanas al difunto. Reconozco un par de caras y me acerco a dar el pésame. Los ojos hundidos, enrojecidos por horas de llanto, me reconocen también y me saludan. El padre ha abierto la tapa del ataúd, que dividida en dos permite levantar sólo la parte que cubre el tronco superior del muchacho, de su muchacho como no deja de repetir en un mantra de sufrimiento. No miro, dejo que pasen otros y me dirijo hacia la puerta. 

Las manos del padre me atrapan antes de llegar a la luz que se cuela por la puerta y me llevan hasta la madre que está al otro lado del ataúd. A ella es la primera vez, y seguramente la última, que la veo en la vida. Está sentada en una especie de sillón. Me agacho y la tomo de la mano. Sus dedos son fuertes, mucho más que los míos, y en esa sencilla comparación visual se ve quién ha disfrutado de una vida holgada y quién la ha tenido que pelear cada segundo para echarla adelante. Me pregunta que por qué dejamos que su hijo que fuera en motocicleta, y no sé qué decir. Me limito a contener las emociones y a explicarle que su hijo era muy querido, que hicieron un buen trabajo con él, pero ella me pregunta de nuevo que por qué dejamos que su hijo se fuera en moto, y una vez más me deja sin palabras. Aún de cuclillas no dejo de sostenerle la mano, aunque eso a ella le importa un carajo. Llora y masculla palabras de dolor que intento no escuchar mientras pienso si realmente podríamos haber evitado que su hijo se fuera en moto esa noche, creo que no, pero la duda se instala en mi cabeza clavada por los lamentos de la madre y de las otras señoras que la acompañan. En uno de los accesos de llanto calmado, me levanto y salgo. La luz del día me golpea con fuerza y me doy cuenta de que dentro faltaba el aire, el cuerpo sin vida del joven ha agotado la poca esperanza de una familia humilde junto con el oxígeno que quedaba en la casa. Respiro con fuerza y calmo la tensión. 

Al otro lado de la calle comienzo a reconocer caras amigas que se cobijan contra el muro del vecino del sol inclemente, y me acerco. Entre todos van haciendo una reconstrucción de la noche del accidente y convenimos en que nada pudimos hacer, a él le gustaban los motores, dicen sus compañeros, pero no sabía manejarlos, me aclaran. Varios relatan que en diferentes ocasiones quiso comprarles uno, o les pedía prestado los suyos, pero sabedores de la torpeza del muchacho se lo negaban con excusas.

Veo salir a su padre tambaleándose y acercándose hacia donde estamos refugiados del sol. Me agarra del brazo y me muestra un coche blanco aparcado a pocos metros de la puerta de su casa. Era para él, me dice, era para que se lo llevara a Bávaro. Me había prometido que vendría a verme y lo había arreglado para él, mira, le tapé las gomas, me dice señalando las ruedas delanteras. Mi muchacho iba a venir a verme y me lo han devuelto desbaratado. Lo oigo entrecortar las palabras y miro el coche, viejo y maltrecho como la mitad del parque del país, pero suficiente para que no se hubiera matado su hijo en ese maldito accidente de moto.

Habíamos sido compañeros de trabajo, como el hijo que se pudre en la caja sobre las sillas de plástico en la sala de una casa sin acabar. No me suelta y me sigue presentando gente que no sé quiénes son, mi jefe, anda diciendo, y el de mi muchacho. Ellos nos querían mucho, dice. Mi lugar lo van ocupando otras personas a las que el padre se agarra para explicarles que le han arrancado la mitad de su vida, que él quería a su hijo y que siempre lo llevaba para donde fuera. Con pasos lentos regreso al grupo de compañeros en el que me siento más seguro y lo miro, lo miro a él, a la puerta de la casa, a la calle polvorienta, a los vecinos que entran a consolar a la familia, a los niños que intentan romper el hechizo maldito en breves carreras que son suspendidas por sus mayores, veo una mesa de dominó y cuatro que juegan a la sombra de un árbol rodeados por un grupito de mirones. No escucho música, sólo las conversaciones apagadas de los diferentes grupos que rodeamos la casa, y el golpeteo de las fichas de dominó cada vez que alguno de los jugadores hace gala de una buena mano. 

Pienso en la estupidez humana, y pienso en mí. Pienso en la vida sesgada a los veinte y pocos años y mando un mensaje a mi mujer. Me devuelve una foto tranquilizadora desayunando con nuestros hijos. Escucho alguna broma, y veo alguna sonrisa, no frente a la puerta de la casa, pero sí entre los que se refugian a unos metros de allí. Un par de autobuses aparcados esperan a que llegue el coche fúnebre para llevar a toda la gente al entierro.

De pronto, de dentro de la casa emerge una canción entonad por las mujeres que habla de una lista. A mi mirada curiosa me explican que es una canción evangélica y pienso en la madre, me pregunto si también estará cantando. No lo creo.

Al cabo de un buen rato llega un coche destartalado a juego con todo, con las casas, con la gente, con los carteles, con la calle, con la vida, con el país, conmigo, y se para frente a la vivienda. Unas letras mal pegadas indican que es el coche fúnebre. En algún momento fue de color azul y tuvo luces. Todos se miran entre ellos. El chófer del vehículo baja tras haber escrito algo en su móvil y un grupo de hombres, capitaneados por el padre, entra en la casa. En pocos segundos meten la caja en el maletero y la mueven hasta ajustarla para que el portón trasero del coche pueda mal cerrarse. Sacan un par de coronas de dentro de la casa y las atan al techo.

La gente comienza a subir a los autobuses y me cuentan que las mujeres, las viudas y las madres, no acuden al cementerio. Cuando el vehículo que se lleva los restos del chaval arranca, lo hacen tras él los dos autobuses y algunos coches particulares. Espero unos segundos y subimos al nuestro. Una nube de polvo marca su recorrido mientras yo escribo la dirección de mi casa en el GPS del teléfono. Con un poco de paciencia, unas calles más allá aparecerá el punto que nos devolverá a Bávaro.

DEP.

Viernes de radionovelas


Domingo, Marzo 11, 2018

Cuando era niño nos tocaba clase de gimnasia los viernes. Sin embargo, como mi colegio era un edificio en el centro de la ciudad sin patio ni zona deportiva, todos los viernes en la tarde íbamos a ejercitar nuestros jóvenes cuerpos a las pistas municipales. Me encantaban esos viernes porque tras finalizar la jornada de clases en la mañana, en lugar de volver a casa me iba a comer a casa de mi abuela. Recuerdo que llegaba cerca de la una del mediodía después de haber corrido por todas las calles del centro de la ciudad empujándonos con los otros niños, robando golosinas de las tiendas, pidiendo adhesivos en cada comercio y haciendo lo que mejor saben hacer los niños, ser niños.

La llegada a casa de mi abuela, ya por aquel entonces viuda de mi amado yayo Santos, consistía en un apretón intenso y extenso chorreado de besos y un plato infinito de mis menús favoritos. Comía solo, con mi abuela sentada a mi lado ejerciendo de cheff, maitre, jefe de sala y camarera en el restaurante más lujoso en el que he comido jamás. Pero si había algo que me enloquecía de aquellos viernes en la tarde era la banda sonora. De fondo, mi abuela tenía siempre una radio encendida en la que escuchábamos un consultorio amoroso, un concurso de saber general y una radionovela. No había viernes que llegara puntual a la maldita clase de gimnasia. Alargaba las sobremesas pegado a aquella radio hasta que quedaban apenas unos minutos para que un profesor viejo vestido con un chándal, más viejo aún, pasara lista a las puertas de las pistas de atletismo. Salía corriendo carretera de Rellinars arriba hasta la avenida Abad Marcet como alma que llevaba el diablo, sabedor de que tendría castigo, pero feliz porque había escuchado el final del capítulo de la novela.

Siempre me han fascinado aquellas novelas radiadas en que los oyentes éramos espectadores y proyectábamos las imágenes en una pantalla de infinito por infinito con sonido dolby infinito y tecnología de imaginación al poder de alta definición. Las voces de aquellos actores que narraban las peripecias de los protagonistas de las historias envueltos en efectos de sonido nos transportaban a sus realidades. Yo las escuchaba entonces con los morros sucios de tomate y los ojos amorosos de mi abuela a un par de palmos de mi rostro. 

Hoy me he acordado de esas tardes y de mi amada yaya Rosa porque tengo la infinita fortuna de que mi novela El péndulo de Dios ha sido “radionovelada” por la gente de Sonolibro y mis letras han entrado a formar parte de ese universo de emociones que entran por los oídos y se replican en cada célula de nuestro cuerpo.

Yaya, ya no las hacen por la radio, pero allá donde estés busca un reproductor mp3 porque van a dar la novela.

Pulsa para ir a la Radio Novela


Carta oberta a l’Honorable Senyor Joan Saura


Martes, Febrero 27, 2018

Honorable Senyor Joan Saura,

En veritat ni l'he conegut ni crec que el conegui personalment mai a l’Honorable exconseller de la Generalitat Sr. Joan Saura, però durant molts anys he fet servir el seu nom en va de manera injusta i em veig en la necessitat de disculpar-me i aclarir-ho.

La història comença fa molts anys quan l’empresa per la que jo treballava, i de la que m’estalviaré el nom per irrellevant, va fer un intent comercial intens per aconseguir vendre els seus productes a la ciutat de Terrassa, malauradament en ser la nostra empresa de Sabadell tots els intents per foradar el mercat veí van ser infructuosos. Un cop vam tenir clar que no hi hauria cap manera d’acostar-se a un públic que ens era esquiu, els amos van decidir comprar una empresa de Terrassa i comercialitzar els seus productes mitjançant aquesta companyia. Jo vaig ser l’encarregat llavors de posar-ho tot en marxa.

I vet aquí que un dia, xerrant amb els antics amos d’aquesta empresa, em van explicar una història de la qual el protagonista principal era en Joan Saura. La història deia que sent ell un jovenet havia entrat a treballar per aquella empresa amb un rendiment tan dolent que no els va quedar més remei que fer-lo fora, o bé que va renunciar per la duresa de la feina, no ho recordo del tot. Malgrat això, al cap de pocs dies d’haver deixat el càrrec va aparèixer per l’empresa amb la pancarta d’un partit d’esquerres a on es podia llegir quelcom com que el treball s’havia de repartir. Sí que recordo molt bé com el meu interlocutor feia èmfasi a que l'únic treball que ells haurien de repartir era el que vostè no havia tingut la força o les ganes de fer.

Durant molt de temps he fet servir aquesta història per il·lustrar lo que per a mi representen molts dels comunistes o sindicalistes que conec, tant així que ahir parlant amb un company de feina va sortir el tema i tots dos vam convenir en que moltes vegades a les empreses els que menys fan són els que més reivindiquen, moment perfecte perquè jo treiés la meva història i quedés com un home que en sap de tot menyspreant el consell de mon pare que sempre em deia que contés fins a deu abans d'obrir la boca. El meu amic, molt murri ell, em va deixar acabar tota la “parrafada” abans de dir-me amb to de convençut que aquesta història era mentida perquè l’Honorable senyor Joan Saura, vostè, era el seu tiet i que això no havia passat mai. Tant així que el va escriure per demanar-li si en coneixia aquesta história.

Per a mi va ser un d’aquells moment de terra empassa’m perquè vaig quedar totalment desconcertat de la falsedat de la història sabent qui me l'havia explicat, i alhora meravellat per la casualitat de trobar algú que la posés al seu lloc, però sobre tot me’n feia creus de totes les vegades que l’havia explicat tot convençut de la certesa de la mateixa.

I per això, honorable sr. Saura que em veig en l’obligació de fer aquesta carta oberta per demanar-li disculpes per totes les vegades en que he fet servir el seu nom com a exemple d’una cosa mal feta que a més a més era mentida..., tornant a les paraules del meu pare, per la boca mor el peix.